Cristóbal Polo: “El cuaderno es un estado mental”
Cristóbal Polo, autor de ‘Cuadernística’
El escritor Paul Valéry se levantaba cada día entre las 5 y las 6 de la mañana para escribir en su cuaderno. Kafka sentía siempre un ligero cosquilleo cuando volvía al suyo. Sei Shonagon dormía con uno en la cabecera de su cama. Emily Dickinson llenó en su vida miles de papeles sueltos que luego cosió. El escritor Cristóbal Polo (Los Barrios, Cádiz, 1982) ha publicado ‘Cuadernística’ (editorial Wunderkammer), un apasionante viaje por los cuadernos de escritores y artistas, esos refugios fragmentarios de papel donde plasmaron sus pensamientos y divagaciones mentales.
Para Joan Didion, los que tomaban notas en cuadernos formaban una especie distinta, “gente solitaria y reticente que siempre está cambiando la disposición de la cosas”. El cuaderno es un refugio, una especie de cabaña literaria para estar con uno mismo y darle forma a nuestras divagaciones mentales…
Divagaciones mentales que terminan convirtiéndose en huella, una huella perfectamente biodegradable, por cierto, pero seguramente más duradera que un like. No creo que se trate de alguna clase de solapada megalomanía de inmortalidad, ese “duro deseo de durar” del que hablaba Paul Éluard. Lo que persigue la cuadernística es una carrera de fondo sin otra meta que la propia escritura. El cuaderno es un estado mental.
¿Cuál es la razón de ser y la finalidad de esa manía que tenemos muchos de anotar todos los días alguna cosa en esos soportes de papel, en una época que es puramente digital?
Sí. Ante todo seamos claros: es una manía. Pero bendita manía. En el artículo que has mencionado, Joan Didion llama a los cuadernistas “insatisfechos ansiosos”. Y no le falta razón. Además, se permite hablar así porque ella misma es una maniática de los cuadernos. Una manía es un desorden de los hábitos que puede envenenar nuestra vida. Pero la adicción al cuaderno no te hace peor; más bien al revés. Recordemos ese cosquilleo de alivio que experimenta Kafka al regresar a su cuaderno después de una larga temporada de ausencia. ¿Está Kafka un poco chiflado? Pues claro, ¿y quién no? Y sobre todo: sin los cuadernos de Kafka no tendríamos a Kafka.
Newton tuvo su primer cuaderno a los 12 años. Allí no sólo escribía ideas matemáticas o astronómicas, sino que hacía listas de recetas o anotaciones extravagantes: cómo pegar cristales rotos, cómo recrear el color del mar, cómo emborrachar a los pájaros o cómo convertir el agua en vino. Todo cabe en un cuaderno…
Cabe todo, o casi todo, pero cada cuadernista decide las reglas de juego. Algunos, entre los que me incluyo, suelen evitar el mero registro de acontecimientos cotidianos. Por ejemplo, en mis cuadernos apenas encontrarás notas del tipo “Hoy nos han cambiado la nevera”, a menos que bajo una frase como esa resuene alguna música extraña que me interese retener. Tmpoco hay nada en mis cuadernos que no pueda contarle al desconocido que se sienta a mi lado en el vagón de metro, aunque no tenga previsto hacerlo. Lo más interior de nuestra vida, lo íntimo, es inexpresable o, en cualquier caso, solo accesible dando rodeos. No hay más que superficie, decía Ortega citando Spinoza. Esa es también una idea que solía repetir Josep Pla, que se pregunta por un lenguaje capaz de capturar esa materia escurridiza que es la intimidad pura.
¿Cuál es el personaje más excéntrico que te has encontrado mientras estudiabas a estos anotadores de pensamientos y observaciones pasajeras que recoges en tu libro?
