Giralt Torrente sacude los recuerdos de su abuelo Torrente Ballester

El escritor Marcos Giralt Torrente.

Antes de Los ilusionistas’ no había leído nada de la obra de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968). Confieso que lo hice llevada por la devoción que desde la adolescencia sentí por su abuelo Gonzalo y por ‘Los gozos y las sombras’. Me habían hablado muy bien de su narrativa, de su forma de enfrentarse a la verdad sin el ruido obsceno y extravagante de la ira, pero nunca llegué a creérmelo. A veces los prejuicios y los anhelos nos alejan de aquello que necesitamos. Por fortuna me decidí a leerlo y he quedado fascinada con cada uno de los ocho capítulos que componen este libro lleno de buena literatura. Giralt Torrente –que vuelve al territorio autobiográfico que con tanto acierto pisó en ‘Tiempo de vida’– me ha sorprendido; a ratos me ha abrumado con sus confesiones, con su literatura en estado de gracia. Sacudir el árbol genealógico es siempre una maniobra delicada y dañina y, a pesar de ello, él lo hace con una sencillez, una frescura y una ternura que convierten a ‘Los ilusionistas’ en una lectura adictiva. Es la nueva entrega de ‘Un hombre al mes’. 

Pero también me he quedado profundamente decepcionada con aquel gallego creador de Clara Aldán o de Mariana Sarmiento al que tanto admiré y tanto releí. Giralt Torrente ha matado al mito, al gigante y, sin embargo, al hacerlo no ha mermado mi admiración por su obra. Hay que ser muy hábil para que las heridas recibidas y divinamente narradas no hagan al lector mirar hacia otro lado.

No hay ninguna biografía fallida en esta novela, diario, memorando, oración o ensayo novelado. Giralt Torrente ha perpetrado un artefacto perfecto, aunque la perfección no exista y él esté encantado de ser un hombre que duda, que a ratos se miente, que a ratos se disfraza, que a ratos es un personaje que devora al hombre sensato que habla de los vivos y de los muertos con el mismo pulso, porque el escritor madrileño no se deja impresionar por los muertos, por su silencio, por sus cuentas pendientes con los vivos. 

Los ilusionistas no es en ningún caso un ajuste de cuentas, sino, como decía más arriba, una bellísima oración en la que los ilusionistas que se nombran en el título reciben sobre su cuerpo una elegía justa e inteligente. Soberbia en fondo y forma, novedosa y vivida. 

Habla de sus abuelos maternos, el ya citado Torrente Ballester y de su malograda primera esposa, Josefina Malvido, madre de los valiosos ilusionistas que Giralt retrata con tanta maestría como añoranza. 

“Aceptamos lo irreversible, pero, para que lo reversible perdure, se requieren consensos. Eso traslucen las cartas más allá de las máscaras y las quejas rituales. Ella se esfuerza en confiar en él y en hacer propias sus ambiciones, y si bien se conformaría con menos, acepta los costes siempre que no acarreen una modificación sustancial de su propia vida. Él sabe que su familia no se beneficia de su curiosidad mundana ni de su afán de notoriedad, si acaso lo hará algún día, y, entretanto, él se prodiga en atenciones para compensar su ausencia. Su propósito es complejo: estar no estando”.

“Él rebosa contradicciones. Puritano y carnal, católico y progresista, egoísta y controlador. Anhela a su familia, pero la evita porque no soporta el ruido de una casa en marcha. Ella es una criatura marina y él lo sabe, y quitarle el mar –el sonido de las olas, de la brisa, su humedad, los arenales– le arrebataría en parte la alegría de vivir”.

Giralt habla de una dinastía luminosa, oscurecida a base del egoísmo paterno y de la orfandad materna. 

Habla de su madre, de su tío Gonga, el gran escritor metido a delincuente por culpa del padre. Habla de su tía M y de su tío J. Aniquilados por la obstinada carnalidad paterna, tras ese segundo matrimonio que los arrancó de la vida lógica, de la vida alegre, de la vida justa y cómoda que merecían los hijos de un coloso literario. Cuatro hijos aniquilados, cuatro hijos sin porvenir que, gracias a Giralt, acaban siendo héroes. 

