La novela que trae justicia poética para esa España que te hiela

La escritora Susana Koska. Foto: Cruz Larrañeta.

La donostiarra Susana Koska (San Sebastián, 1966), a la que recordamos bien por su documental y libro Mujeres en Pie de Guerra’, con los testimonios orales de mujeres durante la Guerra Civil, nos trae ahora ‘Las consecuencias’ (Pepitas editorial). Una novela en la que, a partir de los archivos de un pequeño pueblo, encuentra información sobre María de Lera y toda su familia, incluido su sobrino, el escritor Ángel María de Lera (1912-1984), autor de ‘Las últimas banderas’. Y Koska trenza así una extraordinaria obra sobre las dos Españas antagónicas, en la que consigue dar toda la veracidad del lenguaje a unas mujeres que representan esa España que te hiela el corazón. 

Desde que se comienza a leer ‘Las consecuencias’, el lector toma conciencia de que la narración se hibrida a la perfección con las voces de los protagonistas. Algo complicado y al mismo tiempo valiente que pone de manifiesto que la literatura que ofrece desde la primera página encuentra su horma perfecta en el intercambio de imaginación y documentación. Es usted como narradora y como ‘imaginadora’ completamente imbatible. Todo fluye con una sencillez que lleva al lector a pensar en los enormes quebraderos de cabeza que le ha supuesto armar una obra tan valiosa como lo es ‘Las consecuencias’. No hay ni un rastro de zozobra en las páginas que forman esta novela testimonial, este ensayo en el que se nota que ha puesto el alma. ¿Comenzó a escribir cuando ya tenía todas las piezas de la historia en sus manos o, por el contrario, como yo imagino, fue desplegando sobre una gran pizarra cada hallazgo hasta poder enfrentarse a las duras verdades que laten a través de la narración?

Empecé a escribir la historia de María mucho antes de saber que era la tía de Ángel María de Lera. Cuando encontré en el almacén de la Sociedad de Amigos de Laguardia una caja donde ponía en mayúsculas ESCUELA, llevaba meses allí curioseando, pero no la había visto. Al principio pensé: ¡qué bien!, una maestra republicana, pero no. El personaje de María me pareció fascinante desde el principio. Me acercó a mi propio y desconocido misticismo… Cuando vi que fue delegada de la Sección Femenina, pensé que no estaba mal hacer justicia a aquellas criaturas que recibieron una caridad mal entendida que de caridad tenía poco. Años después, apareció la poderosa figura de Ángel María de Lera en escena y todo el engranaje cambió, para bien. El puzle se completó.

Aunque han pasado muchos años desde los acontecimientos y vivencias que se narran en ‘Las consecuencias’, el lector siente escalofríos al notar la vigencia de su narración, la exaltación de aquellos que se creen los dueños de la patria y de la virtud. El latido de una España otra vez partida en dos que tanto huele a Guerra Civil. Es todo tan real, tan vivido en su novela que no puedo evitar preguntarle si usted también sintió los mismos escalofríos que siente el lector al comprobar la ardiente vigencia de su testimonio. 

Durante años trabajé con mujeres republicanas, con mujeres que participaron activamente en la contienda, militantes, ex presas, hijas de republicanos, militantes de la resistencia al nazismo y al franquismo. Todos aquellos testimonios estaban frescos en mi memoria. Ese escalofrío, como dices, son retazos de testimonios orales, recuerdos de mi madre, que fue una niña de la guerra, y de mi tía, una de las menores evacuadas a Francia durante la contienda.

Su imaginación es pura virtud; ese lenguaje con que hace reflexionar y hablar a los vencedores y a los vencidos parece más fruto de las confesiones de los muertos a los que homenajea y a los que señala por su aberrante comportamiento, que de un acto narrativo. No sé si habrá releído usted su novela una vez publicada. Si lo ha hecho, se habrá dado cuenta de la naturalidad con que fluye el equilibrio entre imaginación y documentación. Parecen dos hermanas inseparables que han peleado por construir un escenario perfecto para una historia tan dura como hermosa. Usted ha tratado de respetar a todos sus personajes y el resultado es un prodigio. No hay juicios en sus párrafos, ni en sus metáforas, ni en el despliegue estético en el que los hace vivir. Hay generosidad en todas las palabras, pese a que algunas nacen para causar heridas en otros cuerpos, en otras biografías. ¿Cómo logró meterse en la mente de María de Lera sin condenarla al silencio? ¿Cómo resolvió ese drama que se intuye al tener que sostener sus imperdonables palabras contra los perdedores?

