De Iggy Pop, Muse y AC/DC a Sabina, Estopa y Leiva

Leiva en concierto en julio en Gijón. Cortesía: Bring the Noise. Foto: Sergio Abevilla.

Por fin, el asueto estival y, aunque es sabido que este país vive una acuciante crisis de vivienda, una absoluta pérdida de confianza en la clase política, una impotente sensación de que la xenofobia, el antifeminismo y la LGTBIfobia asoman la garra con cada vez más descaro e impunidad, y una certera impresión de que el mundo asiste impertérrito a un genocidio mientras cava su propia tumba climática, ¿para qué hundirse en miedos e incertidumbres si podemos cantar y bailar a nuestros artistas favoritos hasta que el barco se hunda? En fin, tampoco se trata de acusar o excusar al personal de epicúreo nihilismo, ni de buscarle tres pies al gato: el verano ha llegado y bien se merece el guerrero, en un país que se lo puede permitir, un reposo en forma de concierto o festival, y más habiendo una oferta tan desbordante y variada. Así que en ‘El Asombrario’ nos colgamos el pase de prensa y nos dimos una vuelta por algunos de los mejores escenarios veraniegos de julio. De Sabina, Estopa y Leiva a Iggy Pop, Nine Inch Nails, Muse, Cypress Hill, Madness y… AC/DC.    

JOAQUÍN SABINA (MOVISTAR ARENA, MADRID, 02/07)

Tercer lleno del tahúr en el Palacio de los Deportes (hubo otro en mayo y otro en junio) y aún le quedan por delante otras cinco citas en este coso, salpicadas entre julio y noviembre. No es para menos, el ubetense, madrileño por nocturnidad y alevosía, despide la carretera con la gira Hola y adiós. El espectáculo arranca con la emisión, por las enormes pantallas (trasera y laterales), de su reciente vídeo El último vals; tras ello, se apagan las luces y emerge de la oscuridad Joaquín, pantalón amarillo, camiseta a rayas, chaqueta y sombrero, vejez por delante. El público, en pie, ovaciona. Se acomoda en un taburete alto y arranca con ese espléndido homenaje a la ciudad que es Yo me bajo en Atocha, su voz es un cascajo con nobleza de madera vieja y, cuando deja de cantar y habla, cabe preguntarse cómo ha podido aguantar con semejante garganta una gira con tantas fechas. Zalamero, comienza confesando que, pese a la emoción de haber tocado en ciudades muy queridas para él, como Buenos Aires y Ciudad de México, o tan admiradas como París y Londres, tocar en Madrid le genera un pellizco que solo le sucede aquí. Habita una emoción constante en sus ojos y en su voz, y parece estar a punto de llorar en cualquier momento. Y el público con él. 

Lágrimas de mármol y Lo niego todo, cosecha reciente. Mentiras piadosas y Ahora que…, del cancionero clásico. Antes de Calle Melancolía dedica el tema a Fernando León de Aranoa, que está en las primeras filas, sentado junto a Benjamín Prado y Luis Garcia Montero, y a Leiva, que se sienta en algún palco más discreto a la vista. Pese a las sillas, el público se la pasa de pie, con ganas de ovacionar y agradecer y, si se tercia, bailar, como con 19 días y 500 noches, donde Joaquín agarró la guitarra de manera casi testimonial. Para entonces el pescado estaba ya vendido y todo iba rodando sin más sobresalto que el de la emoción y la emotividad. Siguen cayendo muchos imprescindibles: ¿Quién me ha robado el mes de abril?, Más de cien mentiras, que aprovechó para presentar, de manera poética y cariñosa, a la banda, Camas vacías, que atacó la excepcional segunda voz del grupo, Mara Barros, y Pacto entre caballeros, de la que se encargó el guitarrista Jaime Asúa. Tras ese breve descanso, Joaquín desgrana más temas de su repertorio indeleble: Donde habita el olvido, Peces de ciudad, Una canción para la Magdalena, que interpreta sentado en silla baja, al lado de una mesilla con un vaso de… ¡agua on the rocks!; después una coreadísima Por el bulevar de los sueños rotos y una despedida triunfal con los medleys Y sin embargo te quiero / Y sin embargo y Noches de boda / Y nos dieron las diez, con el público abrazado y cantando. Los bises los arrancó Antonio García de Diego con La canción más hermosa del mundo y remató la faena Sabina con Tan joven y tan viejo, Contigo y Princesa, que la gente celebró a grito pelado, con la piel de gallina.

