‘Hombre desnudo’: la obra que desnuda y deja al macho desprotegido

‘Hombre desnudo’: la obra que desnuda y deja al macho desprotegido

Una de las imágenes de promoción de ‘Hombre desnudo’, de Casa Lagarta.

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‘Hombre desnudo’ presenta a seis actores sin ropa en una “reflexión dramatizada sobre la figura del varón a partir de la concepción del desnudo masculino en la historia del arte occidental”. Se estrenó en octubre en Surge Madrid, festival de teatro alternativo en las salas alternativas de la Comunidad de Madrid; el éxito fue tal que se amplió a todos los miércoles de noviembre, con entradas vendidas en pocos minutos, y ahora a todos los jueves de diciembre. En la Sala Nueve Norte. Hablamos con su autor y director, Pedro Martínez, alma de la compañía Casa Lagarta, que pone en pie esta obra original, compleja y extraña, desasosegante.

Este es el tercer espectáculo de Casa Lagarta. “Empezamos”, nos cuenta Pedro Martínez, “en el circuito off off, en un espacio que no era ni siquiera una sala de teatro, en el sótano de una tienda de reciclaje, vintage, con la obra Modelos inconscientes, que iba de cómo hacerse mayor en un piso de alquiler con compañeros de vida; ya no eres estudiante, pero no consigues independizarte ni encuentras en la pareja una manera de prosperar; esos outsiders, a partir del espacio de la vivienda, ven cómo sus estilos de vida no les permiten la emancipación, gente que se siente fuera de lugar todo el rato y que generan modelos inconscientes de tipos de vida, de conducta, que no aparecen registrados en ninguna parte”.

El año pasado presentaron Mujer Hamlet, cuyo recorrido se vio muy mermado por la pandemia. “Nos fuimos a un clásico de la literatura universal; recuperamos Hamlet desde otro sitio: qué pasaría si los roles de género se invirtieran; los personajes masculinos son femeninos, y los femeninos, masculinos. No es solo que Hamlet lo interprete una mujer; recuerdo por ejemplo el Hamlet de Blanca Portillo, pero no, no es eso, son mujeres que se han travestido para hacer personajes masculinos, pero nosotros hacemos que Hamlet sea realmente una mujer, y todos los personajes masculinos sean mujeres; se cambia el género de los personajes, que no la historia ni las palabras. Y, claro, eso afecta en la percepción del espectáculo; no se percibe lo mismo la ambición en un personaje masculino que en uno femenino”.

Hasta llegar ahora a Hombre desnudo. “Y como en esa obra nos dedicamos a la mujer”, sigue Pedro, que cuando empezó en el teatro en su Almería natal firmaba como Pedro Lagarta, “a mí me apetecía mucho abordar el género masculino”.

¿Algo une a estos tres espectáculos?, ¿hay un espíritu Lagarta?

Yo creo que sí; los tres giran en torno a la identidad como algo que importa mucho en este momento y también como algo peligroso, que puede generar muchas trampas.

Asistimos a un puzle de textos clásicos más tu aportación.

Sí, pretende ser una especie de recorrido por una zona muy concreta de la historia. Como en un collage, digamos, donde se entremezcla esa vertiente de recuperar textos de culturas clásicas y al mismo tiempo ponerlos en interacción con el presente, cómo se reflejan, cómo rebotan, cómo se filtran en experiencias más contemporáneas. Para hablar de la experiencia de un chico muy fluido a nivel de orientación sexual en un pueblo aislado del Norte, lo ponemos en referencia con los textos de la teoría sobre el arte de Winckelmann [historiador del arte alemán que supo construir toda una teoría y movimiento de exaltación de la belleza del cuerpo masculino; es decir, convertir su gusto personal en canon de belleza en el arte], y a partir de ahí todo es un juego de espejos entre experiencias contemporáneas y rebotes en textos clásicos.

Cuéntanos el proceso, porque creo que la obra parte de un taller.

