“El misterio está en todas partes, pero hace falta silencio para verlo”
Francisco Martínez Albarracín ha dedicado cuatro años a traducir el ‘Mysterium Magnum’ del zapatero visionario Jacob Böhme.
Francisco Martínez Albarracín ha traducido durante cuatro años una de las grandes obras del filósofo teutónico Jacob Böhme: ‘Mysterium Magnum’, publicada por la Editorial Atalanta y cuyo prólogo lleva la firma del catedrático de Filosofía Isidoro Reguera. Böhme tuvo de niño visiones y fantasías extrañas. En 1600 vivió su más famosa iluminación a partir del reflejo de un rayo de sol en una vasija. De profesión era zapatero y su obra ha influido en pensadores y poetas como Goethe, Blake, Hegel, Coleridge, Heidegger o Jung. “Fue autodidacta y supone, como escribió Schelling, una aparición prodigiosa, milagrosa, en la historia de la humanidad”, concluye el traductor de Böhme.
Con la monja benedictina del siglo XII Hildegard von Bingen se inicia en Europa toda una tradición de escritura mística y visionaria. ¿Qué lugar ocupa en ella el filósofo teutónico Jacob Böhme, del que has traducido, durante un largo periodo de cuatro años, su obra ‘Mysterium Magnum’?
Hildegard, la Sibila del Rin, es extraordinaria y en ese mismo siglo XII, rico en misticismo, destacan las Beguinas (Hadevijch, Margarita Porete, Matilde de Magdeburgo…) o más tarde Juliana de Norwich. Böhme es heredero de la mística renana o dominica (Meister Eckhart, Tauler, Suso) y conoció, como Lutero, la Teología Deutsch, de modo que las principales ideas de Eckhart reaparecen en él, pero con la impronta del hermetismo renacentista y algo de la cábala, tanto judía como cristiana. Leyó a Paracelso y también a los escritores espirituales, un poco anteriores a él, como Frank, Weigel o Schwenckfeld. Y tuvo la suerte de conocer y tratar a Martin Moller, un discípulo de Melanchton que fue durante siete años su párroco en Görlitz. Después llegó a su iglesia Gregorius Richter, que lo persiguió de modo implacable hasta el fin de su vida.
Traducir, gracias a Atalanta, la obra principal de Böhme (sólo conozco una traducción inglesa del siglo XVII y otra francesa de 1945) ha sido todo un reto y un privilegio, que debo también, sobre todo, a Agustín Andreu Rodrigo, que me prestó generosamente su primera traducción parcial y no revisada, iniciada en 1975, de Mysterium magnum. Una traducción que, por cierto, compartía epistolarmente por aquel entonces con María Zambrano, que vivía en La Pièce y estaba muy interesada en Böhme.
Böhme no tenía apenas formación, más allá de unos años de escuela donde aprendió a leer y a escribir. Fue el cuarto de cinco hijos de un matrimonio de campesinos sin estrecheces y, debido a sus enfermedades y débil complexión, sus padres lo destinaron al oficio de zapatero. De niño tuvo visiones y fantasías extrañas. Un día, en el año 1600, tuvo su más famosa iluminación a partir del reflejo de un rayo de sol en una vasija donde sintió como si se asomara al corazón de la naturaleza. ¿Qué se le reveló ahí para que dedicara toda su vida a desovillar ese misterio?
En efecto, Böhme fue autodidacta y supone, como escribió Schelling, una aparición prodigiosa, milagrosa, en la historia de la Humanidad y, particularmente, en la del espíritu alemán. El rey Carlos I de Inglaterra, que envió a Alemania a un equipo de eruditos para que tradujeran al inglés, durante varios años, todas las obras manuscritas de Böhme, se cuenta que exclamó: “Alabado sea Dios. Todavía hay hombres que pueden dar testimonio vivo, por la experiencia, de Dios y su palabra”.
La experiencia que tuvo en su casa a los 25 años, y que duró menos de diez minutos, tuvo que ser muy especial y tardó 12 años en asimilarla e intentar darle forma por escrito en Aurora, que escribió para sí mismo. Prefiero citarlo a él. En una carta del 15 de Agosto de 1621 escribe:
“Fue en un estado de profundo deseo, cuando me aplicaba a una muy seria investigación durante la que hube de sufrir violentos ataques, pero por la que habría renunciado a mi propia vida, cuando por fin la puerta se me abrió, tanto que en un cuarto de hora vi y comprendí más que si hubiera frecuentado la mejor universidad durante largos años.
