“Mis queridos niños, esta es la historia de mi violación”

La escritora Tatiana Salem Levy.

No es fácil sobrevivir a una violación, no es sencillo saber que las sombras que ese episodio proyecta sobre ti serán la única piel con la que contarás para protegerte. Cuando la verdad más trágica ocupa todo nuestro espacio, nos convertimos en otros. Porque la mentira es un mal vicio, pero no tener acceso a ella cuando las heridas construyen para nosotros una biografía inesperada es, sin duda, una prisión para la que jamás estaremos preparados. En ‘Vista Chinesa’, de la portuguesa Tatiana Salem Levy, la protagonista escribe una carta a sus hijos contándoles que en aquel pirotécnico Río de Janeiro 2014, el de los Juegos Olímpicos y el Mundial de Fútbol, a ella la violaron.

“Antonia y Martim, mis queridos niños, sabed que nadie es auténtico en la lucidez. Nadie. Ni siquiera vuestra madre”.

Así comienza Vista Chinesa, de Tatiana Salem Levy (Lisboa, 1979), una larga epístola moldeada y madurada a golpe de dolor. No es fácil sobrevivir a una violación, no es sencillo saber que las sombras que ese episodio proyecta sobre ti serán la única piel con la que contarás para protegerte. Quizás sea por eso por lo que Júlia, la trasgresora protagonista de esta intensa y durísima novela, deje correr sus dudas, su dolor y su pena a través del renovado cordón umbilical que la unirá para siempre a sus hijos gemelos. Quizás en la inocencia de ellos ella piense que está su redención, quizás piense que esa carne que los multiplica sea la única capaz de acabar con esa cicatriz de aliento largo que es una agresión sexual:

“Río de Janeiro, aún hoy, aun siendo la ciudad de la que más se habla en el mundo, nunca ha dejado de ser peligrosa. Pero, hasta ese martes, el peligro era, para mí, una abstracción”.

“Aquel cuerpo sano que subía en camiseta a Vista Chinesa, en mallas de deporte y camiseta, que hacía seis kilómetros en seis minutos, se había convertido en un cuerpo lastimado y frágil, lleno de marcas”.

“Estaba viva, pero aún no sabía si la vida sería posible”.

Resulta estremecedor asistir a la locución llena de lucidez y de miedo que articula la protagonista. A ese duelo inmenso que le parece tan justo como insensato:

“Las voces habían desaparecido. Escuché el silencio, el de ellos y el mío. La certeza de que, por mucho que dijera, nunca podría expresar la vorágine que había dentro de mí. Me trajo también la certeza de la soledad. La certeza de que todos estamos solos, no solo yo, todos nosotros”.

Al inmenso testimonio narrativo que brinda, a la inmensa valentía de algunos párrafos, tan duros e imperturbables como esas piedras que la erosión ignora por mero capricho. La protagonista está intacta de cara a la sociedad, a sus espejos, a sus hijos, a su marido, pero no es más que un montón de carne deshecha cuando se sienta a escribir el testamento que ella cree que sus hijos merecen recibir, ese que hace que un hijo no olvide que detrás de una madre hay siempre una mujer.

Vista Chinesa es un libro lleno de esas heridas capaces de sanar a todas las mujeres del mundo. Un libro durísimo, pero muy, muy brillante. Un libro de lenguaje libérrimo que extraña porque desafía a la agonía vivida por la protagonista en la umbría de un bosque nacido para el deleite y no para el abuso. Ella deja que el lenguaje sexual se deslice por su boca como si fuese un bálsamo sanador construido por la contradicción en lugar de chorro de  agua hirviendo. Hasta es capaz de narrar unas lúdicas y lúbricas vacaciones como síntoma de aparente recuperación.

Sin embargo, Vista Chinesa es de principio a fin un libro en el que el futuro del cuerpo es una tortura que expulsa a la protagonista del presente, que anula su porvenir y que la perpetúa  en el pasado de esa forma esclavizante en que Dios perpetuó a ese hijo suyo que ha sido, es y será incapaz de salvar el mundo. Un libro que explicita con contundencia la violenta siniestralidad que lleva implícito ser mujer. Un libro en el que el furor de los sentidos y su atroz dictadura obligan a su protagonista a sobrevivir a golpe de confesión. Júlia es una mujer a la que le es negado el silencio de esa forma en que se le niega el agua a un boxeador que agoniza sobre la lona que salpica su propia sangre.

“Esa noche mi madre irrumpió en el comedor. Me abrazó con fuerza, como si a diferencia de mí, quisiera la concreción de mi cuerpo, la solidez de mis músculos de atleta, la hija sana y fuerte, la hija que no paraba. Me quería como antes, intacta, y cuanto más me abrazaba, más segura estaba yo de que nunca volvería a tener esa hija. No de la forma que yo era. Un trozo de mí, un gran trozo de mí se había quedado en el bosque, perdido, destrozado, restos de carne, comida para los animales”.

No obstante, Vista Chinesa es un libro ágil porque el dolor narrado vigoriza y concreta el recorrido de su léxico. La protagonista no deja en ningún momento que las huellas de la vejación distorsionen su objetivo:

“Ahora al contaros esta historia, me doy cuenta de que el duelo es así, lo enterramos en el bosque, lo enterramos en el análisis, lo enterramos en el trabajo, lo enterramos en la vida que sigue, pero siempre hay una parte que vuelve”.

“Pido que no se  repita, que crezcáis creyendo que el mal es un amigo que miente, un diente que duele, un amor que termina”.

“Mientras las sirenas invaden mis oídos, y me digo que la salvación vendrá de la tierra  o no vendrá, el bosque invadiendo y devorando la ciudad, el bosque comiéndose el asfalto, la salvación de Río es, siempre ha sido, siempre será su propia muerte”.

Salem Levy y su protagonista no dejan de mirar jamás al mundo, no dejan de recordar que Júlia es una afamada arquitecta y que  por tanto no se dejará caer nunca sobre los brazos de la destrucción. Está herida sí, pero todos sabemos que los animales heridos son los únicos que no están dispuestos a conformarse con la muerte.

No dejéis de leer este libro porque es un prodigio de sororidad, no dejéis de leer este libro porque aunque al hacerlo os dolerá la carne, os dolerá la memoria y os dolerá el corazón, su honestidad literaria y emocional es, sin duda, el más bello y deslumbrante epílogo para aquellas que no han tenido, no tienen, ni tendrán nunca voz.

‘Vista Chinesa’. Tatiana Salem Levy. Traducción de Mercedes Vaquero Granados. Libros del Asteroide. 162 páginas.

Deja tu comentario

¿Qué hacemos con tus datos?

En elasombrario.com le pedimos su nombre y correo electrónico (no publicamos el correo electrónico) para identificarlo entre el resto de las personas que comentan en el blog.

Comentarios

  • angel coronado

    Por angel coronado, el 26 junio 2022

    Tres contradicciones deslumbrantes:

    «Tan justo como sin sentido», que no como injusto.

    «Escuché el silencio», que no su callar.

    «Heridas capaces de sanar», que no de ser sanadas.

    Tres contradicciones deslumbrantes, que no enfrentadas, que no desafiantes, que no contrarias.

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.