Cypress Hill. Foto: Ainhoa Laucirica / Cortesía Río Babel.

Cypress Hill. Foto: Ainhoa Laucirica / Cortesía Río Babel.

CYPRESS HILL, RAWAYANA, CARAVANE PALACE, KASE.O (RÍO BABEL, RIVAS, 04/07) 

Instalado en uno de los recintos que más macroeventos musicales acoge, el Auditorio Miguel Ríos de Rivas, el Río Babel celebró su octava edición con una propuesta muy consolidada, que apuesta por los sonidos mestizos que van de la música de raíz al eclecticismo urbano, generalmente en clave de baile. Los vecinos de la localidad tenían descuento, lo que aumentó el carácter popular de un festival que congregó a 25.000 personas por jornada, mayormente floreados treintañeros y juveniles cuarentones con ganas de menear las caderas y pasar un buen rato. La amplitud del espacio puso fácil disfrutar de los diferentes escenarios, y únicamente se atragantó un problema telemático con la recarga de las pulseras cashless, que generó la primera jornada más colas de las deseadas.

Cayendo ya la tarde, sin haber visto la ingente programación anterior, se llegó a tiempo para disfrutar del veterano trío angelino Cypress Hill, que entregó una ración portentosa de rap old school, teniendo al frente a los MC latino-estadounidenses, que llevan dando la cara desde su formación a finales de los 80, B-Real y Sen Dog, y a los platos a DJ Lord, que los acompañaba en este tramo europeo de su gira mundial, y es conocido por su labor en Public Enemy. Si bien lo último del grupo es una colaboración con la Sinfónica de Londres (en el que ambas partes salen bien paradas) en el Río Babel mostraron su gancho más directo, contundente y eficaz, hip-hop sin contemplaciones donde intercalaron alguna novedad, aunque el protagonismo se lo llevaron su clásicos, rolas de calle muchas de las cuales hacen referencia a su condición de fumetas y a la legalización de la hierba: I wanna get high, Latin lingo, Lick a shot, Dr. Greenthumb (con B-Real luciendo porraco en boca), Roll it up, light it up, smoke it up, How I could just kill a man… Para despedir con la coreada versión de House of Pain, Jump around.  

Después, en el escenario gemelo y anexo, Rawayana. Los caraqueños, que traían caliente su reciente Grammy a Mejor Álbum Latino de Rock por su anterior ¿Quién trae las cornetas?, y que acaban de estrenar Astropical, en colaboración con Bomba Estéreo, llegaban con ganas de hacer bailar, trasmitir buenas vibraciones y demostrar que son una de las bandas fuertes del momento en el terreno del pop tropical, con un show que incluía lanzallamas e imágenes en pantalla que hacían añorar playas idílicas de arena blanca y aguas turquesas; con todo, hay sobrevaloración en la propuesta, su lírica es previsible y vacua y su música descafeinada, abarcando del funk de ascensor al reggae de salón. De todas formas, la gente parecía bastante agradecida a la entrega de los venezolanos. Muy diferente fue lo que sucedió entre tanto en el escenario mediano, donde los parisinos Caravan Palace, que presentaban tanto su quinto trabajo, Gangbusters Melody Club, del año pasado, como el reciente Dusty House Mix (remezclas dance de algunos de sus temas más conocidos), ponían al personal patas arriba con su electro swing-cabaret, contagioso y arrebatador, con su puntito de house orgánico, marcándose un set juguetón, divertido y energético que Zoé Colotis y los muchachos (des)controlaron a la perfección, incluyendo una vibrante revisión del estándar de blues Black Betty. 

