¿Por qué dicen nuestrxs mayores, nuestras mujeres, nuestrxs jóvenes?

Foto: Pixabay.

Nuestrxs mayores, nuestras mujeres, nuestrxs jóvenes, nuestras calles, nuestros trabajos, nuestro país: ¿quién se atreve a reclamar su propiedad? ¿De quién son realmente estxs mayores, mujeres, jóvenes, calles, trabajos y país?, ¿llevan etiqueta de identificación, se heredan, se tienen por derecho divino, se pierden o se guardan en un cajón? Algunxs dicen que las calles, los trabajos o las mujeres son nuestras porque esta manera de hablar refuerza el vínculo con la realidad en la que creen. Estas expresiones de uso tan común encierran contradicciones que es preciso desvelar. Hablar de lo nuestro implícitamente conlleva una mentalidad de posesión y subordinación. 

Por CAROLINA BELENGUER HURTADO

Así hablamos así pensamos. El lenguaje es la herramienta que nos permite comunicar la percepción de la realidad. Como vemos el cielo azul, pensamos que el cielo es realmente azul. Pero nada más lejos de eso que llamamos realidad. El cielo es azul solo porque nuestro sistema visual tiene la capacidad de traducir las ondas lumínicas en una gama de colores determinada y al cielo le ha tocado el azul. Es la magia del lenguaje.

Algunxs dicen que las calles, los trabajos o las mujeres son nuestras porque esta manera de hablar refuerza el vínculo con la realidad en la que creen. Estas expresiones de uso tan común encierran contradicciones que es preciso desvelar. Por una parte, estas construcciones gramaticales moldean ideologías dogmáticas que dividen al mundo entre un nosotros y un otros, pero por otra parte se recubren de una aparente inocencia y simpatía cuyo objetivo es crear lazos comunitarios y enmascarar las fórmulas por las que se rige el poder. Decir nuestrxs suena tan cariñoso que no se sospecha que el regalo, aunque precioso por fuera, está envenenado por dentro. 

Hablar de lo nuestro implícitamente conlleva una mentalidad de posesión y subordinación. Frases que se han dicho como “agreden a nuestrxs ancianxs” o “no queremos esa gente en nuestras calles” o “violan a nuestras hijas, nuestra cultura y nuestras leyes”, apelan a la formación de una identidad cuyo objetivo es excluir, aislar y repudiar a quien no comparte las características del grupo que se define como el grupo que forma un nosotros compacto frente a los otros.

A través del lenguaje se insinúan las relaciones de propiedad entre las personas y objetos involucrados y se queda sometido a su dominio. El uso del pronombre posesivo «nuestro/a» sugiere una relación de control o pertenencia que va más allá del simple vínculo afectivo o comunitario. Cuando alguien dice «nuestrxs jóvenes» o «nuestras mujeres», se establece una narrativa en la que a esas personas se las sitúa bajo la esfera de influencia o autoridad del hablante o del grupo al que pertenece.

De esta manera es cómo el lenguaje sigue reproduciendo las estructuras de poder que siempre son desiguales. Estas estructuras acaban dando forma a las conductas que sitúan a unas personas en la posición de protectoras y otras en la de protegidas. Las narrativas describen el tipo de relación que se puede establecer y además definen y prescriben los roles y reglas que están permitidas. La repetición de las expresiones que implican posesión influye en la percepción que se tiene de las jerarquías, dependencias y vulnerabilidades, dificultando las miradas igualitarias y justas. Parecer una expresión inofensiva no es serlo.

La pertenencia en estos contextos se interpreta como protección con el objetivo de encubrir la falta de reconocimiento de autonomía y soberanía de las mujeres, los migrantes o las naciones. Las estrategias utilizadas son similares, se resalta la falta de legitimidad, a través de elecciones manipuladas, falta de papeles o menor capacidad racional, para tomar decisiones. Este principio introduce la duda en la autenticidad y legalidad del sistema político y da entrada a las guerras culturales. 