Sí, yo tenía muy claro el concepto de la obra, los textos clásicos, lo que yo quería contar, pero también tenía una necesidad de trabajar con actores que estuvieran cómodos desnudos, y quería exprimir la experiencia del grupo. Juntar a un grupo de hombres de procedencias diversas, de orientaciones sexuales distintas, de culturas diversas, un grupo lo más diverso posible, ponerles juntos y, a partir de una parte más teórica, ir explorando con pequeñas acciones, performances, para buscar algo que naciera de nosotros, que tuviera sentido aquí y ahora. Convoqué un casting, pero no les di nada cerrado, no les di un libreto y unos personajes concretos; ellos fueron muy osados, porque quedaron con alguien que no les daba nada cerrado, sino solo una declaración de intenciones. Todos ellos son profesionales, tienen formación como actores; todos tenían algún interés en hablar del concepto de lo masculino y todos fueron muy generosos. Así que estuvimos trabajando en un taller, un taller del que yo sacaba conclusiones e íbamos desarrollando textos, los probábamos, íbamos quedándonos con cosas y descartando otras; ha sido, digamos, una dramaturga activa, ha sido escribir sobre el escenario.

Pedro Martínez, creador y director de la obra ‘Hombre desnudo’.

¿Que estén desnudos casi todo el transcurso de la obra es un recurso para captar público?

No, no, no, no. Algo que me gusta mucho de la recepción por parte del público es que nadie me habla de las pollas de los actores, nadie me dice si son más guapos o más feos, y todo el mundo me habla de aspectos que tienen que ver con el dentro y no con el fuera.

Pero has de reconocer que se les pide un gran esfuerzo de exposición a los actores…

Sí, el casting se planteó también como un taller. Y siempre se planteó así. Ver si esos cuerpos están cómodos desnudos. Es toda una técnica de interpretación. Si un actor está incómodo con su desnudo, eso lo transmite e incomoda al espectador. Era importante que el cuerpo tabú estuviera expuesto de una manera natural. Yo, cuando era un niño y me interesaban los hombres, no encontraba cuerpos desnudos de hombres por ninguna parte, no encontraba esas referencias, iba al kiosco y todo eran revistas con muchos cuerpos de mujeres, también en la tele. Luego el feminismo ha denominado a eso objetualización del cuerpo de la mujer. Yo no me encontraba con hombres desnudos. Y la primera vez fue muy impactante, porque no me había relacionado, no nos relacionábamos como sociedad, en la vida cotidiana, con esa iconografía. Y es que llegó a ser un tabú y a estar completamente vedado para la cultura popular, mientras que el cuerpo de la mujer estaba expuesto, expuesto, expuesto. Con una finalidad además de excitar y vender. Por eso me interesaba mucho Winckelmann, porque consigue que su sensibilidad homoerótica y subjetiva domine, eleva el impulso sexual a un impulso del alma; un gol que me parecía muy interesante como punto de partida.

Vuestra obra va desde la exaltación del efebo en la Grecia clásica hasta Madonna. Pasando por ilustrados, románticos y católicos. En la parte dedicada a los Ilustrados, asistimos a cómo defendían y dejaban por escrito percepciones terribles sobre las mujeres. Desde Rousseau y Diderot a Montesquieu. Rousseau escribía lindezas como estas: “La primera aptitud y la más importante de una mujer es la buena conducta o suavidad de carácter”. “La perversidad y la malicia de las mujeres es el agravante de su propio infortunio y la mala conducta de sus maridos”. Y Diderot: “Los móviles de la mujer son tres: el interés, el placer y la vanidad”.

Terribles. La gente me pregunta si me las he inventado, y no, para nada, están ahí, por escrito. Hay afirmaciones en las que llegan a afirmar que, si se rebelan las mujeres, hay que recurrir a la fuerza. La violencia de género estaba consensuada, pactada, voceada por los mayores intelectuales de la época. Lo presentaban además como algo científico. Y eso quedó en el ADN cultural de la sociedad.