En esta primera jornada el plato fuerte fue Kase.O. El maño llegó con la condición de clásico, de referente incuestionable del rap en castellano, celebrando sus 33 años en la profesión. El de Rivas era el segundo concierto de su nuevo tour tras dos años sin realizar ninguna gira. Llegaba precedido por la polémica generada por su participación en un festival que tiene entre sus accionistas a un fondo de inversión con intereses inmobiliarios en territorios palestinos ocupados (KKR en el Sonar); en un comunicado muy criticado explicó que no cancelaría por ser una acción poco efectiva y por el quiebro económico que eso supondría para su equipo, y que donaría parte de las ganancias a la causa palestina. También le precedía el lanzamiento del single Todo me va bien, una colaboración para lo nuevo de Albert Pla, ya que el próximo trabajo de Kase aún se está cocinando. Más allá de esto, el concierto fue un completo repaso a su trayectoria, acompañado a los platos de su viejo camarada en Violadores del Verso, R de Rumba, y secundado por los MC Fran Fuethefirst y el Momo. Ataviado con carisma de veterano, chulería reposada, holgada sudadera y una mochila a la espalda (homenaje a sus inicios) cayeron muchos de sus más conocidos temas: de Violadores (Un gran plan, Vicios y virtudes, Vivir para contarlo), de sus colaboraciones (Ke no hay alcohol, con una foto recordando al desaparecido Jota Mayúscula) y de su etapa en solitario (Viejos ciegos, Esto no para, Repartiendo arte, Mitad y mitad). “El sistema nos quiere cabreados”, comentó entre canciones, “y la revolución es enarbolar la felicidad”. De invitados aparecieron Xhelazz y un muy aplaudido Sho-Hai, que completaba el trío de Violadores en el escenario. Para despedir, unas palabras contra aquellos que le han denostado por el mentado comunicado (“No creáis que no me afecta esa mierda. Igual no me he comunicado con la sensibilidad que el tema de Palestina requiere”) y dos canciones de los últimos años, Ringui Dingui y Tiranosaurius Rex, que consiguieron que hasta la amenazante lluvia respetase el show.

Madness. Foto: Ainhoa Laucirica / Cortesía Río Babel.

Madness. Foto: Ainhoa Laucirica / Cortesía Río Babel.

BEBE, MADNESS, GANGA KALÉ, ESTOPA (RÍO BABEL, RIVAS, 05/07) 

La segunda jornada se saldaba con un nuevo éxito de asistencia. Pasadas las horas de sol impenitente, que acogieron una programación que se prometía más que interesante, la extremeña Bebe ofrecía la tercera fecha de su gira de autohomenaje, en la que celebra las dos décadas de su disco debut, el totémico Pa fuera las telarañas. Pese a la incontestable valía y perdurabilidad de muchas de sus canciones, con un coreadísimo Malo a la cabeza, la actuación adoleció de un cierto despiste por parte del público, que no acabó de entrar en el concierto. Tampoco acompañó el sonido de su micrófono, que se perdía sobre todo en las charletas que soltaba entre canción y canción y en los temas más intimistas, con lo que se disipó parte de la magia y la épica natural de la cantante. Y, aunque su banda estuvo potente y ella, como es norma, empoderada y refulgente, quedó la sensación de que un escenario más recogido y un público más conocedor de su legado le hubieran sentando mejor a Ella, Siempre me quedará, Con mis manos, Siete horas, Respirar… 

De seguido, Madness, que llegaban inmersos en su tour Hits Parade y que, con sus dime y diretes, llevan casi medio siglo de actividad ininterrumpida. Pertenecientes a la gloriosa escuela del revival ska británico de mediados de los 70 (junto a The Specials y Bad Manners) la formación conserva a siete de sus miembros originales, encabezados por el cantante Graham Suggs McPherson, cuya voz, algo rozada, superó con profesionalidad el envite, y el carismático saxofonista Lee Kix Thompson, que sopló con fuerza y se disfrazó y payaseó cuando el guion lo exigía. Arrancaron con One step beyond, lo que es una manera de meterse al público en el bolsillo desde el comienzo, y mantuvieron la atención con unas más que funcionales y divertidas creatividades en las pantallas de vídeo que acompañaron a temas tan reseñables como The Prince, el homenaje al jamaicano Prince Buster, uno de su máximos referentes, la versión de Jimmy Cliff The harder they come, Shut up, donde los vientos se disfrazan de policías y apalizan a Lee, las archiconocidas Our house y It must be love y, ya en los bises, Night boat to Cairo.

Mientras tanto, en el escenario mediano, vitalista y entusiasta, La Ganga Calé, al grito de “¡la vamos a liar!” y con el simpar Juanjo Carvajal Kunque levantando ánimos y pasiones, ofrecieron una buena ración de jugosa salsa con toques vitaminados de reggae, rumba y funk, revisando el material tanto de sus dos discos hasta la fecha, como de la media docena de singles con los que han ido alimentado su discografía recientemente. 