[…] Vi y conocí entonces el ser de todos los seres, el fondo y el Sin Fondo (Ungrund), así como el nacimiento de la santa Trinidad, el origen de este mundo y de todas las criaturas y su nacimiento por la Sabiduría divina. Reconocí y vi en mí mismo los tres mundos: 1) el que es divino y angélico, es decir paradisíaco; 2) después el mundo tenebroso, que está en el origen de la naturaleza, en el fuego; 3) y finalmente el mundo exterior visible, que ha sido creado y engendrado y que es un ser proferido a partir de los dos mundos interiores espirituales. Vi y reconocí el ser entero en el mal y el bien, y cómo el uno toma en el otro su origen, y lo que era la madre del engendramiento; por ello fui lleno de asombro y alegría. Tan poderosamente fue en ello tocado mi espíritu que tuve que consignarlo en un memorial”.
¿Cómo puede explicarse, para un mundo de conocimiento racional, lógico y científico como el nuestro, que rechaza todo lo que no pueda medirse, cuantificarse o demostrarse, que ha abandonado la interioridad y el alma de las cosas, que un zapatero sin amplios estudios pudiera escribir, en los últimos seis años de su vida, un total de 38 obras donde encontramos un corpus literario de los más difíciles, opacos, simbólicos, enigmáticos e imaginativos de la literatura universal?
A mi modo de ver, no tiene explicación, si no se cree en el poder de la inspiración o de los dones del intelecto (que no es la razón). Aunque el profesor Isidoro Reguera (por cierto, autor de un excelente prólogo a la traducción publicada por Atalanta) insiste con razón en la buena lógica de este escritor tan difícil y tan excepcional (yo lo comparo mucho con el gran sufí murciano Ibn Arabi, con quien tanto coincide, y a quien conozco por mi amistad de años con Pablo Beneito). Alexandre Koyré, tal vez su mejor expositor, decía que Böhme era uno de los más grandes metafísicos que han existido. Y su imaginación creadora, qué duda cabe, es portentosa, como lo apreciaron William Blake y tantos otros.
Unos lo llaman Uno-Unum, otros Consciencia o Inteligencia Primera, Primordial, incluso Supraconsciencia, y Böhme se refiere a ello como “Mysterium Magnum”. Ese misterio, ese principio primordial subyace en todo lo que vemos, en todo lo creado y manifestado. El misterio está en todas partes pero ya no lo apreciamos…
Así es. Afirma el Zohar, el Libro del esplendor, que el misterio nos constituye, que el mundo subsiste por él. Y Wittgenstein escribió, en su Tractatus, que el misterio no es cómo sea el mundo, sino que el mundo sea. Tal vez no podamos decirlo, pero el misterio se muestra… Hace falta disposición y receptividad, interioridad y silencio, para verlo en todas las cosas.
El gran misterio es para Böhme la creación, la manifestación de lo Real. La naturaleza y la sobrenaturaleza. Lo es también el ser humano, microcosmos y microteos, y que éste pueda experimentar un segundo nacimiento. Pero él llama Ungrund, que traduzco como Sin-fondo, a esa Nada o Uno, pura Libertad sin principio ni fundamento, pero que está en el origen de todo. Ese Sin-fondo se da un fundamento para manifestarse, aparece como Voluntad (así lo seguirá, a su modo, Schopenhauer) y luego como deseo, de algún modo se diferencia y se hace creatural, como escribe Böhme. Con el deseo la Voluntad se introduce en la Naturaleza, permaneciendo, no obstante, por encima de toda naturaleza y criatura.
Es su original teoría de los tres Principios o nacimientos de la esencia o el ser divinos, simbolizados en el Fuego, la Luz y, en tercer lugar, la corporidad celestial, que origina, primero, la Naturaleza eterna y, luego, el Universo.
En la actualidad confundimos la fantasía con la imaginación, con la imaginatio vera, ese lugar liminal o intermedio de nuestro inconsciente donde afloran los símbolos, esas imágenes que permiten que lo invisible se haga visible, que lo espiritual se haga sensible. En el siglo XV, el filósofo italiano Marsilio Ficino defendió con entusiasmo la idea de que la principal facultad del alma no era la razón sino la imaginación, un concepto que tomó de Plotino. En el siglo XVII, nuestro zapatero místico se ocuparía de este tema. ¿Qué era para él la imaginación, cuya metáfora fundamental es el anima mundi o alma del mundo?
En efecto, como muy bien dice, la imaginación es central en Böhme (como lo es en Ibn Arabi). Tanto Aristóteles como Kant vieron el papel fundamental, mediador, de la imaginación en el proceso del conocimiento. Y un autor tan importante como Henry Corbin nos ha mostrado el valor de la imaginación creadora, que corporeiza lo espiritual y espiritualiza lo corporal.
Böhme hablaba de una materia inmaterial, como luego Leibniz, quien, por cierto, lo leyó y apreció. Es muy interesante lo que dice de los cuerpos sutiles, astrales, y lo que afirma del futuro cuerpo de luz, que se va gestando ya en nuestro propio cuerpo. Vincula, además, la imaginación y el deseo con la magia, algo que supo y expuso bien Julio Caro Baroja. Al respecto, cómo no citar además los estudios de Ioan Petru Culiano, discípulo y colaborador de Mircea Eliade.
