Paletta: “La escritura, como las revoluciones, necesitan paciencia”
La escritora Viviana Paletta.
Viviana Paletta, escritora argentina arraigada en España, heredera de Cardenal y de Juan Gelman, acaba de publicar su primera novela, ‘La espesura del cielo’, una narración breve e intensa, en la que aborda el devenir de las revoluciones en un sentido amplio. Nos comenta: “Yo creo que escribir es revolucionario. Es algo íntimo, que quizás no llegue a nadie. Pero encontrarse uno con lo que realmente siente y con lo que piensa, cómo construye su escritura a partir de ahí, me parece una labor que debe valorarse y puede ser una pequeña revolución para una persona encontrar eso”. Eso sí, añade Paletta: “La escritura, como las revoluciones, necesitan de la paciencia”.
La emergencia climática estrecha el cerco, disponemos de poco tiempo para casi todo, para darle la vuelta al ecocidio, por ejemplo, pero, aun así, o precisamente por eso, uno de los grandes retos que tenemos como sociedad es la construcción de nuevas utopías, la posibilidad de vivir en un mundo mejor, más justo en todos los ámbitos, tanto para los humanos como para el resto de seres vivos. Esa nueva utopía no puede ser edificada desde la jerarquía de un partido, sino desde el corazón de los vencidos por el sistema. Parecen palabras de otra época, y en verdad lo son, pero deberíamos recuperar ese horizonte para emprender un camino que se perfila complicado, casi imposible, lleno de limitaciones y múltiples amenazas que, también, parecen de otro siglo y que pensábamos que nunca iban a volver. Han regresado. Y para hacerles frente deberían volver también las utopías. Algunos de estos sueños murieron en dictaduras, pero sin utopías no podremos dar el primer paso.
Aún recuerdo la esperanza que tuvimos muchos jóvenes de mi generación en la Revolución Sandinista. Después de la experiencia fallida de tantos levantamientos contra las dictaduras latinoamericanas, como la cubana, parecía que por fin una de ellas traería una verdadera democracia socialista. ¡Lo que hubiera dado en ese momento por viajar hasta allí! Tenía varios compañeros que lo hicieron, como voluntarios. Regresaban como si de verdad hubieran visto un nuevo mundo. Pero ya conocemos la historia. Estados Unidos no iba a permitir una revolución en su patio trasero. En aquella época sus presidentes aún guardaban las formas, no como el patán autoritario de Donald Trump, que ha ido mucho más lejos que nadie, pero a efectos prácticos se trataba de apagar una luz que no les interesaba lo más mínimo, por miedo al contagio.
“Después EE UU les mandó más armas a Somoza; / como media mañana estuvieron pasando armas; camiones y camiones cargados con cajones de armas; / todos marcados USA , MADE IN USA”. Lo cantó el poeta, teólogo de la liberación y sacerdote Ernesto Cardenal, ministro de Cultura de Nicaragua entre 1979 y 1988. El Papa Juan Pablo II le prohibió administrar los sacramentos en 1984 por situarse a favor de los pobres. Cardenal abandonó el sandinismo cuando comprobó la deriva autoritaria de uno de sus líderes, Daniel Ortega. ¡Cuánto le admiramos en su día! Hoy se ha convertido en un Donald Trump o Putin en pequeño.
La llama de la utopía sandinista no ha muerto del todo, habita, por ejemplo, en los poemas de Cardenal, reunidos ahora al completo por Espasa (con prólogo de Elena Poniatowska y Remedios Sánchez) y que me hace llegar su editora, la poeta Viviana Paletta. Precisamente, Paletta, escritora argentina arraigada en España, heredera de Cardenal y de Juan Gelman, acaba de publicar su primera novela, La espesura del cielo (Los libros de la mujer rota), una narración breve e intensa, como a mí me gustan, en la que aborda el devenir de las revoluciones en un sentido amplio. El mero acto de escribir lo es, revolucionario, comenta Paletta: “Yo creo que escribir es revolucionario. Es algo íntimo, que quizás no llegue a nadie. Pero encontrarse uno con lo que realmente siente y con lo que piensa, cómo construye su escritura a partir de ahí, me parece una labor que debe valorarse y puede ser una pequeña revolución para una persona encontrar eso”.