Es difícil explicarlo y tal vez comprenderlo, pero yo siento compasión por María. Ella, como todas las mujeres de esa época, tampoco ganó la guerra ni decidió su destino, hizo lo que le mandaban, su padre, la orden, la tradicionalista ideología familiar. Ella quería estar con Dios, no con los hombres. Yo he tratado de seguir la voz de los personajes, sintiéndome ellas, sin juzgar, amándolas. Lera dijo en una entrevista a Soler Serrano: “En todo hay que verter el corazón. Sin amor no hay nada que hacer en esta vida. Yo creo que el novelista es un corazón derramado; hay que amar incluso a los enemigos. Yo a mis enemigos les deseo que no sufran lo que a mí me hicieron sufrir”. Creo que esas palabras han resonado mucho en mi escritura.

Usted ha escrito frases hermosísimas para que salieran de las bocas de los opresores, pero el lector sabe que son pura invención, puro oficio. ¿Cómo consiguió ofrecer el beneficio de la duda a un personaje como María de Lera? ¿De qué lugar salió esa piedad lírica con que usted arma cada frase que ella pronuncia? ¿Cómo ha conseguido lavar el estómago de cada una de sus crueles palabras?

A mí desde el principio me parece un personaje apasionante. Cuando aún no sabía si iba a seguir, si conseguiría darle forma, ya empecé a escribir sobre ella. Vamos a ver, ¿a quién no le gusta escribir una malvada? He leído con asombro mucha literatura del bando nacional, digo con asombro porque también hay buena literatura. Además, la documentación oficial que encontré era muy explícita en lo relativo a los tutelados por la Sección Femenina y el Tribunal de Menores. En los archivos que encontré en la Sociedad de Amigos de Laguardia estaban los datos y muchos detalles. Tardé años en ponerlos en orden y entenderlos; dolían, pero es que la verdad duele.

Hay páginas en su novela que causan un sinfín de heridas en la boca, el corazón y el alma. Páginas que llenan de rabia al lector, o al menos a esta lectora. Páginas que llenan de preguntas mi cabeza, y que hacen que una de ellas bulla de manera feroz e incontrolable. ¿Cómo se preparó para asumir el lenguaje de María, tan execrable, tan justiciero, tan totalitario? ¿De dónde salió la perfección con que resuena su odio? ¿Cómo consiguió que su antagonismo se convirtiera en una verdad tan plena y repugnante a la vez? ¿De dónde sacó fuerzas para convivir con el podrido lenguaje de los vencedores? ¿Por qué no hablar solo de Ángel de Lera, de su verdad, de su tormento y su éxtasis? ¿Por qué darle voz a una mujer tan sádica como beata? “Y si había que hacerlo y si no había que hacerlo también, yo un duro enviaba a la cárcel en cuanto podía, porque una cosa era haberlos ganado y escarmentarlos, que bien lo merecían, y otra distinta dejar morir de hambre, por haberse equivocado, al sobrino al que enseñé a leer”. 

Porque fue así, con sus contradicciones y sus miserias, las dos Españas helándote el corazón.

Quiero darle la enhorabuena por haber incluido a Aurorita entre este plantel de valiosos personajes. Su presencia es la que otorga la más deslumbrante veracidad a este intercambio entre dos privilegiados por más que uno de ellos haya caído en desgracia. Todo lo que usted inventa para que atraviese la boca de Aurorita es magistral. Es un personaje del que resulta imposible no enamorarse. Sus parlamentos no tienen desperdicio, sostiene el lenguaje de vencidos con una contundencia y una limpieza emocional que hacen al lector brindar por ello en cuanto se topa con esta niña maleducada y vilipendiada por la piedad: “Que te jodan. Mira que no te lo dije en estos años de poner la mano con las yemas haciendo un capullo para que la sor me diera con la regla como si fuese un látigo. Que te jodan. Que te jodan. Que te jodan. Te lo escupo en la nuca, ahora que te saco un palmo, que no me da ya ni miedo, ni pena, ni gloria y que no puedes con tu alma. Cabeceando en el sermón, desafinando como una perra. Santo, santo, santo es el Señor, Dios del Universo… Humilla la cabeza, beata, hija de puta. Arrodíllate y pena”.  ¿Sintió miedo ante la precisión de estos parlamentos? ¿Sintió alivio al dar voz a los desheredados del mundo con párrafos como este que aquí comparto? 

Sentí alivio, me liberé. Desde la piel de Aurora, hubiera dicho palabra por palabra lo escrito. En Aurora está toda la rabia de las que vivieron la adolescencia en plena posguerra, proscritas, despreciadas, sin tener nada y sin poder aspirar a nada. A ellas la guerra les arrebató la infancia, y la posguerra la adolescencia. 