Los ilusionistas es un diario conmovedor, muy alejado de sentimentalismos. Giralt Torrente narra la intimidad de su familia materna, pero sin romper ese cerco sagrado que es lo privado.

“Mi madre trata de contármelo, pero son relatos como los que recita de los muertos, cuentos para ordenar el mundo y que esa íntima conexión entre felicidad y desgracia, que el novelista Richard Ford considera la esencia del arte, sea lo más dulce posible”.

“A lo mejor eso es la infancia. La vivimos como si no fuese totalmente nuestra”.

“Qué perturbador que al final de la vida siempre aparezca el niño, en los esforzados, en los alegres y en los tristes”.

Y pese a las interferencias y los ecos propios de cuatro vidas asediadas por los callejones sin salida, Los ilusionistas no es un texto complejo, sino todo lo contrario, posee una pureza narrativa y de una sencillez sentimental extraordinarias. 

Giralt Torrente es un escritor ambicioso y, al mismo tiempo, natural. Narra como quien cuenta historias antiguas al abrigo de una chimenea gallega, como quien está en la vida para expedir salvoconductos, para que la conducta del padre no convierta en parias a sus hijos, nunca pródigos y siempre perseguidos por la sinrazón de un progenitor ausente y al mismo tiempo castrador. 

“Cuando para paliar su sed familiar decidió que la hija mayor lo acompañara a Madrid como avanzadilla familiar, la metió interna en un colegio donde solo le era posible visitarla los domingos. Y más discutible; que no la matriculara en el bachillerato, sino en Cultura General, un cul de sac destinado a formar futuras esposas que impedía su acceso posterior a la universidad”.

Hay algún paisaje perturbador y duro como este en que habla de su tía M y de su deterioro cognitivo. Un párrafo que introduce en la narración ese desequilibrio que siempre lleva implícito contar la verdad útil. Giralt Torrente es frágil, concienzudo y honesto. Huye de la filigrana sentimentaloide tan arraigada en la auto ficción y escribe con la áspera seguridad de quien no le teme a la fuerza de la veracidad.

“Lamento mucho de esos días. El espectáculo de la decadencia no resulta gratificante. En particular me duele mi impericia para comunicarme con ella. Mientras me reconoció, aún pude sobreponerme. Escrupuloso con los fluidos corporales que dejó de controlar, apesadumbrado por la tristeza, frustrado por entablar diálogos infantiles con quien antes me afanaba en mantener conversaciones elevadas, a partir del momento en que me olvidó, en que ya no me reconocía, empecé a evitarla”.

Giralt Torrente no es sutil; la sutileza no es su objetivo. Su objetivo es la verdad literaria, siempre tan compleja e inasible y que en Los ilusionistas aparece, íntegra, transparente, lejos del caos, del ruido y de la furia con la que son obligados a caer cuatro frutos del árbol genealógico del gran escritor Gonzalo Torrente Ballester. 

Los ilusionistas forma un cuerpo férreo, un cuerpo cuidado, libre de ataduras, autónomo. Un libro en que el nieto aventaja en lo humano al abuelo. 

Giralt Torrente brinda una lectura libre de hermetismos sentimentales. Abierta y taxativa, sin un atisbo de remordimiento y con una generosidad que es y será indestructible. Sabe degustar esa luz penetrante y enriquecedora que los muertos le brindan a los vivos y la mete en la boca del lector con maestría y lo alimenta de esa forma personal y perfecta con que un relevista entrega el testigo a quien está ahí para detener sus zancadas sin restarle un ápice de protagonismo. 

Giralt Torrente incluye al lector, no lo trata como a un convidado de piedra, le incita con su sinceridad a hacer examen de conciencia. 

Descubrir a Giralt Torrente ha sido delicioso, incluso a pesar del latido de las grandes heridas que expone. 

‘Los ilusionistas’. Marcos Giralt Torrente. Anagrama. 253 páginas.

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