Luces y sombras de un ‘Cabaret’ inmersivo en el Teatro Albéniz

El Teatro Albéniz, transformado en el Kit Kat Klub, donde transcurre gran parte del musical ‘Cabaret’. Foto: Fabián Morassut.

El musical ‘Cabaret’, un exitazo de 1966, regresa a Madrid en una nueva producción inmersiva que transforma el Teatro Albéniz en el famoso Kit Kat Klub, el garito del Berlín de principios de los años 30 en el que los protagonistas se conocen. Se trata de una fuerte apuesta dentro de la gran oferta de musicales de la que la capital presume. Un espectáculo con pre-show, oferta gastronómica, copas y champán.

Autoproclamada como una “experiencia inmersiva”, acaba de estrenarse en el Teatro Albéniz de Madrid una nueva producción del musical Cabaret. Precisamente en ese término, inmersivo, es donde residen no solo su audacia y grandiosidad, sino también sus principales puntos, llamémoslos, de conflicto. Vamos a ponernos un poco en contexto. La idea no es nueva. Broadway importó del West End londinense, donde se estrenó con gran éxito, la última gran producción de este musical. Curiosamente, este cronista asistió a la función en Madrid del pasado día 21, justo la misma fecha en la que el show echó el cierre en Manhattan. Allí duró poco menos de año y medio en cartel –con unas entradas a precio desorbitado– después de haberse estrenado el 1 de abril de 2024. Cuando el New York Times entrevistó a la creadora de esta nueva producción, la directora británica Rebecca Frecknall, ella ofreció su particular visión para lograr reponer un musical tan venerado y conocido como este. Un musical que se convirtió en un clásico, en parte, gracias a la película de 1972 de Bob Fosse protagonizada por una impresionante Liza Minnelli. “¿Cómo hacer una buena versión de Cabaret? No tratándola como un clásico”.

Eso mismo es lo que hace la compañía LETSGO, responsable de esta nueva versión madrileña, y no es que la productora haya replicado la versión de Londres y Nueva York, ni mucho menos, simplemente han escuchado y tomado prestada la idea. Convertir el teatro en un night club y asistir a la representación sentado en una mesa, tomando tragos, como si realmente la noche se hubiera puesto tan canalla como en un tugurio del Berlín de principios de los años 30 del siglo pasado. El primero en probar la experiencia fue el director Sam Mendes (American Beauty, Revolutionary Road). En 1998 transformó el Club Expo –un garito abierto en el antiguo teatro Henry Miller de la Calle 43 con la Séptima Avenida en NYC– en el Kit Kat Club donde se desarrolla parte de la acción de Cabaret. Esta producción que Mendes estrenó en 1993 en Londres antes de llevarla a Nueva York y que la crítica alabó sin paliativos, recaló en Madrid en 2003 en el Teatro Nuevo Alcalá con un inolvidable Asier Etxeandía en el papel de Maestro de Ceremonias y Natalia Millán y Manuel Bandera en los papeles protagonistas de Sally Bowles y el escritor estadounidense Clifford Bradshaw, respectivamente. Estuvo casi tres temporadas en cartel en Madrid y más tarde giró por toda España alcanzando las 1.588 funciones y aproximadamente un millón y medio de espectadores.

Ahora el Kit Kat Klub está en el UMusic Hotel Teatro Albéniz de Madrid con dirección de Federico Belloni y escenografía de Felype de Lima, dos de los bastiones creativos de la productora LETSGO. En él los actores deambulan entre parte del público (los que pagan las entradas más caras, obviamente) en una ruptura, no del todo radical, de la cuarta pared. El patio de butacas se ha remodelado completamente quitando todas las butacas y colocando en su lugar mesas rodeadas por unas no muy cómodas sillas Thonet ancladas al suelo. El escenario también se ha transformado en parte del club, con sofás, mesas y sillas donde algunos privilegiados (o no tanto) pueden seguir el espectáculo a pocos centímetros de su nariz. Para facilitar la visibilidad del público, la práctica totalidad del escenario es una pura escalera y gran parte de la acción transcurre encima de tres mesas de diferentes alturas y tamaños que permiten a los actores sobresalir sobre las cabezas del público sentado junto a ellos. Todo presidido por un imponente cartel luminoso con el nombre del local que sube y baja o se ilumina de varias formas y evoluciona frente a la pared del foro que simula ser una enorme cristalera de reminiscencias art déco.

Parte del público observa desde muy cerca a los actores en este musical autoproclamado como inversivo. Foto: Fabián Morassut.

Parte del público observa desde muy cerca a los actores en este musical autoproclamado como inmersivo. Foto: Fabián Morassut.