La parte final hace sentirse muy incómodo al espectador. Por lo menos es lo que yo sentí viendo ‘Hombre desnudo’. Y ese director de la obra, tú, que está presente, en escena, a lo largo de toda la representación, como un maestro, un guía, un contrapunto a veces cómico, de repente es como que enloquece y entra en una espiral de sadismo… religioso, católico, pero sadismo. Esa parte final, dedicada a la irrupción del catolicismo en la percepción y definición del hombre y de la mujer me resulta la más dura y difícil.

Esa parte final está basada en una improvisación encimaRa de otra y encima de otra. Para mí era la más delicada, porque yo quería hablar de los valores que la religión aporta a la construcción del hombre y de la mujer; tenía que ser un artificio de principio a fin, construir a la mujer a partir de valores religiosos, de los supuestamente valores caritativos cristianos. La religión de www.católicos.net es tal cual; para que los hombres y las mujeres no tengan problemas en su convivencia, generan unas categorías donde explican los roles que deben asumir unos y otras; categorías que se parecen mucho a las que dejaron por escrito los Ilustrados, y construyen un tipo de hombre y un tipo de mujer.

Esa última escena es la que más me ha costado. Quería que se viera que el cuerpo al que sometemos es un cuerpo masculino vestido de mujer, y al vestirlo de mujer ya podemos acceder a ese cuerpo de otra manera. Quería que los valores que se supone que construyen esa caridad cristiana son terribles. Y quería que estuvieran ya todas las capas mezcladas: sexo biológico, género y orientación sexual; que estuviera todo mezclado, y agitado, y que fuera la proyección de alguna manera de las torturas que provoca la fe, que yo la he vivido como un espacio en el que te sientes bueno o malo, en el que también sientes que debes redimirte a través del castigo.

Yo ahí me sentí, de repente, como perdido, desabrigado, sin referentes.

Lo que más me interesa, y esto tiene que ver mucho con las artes contemporáneas, es que el espectador de alguna manera complete la obra; yo lo que no quería era posicionarme; que se rían, que lloren, que esto lo entiendan como una crítica…, no. Buscaba que cada espectador, con la sensibilidad de cada uno, perciba la obra de una forma u otra, y la complete.

Situaciones y frases que los hombres podíamos entender como galantería, como romanticismo, como lindo cortejo, cuando esa mujer es un hombre vestido de mujer, te provocan una sensación totalmente distinta; pasas a percibirlo como un acoso. Un cambio directo e instantáneo. Algo te hace clic en el cerebro con un recurso tan sencillo como que la mujer sea un hombre con sujetador, braguitas, tacones y labios pintados.

La historia ha escrito cómo a las mujeres les ha encantado ser cortejadas, pero ese cortejo ha llevado a mucha confusión, les ha llevado a ellas a enfrentarse a muchas situaciones a las que los hombres no hemos tenido que enfrentarnos, embarazos no deseados, por ejemplo.

¿El feedback, la respuesta del público?

Lo que enseño lo tengo siempre muy meditado, muy claro, para que luego las opiniones no te descoloquen. Tengo claro que hago un teatro sin medios técnicos, muy crudo, pero muy fundamentado intelectualmente y muy trabajado con los actores, un teatro como de Peter Brook, de espacio vacío y de discurso, que quiere producir emociones en el espectador. Así que lo que más me llega con la obra es que la gente se queda muy conmovida y muy… desubicada. Pero recibiéndolo como algo positivo. Las mujeres se quedan muy removidas. Por Internet, vi una frase que decía: si eres hombre te provoca; si eres mujer, también te provoca. Bueno, de eso se trataba, de plantear algo que aportara alguna reflexión a este maremágnum de hablar de género, de género, de género, de lo que se habla mucho pero en mi opinión a veces con mucha simplificación. Me interesaba mucho abordar que el machismo parece que se ha convertido en el pecado original del hombre y con esa percepción, así, no vamos a ninguna parte, porque el hombre se pone a la defensiva. Pero también creo que estamos avanzando en muchos aspectos y esta obra es posible también gracias a esos avances.

Avanzando, pero con un peligroso runrún en sentido contrario…

Sí, sí, no hay que descuidarse, no hay que descuidarse, no es momento de descuidarse.


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