‘Las consecuencias’ es una novela que impresiona por su integridad y también por su naturaleza testimonial. Pese a su férrea parte de ficción, hay en ella pedazos de verdad que el lector desearía que fuesen fruto de su fantasía. ¿Qué armas uso para defenderse contra la biografía de María de Lera? ¿Y cuáles para no caer rendida ante las de Aurorita y Ángel?  ¿Le resultó sencillo alcanzar esa beneficiosa imparcialidad?

Yo no me defendí, me lo bebí de trago, podríamos decir. ¡Leer todos aquellos papeles me sorprendió tanto! Estaban tan lejos de mí que fue como aprender un idioma nuevo. Era como un laberinto. Eso, sin contar con los libros de Lera,  que con sus propias reflexiones me proponía distintas perspectivas… Me llevó años. Lo que viene a ser un puzle de mil piezas. Yo pienso que todos los personajes de esta historia tienen su lugar en el mundo y se complementan.

De ‘Las consecuencias’ quiero destacar la extraordinaria franqueza de la imaginación. ¿Cómo consiguió subvertir tanta verdad desde un trabajo basado en su manera de interpelar a lo imaginado?  

Es que hay imaginación, pero es una imaginación construida de verdades que he escuchado a lo largo de los años. El trabajo de campo para Mujeres en pie de guerra y todas las experiencias que viví con el documental fueron fundamentales, dejaron una huella imborrable en mi vida y muchos detalles pequeños, cotidianos, esenciales. No he imaginado tanto; he contado lo que me contaron.

No sé si es usted consciente del gran tino que ha tenido al crear y recrear el lenguaje de cada personaje y de la precisión estética que hay en cada una de las vidas que despliega en ‘Las consecuencias’. ¿No le dio miedo convivir con el eco de cada palabra inventada ni con aquellas verdaderas que se enriquecieron, tras pasar por sus manos, como lo hicieron estás que transcribo: “Abro el cuaderno. Se me enrosca en las manos, quebradizo y rebelde. Algunas hojas están arrancadas. Quedan unas pocas borrosas, escritas con muy mala letra y muchas faltas de ortografía. Se conoce que a padre le dio tiempo a aprender algo más que la derrota con la caricia de su imaginación”.

No tuve miedo, era más bien vértigo. Me sentí acompañada por sus voces, me sentía una privilegiada ante una historia tan tremenda, a veces durísima, a veces conmovedora, a veces desoladora. Revisar papel por papel y ordenarlo, entenderlo, ha sido una aventura muy emocionante. Luego, al tener los personajes su vida propia, cada uno contó lo suyo a su manera, con sus palabras.

En la página 124 escribe usted: “Y seguí dándole hilo a la cometa” en un guiño a la gran Carmen Martín Gaite, adalid de la generación de los 50 y que, como usted, añadió imaginación a la verdad. Durante la lectura, su manera de narrar, de documentarse, de perseverar me ha recordado continuamente a la escritora salmantina. ¿Usted también ha sentido como yo su presencia entre las páginas de ‘Las consecuencias’?  

Acepto el piropo y el honor. Además del hilo y la cometa, también está la hermana pequeña, la ventanera, la que escribe cartas, la que las lee y seguro que me dejo alguna. Carmen Martín Gaite es maestra; por lo tanto, inspiración.

Susana, en su libro ofrece usted la profunda versatilidad de la imaginación y a partir de ella eleva la autobiografía hacía la excelencia, hacia un lugar abierto al enigma, pero también a la certeza. ¿Es consciente de que sus figuraciones y prefiguraciones arman un relato incontestable sobre un episodio que aún late bajo la tierra de este país? 

Me dio paz, porque así somos. Y es verdad que todavía nos late, nos divide, nos pone los pelos de punta. Desgarró generaciones y marcó nuestra historia. Pero, dime, ¿quién no conoce una familia así? Hay en mi novela favorita, Doctor Zhivago, una frase que venía una y otra vez: ‘¿Os creéis que sois inmaculados?’. Nadie es inmaculado.

Para terminar, solo me queda darle la enhorabuena por un testimonio tan prodigioso como el que usted entrega a través de ‘Las consecuencias’. Y darle las gracias por haberle negado a los vencedores el acceso a las metáforas. Sé que no ha sido un hecho premeditado, pero, aun así, no puedo abstenerme de formularle la pregunta: ¿Por qué se las negó, por qué hizo de los vencidos poetas emocionales? 

Fue sin intención, la justicia poética es así.



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Comentarios

  • Ana

    Por Ana, el 07 diciembre 2025

    Preguntas mucho más extensas que las respuestas… Me quedo con las ganas de saber más sobre el libro y su autora. Entrevistar es saber escuchar.

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