‘La tienda de la felicidad’, una felicidad llena de ‘spam’

El escritor Rodrigo Muñoz Avia. Foto: Julia Muñoz Merino.

‘La tienda de la felicidad’ es su quinta y última novela para adultos. Una novela epistolar repleta de humor e ironía que discurre en la bandeja de entrada del correo electrónico de Carmelo Durán. Brillante, fluida, divertida, con sustrato. Rodrigo Muñoz Avia reflexiona sobre la comunicación, la soledad, las personas asociales, la convivencia en el mundo que nos rodea. Una de las novelas del año. Hablamos con él.

Quedamos en una terraza de la plaza de Olavide. Hace un día soleado que incita a la conversación distendida, a la cercanía. Rodrigo Muñoz Avia es alguien con quien resulta agradable conversar. Y más si se trata de hablar de literatura.

Forjado y premiado en la literatura infantil y juvenil, Muñoz Avia también se ha labrado una carrera en la narrativa adulta. Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos (Alfagura, 2005; DeBolsillo, 2015), su primera novela fue un best seller sobre un hombre de mediana edad con un trastorno del lenguaje, y cómo eso repercute en su vida. Le siguieron Vidas Terrestres (Alfaguara, 2007), Cactus (Alfaguara, 2015) y La Casa de los Pintores (Alfaguara, 2019), esta última sobre sus padres, los pintores Amalia Avia y Lucio Muñoz. “Después de escribir algo que toca verdad, que toca tu vida. Con un tipo de narración distinta. Me resultaba difícil volver a la ficción. Me costaba hacer la transición. Me costaba creerlo: me resultaba un poco frívolo darle credibilidad a otra historia”, nos confiesa Rodrigo Muñoz Avia. Pero lo consiguió, sin tener que acudir a la voz de un narrador.

La Tienda de la Felicidad (Alfaguara, 2021) “parece por el título casi hasta de autoayuda”. “Me horripila que pueda parecer eso. Porque pretendo que se lea que hay cierta ironía en el título. Que hay una denuncia: que la felicidad no se vende, ni se compra como si fuera un bien de consumo. Si pudiéramos comprarla con dinero, sería terrible”, explica Muñoz Avia. Es una novela epistolar: con sus múltiples voces, que no enjuicia a los personajes; con una estructura casi de guión cinematográfico en el desarrollo de tramas, donde Carmelo acaba siendo un personaje entrañable al mostrar su cara vulnerable.

La estructura de tu novela está marcada por esa bandeja de entrada de correos electrónicos, que condiciona los márgenes ¿Eras consciente que te podía encorsetar mucho ese formato?

Inicialmente, sí. Es algo que llama mucho la atención a todo el mundo. Que el lector pueda decir: “Una novela de emails, ya me paso todo el día leyendo emails, menudo tostón”. Parece que va a ser poco literario. Cuando retomé el proyecto, porque era un proyecto que había empezado muchos años atrás, en 2009, y lo había dejado, vi que funcionaba, que me resultaba muy fácil y que podía hacer una historia con esos condicionantes. Al final eres como un pequeño voyeur que coges el portátil del personaje y te pones a leer el correo de entrada y de salida. E igual puedo reconstruir tu vida. Me creo un personaje en el que cuentan mucho los mensajes de entrada y de salida. Que, desde luego, cuentan mucho sobre una persona.

Agustín en ‘Cactus’, Carmelo en ‘La Tienda de la Felicidad’ representan personajes desencantados del mundo ¿Tienes una querencia por ese tipo de personajes?

Totalmente. No sé por qué, pero claramente la tengo. Me encantan los personajes inadaptados y a contracorriente, un poco excesivos y un poco locos, como uno de los personajes de Vidas Terrestres. Me encanta la gente que se sale de lo establecido y que tiene personalidad. En ese sentido me gustan esos personajes porque son creadores, crean un cauce nuevo. Y por cómo utilizan el lenguaje.

En esta novela, el lenguaje es muy importante. Porque Carmelo es un personaje muy verborreico, que lo utiliza muy bien, pero también con mucha ironía. Es un personaje muy redicho, como muy anticuado, que habla casi un castellano del siglo XIX.

¿Puede que haya algo de poso de tus estudios en Filosofía en esos personajes?

Puede ser. La actitud filosófica consiste en cuestionarse las cosas. Puede que en esos personajes haya algo de eso. Hasta Rodrigo en Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos tiene una mirada analítica, que le hace rayarse y observarse… Que le hace salirse del entorno en el que está. Son personajes a los que esos rasgos les hacen interesantes, y hace que te identifiques con ellos. Pero es verdad que hasta en mis libros infantiles es una tónica lo de los personajes a contracorriente y la importancia del lenguaje. Me gustan mucho los personajes que manejan un lenguaje distinto, o que tienen alguna tara con el lenguaje.

En esta novela, hasta el mismo Carmelo enuncia en un determinado momento que su mundo es el lenguaje. Porque realmente es donde se siente cómodo. Por eso el correo electrónico es su medio. Hoy en día mandar una carta, como que no. Con los emails puede seguir escribiendo y comunicándose y soltando toda su verborrea. Cosa que con el móvil no podría soportar.

Lo mismo también es una llamada tuya, inconsciente, de reflexionar sobre cómo nos comunicamos hoy en día.