La confusión entre cuidado y protección proviene de un significado similar, la idea de evitar un mal, pero desde perspectivas ligeramente diferentes. El cuidado trae atención y apoyo, respeto y acompañamiento, la protección busca mantenerse a salvo de los peligros, sin sacrificar la libertad de elección. La protección supone la responsabilidad sobre lo protegido, ya que se considera que lo que hay que proteger no cuenta con las suficientes capacidades para ocuparse de sí. Cuando la protección se desliza hasta la posesión los desequilibrios se vuelven algo normal y corriente. Más aun, se vuelve ordinario y pasa a pertenecer al orden de las cosas naturales cuando se convierte en paternalismo, es decir, en la imposición de las normas que hay que cumplir por ser lo mejor para el bienestar de lo protegido, pero sin tener en cuenta la opinión, las querencias o el consentimiento de la persona. Mal entendida, la protección se transforma en una vigilancia férrea que dicta qué se puede hacer en las calles y por quién puede ser hecho. Los que se autoproclaman protectorxs, bajo la falsa suposición de que todas las demás personas necesitan ser guiadas, están limitando la capacidad de ser agentes de la propia vida influyendo negativamente en la autoestima y reforzando los estereotipos sociales.

Del análisis de estas expresiones se concluye que la intención es evocar un sentido de familiaridad, reconociendo en cada una de ellas la historia compartida y los escenarios cotidianos que nos unen. Esta familiaridad está envuelta en capas que prometen continuidad en un mundo en constante cambio, donde lo conocido actúa como un ancla frente a la incertidumbre. Lo familiar nos moldea por hábito, costumbre y tradición, brindándonos seguridad y comodidad, al tiempo que nos permite navegar por las complejidades de la vida con confianza. La familiaridad nos permite aceptar y tolerar las desigualdades sin reconocerlas porque, ayudada por la naturalización, presenta esta lógica de dominio como inherente a la condición humana. El uso de lo nuestro queda descontextualizado de la sociedad en la que surge y despojado de su origen histórico. Las ideas de lo que se puede poseer han sido y son construidas a partir de lo que se considera justo y moral en un ensanchamiento de la conciencia ética.

La dualidad del pensamiento es una trampa, pues estar a favor de nuestras mujeres, ancianxs o calles, únicamente prolonga la dualidad de estar en contra de lo opuesto. Este juego de polaridades nos encierra en una espiral sin fin donde cada apoyo lleva implícito un rechazo. Así, lo que parece un acto de defensa puede ser, en realidad, una forma, sutil o no, de exclusión. La aparente defensa de nuestras mujeres, ancianxs y calles explota las emociones de amor, odio, miedo o humillación, entre otras, en un intento de influir en la percepción de la realidad y ganar seguidorxs que fortalezcan la identidad de grupo. Los relatos que aparecen repiten las amenazas a la seguridad sin apoyarlos en datos y en argumentos racionales, pero se encuentran repletos de emociones intensificadas por hipérboles que alimentan un sentimiento de pertenencia contra los enemigxs ficticios de un estilo de vida.

Da igual que hablen de ancianxs, mujeres o calles, se autodesignan los dueñxs del mundo desde una mentalidad en la que prevalecen los valores de superioridad sobre la naturaleza y sobre otros seres humanos que no tienen las mismas cualidades de aquellos que las definen. Estas frases delatan la única raíz de la que proviene el uso del lenguaje de la posesión: una lógica de la dominación simbólica que recurre a la tradición e historia sin cuestionar el sentido y las consecuencias éticas de los comportamientos e ideas que han guiado la evolución de la humanidad para legitimar las desigualdades.

La ambición de control es incompatible con los anhelos de una sociedad democrática, en la que todas las personas tienen derecho a ocupar los espacios públicos y a expresar sus opiniones, en entornos seguros y respetuosos.

Cuestionar estas formas de expresión es el paso previo para desmantelar las dinámicas de poder que perpetúan los estereotipos y las relaciones de dominio, pero también el cuestionamiento abre la posibilidad de transformar la realidad a partir de construcciones lingüísticas que subrayen los vínculos de colaboración y apoyo mutuo. 

¿Seguro que tienes el recibo de propiedad?  Porque en realidad, las calles, los ancianxs o las mujeres no son nuestras posesiones, son las voces para construir un mundo más justo.

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