Con una prosa poética y fragmentaria, llena de bellas metáforas y con un maravilloso manejo de la elipsis, nos cuenta Paletta el viaje de una guerrillera embarazada, que huye de la dictadura, a través de la selva, sola, para dar a luz. Es un El corazón en las tinieblas, pero al revés. En lugar de infierno, encontramos la luz, una luz que se abre paso a través de la oscuridad, una historia en defensa de la vida y de la esperanza. Una espesura que desorienta, pero que también oculta y que protege.
“En la negrura chapotea el pensamiento sin ton ni son, extraviado, revoltoso, tan ambiguo como superficial. Se dispersa en un pantano triste de palabras vencidas, de rostros que se desvanecen. Mi capacidad de imaginar se desorienta, se afiebra con tanto vacío”, leemos en La espesura del cielo, el monólogo de una mujer sin nombre. Casi nadie en esta historia lo tiene porque lo importante son los vínculos, no las identidades. Años de trabajo de esta poeta, de trazar un plan, condensados en menos de cien páginas.
Cada palabra en su sitio. Paletta es de las que saben contar mucho con poco. “Creo que hago de la necesidad virtud, porque yo tiendo a ser muy económica escribiendo. Estas cien páginas me han costado muchísimo como a otros les costarán ochocientas. Tiendo al verso, a escribir muy breve y a condensar muchísimo la información. Pero tenía todo el universo de los personajes muy trabajados, muy estudiados. Quizá no se vea, pero para llegar hasta aquí he estudiado qué animales había en la selva que describo, qué grupo guerrillero”. A esta novelista le encanta armar textos como un mosaico. “Jugar con la arquitectura de los textos, dónde va cada cosa, tal y como funciona la memoria, que salta de un lado a otro”.
Aparte de las revoluciones y de su papel en la historia reciente de América Latina, Paletta nos sumerge también en otros viajes, como el de la memoria y la emigración, con algún eco autobiográfico. “Hay mucho de biografía, es decir yo soy hija de y nieta y biznieta de emigrantes. Además, fueron emigrantes de ida y vuelta. Tengo una abuela argentina, mi madre es gallega. Eso por un lado de la familia, por otro lado son italianos y franceses; es decir, que el tema de la emigración intenté que estuviera muy presente, porque siempre he visto la nostalgia de los migrantes cuando era chica”.
También hay una reflexión en torno a la maternidad, pero no se queda en lo meramente biológico, animal, de transmisión. “Pienso que el hecho de la maternidad es político también. Lo que le sostiene a ella, a la mujer, es la revolución en un primer momento, aunque luego saliera mal. Pero es una persona muy vital, que confía. Es una mujer que se entrega a lucha, que puede estar equivocada o que se haya metido en un grupo que no es el adecuado, pero manifiesta una confianza en la vida y su pelea por su criatura me parece que amplía esa confianza en la vida. Es decir, se dice, yo no pude cambiar el mundo, pero doy una vida y esa persona va a tener todas las posibilidades de la existencia. Creo que en ese sentido es una novela optimista”.
En este sentido, recuerda lo que le comentó un lector, que la selva se concibe como un útero que la protege, a ella y al bebé que lleva dentro. “Me interesaba contraponer el campo y la ciudad. La selva y sus habitantes, que no habían tenido en cuenta los revolucionarios, la ayudan a sobrevivir”. Aunque no se dice, la zona de la selva que imaginó Paletta es el Gran Chaco, entre Paraguay y Argentina. Es una selva baja, de monte. “Es impenetrable de verdad y te puedes desorientar con mucha facilidad”. La naturaleza está viva, ayuda a la mujer, y ella le habla, mantiene su soliloquio con el bebé que lleva dentro, pero también con los árboles y las plantas, en un diálogo íntimo, poético, casi profético, que revela a una mujer que, quizás en otra vida, habría sido escritora en lugar de guerrillera. Mientras avanza y huye de los militares, la mujer escribe en pequeños papeles, con lápices de colores. Otro símbolo. La escritura como soporte de la vida, del pensamiento, de la lucidez. Escribir para no caer en la locura y espantar el miedo.
La escritura, como las revoluciones, necesitan de la paciencia, nos dice Paletta, la misma a la que apela Juan Gelman en los versos que abren esta novela alucinatoria, bella y necesaria: “No es para quedarnos en casa que hacemos una casa / no es para quedarnos en el amor que amamos / y no morimos para morir / tenemos sed y / paciencias de animal”.




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