Sí, seguro. No parece que Carmelo salga mucho a la calle. Cuando le interesa sale. Pero no demasiado. A veces parece que tiene una especie de agorafobia. Fuera del hogar se pone malísimo. Pero la incomunicación y la soledad son los grandes temas de la novela. Son cosas que están ahí, no están pensadas de antemano, porque funciono de una manera más intuitiva. Resulta que utilizas esos elementos y te das cuenta de que estás sacando a la luz, y explorando, una realidad del mundo en el que vivimos. Intuitivamente, como escritor esa línea me encanta y sigo adelante con ese proceso: lo potencias y lo redondeas.

La novela tiene unos emails muy claros sobre el derecho a la soledad, a ser asocial, cuando habla de Assange o de Emily Dickinson. El propio Carmelo dice que hay una estigmatización contra los que no forman parte de la rueda: contra los que se apartan, los que se salen de este mundo de hiperestimulación, hiperconsumo e hiperaceleración, se recluyen y optan por una vida eremita y asocial. Y él dice que parece que “se nos tilda de raros por no querer participar, pero estoy en todo mi derecho”.

Todos esos son temas que están ahí, en la novela. Es un personaje solitario. Reivindica su derecho a la soledad, aunque cuando lo vas conociendo descubres que el tío está muy necesitado, y que su discurso en parte es un mecanismo de defensa. Más allá del lado gruñón y misántropo, en realidad está deseando tener más contacto con los demás. ¡Si es que responde hasta al spam!

El ‘spam’, aunque aparentemente sea ruido, también es un elemento importante de la novela.

Sí, por supuesto. Al principio tenía dudas. ¡Si ya nos cuesta leer los correos, si ya meto spam! Enseguida vi que jugaba una labor expresiva muy importante, que llevaba la novela a otro lado. Me gusta mucho cómo ayuda a dibujar al personaje, y a potenciar su soledad. Porque el spam tiene algo desolador. Marca mucho el perfil del personaje. Es un retrato total del mundo virtual en el que vivimos tanto y tantas horas. Un mundo tan lleno de ruido, de mala comunicación, malas intenciones, mal lenguaje y mala literatura. Está el spam comercial, de capitalismo feroz; luego el spam cutre de la traducción automática, que lo único que quiere es que pinches en un enlace malicioso. Todo eso crea una cosa sórdida que a mí me gustaba.

Uno de los ingredientes fundamentales en tus novelas es el humor, algo que te define mucho, ¿no?

Lo del humor es algo que me sale naturalmente. Luego, analizándolo, es una manera diferente de decir verdades, una manera diferente de acercarte a la realidad y describirla. A veces más fácil. Porque decir las cosas de manera cruda o directa no es tan posible como mediante la ironía. Y eso me gusta. Eso que decía Freud de que toda broma encierra una verdad. Al final en la ironía y en las bromas se dicen muchas verdades.

Y luego, a la vez, en Carmelo el sentido del humor es una forma de comunicación, es una estrategia de seducción hacia el otro. Cuando haces reír estás seduciendo al otro, estás atrapándole, te estás comunicando con él e intentando gustarle. Carmelo intenta utilizar en algunas ocasiones ese humor como estrategia de seducción, claramente. También tiene algo de mecanismo de defensa, de huida, de protegerse de los demás.

Tus novelas tienen apariencia de sencillas, amables, pero detrás hay un cuestionamiento del mundo que, sin ser explícito, está ahí ¿Es una manera de decir que la literatura puede ser muchas cosas?

Lo que quiero es escribir cosas que cuenten el mundo, que ayuden a iluminar el mundo de alguna manera. El mundo en el que vivimos, el mundo que me rodea, el mundo que me preocupa a mí. De momento no se me ocurre escribir de otras épocas históricas. Me gusta entender lo que nos pasa. Por qué somos así y algún aspecto de la realidad del mundo en que vivimos. Me parece que con una novela puedes contar cosas del mundo en el que vivimos. Contar cosas que además emocionen. Que en el fondo me parece que son una forma de conocimiento. Cuando lees un buen libro parece que estás conociendo algo más sobre el mundo.

Para rematar la entrevista, Rodrigo Muñoz Avia nos deja una frase, con la que iniciamos nuestra conversación, ideal para cerrar. “Soy un gran defensor de la ficción. Hay cosas que no se cuentan de mejor manera que con la novela. Hay cosas que cuenta una buena novela (Los Hermanos Karamazov, David Copperfield…) que no llega a contar el pensamiento discursivo, la reflexión o el ensayo, por el nivel de emoción o de la vida que transmite. Apuesto por la ficción y la defiendo. El problema de la ficción es que, a veces, cuesta creerla”

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Comentarios

  • angel coronado

    Por angel coronado, el 10 mayo 2021

    Siempre me sedujo definir la novela. Y en el texto que comento encuentro esto: la novela es aquello que no participa del “pensamiento discursivo, la reflexión o el ensayo”. Una especie de agujero negro. Estoy urdiendo un discurso, una reflexión, un micro ensayo y encuentro en ello la seducción de haber llegado a saber algo de lo que quiero saber, como si mirando para otro lado fuese la forma de ver. Como si no poder ver o entender la novela fuese, precisamente, poder no, poder no verla o entenderla. Poder no.
    Y ahora entiendo mejor otra cosa que no tiene que ver ni con la novela ni con el discurso, la reflexión o el ensayo. Poder no. Esa vieja idea que aprendí en Agamben, Giorgio Agamben. Poder no ser libre, he ahí una forma de libertad que me seduce.

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