‘Mejor ser que obedecer’: Narimane Mari en Documenta Madrid

La directora argelina Narimane Mari.

“Hago cine por el placer de ver el mundo que me gustaría que existiera”, afirma Narimane Mari en la mediana y confortable sala de proyecciones del Museo Reina Sofía. Aguarda que comience la proyección de ‘Alubias rojas’, su primer largometraje como directora, estrenado en 2013. Es argelina, de 1969. El festival Documenta Madrid y el Reina Sofía le dedican un ciclo con los cinco filmes que ha rodado en la última década. Esta es su primera retrospectiva internacional, que concluye mañana sábado.

Menuda, risueña, la cineasta y productora Narimane Mari mira reconcentrada antes de responder a las preguntas. Sus palabras adquieren seriedad cuando reflexiona sobre las razones de su cine. Si en sus dos primeras películas (Alubias rojas y La fortaleza de los locos) explora políticamente el pasado de su país, y por extensión África, al abordar la guerra de liberación argelina y el colonialismo y su legado, las siguientes (Holy days y Si alguna vez) parecen surgidas del inconsciente y toman la forma de poemas fílmicos, herméticos, mientras que Tuvimos el día, buenas noches, queda como un recuerdo al hombre que amó, el pintor francés Michel Hass, muerto en 2019.

La distinción de la obra de Narimane Mari la determina su alianza entre la ficción, lo documental y lo experimental. Su cine circula por festivales y museos como el George Pompidou de París y el Reina Sofía. Requiere atención y cierto desprejuicio para zambullirse en el flujo de sus imágenes, que rompen las convenciones fílmicas de las películas que se exhiben en salas comerciales.

Fiel al principio que resume el título del ciclo que le dedican Documenta Madrid y el Museo Reina Sofía, Mejor ser que obedecer, un verso del poeta francés Antonin Artaud, Mari encarna la desobediencia en el cine y en la vida. Para ella se trata de “no hacer lo que nos han impuesto. En mi trabajo nunca me he planteado la obediencia; no entiendo que nos pidan obedecer en la vida. Y esto no significa salirse del mundo, sino elegir un lugar para expresarse”, lo cual implica “no tener ninguna regla”.

Narimane Mari ni siquiera sabía que acabaría haciendo cine cuando se trasladó en los años 80 de Argelia a París y empezó a trabajar en los 90 en una agencia de publicidad, representando a galerías de arte, colaborando en la sección cultural de periódicos y otros medios y en la edición de libros de fotografía.

En 2001 produjo su primer filme, el corto L’arpenteur, premio Jean Vigo, y en 2007, por casualidad, se puso detrás de la cámara. “Un museo me llamó para encargarme una película sobre un pintor y acepté”, cuenta. Así fue como conoció a su compañero de vida, Michel Hass, con el que rodó el mediometraje Prólogo. “Me divertí mucho y me dije que quería hacer más”. Sin embargo, no volvió a dirigir hasta cinco años después. Aunque ya estaba cautivada por las imágenes. No hay manera de sonsacarle a Mari algo más allá de esa atracción. Dónde y cómo aprendió cine, y con quién. En una entrevista con el blog 242peliculasdespues en 2015 expresó su devoción por la obra de Jean Vigo, por la libertad con que rodó las imágenes de películas como Zero en conducta. “Si él podía filmar eso, yo también podía”.

Su aprendizaje fundamental, no cabe duda, provino de la producción, que, tras la experiencia de L’arpenteur, desarrolló al fundar en París la productora Centrale Électrique en 2006 y Aller Retour Films en Argel en 2010. Con ambas ha ido configurando un cine de ficción y documental comprometido y ha apoyado a emergentes directores argelinos. De ese adiestramiento germinó su primer largometraje, Alubias rojas, premio del jurado en el Festival Internacional de Cine de Marsella y rodada con niños a los que abordó la cineasta en la calle, proponiéndoles participar en el filme como si se tratara de un juego.

La época de Alubias rojas es principios de los años 60 en Argelia. Las primeras imágenes muestran a unos niños que se bañan en la playa. Juegan. Hablan. En sus conversaciones mencionan a la organización terrorista francesa OAS, que entonces trataba de impedir con sus atentados la independencia argelina. Comentan que los franceses se pelean entre sí. “Nos van a matar a todos”, dice uno de los niños. Discuten sobre la comida. De las alubias que comen ellos. Del chocolate, de los pollos que almacenan los franceses. Esa noche deciden asaltar uno de esos depósitos de alimentos inalcanzables para ellos.

La trama elemental de Alubias rojas expresa una parte, la parte política, de la película, que “imagina la revuelta colonial desde el juego infantil”, según explicó en la presentación Chema González, comisario del ciclo dedicado a la cineasta argelina y Jefe de Actividades Culturales y Audiovisuales del Reina Sofía. Envolviendo ese juego, la música interpretada en directo durante la proyección, como ocurrió en las sesiones de Holy Days y Sin alguna vez, enfatiza o subraya los momentos climáticos del filme.

No es, desde luego, Alubias rojas la película del sueño de Albert Camus, argelino y francés, sino la de los argelinos. No la del acuerdo posible entre ambas comunidades que deseaba Camus, sino la de la liberación de una respecto a otra. Y esa idea de liberación es el fundamento del filme, no la Historia. “El tema no es la guerra, sino la libertad”, dijo Mari en aquella entrevista de 2015. Pero cómo no apreciar en los diálogos infantiles, en las actitudes lúdicas de los niños, la resonancia de la guerra, que ellos expresan en su aversión a los franceses (“canta o te mato”, le insta uno de esos niños a un soldado francés que han capturado), en el deseo de que sean expulsados. La directora los caracteriza como cerdos, literalmente, pues muestra a uno de ellos con una careta porcina, con su brutalidad marcial, con un maniqueísmo elemental que prolonga en su siguiente obra, La fortaleza de los locos.