Cuando llegó el momento de Estopa, el resto del recinto (escenarios, puestos de comida, la noria, tenderetes de branding y barras de bebida) se vació para congregarse delante de la banda de los hermanos Muñoz. Tras el baño de masas que se dieron el año pasado celebrando su cuarto de siglo, con el cacareado y colosal lleno en el Metropolitano madrileño, esta temporada únicamente encabezan unos pocos festivales estivales, siendo punta de lanza en cada programación. Con un sonido nítido y arrollador, la banda de acompañamiento arranca en modo hard, casi heavy, con las creatividades de las pantallas generando expectación, para dar paso, ya sí, al característico sonido rumba-rock con Tu calorro, que, sin perdón, fue seguida de Cacho a cacho, dos de las canciones fuertes de su ya lejano disco debut, que sería el más revisitado durante el show. La conexión de los cornellanenses David, voz principal, y Jose, guitarra española y voz secundaria, con el público es instantánea. El respetable se las canta todas, diríase que con más intensidad y sentimiento según sean las canciones más veteranas, se trata de un público razonablemente joven y se nota que tiene las canciones arraigadas a su infancia, y de pe a pa corea Malabares, Vacaciones, Ya no me acuerdo, Por la raja de tu falda, El del medio de Los Chichos… No cabe duda de que la rumba paya y catalana, con su pellizco de rock a lo Extremoduro, sus quiebros romanticones y sus quejíos flamencos (Chonchi Heredia estuvo fantástica) goza de enorme y robusta salud, y los hermanos la fortalecen con su peculiar actitud como de andar por casa, casi tímida en las presentaciones entre tema y tema. Tras más de dos horas de concierto despidieron con el celebradísimo Como Camarón, que mandó a todo el mundo con una buena sonrisa a casa.       

Iggy Pop. Foto: Javier Bragado / Cortesía MadCool.

Iggy Pop. Foto: Javier Bragado / Cortesía MadCool.

DEADLETTER, IGGY POP, MUSE (MAD COOL, 11/07)

El recinto Iberdrola, que presume de ser el más grande de ocio y cultura de Europa, acoge un año más al Mad Cool, que va por su octava edición. El festival, que juega en la liga de las grandes convocatorias musicales continentales, ostenta el récord (además de por el precio) de la comodidad sobre el resto de citas peninsulares, al tener todo el suelo cubierto de césped artificial, lo que invita a la gente a tumbarse o sentarse allá donde le pilla, en tanto las inmensas pantallas y las torres de sonido permiten disfrutar de los conciertos desde una cómoda distancia. Tal vez no se pueda superar la sensación de estar en un enorme centro de ocio-comercial: había que ver las colas ante los stands donde poder tirarse fotos con muñecos de los recientes estrenos cinematográficos, Superman y Los Cuatro Fantásticos, y ante los de cosmética de marca, donde hacerse unos retoques de última hora, por no mencionar los chiringuitos donde paladear eso que llaman “experiencia de marca”, que incluyen branding de moda, gastronomía, turismo, automoción, finanzas… Eso sí, la gente tan pancha y tan pichi, complacida y consumista, como corresponde, ligera de equipaje, cashless cargada en la muñeca, camisas de flores y vestidos vaporosos, chanclas y bambas. A veces da la impresión de que no hace falta ser muy fan de la música en vivo o estar a la última en tendencias musicales para disfrutar igualmente del sarao. Y, al contrario, también se hace obvia, sobre todo entre los miles que se agolpan en las primeras filas, la reseñable cultura musical que habita ya por estos lares.     

Cayendo la tarde aterrizamos en el justo momento en que ha habido un apagón en los escenarios principales, lo que ha terminado de forma abrupta con la actuación de la estadounidense indi-pop-folkie, Gracie Abrams. El contratiempo no afecta a las carpas cubiertas, que es donde cabe descubrir joyitas más underground o emergentes, caso de los ingleses Deadletter, una maravilla post-punk con un solo disco largo en el mercado, el muy recomendable Hysterical strength, con sus ritmos obsesivos e intensos, las guitarras oscuras, el alocado saxofón y ese cierto aire psicótico que se trae su magnético cantante, Zac Lawrence, que por momentos recuerda al Iggy o al Nick Cave de jóvenes. A continuación, en uno de los escenarios principales, Iggy Pop trata de comenzar su actuación hasta en tres ocasiones, se ve que aún colean los efectos del indeseado apagón. Sale la banda, se enfunda los instrumentos, después Iggy, que se acerca chulesco al micrófono y, según pega el grito inicial de TV Eye, zas, se va el sonido.  

