Joaquín Furriel: «Hoy se presume de libertad, pero de la de mercado»

El actor Joaquín Furriel, a la izquierda, junto al director de escena Calixto Bieito. Foto: Carlos Furman.

El actor argentino Joaquín Furriel protagoniza ‘La verdadera historia de Ricardo III’, basada en el texto de William Shakespeare y dirigida por Calixto Bieito. Tras un arrollador éxito en Buenos Aires, ahora la obra llega a los Teatros del Canal de Madrid. 

Lo estamos viendo en televisión enterrado en un búnker para billonarios en la serie El refugio atómico, de Netflix, pero, más allá de su vertiente de actor de masas, Joaquín Furriel es un artista comprometido con la escena de teatro independiente. No se conforma con la comodidad del éxito televisivo o cinematográfico, él es, ante todo, un hombre de teatro, forjado en las tablas argentinas desde la adolescencia y con una trayectoria que habla de riesgo y de una búsqueda constante de crecimiento artísticos.

Ahora, el actor que ha dado vida a antihéroes complejos y protagonistas magnéticos aterriza en Madrid, en los Teatros del Canal, para volver a escalar un nuevo Everest shakespeariano: el trono de Ricardo III. Bajo la dirección implacable y contemporánea del burgalés Calixto Bieito, con quien reincide en la exploración de los grandes clásicos (junto a él también fue el Segismundo de La vida es sueño, de Calderón), Furriel se sumerge en la psique de uno de los tiranos más célebres de Shakespeare. No es una encarnación al uso; la crítica en Buenos Aires, donde el montaje se estrenó con gran éxito –agotó todas las localidades los tres meses que estuvo en cartel–, ha destacado la «actuación extraordinaria» del argentino, que logra equilibrar lo seductor y lo bestial del infame monarca. Furriel se desnuda en escena construyendo una disección de la ambición y la maldad que, en la visión de Bieito, resultan dolorosamente actuales.

En un momento donde la historia, la manipulación y la propaganda son temas centrales del debate global, Furriel se erige como el eje de un espectáculo sobre la maldad. Tras su exitoso paso por el Teatro San Martín de la capital argentina, el actor trae a la península su encarnación de un rey no es más que un eco inquietante de los tiranos de nuestro tiempo.

Nos encontramos con Joaquín Furriel, el actor que ha vuelto a demostrar que su lugar en el mundo es el escenario, a horas del estreno en España de La verdadera historia de Ricardo III.

Con Ricardo III estamos hablando de la disección de la maldad en un ser humano. ¿Recuerdas aquella película en la que decían que el alma pesa 21 gramos, que es exactamente lo que pierde un ser humano en el momento mismo de su muerte? ¿Cuánto crees que pesa la maldad?

Bueno, es interesante porque leí mucho y estudié mucho para poder hacer personaje. Yo creo que la maldad en el ser humano pesa mucho más de lo que pensamos. Me parece que hay una sobrevaloración del bien y una idea, a veces, un poco intempestiva, de creernos buenos y de negar el mal. Somos capaces de reconocer que la maldad existe en determinadas personas, como si uno mismo no tuviese sus dosis de maldad. Yo eso no me lo creo.

Entonces, ¿crees que el hombre es siempre un lobo para el hombre?

Creo que en diferentes etapas de la vida uno tiene pensamientos que puede no activar según la cantidad de herramientas que posea para controlarlas. Sin embargo, hay una zona de nuestra especie que se mueve por lo que no es correcto. En muchas ocasiones es difícil traducir qué es el mal y qué no lo es.

Es decir, que no solo hablamos del mal, también de cómo comunicamos nuestros actos. De la capacidad de ganar el relato.

La propuesta de Ricardo III es compleja para entender hoy en día. Que una persona sea capaz de superarse en maldad a cada paso que da y que en su entorno no perciban el engaño tiene algo de contemporáneo. Por eso en Buenos Aires este montaje lo vieron 50.000 personas. Fue todo un suceso. ¡Claro que habla de lo que uno está dispuesto a creerse y de cómo le cuentan las cosas! El punto de partida de Calixto Bieito es muy potente. En el hallazgo del cadáver en 1012 se descubrió que Ricardo III no era jorobado. ¿Puede que Shakespeare escribiera una de las primeras noticias falsas de la historia? Un poco ese es el puntapié creativo para esta versión que estamos haciendo, donde la maldad, el público lo va a ver, es habitada de múltiples maneras.

Solo hay que abrir un periódico, ver un telediario o escuchar a los portavoces políticos de determinado signo para darnos cuenta de que la maldad está de moda. El egoísmo aparejado al ultra liberalismo económico es tendencia como si habláramos de una pasarela de moda. Y eso ha llevado a que el mundo esté siendo gobernado por personas de bondad cuestionable que ha sido aupada al poder por los votos como Trump, Netanyahu, Putin o Milei…

Que quede claro que la versión de Calixto Bieito no rinde homenaje a nadie. No es una propuesta literal. Él quiere hablar de otra dimensión sobre la maldad y después cada uno puede encontrar las analogías que quiera. Y bienvenido sea, desde luego, porque en definitiva lo que hacemos es un ejercicio de subjetividad en el teatro.

