Daniel Guzmán: “El cine como evento social ya no existe”

Daniel Guzmán, durante el rodaje de ‘La deuda’.

Sin grandes apoyos que le valgan, ‘La deuda’, de Daniel Guzmán, apareció impaciente en la vida cinematográfica de este otoño con su independencia insolente, abriéndose paso en la taquilla entre tantísimos estrenos. Una película ambiciosa de géneros, mezcla de cine negro y cine social, y que contiene más investigación de elementos que otros trabajos suyos para que el público espigue, desgrane y saque sus propias conclusiones. Ha sido, sin duda, una apuesta muy complicada, diríamos que heroica. De lo mejor que se ha estrenado en el cine español en los últimos años. Ahora, Guzmán nos responde sin filtro, a quemarropa, como en aquella obra maestra de John Boorman con Lee Marvin. Daniel Guzmán es un niño grande con moviola de espejitos de realidad, y será siempre el niño elegíaco en cuyo corazón quedan destellos de ilusión, de lo que está por venir, de los planes y las pelis.

Sobre la cabeza de este hombre que vive por y para el cine pesan los trabajos y los días, y algunos que lo conocimos hace un cuarto de siglo compartiendo aquellas mesas redondas que montaban en el Círculo de Bellas Artes Cecilia Vera y Débora Castro en torno a la colección Cómo hacer cine, de Editorial Fundamentos, reconocimos rápidamente en el joven protagonista de A golpes, de Juan Vicente Córdoba, al púgil que iba más allá de la ficción. Zumbón del deseo de hacer cine, tenía Daniel Guzmán por entonces una mirada inquieta, como de niño, con el moscardeo de cien proyectos que ha ido cumpliendo, con tenacidad y con infinita lucha de fajador, de las cabañas del barrio a los palacios de la alfombra roja. El cortometraje Sueños (2003), el mediometraje Mar de fondo (2003) y los tres largometrajes A cambio de nada (2015), Canallas (2022) y ahora este estreno han levantado un balaustre de autor en que poder atrincherarse como espectador en tiempos de carestía de talento, ejemplo de eso que han dado en llamar “cine social”. Hoy, esos mismos ojos son los espejos de melancolía en que se reflejan los cielos despiadados del Madrid de La deuda, que no perdonan a las almas libres.

¿Cómo se puede producir, dirigir e interpretar al mismo tiempo siendo un artista independiente?

Difícilmente. En el cerebro hay unas celdas que nunca usamos y que cuando uno está en guerra las activa. Pienso, por ejemplo, en la colorimetría, que es el trabajo más difícil, equilibrar los colores cálidos y los fríos… Y estos detalles se presentan según ruedas. Producir y dirigir al mismo tiempo es siempre una asignatura que termina suspendida por el modelo de negocio y de consumo que se nos ha impuesto, en el que los estrenos son efímeros, no viven mucho en taquilla, pero porque no les dejan. Este, aun siendo el guion más natural, más orgánico y que más me ha salido de las entrañas, sabía al acabarlo que iba a agarrar al público de las tripas, como así ha sido. Otra cosa distinta es la vida real y cómo se manifiesta, y ante esta encrucijada, con la película ya prácticamente fuera de circuito en salas, ya me aburre el proyecto, ya le he cogido manía e incluso te diría que ya no me cae bien el cine. 

¿Cuánto de investigación propia hay en ‘La deuda’?

Aunque hay mucha investigación, sobre todo con el Grupo 21 de la Policía Nacional, en realidad toda la trama negra de la película es cosa mía, por supuesto empezando por mi relación con la calle y mis experiencias personales, a las que hemos de añadir mi propia imaginación. Uno al final desarrolla unos mecanismos de repetición con un lenguaje concreto. Y, por otro lado, Madrid nunca duerme e incluso te diría que la gran ciudad no siempre te acompaña, y en este sentido he tratado de huir de los convencionalismos sofisticando un poco la trama. Cuando tengo un poco de tiempo, soy muy peligroso creando. [Risas]. A veces ya no sé cuál es el límite entre lo que he vivido y lo que he soñado o imaginado.

¿Por qué ha invertido tanto presupuesto en esta película?

