Seré tu reina hormiga
Foto: Pixabay.
“Miles de hormigas voladoras alrededor, posándose en las piernas desnudas de Celia, en la sucia calva de Samuel. El jardinero comenzó a permitir que se aproximara sola, que tocara delicadamente a los insectos mientras él observaba”. Este verano el tema de la serie de relatos es la seducción. Y esta es la hormigueante entrega 20, en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. “Releo. Una frase tachada no me deja en paz: ‘Es posible bajarse de un barco, ¿pero del océano?’. Es la única línea que parece escrita para ser leída por alguien más”.
Por NARES MONTERO
Celia estiró los dedos rechonchos, agarró la hormiga y se la llevó a la boca. Un cosquilleo, luego un ardor en la lengua. Emitió un ruido sordo. Mantuvo los ojos muy abiertos. La quemadura le invitaba a apretarlos. Sacudió la cabeza y fue hacia la hilera de negras, brillantes y gordas hormigas. Pegó la cabeza a la tierra y fue tomándolas una por una, enseñándoles el camino hasta su boca.
La recogió Samuel junto al monstruoso hormiguero. Aquella anécdota se ha convertido en parte de la historia familiar. La cuentan en el mejor momento, justo antes de que se vayan las visitas.
—Venía medio muerta. Sus bracitos colgaban como los de una muñeca. Y los ojos le hacían lo mismo que a las muñecas. La llevamos al hospital. Nos dijeron que casi le da un shock. Gracias a Dios no fue tan grave. Cuando volvimos, mandamos quitar el hormiguero. Vino una cuadrilla de hombres. Monos de trabajo, palas, cubos, agua caliente y lejía. Hasta hicimos traer una retroexcavadora. Si no fuera por Samuel…
El jardinero nunca supo cuánto lo odió Celia la semana después de su rescate. Apoyada en la ventana se obligó a mirar cómo extraían de la tierra aquella víscera oscura. Adivinaba su zumbido ronco, deshecho como pan entre las manos. Le dijeron que en uno como ese podía haber más ejemplares que habitantes en todo Logroño. Doscientas cincuenta mil hormigas cruzándole la piel. Hizo las paces con Samuel cuando le contó un secreto, en la parte baja de la finca había un hormiguero más chico. Le hizo prometer que no iría sola. Tardó varios años en romper la promesa.
Al principio, Celia aparecía en el chiscón del jardín, cuando el calor dormía la casa. Bastaba con que le tirara de la manga para que Samuel supiera a qué venía. Iban de la mano hasta detrás de la pista de tenis, desde donde se apreciaba una ondulación en el terreno. Es allí. A Celia la recorría un escalofrío. Trataba de distinguir el movimiento de los bichos, pero se encontraban demasiado lejos. A lo largo del verano convenció a Samuel para arrimarse más. Le tiraba de la manga. Se acercaban un paso. Le volvía a tirar de la manga. Se sentaban muy quietos, hipnotizados por el ir y venir de las obreras.
Los veranos siguientes vivieron los vuelos nupciales. Miles de hormigas voladoras alrededor, posándose en las piernas desnudas de Celia, en la sucia calva de Samuel. El jardinero comenzó a permitir que se aproximara sola, que tocara delicadamente a los insectos mientras él observaba. Celia se encaramaba sobre el montículo y la tierra tibia cedía bajo su tacto. A veces la muchacha se volvía hasta él con una hormiga enorme entre las manos, la posaba en sus labios y decía: Aquí tienes tu reina. Luego corría hasta el hormiguero, riéndose a carcajadas.
El tiempo de la finca era el tiempo de la vida, para ellos solo contaba el que estaban juntos. El resto de los meses ella crecía lejos, él envejecía solo. A Samuel le hastiaba especialmente el frío. Maldecía esos días grises en los márgenes del mundo. Aun así, visitaba casi todas las tardes el hormiguero. Se quedaba de pie, muy quieto. Frotaba sus manos mientras presentía a las hormigas saboreando en silencio, glotonas, muy juntas, como Celia le había descrito que hacían las chicas en el internado.
Los días previos a la llegada de los señores se incrementaba el ansia de Samuel. Iba atropellado, sin orden. De un parterre al bancal, de ahí a la carretilla. En la pista de tenis unos técnicos terminaban de montar la carpa para el banquete. Faltaban tres días para la boda de Celia. Samuel construyó un arco que cubriría con enredaderas y flores. Al ver llegar los coches se situó detrás del paisajista. Celia le tiró con disimulo de la manga al pasar a su lado.
El día antes de la boda repitieron el ritual de ir juntos hasta el hormiguero. Ella, como de costumbre, se acercó mucho, Samuel prefirió sentarse en un tocón. Observaba ensimismado la nuca de la joven. Sus pasos prudentes, las manos suaves. Le contó sin mirarlo que se va a casar con un hombre hormiga. Cuando se lo presentó a su padre no le gustó nada, pero ese mismo día, para la cena, él se puso un traje negro entallado. Pelo liso con gomina. Las piernas largas y delgadas. El primer botón de la camisa abrochado. Era eso lo que hacía que la cabeza pareciera más grande que los hombros.
—Es trabajador, ordenado, paciente. Con suerte, vivirá lo mismo que los machos de las hormigas —ambos ríen la maldad.
Una hormiga gorda capturó su interés. Al volverse lo vio echado junto al tocón. Sin soltar el bicho se aproximó divertida al viejo. No fue hasta que le puso el insecto en los labios cuando notó la mueca sin aliento de Samuel.
Lo metieron en la ambulancia como si fuera un trámite. No hubo luces ni sirenas. Al acostarlo en la camilla, un brazo se le descolgó del cuerpo. Ella se lanzó en su auxilio, quería hacerle compañía, pero su novio la retuvo sujetándola desde atrás. En lugar del arco colocaron una pérgola con tules y lisianthus.
Quinientos invitados recorren la parte alta del jardín. No la han dejado posponer la boda. La música sale a chorro desde los altavoces. Los amigos del novio mantean al muchacho mientras las amigas de Celia bailan dentro de la carpa. Ha sobrevivido al convite a base de espumoso. Ahora toma cada vaso que encuentra en el camino, finge la sonrisa, saluda a todo el mundo. Cuando su madre se acerca, se escabulle diciendo que va a cambiarse. No escucha cómo le pregunta si necesita ayuda, ni ve cuando las amigas agarran del brazo a su madre, que se une a la danza desaforada.
En la habitación, aturdida pero consciente, Celia coloca las manos en el cristal de la ventana, nota la vibración de la música y mira más allá de la zona de la fiesta. Ha conseguido desnudarse. Baja hasta la puerta trasera. Se asegura de no ver a nadie en el camino de grava que corre por uno de los costados de la finca. Las piedras se le clavan y la luz se va extinguiendo a cada paso. Cuando llega, los ojos ya se han hecho a la oscuridad. El dolor en los pies y algunos arañazos le han diluido la borrachera. Donde antes solo había una ondulación ahora se yergue una colonia inmensa. Celia mira alrededor. Odia no ver a Samuel. Se tumba como puede. Abre bien las piernas. Para activar el hormiguero, se restriega, lo azota. Empieza a notarlo. Primero cosquillas, después fuego.
El taller de escritura creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. Para algunos ha sido un lugar en el que compartir y aprender literatura; para otros, una puerta hacia la publicación, hacia la escritura profesional, o simplemente un punto de encuentro en torno a los libros.



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