Stevenson se ‘reencarna’ en las pinturas de Matthew Benedict
Matthew Benedict. ‘Razorfish Gang at Central Wharf, 1912’.
Lo que desprende la exposición en Madrid del artista neoyorkino Matthew Benedict es el deseo de documentar y atesorar nuestras propias travesías vitales, nuestros propios cuadernos de bitácora. Cuenta Benedict que una vez una vidente le dijo que era la reencarnación de Robert Louis Stevenson, el célebre novelista de ‘La isla del tesoro’. Y recorriendo sus pinturas encontramos indicios de lugares fantásticos, fragmentos de memoria desenterrados, destellos de lugares desaparecidos: como la isla de Billingsgate engullida por el mar o las pesquerías de bacalao que en su día sostuvieron a un pueblo o el acorazado ‘USS Monitor’ antes de hundirse.
Al entrar en la Galería Álvaro Alcázar, en Madrid, lo primero que llama la atención es la generosidad del espacio, como si el comisario de la exposición hubiera entendido que las obras de Benedict necesitan aire a su alrededor, que cada pieza debe sentirse como un artefacto hallado y no como una imagen consumida, como si estuviéramos visitando un museo de historia. Aunque muchas pinturas contemporáneas hacen referencia al pasado, hay algo en la colección de Benedict que se vuelve experiencial, ya que sus cuadros fluctúan entre representar otros tiempos y lugares y, al mismo tiempo, mostrarse como reliquias de esas épocas. Esta experiencia se enriquece gracias al uso que hace Benedict del gouache, con formas de color planas y precisas que evocan la ilustración del siglo XIX y los diseños de papel pintado de la época.
De hecho, este es el primer indicio de la propuesta de la exposición: las obras de Benedict exploran tanto el objeto como la imagen. A primera vista, presentan escenas del pasado –especialmente del pasado marítimo de Provincetown, Massachusetts– pero cuanto más se observan, más se impone su condición de objeto.
Tomemos como ejemplo Requiem (2008/2009), un díptico que representa una estantería de madera. Los títulos que aparecen en los lomos de los libros son en realidad versos del poema Requiem de Robert Louis Stevenson, lo que revela la admiración del artista por su obra. Benedict utiliza efectos de trompe l’oeil y falsa madera para dar vida a la estantería. Nos damos cuenta así de que estamos ante un original, no simplemente ante una referencia.
La misma dualidad aparece en Pilgrimage (2012), una pintura de un cartel pintado. El cartel dirige a los turistas hacia el monumento a los peregrinos en Provincetown, pero en manos de Benedict se convierte en una pintura de una pintura, un objeto recursivo que apunta tanto hacia fuera como hacia dentro: ¿Nos está dirigiendo Benedict a su propio museo privado de objetos, a un archivo de historias que de otro modo se perderían? ¿Y si nos quedáramos solo con el cartel, recortándolo del resto de la pintura? Esta tensión entre lo pintado y lo real, entre la imagen y el objeto, es donde la obra de Benedict adquiere su inquietante poder.
Otras piezas de la exposición amplían esta idea de la pintura como objeto. Dos estudios para The Sea Cook (2016–17) muestran los característicos bloques de color planos de Benedict. Se perciben como fragmentos depurados, como si procedieran de una obra más grande que no está presente en la exposición.

Matthew Benedict. ‘Pilgrimage’, 2012.

Matthew Benedict. ‘The Ghost and The Serpent (Billingsgate Light, 1906)’.
Mientras que muchos estudios preparatorios quedan olvidados en los cajones de los museos, estos son fragmentos cautivadores que insisten en su propia materialidad. Benedict afirma que muchas de sus obras están concebidas como fragmentos, auténticos “fotogramas de película”, momentos extraídos de una historia mayor que invitan al espectador a imaginar lo que ocurrió antes y después.
Esta dualidad se manifiesta de forma especialmente inquietante en The Ghost and the Serpent (Billingsgate Light, 1906) (2014). El cuadro muestra un faro inclinado, separado de sus cimientos y atrapado entre la ruina y la resistencia. Por una parte, la obra recuerda los paisajes marinos de los grandes maestros, gracias a su profundidad y atmósfera náutica. Por otra, las formas planas y los contornos definidos remiten a la técnica de impresión a color de finales del siglo XIX y principios del XX, evocando carteles o postales de la época. Así, la pintura funciona tanto como un espacio pictórico como un objeto impreso. En la parte superior aparece el número romano XVI, que nos remite a la carta de la Torre del Tarot, símbolo de ruptura, colapso y transformación necesaria.
Muchas de las obras de esta exposición comparten esa cualidad de estar suspendidas en el tiempo, como fragmentos de memoria desenterrados, pero nunca del todo explicados. Nos ofrecen destellos de lugares desaparecidos, como la isla de Billingsgate engullida por el mar, las pesquerías de bacalao que en su día sostuvieron a un pueblo o el acorazado USS Monitor antes de hundirse, pero nunca presentan la historia como un relato completo. Más bien, estos fragmentos conservan la propia sensación de desaparición. Esta impresión se ve reforzada por la manera en que Benedict trabaja a partir de fotografías, lo que aporta a sus obras un aire casi periodístico, como de registro oficial.
En su carácter fragmentario, las imágenes de Benedict nos recuerdan que la experiencia siempre es parcial. Aunque buena parte de su obra podría interpretarse como una celebración de la iconografía estadounidense, el propio Benedict insiste en que, lejos de celebrar o cuestionar mitos nacionales, siempre ha considerado ese tipo de retórica como un sinsentido, y prefiere una visión global en la que Provincetown –el lugar donde se sitúa esta exposición– es solo una parte más.

Matthew Benedict. ‘The Lookout’. (Boceto para ‘The Sea Cook’).
Benedict ha contado que una vez una vidente le dijo que era la reencarnación de Robert Louis Stevenson, el célebre novelista del siglo XIX que escribió la archiconocida La isla del tesoro. Sea cierto o no, lo curioso es que, a lo largo de las cuatro décadas siguientes, Benedict fue encontrando coincidencias con Stevenson en numerosas ocasiones. Durante una residencia artística en Giverny, Francia, descubrió que el bar del hotel al que solía acudir durante los descansos de su trabajo pictórico también era frecuentado por Stevenson. Más tarde, vivió con su pareja en una montaña rural en Saranac Lake, Nueva York, y allí supo que Stevenson había buscado tratamiento para la tuberculosis en esa misma montaña. Estas coincidencias no son prueba de vidas pasadas, ni justifican la nostalgia. “El pasado, el presente y el futuro existen simultáneamente”, afirma Benedict. “Lo que fue, sigue siendo. Lo que será, ya es. Así que lo que es, es. En este sentido, mi trabajo es autobiográfico”.
Al final, lo que nos deja esta exposición es la sensación de que, al presentar su obra como el Cuaderno de bitácora de un viaje quizá olvidado, Benedict despierta en el espectador el deseo de documentar y atesorar nuestras propias travesías.
‘Cuaderno de bitácora’, de Matthew Benedict, puede visitarse en la galería Álvaro Alcázar, distrito Chamartín, Madrid, hasta el 31 de octubre.



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