A primera vista, la propuesta es irresistible. La posibilidad de poder ver a los actores entrar en personaje y vivir los números musicales desde una cercanía tan extrema promete una conexión emocional extraordinaria con la trama. Y estoy seguro de que, para los pocos espectadores sentados en butacas premium, esa conexión se logra con creces. El diseño de vestuario, la escenografía, la iluminación de Valerio Tiberi y el ambiente general en el local ayudan a conseguirlo.

Sin embargo, la inmersión, concebida como una virtud absoluta, se convierte aquí en un arma de doble filo. Sobre todo para la parte más dramática del show. La historia de Clifford Bradshaw (Pepe Nufrio) y Sally Bowles (Amanda Digón), la lenta pero inexorable caída de un mundo que se resiste a ver su propio final, transcurre casi en su integridad sobre las mesas de las que hemos hablado anteriormente, que probablemente no sumen más de 25 metros cuadrados de superficie. Subir al público al escenario de la forma en la que lo hace este espectáculo constriñe radicalmente la capacidad dramatúrgica sobre el escenario para que los actores puedan evolucionar con soltura y libertad, pero también supone que, paradójicamente, la acción se torne estática y poco orgánica al estar circunscrita a tan poco espacio y al mermar la capacidad del escenario de ponerse a disposición de los actores y no al contrario. Este efecto se acentúa mucho más si se observa el espectáculo desde el anfiteatro.

Esto ocurre, especialmente, en las escenas que transcurren en la pensión de Fräulein Schneider (Carmen Conesa) o la frutería del judío Herr Schultz (Tony River). Los números musicales que tienen lugar en el Kit Kat Klub, sin embargo, se ofrecen con mayor soltura, puesto que en la embocadura del escenario se ha reservado una zona más amplia en la que los bailarines pueden evolucionar y los números se realizan de una forma más ortodoxa cara al público. Esto es muy de agradecer, pero se trata de una decisión que encierra una paradoja más, y es que actores y actrices, en gran parte de esas escenas, dan la espalda mientras cantan a los espectadores sobre el escenario, precisamente los que han pagado las entradas más caras. La inmersión no es un asunto fácil.

La elección de la actriz trans Abril Zamora como Maestra de Ceremonias es acertada. El personaje escrito por Joe Masteroff se presenta con una sexualidad fluida y ambigua que no solo es una característica personal, sino que también simboliza la liberación moral del Berlín de la Alemania de Weimar. Su personaje puede ser muchas cosas a la vez, un seductor, un bufón, un narrador y una figura siniestra, y representa la disociación de la sociedad alemana de la realidad política que se avecina: el nazismo. Su risa y su desapego no son más que un mecanismo de defensa contra el horror que está por llegar. Tal vez no sea la mejor cantante del panorama nacional, pero curiosamente esto rema a favor de su personaje.

Los números musicales se desarrollan a escasos metros de los pocos espectadores que pagan las entradas más caras. Foto: Fabian Morassut.

Los números musicales se desarrollan a escasos metros de los pocos espectadores que pagan las entradas más caras. Foto: Fabian Morassut.

En definitiva, esta producción inmersiva de Cabaret es un espectáculo visualmente deslumbrante y audaz, un claro esfuerzo de recursos que busca una conexión más profunda con el público. La pregunta es si, en su afán por eliminar todas las barreras, no se ha sacrificado la sutileza y la carga dramática que han convertido a este musical en un clásico. Es un Cabaret para la era de las redes sociales, para una generación que prefiere contar la experiencia más que vivirla y asimilarla. Porque el Kit Kat Klub de 2025 corre el riesgo de que para el espectador sea más importante la carta de cócteles, el menú de la cena o la silla en la que se siente, que el obvio paralelismo entre el ascenso del nazismo en 1930 y el arrollador y actual éxito de una extrema derecha agresiva y aterradoramente egoísta, que está transformando el mundo en un lugar donde una de las características humanas que más se valora es la capacidad de odiar.

‘Cabaret’. Teatro Umusic Hotel Teatro Albéniz. Entrada zona Platinum con menú: 175 €. Zona Platinum: 105 €. Zona Experience: 120 €. Zona VIP: 105 €. Patio de butacas A: 85 €. Patio de butacas B: 80 €. Anfiteatro A: 70 €. Anfiteatro B: 60 €. Anfiteatro C: 49 €.

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Comentarios

  • Un cometa de flamenco y copla en un universo de musicales 

    Por Un cometa de flamenco y copla en un universo de musicales , el 13 octubre 2025

    […] y copla atraviesa Madrid, ciudad que este otoño se ha convertido en un universo de musicales (‘Cabaret’, ‘Cenicienta’, ‘Wicked’, ‘Houdini’, ‘Los Miserables’…). El espectáculo de baile […]

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