Creo que a nivel industrial no tiene ningún sentido hacer esto, ya no podemos recuperar la inversión que hemos hecho y acabas haciendo cine por amor al arte. La película ha costado cinco millones de euros y tiene 78 localizaciones, cuando en el cine español se suele llegar a 20. Para que esta película recupere la inversión privada tendría que haber recaudado dos millones en taquilla y solo hemos llegado a 700.000 euros por falta de tiempo, aunque la respuesta de los espectadores sea excelente, porque si no hubiese funcionado por sí sola, no hubiese estado en la cartelera ni una semana. La película ya se estrena con metástasis, no va a sobrevivir, ya solo quedan una docena de copias. De manera que no volveré a acometer un proyecto de esta envergadura.

¿Puede sobrevivir una película independiente y de calidad como ‘La deuda’ a nivel económico en la jungla de los estrenos semanales?

No. En Alemania, por ejemplo, se estrenan al año poco más de la mitad de títulos que en España. Cada semana en la cartelera española ven la luz 15 títulos y al finalizar la primera semana, de 170 copias retiran 70. Cuando pregunté a los pocos días la razón de por qué el exhibidor había retirado la mitad de copias de La deuda, a pesar del éxito, me dijeron que era por el contrato que tenían con otra distribuidora, la de Avatar: fuego y ceniza, que les imponía por relación contractual incluir este otoño una de sus películas, por ejemplo, buscando el taquillazo y no la demanda de los espectadores. El público español no tiene tanta capacidad para ver tanto cine; sobrevivirán, si lo hacen, las películas de superhéroes y un 2% será el cine de autor. El estreno podría haber sido catastrófico, porque había un 58% solo del público habitual de las salas, ya que era un fin de semana de mucho calor. También si ese fin de semana coincide que juega la selección española o un Madrid/Barça, estás muerto. Pues bien, ese fin de semana enganchó y el segundo fin de semana dobló la taquilla.

¿Sería posible que se obrase algún milagro, como el apoyo en los Premios Goya?

Para que esta película se volviese a reestrenar, tendría que ganar, efectivamente, algún Premio Goya. Con respecto a los premios y reconocimientos, las películas favoritas a los Goya ya están elegidas: Sirat, Romería, Los domingos, Sorda, El cautivo, La cena… No va a haber más, porque las nominaciones las empujan cuatro medios de comunicación y la prensa especializada, que hacen que estas películas lleguen con mucha fuerza a los Goya. En todos los coloquios en torno a La deuda, el público me dice lo mismo: que es una película necesaria, que te pega por dentro…, pero no va a tener ninguna nominación en ninguna categoría de los Goya. Cuando yo me formaba, veía en dos semanas toda la cartelera, incluyendo la sesión golfa. El cine independiente ahora es como la clase media: ha desaparecido. El cine como evento social ya no existe: solo el fútbol o los conciertos. Este es el juego y a mí nadie me ha obligado a jugar. Y, ojo, no tengo una visión negativa, sino realista, porque el cine ha cambiado: ahora lo ven en una plataforma 18 millones de personas y en las salas solo 100.000 espectadores.  

Muchos se quejan del precio de una entrada del cine. ¿Cree que lo hacen justificadamente?

Ese mantra de que el cine es caro, que no me vengan con rollos. ¿Pagar 8 euros por una entrada es caro? Claro, es que muchos incluyen aparte las palomitas o los refrescos, pero yo creo que al cine no se viene a comer. 

¿No es suficiente con el apoyo de las plataformas online?

No. Movistar cubre el 10% del presupuesto de la película y, a cambio, la mantiene diez meses en su plataforma. Y TVE ha aportado otro 10% que incluye los derechos de emisión a lo largo de diez años. La deuda tiene, nunca mejor dicho, un desfase presupuestario a día de hoy de 800.00 euros y eso, evidentemente, no lo cubre, porque ya nos lo hemos gastado haciéndola. La bola de la deuda se hace cada vez más grande y el problema es que la película no puede defenderse por sí misma por las razones de exhibición que ya he comentado. Y esto es el como el AVE: una vez que te subes, no te puedes bajar durante el trayecto, antes de que pare: tienes que estar montado en el tren hasta el final. Llevo 20 años para hacer películas y creo que soy el único director español, salvo Víctor Erice, al que el cine no le sale a cuenta, porque no puedes estar cinco años con cada película si quieres vivir de esto.

¿Cree que el público conoce cómo funciona la industria de la distribución y exhibición de las películas?