De la imaginación destaca Böhme su virtualidad para asimilar el objeto imaginado y su capacidad de captar, simultáneamente, la unidad y la multiplicidad. Entiendo que Böhme la considera de forma análoga a lo que es la himma en el sufismo. En nuestro teósofo, no hay imagen sin concepto, como dice Agustín Andreu, ni espíritu sin cuerpo; toda captación (Fassung) significa la aparición simultánea de una forma, de una imagen, que se va a convertir en el lugar de su efectuación, en palabras de Jean-François Marquet. Dios crea el mundo imaginando y la fe se manifiesta en la fuerza de la imaginación. Blake sacó partido de todo esto.
El autor de ‘Aurora’ ha influido a lo largo de los siglos en pensadores y poetas de la talla de Goethe, Blake, Hegel, Coleridge, Heidegger o el propio Jung. ¿Cuáles son las principales enseñanzas espirituales que nos legó Jacob Böhme, creador también de la teoría moderna de la Sophia?
Además de su original concepción de lo divino, que autonace y deviene; además de su increíble conocimiento de la lengua natural o sensorial, la lengua adámica, que no pudo haber aprendido; además de su concepción ternaria de todo cuanto existe y del ser humano como unión indisoluble de cuerpo, alma y espíritu; junto a esa concepción dinámica, orgánica, cualitativa y sutil de la naturaleza, de plena actualidad, podemos considerar a Böhme como un auténtico maestro espiritual. Basta leer algunos capítulos de su libro El camino a Cristo, que aún no está traducido al castellano, verdadera joya de la escritura acerca del camino interior, o leer alguna de sus cartas para darse cuenta.
El desapego o abandono, en la línea de Eckhart o Molinos, el nacimiento eterno del Verbo, la chispita del alma en el más íntimo centro nuestro, el valor de la interioridad y la necesidad del silencio, la grandeza y fuerza del amor…, todos ellos son centrales en él. Pero permítame decir unas palabras de su preciosa concepción de la Sophia. Basada, en un primer momento, en los libros sapienciales de la Biblia, es de gran originalidad y ha inspirado, desde Arnold a Soloviev, Bulgakov o Berdiaev, a numerosos autores.
Sophia es el arquetipo de la revelación divina. A la vez increada y creada, eterna y temporal, impersonal y personal, cuerpo del Espíritu, madre y virgen masculina (como Cristo y María) que no engendra, belleza y causa de la belleza de toda la creación, es también la novia de nuestra alma y, aunque la olvidemos, ella no puede abandonarnos. Cual Daena del zoroastrismo, nos espera en el momento de la muerte, como luz para ayudarnos a atravesar el Puente Chinvat en el camino de retorno a nuestro Origen.
Sophia aparece, con mayor o menor extensión, en todos los escritos de Böhme. Sólo en una de sus cartas, él, que no suele hablar de sus experiencias místicas, alude a una visión que tuvo de ella. Y la imaginó de inmediato la primera vez que escuchó las palabras griegas con las que Platón designa a sus Ideas.
Carl Gustav Jung tuvo visiones a lo largo de toda su vida. Una de ellas en el baptisterio de Rávena (Italia). El psicólogo suizo nos habló de que venimos al mundo con un inconsciente colectivo, que tiene unos contenidos, unos arquetipos o patrones psíquicos que se repiten en los mitos, sueños, y de los que ya hablaron Platón, Kant… Conocer bien estos arquetipos nos ayudaría en nuestro camino de autoconocimiento, de individuación hacia el self-sí mismo…
Jung es extraordinario y, por supuesto, leyó a Böhme y a Paracelso. Lo divino está en el inconsciente, como también está la sombra. Todo en el mundo, en la naturaleza, nos habla e interpela, pero el camino es la interioridad; entonces lo exterior se transfigura. Necesitamos interpretar esos símbolos, conocerlos. Voy a decir algo que sé que no tiene buena prensa, pero hablo de mi propia experiencia al haber conocido a una persona sabia, que dominaba el arte de la interpretación astrológica, Emilio Saura. Él me habló de Böhme cuando yo era joven, recién terminados mis estudios de filosofía. En clave espiritual, casi como una angelología, como también la entendió Ibn Arabi, sería una excelente ayuda para el autoconocimiento. Como la alquimia, un camino hoy casi olvidado. Pero ese es el mundo de Jacob Boehme, quien, por cierto, no me parece nada hereje, si hablamos con fundamento, sino profundamente cristiano y místico, esto es, habituado a tratar con el misterio. Y no es nada sencillo, porque en el mar sin orillas del misterio uno no hace pie.
