Una mirada a las mujeres traicionadas en teleseries

Una imagen de la serie ‘Blossoms Shanghai’, de Wong Kar Wai.

Junto al calor de otro verano impío, las series que marcan esta época nos mantienen despiertas, con el ventilador a mano. En el fondo, todas son telenovelas llenas de amores contrariados, y más o menos adornadas con asuntos políticos o sociales. Sin embargo, el dibujo actual de los caracteres femeninos nos permite observar con más contornos a las mujeres y sus circunstancias de relación con los hombres. Veamos, en este caso, en qué consisten las vilezas a las que se enfrentan ellas en las ficciones de hoy. Repasamos a las mujeres traicionadas de las series ‘Succesion’ y ‘Blossoms Shanghai’.

Difícil ponerse del lado de alguno de los hermanos heridos y cínicos de la rutilante serie Succesion, creada por Jesse Armstrong para HBO Max: los tres son capaces de traicionarse para resultar elegidos por el patriarca de un gigante empresarial para sucederlo, de ningunear a sus parejas, de menospreciar al cuarto hermano –el mayor– o de aliarse indistintamente con su padre o con un accionista externo. Parecen indefendibles, hasta que llega el momento en que la misoginia extrema te ayuda a tomar posición. Los que compiten por el trono del rey que se resiste al retiro son dos varoncitos (Kendall y Roman, interpretados magníficamente por Jeremy Strong y Kieran Culkin) y una mujer, Siobhan. 

Siobhan (Sarah Snook) es la hija (al parecer) más inteligente del magnate Logan Roy (Brian Cox) y, aunque tampoco es una santa en los negocios ni demasiado leal en los afectos, se gana todo nuestro aliento cuando la vemos engordar y enfrentarse a las burlas solapadas de sus familiares… O cuando tiene que renunciar una y otra vez a ser la CEO porque los dos niñatos caprichosos de sus hermanos hacen más creíble la cabeza de la empresa para los accionistas de un conglomerado de medios de derecha, en Estados Unidos. 

Toda esta telenovela de gran calidad llamada Succesion es un tironeo de ambición y engaños, pero, en ella, las mujeres son objeto de adoración fugaz o simples desechos (en caso de no acceder a las exigencias masculinas), sean ellas hermanas, novias veinteañeras del padre de 80, miembros del consejo de administración, prometidas o esposas.

En la cuarta y última temporada de la serie que dicen que se inspiró libremente en la familia propietaria de la cadena Fox, Siobhan ha conseguido desprenderse del lastre de los hermanos y, aparentemente, también de su pusilánime marido, aliándose con un sueco guapo (e insoportable), que es el posible comprador de la mayoría accionarial de la firma, el mejor postor, vamos. Se gustan, parecen un dúo indestructible que dejará atrás las repetidas torpezas anacrónicas de los Roy hasta que… (¡alerta semi-spoiler!), el sueco se da cuenta de que, al desearla, él siente disminuido su poder tecnomacho y lo expresa con todas las letras. Le inquieta tanto situarse en igualdad de condiciones con una mujer inteligente liderando juntos una empresa que llega a cometer la peor deslealtad imaginable (y ya no cuento más) para volver a dejarla fuera. Admite que prefiere tenerla lejos a sentirse atraído por ella, y la traiciona –en los negocios– con la persona más arribista y pelota, la que más dolor puede causarle a ella. 

En esa misma temporada, el perturbado hermanito Roman, que siempre ha estado protegido en su vulnerabilidad por Geri, una mujer mayor, alta ejecutiva de la empresa, a la que ha obligado a ejercer el rol de madre-amante, se siente súbitamente poderoso y juega sucio contra ella, en el ámbito profesional, donde nada debería dirimirse por cuestiones afectivo-misóginas.

Frente al culebrón, se me ocurre que esto pasa en la vida real: las mujeres creíamos haber logrado jugar en la sociedad con las mismas reglas del juego, en la misma mesa, con el mismo tablero que los hombres hasta que topamos con su deseo, que puede convertirse en imposición, chantaje o castigo. Nunca dejan de ejercer el poder de desechar al objeto de deseo, porque les inquieta su cercanía, porque no se sienten correspondidos, porque lo cambian, ni aun frente a la más competente de las profesionales. Así de arbitrario, en las telenovelas y en la vida. 

Pero hay otras formas de traición masculina que se nos ocurren frente al ventilador y una serie. Por caso, la timba, que los hombres adoran, lo cual demuestra que hasta han inventado un nombre para gamificar –o ludificar– lo que tocan (o sea, hacerlo gamer, o jugón). Pueden ser naipes, carreras de galgos, peleas de gallos, tragaperras, criptomonedas, estafas analógicas y digitales, o estilizadas bicicletas financieras e inversiones de especulación inmobiliaria. 

Blossoms Shanghai, de Wong Kar Wai (una maravilla visual algo desnortada narrativamente que emite Filmin), juega con lo listo, viril e interesante que resulta un estafador que aprende a hacer negocios financieros y se vuelve elegante e irresistible, gracias al dinero de la timba.  De fondo, y en paralelo, los cambios del capitalismo que se operan en China, en las últimas décadas. El caso es que en uno de los primeros episodios aparece un tipo sonriente que, como leal amigo masculino, le presta al protagonista todo el dinero que tienen ahorrado con su mujer para su boda, para que el tal Bao lo apueste en su jactancia. Lo que hoy, en la bicicleta digital, se llamaría un criptobro, aunque en esta existencia de pantallas, el bro seguramente no estaría por casarse con nadie. 

¿Podríamos imaginar peor traición a una persona que la de su pareja dejándole todo lo que trabajosamente han conseguido ahorrar (para empezar una vida juntos) a alguien que lo pide para  las apuestas? Difícil, ¿no? Sin embargo, seguro que si miramos con esta perspectiva las series, descubriremos modelos de vileza de género inimaginables. ¿Apostamos?

Por ahora, dejamos aquí este esbozo de catálogo de mujeres traicionadas que más que seguro ampliaremos, cuando el calor rebaje su tono.

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