La crónica de un Lorca perdido en Nueva York 

Un momento del espectáculo ‘Lorca (perdido) en Nueva York’.

Jesús Torres, dramaturgo, investigador, director y actor, no solo lleva a escena los versos de Federico García Lorca, sino su propia historia. Su espectáculo ‘Lorca (perdido) en Nueva York’, que se representa hasta el 19 de octubre en el Fernán Gómez de Madrid, es mucho más que una adaptación; es un mapa para encontrarse a uno mismo, de la misma forma que en la ciudad de los rascacielos Lorca buscaba a Federico. De hecho, no será casualidad que las calles de Nueva York abracen el suelo del escenario, dibujando el Río Hudson a los pies del Federico que esboza Jesús con sumo respeto. 

Su conexión con Lorca es vital y esa aventura personal se entrelaza con la del poeta, quien viajó a América en 1929 buscando calma, para encontrarse con una ciudad abrumadora y vibrante. Pero, sobre todo, será un viaje interior, porque el Lorca que regresó era «completamente nuevo, envuelto en papel de regalo». 

La obra revela las cartas íntimas que Lorca escribió a su familia alineadas con la poesía surrealista de Poeta en Nueva York y cómo las dos caras de la moneda se entienden y se complementan para que Federico y Lorca vuelvan de América siendo prácticamente uno. 

La vocación teatral de Jesús Torres se manifestó a temprana edad, actuando a los 13 años en La zapatera prodigiosa en su ciudad natal, El Puerto de Santa María. Un giro que le cambiaría la vida y una disciplina que no abandonaría nunca: «Me daba vergüenza hablar en público y me di cuenta de cómo en el teatro era otra persona y esa seguridad fue la que me cambió». La influencia de ese inicio, junto con su formación académica, es clave en el montaje actual; Jesús estudió Comunicación Audiovisual y Arte Dramático en Sevilla y, al preguntarle por cómo ha influido su bagaje profesional en la obra, me responde que mucho y lo corroboro tras disfrutar del espectáculo. Él lo tiene claro: «El vídeo y la música son dos personajes más para mí, el audiovisual es otro tipo de lenguaje». Esta declaración cobra vida en una infraestructura escénica que no solo es teatro, sino una experiencia sensorial completa. Elementos como el escenario giratorio y la intensa banda sonora recogen la «magia de feria» que el poeta encontró en Coney Island. Esta vorágine audiovisual nos ayuda a entender la ciudad que atropelló a Lorca, un intenso mundo que, según sus primeras impresiones al cruzar el Atlántico, era gente gritando en un naufragio de sangre. 

Todo este torbellino de sensaciones convierte la obra en una experiencia que bebe de lo cinematográfico y que atiende a varios focos simultáneos coloreando un cuadro completo de arte multidisciplinar. Esta visión contemporánea no es casual, sino fiel reflejo del compromiso de Jesús con el espectador más joven, el mismo al que acoge desde hace años con su compañía, El Aedo Teatro. «Cuidamos muchísimo al público juvenil, tenemos 45.000 espectadores al año solo en proyectos escolares,» responde, demostrando el alcance de su trabajo. Su meta en Lorca (perdido) en Nueva York es que el público, especialmente el joven, se lleve un impacto –ya sea técnico o visual– y no la frustración de no entender el código teatral más complejo de descifrar. Este guiño al público juvenil atiende al paralelismo del propio Jesús y sus inicios, pues tal y como él me confirma “nunca se sabe dónde cae esa semilla, a mí me cayó a esa edad y desde entonces, nunca he dejado de actuar”. 

El gran acierto del montaje reside en la tensión entre la realidad y el deseo, lograda al entrelazar dos tipos de materiales de base –el epistolar y lírico–. Un año y medio de investigación más tarde, Jesús se encuentra con la dicotomía clave que ajusta su puesta en escena: la que existe entre Federico (el hombre) y Lorca (el personaje). “Me topé con cartas de Federico a sus padres explicándoles que se encontraba bien, que estaba conociendo a muchas chicas, porque Nueva York es una feria de muchachas y, ese mismo día, escribe un poema que dice somos un hombre, somos un hombre y un pedacito de tierra, o nos amamos por encima de todos los museos. Federico está buscando a Federico, quiere quitarse la máscara de Lorca y no significa que ello implique desmitificar al poeta, sino que nos encontramos ante dos personajes en uno”. 

Una escena de Lorca Perdido en Nueva York.

Una escena de ‘Lorca (perdido) en Nueva York’.

La dificultad radica en alinear el Federico real, que se está buscando a sí mismo, y el Lorca íntimo, frágil, lleno de dolor y dudas. Así, Torres subraya la importancia de presentar a un Lorca completo, con sus virtudes y defectos: «Hay cartas en las que exige a los padres que le manden su dinero para sus libros; este Lorca puede que te caiga mal, pero eso es lo bonito, porque también es un hombre con mil defectos, con dudas, con ideas suicidas, y es que esa parte también existe”. Porque el poeta expresaba: Quiero llorar porque me da la gana, quiero llorar como lloran los niños en el último banco de la escuela o Nueva York no está siendo lo que yo esperaba, siento que no quiero estar aquí y cuando digo aquí no digo en Nueva York, digo aquí.

Jesús une ese puente al que Federico le da miedo cruzar y, en ese símil, plasma su acento: Siento una voz de impenetrable acero que me dice cosas que no quiero escuchar, siento el peso del mundo sobre los hombros de Federico, dice que deje de intentarlo

Me pregunto entonces, y lo comparto con Jesús, si el adjetivo perdido que encaja entre paréntesis en el poemario, se deriva tras filtrarlo por el tamiz de Jesús y su trabajo de investigación. «Es un Jesús dentro de Federico, dentro del poemario», concluye. «Lo pasé por el filtro de mi realidad y ahora me ha quedado un Federico mucho más completo, porque también bebe mucho de mí”. 

La obra es, en esencia, la historia de un héroe que emprende un viaje y se transforma. Lorca, perdido en Nueva York, se acepta a sí mismo y regresa, como un «Erasmus tardío» que ha hecho las paces con ese «señorito» que era y el hombre que realmente quería ser. La investigación de Jesús Torres, la fuerza del audiovisual y la honestidad al presentar al poeta más humano y vulnerable, hacen de Lorca (perdido) en Nueva York un viaje que hay que amar y vivir. Porque, como decía Neruda, para entender a Lorca no hay que estudiarlo, hay que amarlo; y para transitar por esta experiencia, hay que amar las dos caras de la misma moneda: hay que amar a Federico y hay que amar a Lorca.

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