Es decir, que no debemos verla como una crónica de nuestro tiempo…

Creo que no se debe forzar la subjetividad como creador ni como actor. Es algo que no me interesa. Imponer determinada moralidad de principio en un escenario es algo que a mi entender no debería hacer el teatro ni como actor ni como espectador.

Entonces, sí nos gustaría saber cuál es tu percepción del mundo fuera del hecho creativo.

Si analizo el mundo, por supuesto, creo que los tiempos que estamos viviendo generaron un nuevo individuo tirano. Pero no quiero quedarme sólo en las caras visibles. Creo que hay mucha gente con diferentes niveles de frustración por un sistema, que tal vez podamos llamar postcapitalismo, que tras la Guerra Fría tiene una consecuencia terrible, y es que hay una gran acumulación de riqueza en muy pocas manos.

El bien común fue algo por lo que, sobre todo en Europa en su sociedad de bienestar, se propuso en contraposición al liberalismo de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial. Y parecería que hoy en día haya un cuestionamiento de todo esto. En Argentina, que es el ejemplo que más cerca me toca, nos quejamos de muchísimas cosas. Sobre todo los argentinos de la diáspora, los que no viven en la Argentina. Muchos de ellos reniegan de su propio país y no valoran, por ejemplo, que estudiaron en una universidad pública. Que las vidas tan maravillosas que tienen fueron gracias a que crecieron en un país que tiene una educación y una universidad pública con una calidad altísima.

¿Es ese tu caso?

En mi caso, soy un chico de barrio, de clase media. Mi madre era una profesional y mi padre un comerciante y ninguno de los dos tuvo un contacto serio con la cultura más allá de escuchar música y leer libros, que ya es bastante. Pero vivíamos lejos de Buenos Aires; gracias a que existía la Universidad Nacional de las Artes pude ir a estudiar la carrera durante cinco años. Y todas las herramientas que aprendí durante esos cinco años me permitieron desarrollarme como actor y llegar hasta el día de hoy en que puedo vivir de la profesión. Entonces, en mi caso, el Estado atravesó mi vida, la benefició de una manera que no puedo agradecer más. Así que creo que hoy las peleas se dirimen en lugares que son aparentemente muy espontáneos, pero sobre todo muy planos.

Joaquín Furriel protagoniza el ‘Ricardo III’ de Calixto Bieito. Foto: Carlos Furman.

Cuando ves a una persona como Javier Milei, tu presidente, que es alguien a quien deberías tenerle confianza, con una motosierra presumiendo de que, entre otras cosas, va a cortar la cabeza a la cultura argentina, ¿qué sientes?  

Yo no pienso en él. Sí pienso en todas las decepciones que tuvimos que tener como sociedad para que los argentinos y las argentinas, aun viéndose esas imágenes, aun escuchando la violencia discursiva que él propone, lo voten. Él es la cara simbólica de muchísima gente que está muy frustrada. Venimos de varios gobiernos que no han logrado encontrar la solución económica a nuestro país. La vida en Argentina es un suplicio para la gran mayoría. Cuesta muchísimo llegar a fin de mes. El transporte público se come el 30% o 40% de tu día… Cuando todo eso empieza a suceder, es muy difícil esperar que las instituciones públicas sean bien valoradas. Las instituciones públicas e incluso la democracia.

La culpa no es solo de la maldad de los que vienen, sino que de aquellos polvos, estos lodos…

Siempre que observo a diferentes corrientes que atentan contra la empatía, contra la educación, contra la salud pública, contra la cultura, siempre son consecuencia de sociedades sufrientes, muy sufrientes. Nadie en sus cabales teniendo una vida más llevadera, con tiempo de calidad para poder pensar y para poder compartir impresiones con otras personas, podría apostar por esta nueva maldad. Yo desde el lugar de la clase media cultivada a la que pertenezco, habiéndome esforzado mucho para aprender de adulto idiomas, para aprender de adulto lo máximo que he podido, siendo una persona curiosa y por más dolor que me provoque, no puedo desconocer que el origen de lo que está pasando está en el descontento.

Parafraseando a Ricardo III podríamos decir que es un peligro que el invierno de nuestro descontento pueda parecer que se torna glorioso verano por el auge de los conflictos.

