‘Rust’, el wéstern maldito del trágico accidente de Alec Baldwin

Alec Baldwin y Patrick Scott McDermott, abuelo e hijo en ‘Rust’, en una imagen del filme.

Como si llevara la mancha de un filme maldito, ‘Rust’ se ha estrenado casi de tapadillo. Hace cuatro años, el 21 de octubre de 2021, durante un ensayo en el rodaje, el actor principal, Alec Baldwin, manejaba una pistola que se disparó accidentalmente y mató a la directora de fotografía Halina Hutchins e hirió al director Joel Souza. Acusado Baldwin de homicidio involuntario, la jueza anuló el juicio porque la fiscalía ocultó pruebas a la defensa, y el actor quedó libre. Ese suceso ha lastrado su llegada a las salas de cine, de donde enseguida fue retirada. Pero conviene deshacerse de prejuicios y desechar circunstancias ajenas a la naturaleza de una película que vuelve a mostrar el carácter inagotable del género cinematográfico por excelencia de Estados Unidos, el wéstern.

“El sabio habla porque tiene algo que decir. El necio habla porque tiene que decir algo”. La frase la atribuye a Platón uno de los escasos personajes femeninos de Rust durante la conversación que mantiene con un sheriff, que cree que la cita corresponde a Aristóteles. Puede sorprender la irrupción de la filosofía en un relato que sucede a finales del siglo XIX en Estados Unidos, entre Wyoming y Nuevo México. Pero acaso esa sorpresa se deba a un prejuicio. En un mundo violento, fronterizo, de severas y maniqueas reglas, con gentes en perpetua tensión porque saben que el hilo que une la vida de la muerte es tan frágil que suele vencerse por este lado, podría parecer extravagante esta enajenación filosófica. Cómo congenian un representante de la ley y una potentada y rigurosa anciana, los dos personajes que citan a los filósofos griegos. Quizá estas menciones encierren un leve homenaje a aquel médico de Pasión de los fuertes que citaba a Shakespeare; pero en todo caso no disuena que en un género dúctil como el wéstern quepan apasionados lectores de Shakespeare, de Platón y de Aristóteles. 

Si uno se detiene en esta secuencia aparentemente secundaria es por resaltar su brillo dentro de una película relevante de un género que dicen agotado. Imagina uno caras de fatiga en los estudios, en los fondos de inversión, en los bancos cuando reciben propuestas como la de Souza y Baldwin. No, otra del Oeste no. 

Pero aún persisten directores que anhelan cruzar esta estación de paso, como le ocurrió a Souza. Conoció a Baldwin en 2015 y colaboraron en el thriller Crown Vic, que produjo el actor. Poco después, este le preguntó a Souza si tenía otro proyecto. Sí, le contestó el director, un filme del Oeste sobre un padre y un hijo. Y Baldwin le contrató para que lo escribiera y lo dirigiera. De las conversaciones posteriores entre ambos, la relación entre un padre y un hijo mutó a la de un abuelo (Baldwin) y un nieto adolescente que mata accidentalmente a un hombre y es condenado a la horca, y su abuelo lo libera y emprenden un viaje hacia México para eludir la justicia, perseguidos por cazarrecompensas y por el sheriff que cita a Aristóteles. 

Rust reproduce, por tanto, uno de los motivos esenciales del wéstern: el del viaje, un periplo a través del territorio salvaje de un país inconcluso en 1880, año en que sucede el filme, y durante el que se narra el proceso de iniciación a la vida de un adolescente. 

La fecha es significativa, pues se sitúa en el corazón de la época en que discurren los wésterns, cuyos límites más o menos precisos se establecen entre finales del primer tercio del siglo XIX y principios del siglo XX, una clausura que Sam Peckinpah simbolizó en una escena de La balada de Cable Hogue en la que su protagonista muere no en un tiroteo o en un duelo, sino aplastado por un automóvil. 

Por tanto, en esa fecha de 1880 convergen los principales motivos iconográficos del género, que Souza convoca a modo de un fresco: el avance de las caravanas en su trayecto por tierras incógnitas, el levantamiento de pequeñas poblaciones o de incipientes ciudades, el cambiante paisaje de montañas, bosques e interminables llanuras y sus pobladores: cazarrecompensas, indios, tramperos, tenderos, terratenientes, colonos, pendencieros, forajidos… Habitantes de un mundo masculino y subsidiariamente femenino que, como un coro griego, personifican, en esta película, la atmósfera moral y física de ese país en formación. Por él avanzan solitarios un abuelo y su nieto. Como otros grandes personajes de los wésterns, al de Baldwin lo define su pasado, el de un fuera de ley violento ya vencido por el tiempo, pero rígido en sus convicciones, de modo que puede seguir matando de acuerdo a su propia moral de supervivencia, que intenta traspasar a su nieto. 

Ese tránsito, que convierte a un niño en un adulto o que desvela a un niño los enigmas del mundo adulto, es el centro de la película. Su veloz y obligado aprendizaje lo condensa Souza en una de las mejores escenas del filme. Mientras caza se da de bruces con un grupo de indios kiowas a caballo que le sitian y le acosan. Él reacciona humillándose en el suelo y les ofrece un intercambio: su rifle por un caballo. Desconcertados, los indios, acceden, no obstante, al canje y se marchan. 

El personaje del culto y atormentado sheriff que cita a Aristóteles es otra de esas personalidades primordiales de las películas del Oeste: un hombre de ley, íntegro, que ha dejado atrás a su hijo enfermo agonizante para perseguir a la pareja de fugitivos. Confrontado a extremos dilemas morales, los deshace sobre la marcha, entre el dolor y su asunción, de manera que entre el deber y la familia elige el deber, y entre lo justo y lo legal, escoge lo justo. 

Aunque estos personajes procedan del fondo de los arquetipos del wéstern, en absoluto lo son, sino figuras cuya complejidad las hace irreductibles al ideal, positivo o negativo, de esos arquetipos. Se muestran como héroes incompletos. Souza soslaya el esquematismo al que algunos directores condenan el wéstern, ciertamente un género de rígidos códigos, y aunque las hechuras de Rust sean clásicas (o arquetípicas) lo son a la manera de esas naturalezas muertas redundantes de Morandi, que requieren de una mirada atenta para revelar sus diferencias y valores. 

Pero quizá lo que a uno le complace más de Rust es, por decirlo así, su ajenidad al presente. No hay rastro de la actualidad, ningún ánimo de anclar en ella la película, tomando de esa actualidad motivos o temas que la hagan más llamativa tratándose de un wéstern, como esas revisiones llevadas a cabo por directoras como Jane Campion (El poder del perro) y Kelly Reichardt (Meek’s cutoff, First cow) sobre la masculinidad, la homosexualidad y la sensibilidad, a las que parece contestar (aunque en modo alguno lo haga) Rust con su brutalidad, su violencia y sus sentimientos reprimidos. Rust vive en el pasado, ese país extranjero que decía Hartley en El intermediario, que uno cree también propio y al que no se cansa de volver.

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