Solventado el contratiempo, que terminaría acortando el tiempo de actuación, la Iguana (78 años) lució vejez sin ambages: Salió descamisado, enseñando una piel arrugada y colgante, como si llevase una muda de piel de serpiente, y con una ostentosa cojera, debido a que la pierna derecha es varios centímetros más corta que la izquierda, detalle que, sumado a la escoliosis (columna vertebral curvada) hacía casi pesaroso verle desplazarse por el escenario. Todo ello fue suplido con una actitud arrogante y desinhibida, más la aquilatada leyenda de ser un superviviente a todo tipo de excesos. Y, aunque Iggy tiene una abultada carrera en solitario, con capítulos deliciosos, como cuando canta en francés, o se aventura en el pop, en directo no arriesga y va al tuétano, ofreciendo esencialmente material de su primigenia etapa Stooges: Tras TV Eye cayeron Raw power, I got a right, Gimme danger, después un par de paradas en los temas más famosos que tiene en solitario, The passenger y Lust for life, y vuelta a The Stooges, Death trip, I wanna be your dog, Search and destroy, Down on the street, 1970, I’m sick of you… Tras él arreciaba un bandón espectacular, tan raw como cool, que, para estar en el horario y el escenario que estaba, sonó más bajito y con menos fuerza de la deseable. Nick Zinner (Yeah Yeah Yeahs) a la solista, Uriah Hickney (The Armed) a la batería, Ale Campos (Las Nubes) a la rítmica, Brad Truax (Interpol) al bajo, además de una teclista y, aderezando a lo grande y llegados del mundo del jazz, el trompetista Leron Thomas y el trombonista Corey King. Entre todos crearon una atmosfera ideal, entre el pre-punk y el soul de garage, para las añejas y emblemáticas canciones del angelino. Dejó para el final temas menos evidentes, pero importantes, de su repertorio en solitario: Some weird sin, Nightclubbing o la más reciente y salvaje Modern day rip off, y se despidió con la versión del clásico Louie, Louie y su Funtime.

Muse. Foto: Javier Bragado / Cortesía MadCool.

Muse. Foto: Javier Bragado / Cortesía MadCool.

El plato que encabezaba la primera jornada era, sin duda, Muse, con su concepción estratosférica de lo que ha de ser un concierto en directo pensado como un gran espectáculo de masas, cuidando y magnificando hasta el paroxismo iluminación, escenografía y sonido. El portentoso trío británico de Matt Bellamy (voz, guitarra y ocasionalmente piano), Christopher Wolstenholme (bajo) y Dominic Howard (batería), que se beneficia sobre el escenario de la presencia de Morgan Nicholls (teclados, percusión), genera una atmósfera absorbente, cautivadora y ampulosa. Arrancaron con el adelanto de su próximo disco, Unravelling, para luego revisar mayormente lo más celebrado de sus discos clásicos (Absolution, Black holes and revelation, The Resistance y The 2nd Law) y de su última entrega (Will of the people). Muse consigue algo a priori complicado, partir de una propuesta musical arriesgada, donde se da cita lo progresivo, la ópera rock y el metal industrial, en tonos, ora grandilocuentes, ora crepusculares, pero siempre mesiánicos, y encandilar y conectar con un público mayoritario. Un concierto plagado de momentos épicos, destacando las celebradas Madness, Unite States of Eurasia, Supermassive black hole, Uprising o Knights of Cydonia. Despidieron el bis con Starlight, tras el que los fuegos artificiales dieron por finiquitado el apabullante espectáculo.

NOAH KAHAN, KAISER CHIEFS, BATTLESNAKE, NINE INCH NAILS (MAD COOL, 12/07)

Llegando la noche despedía Noah Kahan su set en uno de los escenarios grandes; melódico y melancólico, pero pasional y enérgico, el cantautor folk estadounidense, que lo está petando en las listas anglos con su tercer disco, Stick season, se presentaba por primera vez en nuestro país con un resultado que arrojó un saldo positivo a su favor. Después, en el escenario mediano, los británicos Kaiser Chiefs, con más de dos décadas de carrera, presentaban The easy eighth álbum, un nuevo eslabón en una discografía preñada de pop-rock enérgico al “estilo de la Pérfida Albión”, con sus dosis de new-wave, pub-rock, indie-mainstrean y un pellizco de punk (versión de Ramones incluida). La banda tiene escuela en estas lides de los grandes festivales y se notó. Casi a la par, en uno de los escenarios cubiertos, los australianos Battlesnake, ataviados con túnicas blancas (su cantante, Sam Frank, lucía incluso una capucha con cuernos diabólicos), como unos sumos sacerdotes del heavy metal de marchamo clásico, desgranaban el contenido de sus tres discos y, aunque de primeras podía parecer que estaban haciendo parodia del género, lo cierto es que se tomaban la cosa en serio y ejecutaban los temas con la fiereza y presteza necesaria.

