Paseos de papel para disfrutar de ríos, playas, bosques… 

Desembocadura del Guadalquivir, con Doñana al fondo. Foto Manuel Cuéllar.

La colección ‘Paseos’ de la editorial Tundra sigue dando los frutos más naturales de ‘liternatura’ a buen ritmo. Lleva ya publicados una veintena de libros. Hoy en ‘El Asombrario’, recogemos unas cuantas páginas de tres de los últimos, los escritos por los periodistas Marta del Riego Anta (autora de la novela ‘Cordillera’), Javier Morales (autor de ‘La hamburguesa que devoró el mundo’) y Rafa Ruiz (coordinador de ‘El Asombrario’, autor del poemario ‘Hierba’). Nos vamos sobre el papel a la playa de Doñana, a los bosques de Cercedilla, a los ríos leoneses. 

EL ASOMBRARIO
 

‘De Fontibre a la playa de Doñana’. Rafa Ruiz

Paseo 2. Invierno. Playa de Doñana

“Antes de cruzar, comí con un amigo en Bajo de Guía arroz caldoso con langostinos y coquinas y tocino de cielo. Unas niñas jugaban a hacer castillos de arena en una playa que antes no existía, que la hicieron aprovechando las semanas calmas sin gente en la playa de la pandemia del covid, en primavera del 2020. Y hay algo antiguo en esa imagen de niñas vestidas muy cursis haciendo castillos de arena en la playa, algo como de los años 70; en realidad, todo este pueblo-ciudad, Sanlúcar, tiene algo como anclado en el tiempo, como de los años 70, y es lo que me gusta, que no cambia todo en él a la velocidad que nos impone el ultra-capitalismo / tecno-feudalismo que ahora nos come cada vez más parcelas del mundo y de la vida. 

El suave arrullo del río Guadalquivir poco antes de hacerse grande, de hacer mar, de hacerse atlántico, nos acompañó el almuerzo. Y luego le dije al barquero: Quiero cruzar al otro lado. Y esas cinco palabras contenían en realidad muchos más significados que el hecho físico de atravesar el río.

Tan cerca y tan lejos. Lo que es poder de la naturaleza… que te da vuelta al cuerpo, los pensamientos y los sentimientos, como se da vuelta a un calcetín.

Cuando bajé del barquito/barcaza, la sensación fue de haberme ido muy lejos, y en realidad habían sido sólo cinco minutos de travesía. De aquí partieron Elcano y Magallanes hace poco más de 500 años y dieron la vuelta al mundo, casi nada, así como de sopetón, y demostraron así que la Tierra es redonda, aunque ahora, mirando al horizonte, hacia el océano, siento divisar que allí al fondo hay un punto de abismo, un escarpado, en el que pareciera que, si llegas a él, efectivamente se acaba todo y te despeñas cabeza abajo. Sí, mirando allí al horizonte, adonde está aquel barco que varó y se partió en dos, y proa y popa se han quedado introduciendo un punto inquietante, en forma de V, en la línea del horizonte.

Parten de aquí hermandades en peregrinación al Rocío, parte de aquí el Real San Fernando, el barco que realiza una de las rutas para visitar el parque Nacional de Doñana. Parte de aquí mi solitario paseo por la playa del Malandar.

Esta es otra manera de intuir la inmensidad –ahora amenazada por la falta de agua: por el descenso de precipitaciones por el cambio climático y por los robos al acuífero para riegos ilegales de frutos rojos– de este espacio natural único en Europa. Pasear por la playa (prohibido adentrarse más allá de las dunas que bordean la costa) y sentir que te has ido a una isla desierta o que algo, más total y global que esas pérdidas de tu vida que ahora recuerdas, ha ocurrido”.

