Recomendación veraniega: leer a Wodehouse, siempre con ‘happy end’

El escritor británico Pelham Grenville Wodehouse.

Se cumple este año medio siglo de la muerte–una excusa tan buena como otra cualquiera para ser descubierto por quien todavía no lo conozca– del escritor inglés Pelham Grenville Wodehouse, ‘Plum’ para sus amigos y sencillamente Wodehouse para los millones de lectores y lectoras de sus obras repartidos por todo el mundo a lo largo de los últimos 100 años, entre los cuales me cuento desde el afortunado y providencial día en que lo descubrí por simple casualidad.

Para celebrar, conmemorar y festejar, incluso con el lanzamiento de fuegos artificiales, confeti y serpentinas, el centenario de su nacimiento —para el cual, en un acto de puro optimismo, el mismo que trasmite su obra, espero publicar el artículo correspondiente— tendremos que esperar al año 2081. Sumergirse en la obra de Wodehouse es ingresar en un mundo plácido e idílico donde, sean las que sean las vicisitudes que atraviesen sus protagonistas o recorran sus tramas, serán siempre solventadas y donde el ‘happy end’ se convertirá en el sempiterno colofón de absolutamente todas y cada una de sus obras.

Wodehouse fue narrador, dramaturgo, cuentista y articulista, pero por encima de todo un autor humorístico –“quizás el mejor novelista cómico del siglo XX” en palabras de Daniel Gascón– cuya calidad literaria es equiparable, sin su melancolía, a la de un Evelyn Waugh, sin su acidez, a la de un Saki, sin su gamberrismo, a la de un Sharpe, y que siempre me ha recordado la fina ironía del Antrobus de Lawrence Durrell, y que le llevó a ser reconocido –el mismo año de su fallecimiento y seguramente como acto de desagravio por los acontecimientos que contaré un poco más adelante– con el rimbombante y prosopopéyico título de Comendador de la Orden del Imperio Británico o a ser distinguido con el nombramiento como doctor honoris causa por la Universidad de Oxford.

Su nombre tal vez nunca ocupó un lugar en los listados de las casas de apuestas de su país a la hora de obtener el Nobel de Literatura, pero a día de hoy, cuando se galardona a juglares y la risa cervantina se ve recompensada, Wodehouse y su obra seguramente hubiesen sido considerados y apreciados de una manera muy distinta, no simplemente como un mero entretenimiento de las clases populares de su país, lo que sin duda atestiguan su reconocimiento más allá del mundo anglosajón y la aceptación por parte del mundo académico menos estirado.

Tal vez haya quien, despectivamente, califique su obra como ‘literatura confort’, hable de una escritura sin pretensiones profundas dirigida únicamente al gran público –ese al que, por lo general, desprecia quien no consigue conquistarlo–  y designe muchas de sus novelas con el peyorativo marchamo de best seller, simple y llanamente porque en su momento fueran verdaderos superventas.

Sin embargo, su popularidad e influencia en su Gran Bretaña natal llega hasta la actualidad, como podemos comprobar –tanto en su trabajo como actores, directores o literatos– en creadores como Stephen Fry y Hugh Laurie, que, por cierto, encarnaron a dos de los personajes más universales e idiosincrásicos salidos de la pluma de Wodehouse, esto es, la pareja formada por Jeeves y Wooster, de la que hablaré más adelante.

Pero Wodehouse también hizo carrera en Estados Unidos –tanto en Broadway como en Hollywood–, donde triunfó como comediógrafo, libretista, guionista o letrista, encontrando en este país una tierra de acogida y refugio después de una serie de aciagos acontecimientos que le llevaron a ser acusado –todos sus seguidores queremos creer que injustamente y seguramente motivado por la ingenuidad, candidez y bonhomía que conformaban su personalidad– de colaborar con el Ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial, cuyo comienzo sorprendió a Wodehouse en la Francia ocupada, suceso que Jorge Freire relata magistralmente en uno de los capítulos de su libro recientemente publicado Los extrañados o que podemos descubrir en el largometraje Wodehouse in Exile (2013), de Tim Fywell.

Su popularidad y reconocimiento, tanto en nuestro país como en Hispanoamérica, quedan atestiguados por las numerosas ediciones que de su obra han venido publicándose desde mediados del siglo pasado por parte de editoriales como Lauro, José Janés o Plaza y Janés en colecciones como La Hostería del Buen Humor o El Monigote de Papel o, más recientemente, por parte de Anagrama, que ha incluido bastantes de sus títulos en la colección Compactos e incluso ha editado algunos recopilatorios como ¡Pues vaya! o un imprescindible Ómnibus Jeeves, compendio en dos volúmenes donde se recogen los avatares del competente y servicial mayordomo.

Es ahora cuando tal vez deba una explicación acerca del título que encabeza este artículo.

Para mí –lector recurrente y apasionado de sus novelas y relatos–, sumergirse en la obra de Wodehouse es ingresar en un mundo plácido e idílico donde, sean las que sean las vicisitudes que atraviesen sus protagonistas o recorran sus tramas, ya sean de orden romántico, económico, existencial o de cualquier otro índole, estas serán siempre solventadas y donde el happy end se convertirá en el sempiterno colofón de absolutamente todas y cada una de sus obras, donde cada oveja acabará con su pareja, donde la bancarrota será sorteada gracias a un providencial golpe de fortuna y donde finalmente el sol brillará en el horizonte –si la niebla o las nubes del clima inglés no lo impiden– e iluminará a los más variopintos personajes que pululan por sus historias.