El público es inteligente y lo que el público no entiende es por qué el cine no cuenta las cosas o por qué hay directores que tienen la manía de explicarlo todo. A mí no me gusta hacer cine explicativo, porque yo hago películas para poder verlas después en el cine. Pero igual que estoy enfadado con esta manera de consumo impuesta, tengo esperanza. Porque, en cualquier caso, creo que soy un afortunado y que he conseguido hacer la película que he querido, aunque ya no voy a hacer nada más de esta manera: haré una película convencional de cuatro o cinco decorados, nada más.

¿Cómo surgió la trama de la película?

Yo siempre he estado muy unido a mi abuela Antonia y quería que ella protagonizase la película, pero falleció antes de que yo la rodase. Sin embargo, en una de nuestras visitas al hospital, me fijé que en la sala de revisiones del hospital había un desfibrilador y ahí empecé a pensar en qué pasaría si el protagonista roba uno aprovechando la visita con su familiar anciana con el fin de venderlo en el mercado negro. Porque, en realidad, mi relación con mi abuela va a ser eterna, aunque ella ya no esté. Y, aunque no quería hacer una película sobre los mayores ni tampoco un documental, sí tiene muchos ingredientes del cine social en el que, al final, el espectador no sabe qué es ficción y qué es realidad. No quería tampoco ser el Ken Loach español, pero es verdad que en mi cine el protagonismo de nuestros mayores es esencial. Tampoco quería hacer una película de suspense, pero el cine negro, sin ser algo que quiera hacer explícitamente, me sale solo.

¿Cómo cree que se podría ayudar a que los cineastas independientes puedan sobrevivir y sigan estrenando joyas como esta?

Creo en la excepcionalidad cultural, no tanto de los premios, sino en el hecho de que exista verdadera democracia a la hora de que el público elija una película, porque si desean ver tal vez La deuda, a estas alturas resulta ya imposible. El éxito como producto económico de una película depende de la regulación del propio mercado: el gobierno francés, el italiano o el estadounidense cuidan más de su cultura apoyados por la propia ciudadanía, empezando por la protección que presta el propio Estado a sus respectivas cinematografías nacionales. El gobierno francés, por ejemplo, apoya su cinematografía con más de 700 millones de euros anuales, el italiano con 400 millones y nosotros apenas llegamos a los 60 millones. Por otro lado, está regulado en Francia que el 50% de su exhibición semanal sea cine nacional… Tendrían que juntarse los principales actores de la industria y acordar proyectos aprobados por excepcionalidad cultural.

¿Qué elementos tiene ‘La deuda’ que atraen tanto al público?

Yo buscaba en la película a mi abuela Antonia. Y, a partir de ahí, la película tiene sentido común, humanidad, simpatía, picaresca, inocencia y sentido del humor… Yo buscaba una persona muy frágil, vulnerable e inteligente para que el espectador entendiese qué ocurriría si esta persona se quedara en la calle. Por otro lado, quería a alguien no conocido, no profesional, como Charo –Rosario García–, porque tengo muchas influencias del cine neorrealista. A cada paso, Charo estaba realmente a punto de caer y yo quería ese nivel de verdad.

¿Por qué ha buscado 78 localizaciones?

Porque un personaje en búsqueda y captura no puede estar dos veces en el mismo sitio y yo quería que eso se viese, además de mostrar la supervivencia de un prófugo en el Madrid más despiadado. Hemos hecho al final diez semanas de rodaje y un productor me diría que eso es un disparate: yo lo he hecho al estilo de Elías Querejeta, porque es el tiempo que necesitas para contar un relato que verdaderamente emocione, aunque empresarialmente no compense.

¿Tiene algo de su estado de ánimo ese final que ha dejado al espectador clavado en la butaca?

Esta película me ha hecho cuestionarme muchas cosas. En esta carrera he saltado todo tipo de obstáculos, y tiene mucho que ver con el cine, con la pérdida de algunas cosas, como ese salmón que nada a contracorriente para que al final alguien lo pesque. Necesito recuperar la inocencia, porque tal vez en esta batalla de todos estos años la he perdido: tres películas en 20 años pueden haberme hecho cierto daño. Y sí, estaba agotado y creo que, de manera inconsciente, elegí un final para el protagonista que tenía cada vez más claro, porque es una despedida con la que cierro un círculo que empezó con el cortometraje Sueños (2003) y que acaba en La deuda. Mis protagonistas buscan el afecto de los demás, porque creo que solo el afecto nos puede salvar. 

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