Ricardo es un hombre de armas y es el único que está preocupado por la soberanía. Pero, al mismo tiempo, Shakespeare nos cuenta que siendo un militar, no tiene nada que hacer en un mundo de paz. En esta versión que hace Calixto, hay alegorías. Vosotros, los europeos, las vais a encontrar mejor que allá en Argentina. Hay alegorías a cosas que pasaron en la pandemia, cosas que están pasando actualmente, hay alegorías, pero son sutiles. Por otro lado, en la obra se habla de la maldad, sí, pero también mucho también de la conciencia.

¿Y qué es la conciencia y cuánto pesa?

Para Ricardo III la conciencia es una palabra que inventaron los débiles para darle terror a los más fuertes. Hoy en día, ¿qué puede simbolizar la conciencia? ¿Simboliza el saber? ¿Simboliza el criterio? La lectura es un primer camino de eso y lo primero que uno empieza a aprender es que hay muchos mundos posibles y muchas maneras de vivir.

¿Qué es lo que puede darle más terror a un poderoso hoy en día?

La falta de prejuicios. Cuando uno deja de ser prejuicioso puede ser juicioso y tener una opinión sobre lo que cree que es mejor y lo que cree que es peor. Creo que, al menos en la Argentina, la crisis económica que venimos viviendo desde hace más de una década nos está jugando una de las peores y más dolorosas situaciones que nos lleva a tener que lidiar en un campo que no es el de las ideas humanistas o el de las ideas empáticas o de las ideas de comunidad. Es el campo del individualismo, del materialismo más ignorante y de la violencia verbal, que más tarde se empieza a transformar en una violencia física. Entonces, todos los logros que hubo en la Argentina en las últimas décadas en cuanto a derechos humanos, la revolución feminista, el matrimonio igualitario, la posibilidad de vivir en un país donde cada uno haga libremente lo que quiera son algo que, paradójicamente, actualmente se tornaron. Y lo peor de todo es que la gente piensa que votó para ser libre.

Bueno, en España, en Madrid concretamente, hay políticos que utilizan la bandera de la libertad para hacer lo mismo. No creas que solo pasa en Argentina.

Lo que pasa es que la libertad de la que se habla hoy es la libertad de mercado.

Hemos hablado de Ricardo III como un hombre de guerra. Y creo que en este momento que vivimos no podemos hablar de esta obra sin hacer un paralelismo con lo que ocurre en Gaza. ¿Cuál es tu opinión personal sobre el conflicto?

A mí me gusta mucho leer historia, creo que por eso me gusta sobre todo hacer clásicos y habitarlos. Porque entiendo que con lo que está más lejano podemos dialogar de manera más libre que con lo que nos resulta doloroso y está muy cercano. En lo personal no tengo una versión tan optimista del ser humano. Creo que la violencia, la guerra, es inherente al ser humano.

Si esta obra se hubiera hecho una década atrás, el problema hubiese sido Irak, antes hubiera sido la guerra en la ex Yugoslavia, antes hubiera sido Vietnam. La relación que tiene Europa con problemas geopolíticos fuera de su territorio es muy diferente a la que tenemos en Argentina. Para nosotros lo que ocurre en Gaza, o lo que ocurre en Ucrania, o lo que puede ocurrir en países de África, tiene más una dimensión de comunicación. En la vida diaria todavía lo vemos muy lejano.

Pero no me cabe ninguna duda que lo que ocurre en Gaza es un genocidio. Que me lo pregunten es rebajarme humanamente. Pero al mismo tiempo entiendo que es muy delicado lo que está ocurriendo, porque es una tensión generada por un grupo terrorista como Hamás, que defienden y entienden la religión de una manera con la que, en mi caso personal, no empatizo en lo más mínimo.  Yo no viviría allí, pero eso no significa que no tenga que existir.

¿Cuáles son entonces los grandes temas asociados a la maldad para la sociedad argentina?

Es interesante contextualizar lo que pasa, porque este para ustedes es su gran tema, te puedo decir que en Argentina no es un gran tema, tenemos otros grandes temas que tienen que ver con el narcotráfico, con los femicidios, la inflación, la pobreza, la marginalidad, la violencia, la cantidad de chicos que ya desde los 10 años empiezan a consumir la pasta base… Pero obviamente vemos también que lo que está ocurriendo en esa parte del mundo es una salvajada.

¿La distancia anestesia?

Bueno, creo que la novedad con este conflicto tremendo y respecto a otras épocas de guerra, es que se trata de un genocidio que está siendo retransmitido en vivo. Y lo tremendo es que pese a estarse viendo en vivo y en directo, cuesta que el mundo encaje algo que está absolutamente desencajado. Y es cierto que empieza a habilitarse un nivel de anestesia preocupante. Se empieza a ver el horror, la pobreza, la destrucción como parte del paisaje urbano. La primera vez que lo ves, duele muchísimo, pero cuando se convierte en costumbre… el alma se hace callo.

‘La verdadera historia de Ricardo III’. Teatros del Canal hasta el 9 de octubre.

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