En todo caso, cada vez que abramos uno de sus libros sabremos que nos estaremos zambullendo –durante un rato, ya sea por unos minutos e incluso por unas horas– en unas historias amables y plácidas, en unos relatos que, en tiempos convulsos y de zozobra, ya sea esta personal o social, de carácter individual o global, funcionan como un bálsamo para el espíritu –personalmente recomiendo su lectura nocturna como sustituto perfecto a los fármacos contra insomnio–, y donde la sonrisa, sin llegar seguramente a la carcajada –es lo que tiene la flema británica– aflorará a nuestros rostros al leer todas y cada una de sus páginas.

Para ello, Wodehouse recrea sus historias –en especial las escritas en su Inglaterra natal– en unos escenarios costumbristas, ya sean estos el febril Londres, la Riviera francesa o en especial la bucólica campiña inglesa, teniendo en el castillo de Blandings una de sus principales escenografías para la perpetración de todo tipo de crímenes –ojo, nunca sangrientos–; unos relatos en los que el conservadurismo –no tanto ideológico como vital– se nos muestra como la esencia de una aristocracia preservada en una disolución compuesta al 50% por formol y almíbar, desubicada frente a los cambios surgidos a lo largo de los años 30 del siglo XX, y en ocasiones se ve confrontada ya sea a una clase media urbana, inquieta y proactiva, o a la vivacidad y desparpajo del amigo americano.

En sus historias vemos desfilar figuras de la nobleza que encuentran refugio y acomodo –cual inanes bibelots en una vitrina– en el Club Conservador, los más provectos y achacosos, o en el Club de los Zánganos, los más jóvenes, inútiles y tarambanas, secretarios quisquillosos, tías metomentodo, primas casaderas, yanquis prepotentes, actrices en ciernes, enamorados imposibles, buscavidas de cualquier pelaje y un largo etcétera de pintorescos personajes de línea clara.

Mención aparte merece la ya citada pareja formada  por Wooster y Jeeves, esto es, Bertie Wooster, un joven aristócrata menor, acaudalado y ocioso, mezcla perfecta entre la afectación atildada y la despreocupación liviana rayana en la insoportable levedad del ser, y su ayuda de cámara Jeeves, celador de las tradiciones –en especial en cuestiones indumentarias y de protocolo– y cuyo arquetipo de mayordomo como guardián de las esencias conservadoras –por encima incluso de las de sus propios señores– hemos visto y leído tantas veces en obras literarias, series o películas como Lo que queda del día, Arriba y abajo, Downton Abbey o Gosford Park.

Pues bien, toda esta pléyade de personajes se ven envueltos, una y otra vez, en los más disparatados y desternillantes acontecimientos como puedan ser robos descabellados –ya sean estos de una jarrita con forma de vaca, de un escarabajo egipcio de jade o de la Emperatriz de Blandings, cerda de concurso, niña de sus ojos del conde de Emsworth–, estrambóticos concursos de disfraces, persecuciones rocambolescas, ocultamientos, equívocos, idas y venidas, puesta en marcha de negocios inverosímiles como los de la cría de gallinas o la venta de sopa de cebolla, amoríos destinados inexorablemente al fracaso, pero que gracias a las carambolas del destino sobre el verde tapete del césped inglés alcanzan sus objetivos, cruce de apuestas sobre los más variopintos asuntos, como por ejemplo la duración de un sermón, erráticas partidas de golf y otro largo etcétera de episodios.

Y aquí me permito un inciso, un aviso a navegantes para los cientos de miles de nuevos lectores y lectoras de la obra de Wodehouse que seguramente consiga este artículo gracias a la perspicacia y entusiasmo de los que hace gala, dignos de un auténtico agente literario. Como suele suceder en la literatura llamémosla british, frecuentemente un personaje puede ser nombrado de varias maneras distintas; así, un aristócrata puede ser citado por su título nobiliario, pero también por su nombre de pila, por el diminutivo de este, por su simple apellido o incluso por un apodo o mote. Este recurso literario puede ocasionar cierta zozobra lectora que, unida al marasmo argumental que suele caracterizar los relatos de Plum, puede inducir a un cierto despiste en el seguimiento de la historia. No hay nada que temer; finalmente, ante nuestros ojos veremos cómo el rompecabezas queda resuelto y no falta ni sobra ni una de sus piezas.

Todos estos personajes, escenarios y tramas –y muchísimos más, teniendo en cuenta que escribió unas 70 novelas y unos 200 relatos— constituyen ese universo, esa arcadia feliz del título que P. G. Wodehouse nos invita a visitar y que nos proporcionará, gracias a esa literatura sin pretensiones de la que hace gala –o tal vez, bien mirado, con esa íntima aspiración que mueve a algunos autores, como puede ser la de proporcionar felicidad o alegría a sus lectores y lectoras–, unos momentos de liberación despreocupada y un refugio donde encontraremos amparo ante unos tiempos convulsos de preguntas sin respuestas, de caos y mentiras, de odio e irracionalidad, ya por unos minutos, unas horas o, por qué no, durante toda una vida.

Deja tu comentario

¿Qué hacemos con tus datos?

En elasombrario.com le pedimos su nombre y correo electrónico (no publicamos el correo electrónico) para identificarlo entre el resto de las personas que comentan en el blog.

No hay comentarios

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.