Nine Inch Nails. Foto: Cortesía MadCool.

Nine Inch Nails. Foto: Cortesía MadCool.

Los cabezas de cartel de la jornada fueron Nine Inch Nails, que ya estuvieran en este festival hace siete años. La banda, encabezada por Trent Reznor, enfrascada en su gira Peel It Back Tour, ofreció una masterclass de rock industrial, imaginativo, retorcido, intenso y poderoso, aunque, para sentir el bofetón de sonido en la cara, había que arrimarse mucho más al escenario que el día anterior en Muse. La alineación en directo se completaba con los habituales Atticus Ross (teclados, sintes), Robin Finck (guitarra), Alessandro Cortini (bajo) e Ilan Rubin (batería) y, siendo su último disco de hace cinco años, se dieron un paseo por lo más granado de su discografía, con espacio para las inevitables y paradas en otras menos obvias, siendo el trabajo más visitado The downward spiral del que hicieron hasta cinco temas, unas celebradísimas Piggy, Heresy, March of the pigs, Closer y, por supuesto, Hurt, con la que cerraron. Fueron y sonaron crudos y experimentales, electrónicos y eléctricos, vulnerables y rabiosos, jugando con eficiencia y sabiduría con los crescendos, manejando el clímax y generando una atmósfera de claroscuros para la cual, las luces, que estaban a los lados del grupo, no encima o detrás, fueron fundamentales, así como un operador de cámara que parecía el sexto miembro del grupo, y que enviaba planos cerrados en blanco y negro a las pantallas gigantes.  

AC / DC. Foto: Christie Goodwin.

AC / DC. Foto: Christie Goodwin.

AC/DC (RIYADH AIR METROPOLITANO, MADRID, 16/07)

Con el sol aún pegando fuerte, la miríada de público se dirige a llenar el estadio Metropolitano, el del Atlético de Madrid. A las hordas de seguidores del grupo australiano se los distingue a distancia, para un concierto de AC/DC la gente se viste con camisetas de… AC/DC, además, una cantidad nada desdeñable les compra a los vendedores ambulantes la diadema con cuernitos que se ilumina en la oscuridad, y hasta hay algunos que se disfrazan de colegial, con corbata, gorra, camisa y pantalones cortos. Efectivamente, el emblema de la banda es su guitarrista, Angus Young, que de crío salía literalmente uniformado del colegio directo a tocar en el grupo. AC/DC es, desde mediados de los 80, la banda en directo más poderosa del rock, con permiso de los Stones. Lo de AC/DC es religión. En las inmediaciones del estadio las papeleras rebosan de latas de cerveza, el ambiente es festero y expectante: en el islam se ha de ir a la Meca al menos una vez en la vida, en el rock a ver a AC/DC, y se palpa que muchos son repetidores, aunque los más entrañables son los padres que llevan a sus hijos por primera vez. Aquí el branding que manda es el del grupo, su puesto de merchandising soporta una cola perenne, y eso que ostenta el récord de precios de todos los vistos recientemente: una simple camiseta vale 50 euros.        

