Pablo Remón: la importancia de no perder el entusiasmo 

El dramaturgo Pablo Remón. Foto: Vanessa Rabade.

El dramaturgo Pablo Remón ha escrito y dirige ‘El entusiasmo’, en escena en el teatro María Guerrero de Madrid  hasta el 28 de diciembre. Como él mismo se pregunta: ¿Somos autores de nuestras vidas, o simplemente personajes? ¿Hasta qué punto es posible cambiar lo que somos, o estamos determinados por nuestras elecciones pasadas? A medida que envejecemos, ¿nuestras opciones se reducen, o estamos más capacitados para dirigir a donde vamos?… ¿Somos capaces de mantenernos vivos sin perder el entusiasmo, o recuperándolo? Hemos hablado con él.

Mientras Pablo llega, me paseo por las tripas del CDN, me impregno de la quietud del María Guerrero con las butacas desocupadas, de la madera que cruje con la escena desierta. Los restos del entusiasmo se muestran desnudos, sin público, sin conflicto, sin toses ni papelillos de caramelos revolviéndose en las manos, despojado del color saturado del comedor de las parejas –elemento clave de la escenografía de Boromello–, previos momentos antes de que la función arranque y vuelva a convertirse en El entusiasmo. 

La obra aborda con humor e ironía la crisis de la mediana edad, siguiendo a Toni y Olivia en su vida cumplida, pero vacía, en Sanchinarro. Mediante un prólogo y cuatro partes, la pieza se articula como una estructura de cajas chinas, con ficciones dentro de ficciones que reflejan la búsqueda desesperada por recuperar el fervor perdido. ¿El pasado nos determina o aún podemos ser autores de nuestra propia vida? 

Nos sentamos en el sofá rojo, testigo de esperas y ahora cómplice de esta entrevista. La charla es distendida, abierta a la improvisación. Le pregunto a Pablo qué germinó primero en El entusiasmo: si fue uno de los personajes desdoblados, una imagen, el tono o la propia estructura. Al responderme, me viene la imagen de la gran ola de Kanagawa: Remón concibe la dramaturgia y la dirección a la vez, un proceso largo en el que las ideas mutan con las palabras. Le planteo si en ocasiones el director se contradice en su propia dramaturgia, puliendo las réplicas de unos personajes que han crecido como la estaca que guía a la planta. Me aclara que para él no hay fronteras: nunca escribe en abstracto, sino que tiene en el horizonte la puesta en escena y sus elementos, naciendo simultáneamente al texto. 

Me interesa saber qué significa para él la acepción que recorre la pieza: entusiasmo. Me remite a esa idea de que, en la Grecia Antigua, cuando un poeta estaba entusiasmado quería decir que estaba poseído por las musas, capacitado para cantar. “Si partimos de este personaje, Toni, que está intentando escribir una novela, pero que no escribe, me llevaba a esa reflexión de que para escribir o para inventar, para crear una ficción, hay que estar, en cierta medida, entusiasmado; en el sentido de la pasión por lo que estás haciendo, pero también de ser poseído por otros y olvidarte un poco de ti mismo”. 

Es un sello muy Remón vincular el humor con el abordaje de conflictos, como una enredadera, “una forma de que la obra no se tome demasiado en serio a sí misma”, me dice. Y es que estamos seguros de una cosa, que cuando te ríes en el teatro, ese preciso instante en el que las risas se ensamblan imperfectas, te sientes a salvo del propio agón, estás a gusto y, desde ese lugar, te puedes permitir llegar a otros sitios. 

Una escena de El entusiasmo de Pablo Remón. Foto: Geraldine Leloutre.

Escena de ‘El entusiasmo’, de Pablo Remón. Foto: Geraldine Leloutre.

He leído recientemente Fantasmas, un díptico de dos piezas teatrales que escribió hace pocos años. En el prólogo de este libro dice que un profesor de escritura le dijo en una ocasión que “cuando escribes, lo que se quiere decir no se puede decir”, y yo quiero saber cuánto hay de esta afirmación en El entusiasmo. “Cuando uno escribe, la clave es cómo no verbalizar eso que a veces te preguntas; debería haber una sensación de que la obra te enseñe cosas que has ido describiendo durante la escritura sin ser necesariamente las que tienes pensadas a priori. Yo considero que la escritura es como otra forma de pensamiento más profunda, que te revela cosas, como una forma de exploración, y que, a veces, se contradicen”. Es el viaje, el tránsito por las capas de lo dicho y lo que se queda entre los dientes. Y entonces es cuando le pregunto por la edad en la que está basada la obra y si él cree que el entusiasmo tiene que ver con los años o con la propia personalidad de cada uno. Ambos llegamos a la conclusión de lo segundo y centramos el tema hacia el papel del actor, el cuerpo que debe habitar las palabras. Para él, lo que importa no es tanto la réplica milimétricamente escrita, sino la apropiación, el proceso de hacer que el texto sea suyo. “Necesito que eso esté habitado por esos cuerpos y por esas voces y tener esa sensación de ser dueño del texto”. Remón no busca una lucha, sino una fusión, que el actor y la palabra sean uno, sin separación. 

Esta misma filosofía de inmersión total se aplica a la puesta en escena, especialmente en colaboración con Mónica Boromello. Para Pablo, la escenografía no es un mero decorado, sino parte intrínseca de la escritura de la obra. “Necesito tener la sensación de que eso solo podría pasar en esa escenografía,” explica. Las ideas de Boromello y las palabras del texto nacen a la par. En El entusiasmo, esto se traduce en un escenario desnudo, donde las cosas se cuentan más que se ven. La ausencia de representación busca que el espectador complete el cuadro. “Me interesaba que no hubiera prácticamente nada en la escena, y que lo que aparece sea como una pincelada que tú como espectador completas”. 

Esta es la razón de su precisión milimétrica en el tempo. La fluidez, el ballet casi musical de la función, se convierte en complicidad con el público, en un juego, “una magia con cierto aire ingenuo”. La carra con sus cortinas, los actores cambiando de personaje, todo explicita la convención teatral, nuestro pacto. Es una invitación honesta a entrar en el juego, donde la artificiosidad es la clave y lo sencillo es lo que engancha. 

Le pregunto por lo que el público de El entusiasmo le está devolviendo y se traduce en una sensación de que la obra está “en su sitio” en el María Guerrero, un teatro físico que él tuvo en mente al escribir. Pero también le regala algo más valioso: el público le enseña a mirar su propia obra, revelando aspectos y significados que él no había anticipado en el proceso de escritura o ensayo. 

Finalmente, abordamos la complejidad de la autoficción, un término que ronda sus obras más personales. Aunque El entusiasmo no nombra a Pablo Remón, es una obra muy personal, que reivindica la ficción. Sus obras nunca están muy alejadas de su vida porque, como dramaturgo, se siente incapaz de hablar de algo completamente ajeno. Su biografía está relativamente cerca de lo que cuenta, buscando una sensación de autenticidad. Los elementos autobiográficos se disuelven en un caleidoscopio ficcionado, donde las experiencias propias, las anécdotas contadas por amigos y lo visto en películas se mezclan “como pasa en los sueños”. 

En ese ejercicio de mezclarlo todo, se esconde la auténtica revelación del teatro, esa idea profunda de resucitar a los muertos y cristalizar el pasado. “Esa sensación de volver a cosas que pensabas que no ibas a poder vivir… Ponerle un marco a esos momentos, condensarlo, cristalizarlo. Hacer la foto. Una Polaroid de un momento,” resume, con un entusiasmo que, ahora sí, parece poseerlo por completo. Es el impulso para escribir, hacerle una foto a un instante.



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