‘Caminar con Gary Snyder y otros poetas’. Javier Morales

“Después de varias semanas sin venir a Cercedilla, de caminar por mi habitual ruta por la sierra, me siento en el mismo árbol caído. Incluso después de muerto, el tronco de un árbol acoge miles de seres, algunos imperceptibles al ojo humano. La muerte alimenta la vida, renovada en una hermosa versión de la inmortalidad. Estamos a finales de marzo y la tierra rezuma agua. El sol es más sol después de la lluvia inesperada caída estas semanas. Un regalo del cielo, una bendición. Estamos en primavera, en el renacer, que diría Joaquín Araújo. El musgo tapiza las piedras y las rocas, los troncos de los árboles cohabitan con los líquenes, holobiontes que nos enseñan a convivir, una hermosa hermandad entre los hongos y las algas o las cianobacterias, un ejemplo perfecto de nuestra interdependencia. Respiro hondo y, en el silencio, trato de escuchar lo que tienen que decirme el bosque, las piedras, las montañas. “Bajo los líquenes / ha crecido una roca, este planeta”, escribe Vicente Gallego en Rayos de luz serena. En lugares así conviven lo material y lo espiritual, nos enseña Robin Wall Kimmerer en Reserva de musgo, un viaje espiritual y científico por estos seres: “Las rocas, dueñas de la lentitud y de la fuerza, se rinden, sin embargo, al leve aliento verde del musgo, tan poderoso como un glaciar, que erosiona su superficie y la devuelve, grano a grano, a su condición de arena. Entre musgo y rocas tiene lugar una conversación muy antigua: poesía, sin duda. Una conversación que trata de la luz y de la sombra y de la deriva de los continentes. Es lo que se ha llamando ‘la dialéctica del musgo en la piedra’: una interrelación de inmensidad y menudencia, de pasado y presente, de suavidad y dureza, de quietud y vitalidad, ying y yang”.

De alguna manera, dice esta botánica de origen potawatomi, los musgos, en colaboración con otros seres vivos, son como una tirita para las heridas de la tierra. “Ocupados en sus afanes, la hormiga, la semilla y el musgo trabajan juntos, involuntariamente, para cubrir los espacios vacíos, para sembrar un bosque en esta roca desnuda. El proceso de sucesión ecológica es como un circuito de retroalimentación positiva, un imán de la vida que atrae más vida”.

Gran parte de las respuestas a nuestra crisis planetaria y civilizatoria la tenemos delante, en estos pequeños seres que oscilan entre el marrón desvaído y el verde intenso, en función del agua que les llega. Estaría bien aprender a mirar lo pequeño para descubrir lo grande”. 

‘La otra gente de río’. Marta del Riego Anta

Estar en Babia

“El río Luna, Lluna, Tsuna. Recoge las aguas de la vertiente suroeste de la Cordillera Cantábrica. Un río-ría bravo, saltarín. Una Luna que riega las brañas de las comarcas de Babia y Luna, porque ahí arriba, en el norte, el Lluna se hace brañeiro, sus praus se llenan de yeguas de gruesas patas y crines rubias y, sobre todo, se llenan de ovejas merinas, merinas blancas y merinas negras. En Luna y Babia los rebaños mandan, le decían a mi padre los merineros de la montaña. Y yo miraba esas laderas cubiertas de rebaños, laderas que respiraban, laderas que parecían moverse. 

Babia es un valle alto, la mitad de su extensión supera los 1.500 metros de altitud, una valle donde las rocas emergen de la tierra como extraños animales prehistóricos. Babia, un paisaje telúrico, primordial. A Babia iban los reyes de León a cazar y olvidarse del mundo, allá en la Edad Media, y los nobles y cortesanos aprovechaban para lanzarse a las intrigas:

–¿Dónde están los Reyes?

–Están en Babia.

“Estar en Babia” es un estado de ánimo. Así que Babia no sólo es un paisaje, y es la cuna del río Lluna, sino que Babia es una forma de estar. Yo a menudo estoy en Babia. 

Cuando mi padre vivía, a menudo íbamos a Babia y a Luna. Mi padre tenía un rebaño de ovejas junto al río Órbigo, en su parte baja, en medio del páramo leonés. También tenía mastines leoneses para guardarlas. Ovejas y mastines venían de Babia y Luna. En mi casa siempre estábamos remontando el Órbigo, literal y metafóricamente, y llegando al Lluna.

Así que nosotros también estábamos en Babia, estábamos en Lluna.

Hoy, a menudo desearía estar en Babia, estar en Lluna.

Por eso escribo: para mí, escribir es volver ahí, al río, a la montaña, a la naturaleza, a mi padre”.

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