“Colonizar es el objetivo de la conquista”, se escucha en este filme estrenado en 2017 en el Festival de Locarno. Esa conquista es la que llevó a cabo Europa en África en el siglo XIX, la época en la que transcurre la primera de las tres partes de la película. En ella, recrea la vida en un cuartel argelino, donde los reclutas son adiestrados militarmente, mientras la banda sonora difunde las voces de los mandos y fragmentos de textos relacionados con el proceso de colonización francesa.

De nuevo, como en Alubias rojas, son los africanos, los argelinos, a través de Mari, quienes cuentan el pasado en el que ellos fueron los colonizados para “convertirlos”, “civilizarlos”, “domesticarlos”.

Esta inversión del punto de vista narrativo, que desplaza, desde el cine, la visión europea, occidental, por la propia, sigue el código de numerosos westerns de conquista, de manera que si en estos las víctimas son los colonizadores, en los filmes de Mari lo son los colonizados. Este maniqueísmo básico puede quizá entenderse a la manera del novelista mexicano Carlos Fuentes, cuando en una entrevista en el programa de televisión A fondo refiere cómo los mexicanos decidieron durante un tiempo, de esa forma maniquea, exaltar la herencia “indígena”, rescatarla de la postración, protegerla frente a la herencia española. Mari, podría decirse del mismo modo, niega la herencia europea y reafirma la perspectiva argelina en la primera parte de La fortaleza de los locos. En la segunda, un tanto críptica, situada en el presente, se muestra una especie de comuna en una isla y describe fragmentariamente rasgos de la vida en aquel lugar natural, donde sus habitantes viven al raso, se divierten, bailan. Solo una lectura de una sinopsis oficial orienta sobre el sentido que quiere dar la directora a estas imágenes que “imaginan una sociedad utópica en respuesta al sistema capitalista”. Esa utopía se quiebra en la tercera parte, un documental que recoge el eco de la dramática crisis económica, social y política que sufrió Grecia la pasada década.

Mari entrevista a dos personas, una mujer y un hombre de origen sirio, que la información del Reina Sofía sobre el ciclo identifica como militantes y activistas antisistema, algo que no sucede en el filme. Ambos responden a las preguntas de la cineasta sobre el momento dramático que convulsiona, en 2016, al país heleno. Sus conclusiones son desoladoras. Si la mujer sostiene que la salida es la “revolución”, el ciudadano sirio, en un discurso por momentos disparatado, sugiere que la respuesta desde el “pueblo” es la violencia: “Hay que sacrificar”, dice, cortar cabezas. “Así fue como cambiaron los franceses”, matando a sus reyes. Él mismo, reconoce, debe abstraerse de la realidad diaria de esa Grecia conmocionada para no salir “a la calle con un arma”.

https://www.youtube.com/watch?v=viGIuXs92Rs

Dos filmes poéticos

En 2019, la directora argelina estrenó uno de sus dos filmes poéticos y crípticos, Holy days, y en Documenta Madrid el segundo, Si alguna vez. El primero, un mediometraje, es “una película sobre el deseo, sobre la pérdida del deseo”, afirma Mari. Pero es difícil penetrar en sus imágenes (un hombre que cava su tumba en el campo, unos monos que deambulan por la tierra, un asno que rebuzna, una mujer que camina por una carretera vacía…) sin una guía que desvele su sentido. Lo mismo sucede, pero de un modo más hermético, en el cortometraje Si alguna vez. En palabras de Mari se trata de “la historia de las repeticiones de nuestras repeticiones. Puesta en escena como un ejercicio interminable, es también una historia interminable de cuánto nos amamos porque nos miramos”. ¿Son las expresiones de amor a las que alude las imágenes de King Kong que se reproduce en un televisor o las de una mujer encarada a una figura de Pinocho al que habla, susurra o besa? De nuevo, el sustrato semántico de las imágenes queda opaco.

Entre estas dos películas, Narimane Mari se despidió de una forma hermosa del hombre con el que vivió, el pintor francés Michel Hass, muerto en 2019, a los 85 años, de una grave enfermedad. Conscientes de la inminencia de la muerte, ella y Hass decidieron registrar, como una aventura, esos últimos momentos de su vida en común en el documental Tuvimos el día, buenas noches. En él se cumple lo que Nat King Cole canta en el filme: que “lo más hermoso es amar y ser amado”.

Montado como un collage de materiales previos (como el filme que realizó Mari sobre Hass en 2007), grabaciones sonoras, mensajes de amor conservados en el teléfono del artista e imágenes tomadas durante el proceso de la enfermedad, la cineasta argelina compone una elegía, que “habla de la vida, de las ganas de existir”. Por ello renuncia al dramatismo. “No he puesto lo peor”, admite. Las imágenes, por el contrario, cantan al pintor, a sus obras, a su alegría, a su humor. “No me interesaba la muerte”, resume la directora. “Quería una película que conservara la vida”.

Fiel a su carácter estético desobediente, Mari rompe la cronología, se eleva sobre la realidad, funde lo documental y lo poético, y crea otra vida, la de la propia película, la de su propio cine, que camina por un territorio desconocido que ella misma va descubriendo a medida que rueda, como una pionera.

El Museo Reina Sofía proyecta hoy viernes, a las 19.00 horas, ‘Si alguna vez’ y ‘Holy days’, y mañana sábado, a la misma hora, ‘La fortaleza de los locos’. La entrada es gratuita hasta completar el aforo, previa retirada del pase en taquillas o en la web del museo.

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