Aguarda un escenario inmenso, pero despejado y funcional, con el consabido pasillo en el centro, que se adentra entre las primeras filas para las correrías de Angus. Ha ido cayendo el sol, se apagan las luces, en las pantallas atruena un coche a toda velocidad cuyo fin de trayecto marca el comienzo del bolo. Arranque de infarto: If you want blood (you’ve got It) y Back in black, la emoción de ver a la leyenda en vivo y el peso de escuchar en directo dos canciones tan históricas no permite calibrar con distancia. Después Demon fire, de su último disco, Power up, que apenas tiene cinco años y no genera la misma catarsis, y cabe detenerse en los protagonistas: Brian Johnson se pasea sonriente y simpático por el escenario, hace alarde de naturalidad y conserva ese aspecto sempiterno de tipo que acaba de bajarse del camión o del andamio y se está echando unas birras con los colegas mientras canta un poco de rock duro, acelerado y chillón; Angus, vestido de colegial y con la media melena canosa totalmente blanca, emana, como siempre, singularidad y magnetismo, todo en él es icónico: sus muecas faciales, sus dedos levantados en forma de cuernos, su forma de recorrer el escenario (ese “duck walk” que tomó prestado de Chuck Berry);  los otros tres miembros son invisibles, alrededor de la batería, que aporrea el recién llegado Matt Laug, se arremolinan el también nuevo Chris Chaney (bajo) y el sobrinísimo Stevie Young (rítmica) que solo se despegan para hacer puntuales coros. Siguen cayendo clásicos: Shot down in flames, Thunderstruck, donde Angus ya pierde del todo el uniforme y se descamisa, Have a drink on me, Hells bells, etc. Con todo, el sonido no acaba de clarificarse, suena algo enmarañado o marrullero, tal vez sea la conocida mala acústica del lugar o, tal vez, que la base rítmica, el afamado y característico backbeat, original del desaparecido guitarrista Malcolm Young y el retirado baterista Phil Rudd, no suena igual de sexy. Entre tema y tema hay a veces demasiado silencio con luces apagadas, pero el gentío lo suple con el cántico del “oe, oe, oe, oeeee”, y, una vez caída la noche, los miles de cuernecitos iluminados y cantarines, generan ambientazo.   

Cuando llega el turno de Highway to hell, evidentemente, apoteosis, que se empalma con otro pepinazo, Shoot the thrill. Aún así, y tras el dechado de imaginación, buen gusto y buen hacer que se ha podido ver recientemente en las pantallas gigantes de otras bandas de estadio, las de AC/DC se antojan simples, poco trabajadas, con imágenes del instante que esencialmente apuntan a Brian y Angus, a los que en determinados momentos rodean con unos efectos pírricos de llamas u otros adornos digitales. Se entiende que el carisma de los protagonistas lo suple todo. Dirty deeds done dirt cheap, High voltaje, Riff raff. Lo que no se puede suplir es el estado de la garganta de Brian, que ha estado cantando al límite hasta que en Shook me all night long se evidencia que no llega, y el hombre se santigua repetidas veces durante la interpretación y se señala la garganta, la sensación de verle así es algo lastimosa. Sensación que continua con el Whole lotta Rosie (ya no hay, como en giras pasadas, una muñeca hinchable gigante, ahora solo se muestra en pantallas), y que hace inevitable traer a la memoria la versión original, con el fallecido y joven Bon Scott a la garganta: francamente, no hay color. En Let there be rock, Brian tiene un respiro, porque es el momento del larguísimo solo de Angus, que resulta efectivo y efectista, más visceral que virtuoso, tanto desde que lo acomete en lo alto del pedestal elevador bajo una lluvia de confeti, hasta que el resto de la banda se retira y le deja solo ante la muchedumbre: ningún guitarrista del mundo ha conseguido una comunión semejante con un público masivo haciendo blues electrificado, y en este caso hasta las imperfecciones tienen su virtud y su ingenio. Para los bises T.N.T. y For those about to rock, con sus típicos cañonazos, que de alguna manera suenan a despedida. No puede saberse si volverán a girar por el país, pero tampoco deberían empeñarse, que en el pasado fueron mejores, mucho mejores, y no hay necesidad de ir evidenciándolo por ahí. 

 

JOAQUÍN SABINA (CAMPA DE LA MAGDALENA, SANTANDER, 18/07)

Una lluvia, fina pero constante, hace temer al público que se pueda llegar a suspender el concierto. Sin embargo, hay en cada asiento un impermeable de plástico y, como tampoco está diluviando, pues la gente se pone el chubasquero y el show comienza a su hora, emitiendo por las pantallas el vídeo de El último vals. Después aparece la banda y tras ellos Joaquín, cuya sola presencia levanta una gran ovación. No interpreta, como hizo en Madrid para arrancar, Yo me bajo en Atocha, sino que empieza con Lágrimas de mármol, el que tal vez sea su mejor y más vitalista tema de los de la última hornada. A partir de aquí el concierto sigue el mismo patrón y repertorio que en el Foro y que en el resto de la gira. 