Para María Zambrano, como señala al comienzo de su obra ‘El hombre y lo divino’, el ser humano cuenta, desde hace poco tiempo, su historia, examina su presente y su futuro “sin contar con los dioses, con Dios, con alguna forma de manifestación de lo divino”. Sin la búsqueda de la trascendencia vivimos hoy, en la modernidad, como a medias, usando sólo una parte de toda nuestra potencialidad humana, la razón, olvidando otras vías de conocimiento o de acceso a la realidad que pasan por el corazón. Zambrano proponía la razón poética para habitar este mundo con plenitud, con filosofía pero también con poesía…
No puedo estar más de acuerdo. Aún tardaremos tiempo en darnos cuenta, sobre todo los filósofos, del valor extraordinario de la obra de María Zambrano, una obra plenamente filosófica, pero que al mismo tiempo trasciende, va más allá de la filosofía por su carácter eminentemente sapiencial. Muchas sabidurías reverberan en los libros zambranianos. Ella se adentró en terrenos en los que Ortega, su maestro, no quiso entrar. Además, está la belleza de la escritura de la premio Cervantes, que es otro regalo. No es fácil leer a Zambrano, pero, como escribe a menudo Platón, “las cosas bellas son difíciles”. No temamos la dificultad evidente de Böhme, por su originalidad, su rudeza conceptual (la expresión es de Hegel), su riqueza simbólica, y por ser persona de su tiempo. Determinadas verdades, en la forma en que estén expresadas, permanecen, como los clásicos, en la historia del pensamiento y la literatura.
Pero menciona usted el corazón, cuyas metáforas aborda Zambrano en esa preciosa obra que es Claros del bosque. Decía y escribía Angelus Silesius que Böhme vivía en el corazón de Dios. Silesio conoció las obras del teósofo alemán por medio de Abraham von Frankenberg, primer biógrafo de Böhme, y su libro El peregrino querubínico, todo un clásico del aforismo espiritual, remite de continuo tanto a Böhme como a Eckhart. Todo verdadero camino pasa por el corazón. También lo supo Quirinus Kuhlmann, otro apasionado de Böhme, quemado joven en Rusia, traductor de san Juan de la Cruz al alemán. El místico carmelita, en sus Dichos de amor y luz, nos dice que Dios no concede el don de sabiduría a quien le falte la caridad.
Nos hemos educado en Occidente a partir de una serie de nociones y definiciones cartesianas de la realidad/naturaleza, y eso ha influido en nuestra relación diaria con ella, hasta tal punto que vemos el mundo como algo objetivo, como un objeto pero… ¿No somos co-creadores de la realidad cada vez que la observamos, como bien plantean los postulados de la física cuántica?
Descartes fue un gran filósofo, pero reafirmó ese torpe dualismo de cuerpo y alma, cuando la visión debe ser triple (ya lo apuntó san Pablo) e indisoluble, porque somos las tres realidades: física, psíquica y espiritual (o divina, “crística”, la llama Böhme). Dijo la tontería de que los animales (y, claro, menos aún las plantas) no tenían alma… ¡Cuando se trata de la misma palabra! Y, luego, para colmo, nos ofreció la visión de un universo mecánico y puramente geométrico. Preparó el camino para el reino de la cantidad, que hoy sufrimos. Los románticos –todos ellos admiraron a Jacob Böhme– intentaron una enérgica reacción, con su mirada a la platónica y pitagórica Alma del Mundo, y hoy, como bien alude, tenemos la física cuántica (recomiendo, de paso, los libros de Juan Arnau, buen conocedor de Boehme), una física, que vuelve a acercarse a la metafísica (los filósofos ya no quieren hacer metafísica), y una física que es, o parece, magia, como dicen algunos de sus más significativos representantes. Aunque queramos, no podemos separarnos del misterio de lo real.
Lo raro, en definitiva, es vivir…
Lo extraño, difícil y maravilloso. Fue Tolkien, otro prodigio como creador, quien escribió que la vida es una hermosa catástrofe. Y María Zambrano, otra vez, cómo no, quien nos dejó escrito que “la realidad es una irradiación de la vida que emana de un fondo de misterio”, “fondo oscuro donde la realidad total está escondida”.
Del sueño de la vida hemos de despertar, atravesando, pasando por esa ineludible iniciación de nuestra muerte. Saber morir antes de morir no es poca ciencia. Y en esa confianza, como de niños, dormirse y “sentarse en el olvido”, recordando al sabio taoísta.
Permítame, Juan Luis, para terminar, agradecerle esta entrevista, tan atenta y cuidada, para mí tan sugerente y fácil a partir de sus preguntas. Creo que Jacob Boehme (también así me gusta escribirlo) lo merece y merece ser, en España y en nuestro idioma, cada vez mejor conocido.



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