Como el desarrollo de este ya está contado, cabe entretenerse en otros detalles: en las miradas de soslayo que echa Joaquín al prompter (pantalla en el suelo donde aparecen las letras), y no es de extrañar, para no perder una palabra de una lírica compleja, literaria, rica en vocabulario y extensa en forma y fondo; en los magníficos y cuidados contenidos que muestran las pantallas durante la interpretación, unas veces con vídeos originales o imágenes antiguas de Joaquín, otras enseñando fondos abstractos y difusos que generan ambiente y otras recreando ilustraciones del artista visual Luis Tomás, que casan a la perfección con la atmósfera de los temas; en la banda de acompañamiento, donde se juntan veteranos que llevan varias décadas con Sabina con nuevas incorporaciones, y que son Antonio García de Diego (teclados, guitarra), Jaime Asúa (guitarra), Pedro Barceló (batería), Mara Barros (voz), Laura Gómez Palma (bajo), Borja Montenegro (guitarra) y Josemi Sagaste (saxo y percusión), todos ellos con una lustrosa carrera profesional detrás y que secundan al de Úbeda con simpatía y eficiencia, sonando en todo momento en su sitio y lugar; en la contradicción que generan algunos temas, como la bellísima Una canción para la Magdalena, que romantiza sin ambages el lenocinio en unos tiempos en que eso ya no se estila; en el propio Joaquín que, si bien no parece impregnado de la emoción permanente, casi lacrimosa, que mostró en Madrid, se le aprecia, diríase, más divertido, tal vez por no tener la responsabilidad de tocar en su ciudad y con la grata ligereza que genera tocar en fiestas en ciudad costera veraniega; y finalmente en el público, entre los que se encuentran sus amigos Jorge Drexler y Leonor Watling, y que se entrega con la solemne emoción que el momento exige.

Leiva. Foto: Ritxie / Cortesía Attraction Mang.

Leiva. Foto: Ritxie / Cortesía Attraction Mang.

LEIVA (PARQUE DE LOS HERMANOS CASTRO, GIJÓN, 26/07)

Ver a Leiva en su ciudad, Madrid, ante 15.000 personas, ha dejado de sorprender, ya que suele repetir la gesta varias veces cada vez que realiza una gira. Sin embargo, verle en Gijón delante de casi el mismo número de personas, sí que ofrece un dato fehaciente de lo que ha crecido su figura. Y, además, público de toda edad y condición, lo que es signo inequívoco de gozar de popularidad a pie de calle. El tour Gigante, con el que presenta el disco del mismo nombre, le está dando buenas alegrías en forma de recintos llenos en cada ciudad que pisa. Y Leiva está a la altura con creces, empezando por el grandilocuente montaje de luces y pantallas, hecho con gusto y precisión, que demuestra que aquí se sabe jugar en la liga a la que se pertenece. Luego, claro, está su carisma personal, el del chico de barrio que llega al podio del rock-estrellato y muestra tanto la chulapería que le ha llevado hasta ahí, como la humildad del que sabe lo que eso cuesta. Su pose y sus pintas, que beben de los grandes referentes del género (de Willy DeVile a Keith Richards), ayudan a la imagen que trasmite de pícaro cool, pero, ojo, que por encima de eso hay un músico con un olfato muy fino, guitarrista de riff y duende, que lleva detrás una banda engrasadísima que le sigue al dedillo. 

El show arranca con fuerza: Bajo presión, La lluvia en los zapatos, Gigante, Lobos y una coreadísima Terriblemente cruel. Leiva explica el respeto y cariño que le tiene a Asturias, pues pasaba los veranos familiares en una pequeña aldea de la tierra. Rebaja de cuando en cuando el pie del acelerador, lo que permite apreciar los matices musicales, emotivos e intensos, de los que es capaz el grupo, sea con Superpoderes, Breaking bad, El polvo de los días raros o Angulo muerto. También hay muestra de esa capacidad de introducir coros casi futboleros en magníficas canciones de pop (Sincericidio), o de que, no se olvide, estamos en un concierto de rock, con sus guitarras subidas de tono, sus vientos, sus teclados, sus coros y una base rítmica que incluye percusiones (sonó salvaje Cortar por la línea de puntos). Tras el épico e íntimo momento de quedarse a solas con la acústica ante el respetable, para lo que pidió por favor silencio y que no se usasen los móviles, donde hizo un sentido Vis a vis en el que insertó unas frases de La alegría de vivir, de Ray Heredia, que fueron muy ovacionadas, se fue acercando el final del concierto, donde terminarían cayendo algunas de sus canciones más conocidas con Pereza, como Estrella polar y Lady Madrid. En los bises, turno para la canción que más proyección ha tenido de su último disco, Caída libre (que está grabada con Robe Iniesta), de su carrera en solitario, Como si fueras a morir mañana, y de toda su historia, la pereziana Princesas. Chapó.

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