Hay de todo. Paul Valéry madrugaba para que no se le escapara ninguna idea. Ludwig Hohl no podía revisar sus anotaciones sin colgarlas en un tendedero. Emily Dickinson llenaba miles de papeles sueltos que luego cosía por su cuenta. Entre los muchos personajes singulares, pienso ahora en un caso que no aparece en el libro. Saltamos a las caras B de Cuadernística. Es la historia del poeta malgache Jean-Joseph Rabearivelo, considerado uno de los primeros poetas africanos modernos, que murió, literalmente, dentro de su cuaderno. Su vida refleja perfectamente los estragos culturales del colonialismo. Provenía de una familia noble arruinada y recibió una educación de élite europea que más tarde se convirtió en una fuente de frustraciones. Escribió en francés, malgache y español, y mantuvo contacto con grandes figuras de la literatura francesa e hispánica, sin lograr el reconocimiento que buscaba. En sus últimos cuadernos registró lecturas, bocetos, cartas, adicciones varias e incluso deudas. Tras dejar escrito que se sentía fuera de todo, narró en esas páginas finales su propio suicidio, minuto a minuto. Y todavía encontró tiempo para besar el álbum familiar, despedirse de los libros de Baudelaire y redactar una lista precisa de últimas voluntades.
Para algunos, los cuadernos era un auténtico vicio. Paul Valéry, como bien has dicho, se levantaba cada día entre las 5 y las 6 de la mañana para escribir en el suyo. Así durante 45 años, en los que completó 27.000 páginas. Hay algunos cuadernistas tan obsesionados que duermen con ellos en la cabecera de la cama, como es el caso de Sei Shonagon, autora del ‘Libro de la almohada’…

El escritor Cristóbal Polo.
Y un servidor. El resultado es lo que se conoce como “flor de tinta de cuadernista dormido”, un tipo de polución nocturna que también puede, si el cuaderno cae a un lado, saltar a las sábanas. Lo de Valéry con sus cuadernos era una auténtica monomanía. En España solo se ha publicado una centésima parte de esa obra monumental, auténtica comida gourmet para el cerebro. En cuanto a El Libro de la almohada de Sei Shonagon, se podría decir que inaugura el género, con ese maravilloso flujo de enumeraciones, instantáneas, bocetos de poemas y extrañas observaciones. Es un cuaderno que ha inspirado y sigue inspirando a muchos escritores y artistas, como Perec, Greenaway o Chris Marker.
Cuando murió, el escritor Rober Walser dejó un total de 526 hojas escritas a lápiz con una letra microscópica. Las había redactado entre 1924 y 1931, durante su estancia en uno de los hospitales psiquiátricos en los que pasó sus últimos años. Escribir a mano, a lápiz, está hoy en peligro de extinción como el camaleón o el leopardo de las nieves…
Puede ser. Pero, igual que con el leopardo de las nieves, aparecen cuadernistas donde se los creía desaparecidos. Me ha sorprendido la diversidad generacional de los lectores que se han reconocido en este libro. Diría que el momento actual, caracterizado por el enorme contraste entre el exceso de información y una bajísima disposición a retenerla, es propicio para rescatar la práctica del cuaderno. De hecho, empiezan a publicarse estudios que demuestran los beneficios de la escritura a mano en diferentes contextos de aprendizaje. En cuanto a los amantes del lápiz, son una liguilla aparte dentro de la cuadernística. Escriben, se paran, frotan un trozo de goma y ponen una palabra donde habían puesto otra. Una auténtica locura.
Hay otros que empleaban para sus diarios una letra más clara y redonda, como Luis XVI, que el día en que tomaron La Bastilla, en julio de 1789, escribió en su dietario: “Nada”. Por su parte, la tarde en la que al cardenal Roncalli lo nombraron jefe de la Iglesia católica, se limitó a anotar: “Hoy me han hecho Papa.” ¿De qué nos salva escribir?
Esa también es muy buena. En realidad, escribir no nos salva de gran cosa. Pero ayuda a retener el tiempo. Cuando anoto la luz que se cuela por esa ventana, la estoy rescatando de la inexistencia. De modo que cuando vuelva años después, esa luz y esa ventana estarán todavía ahí. Esto, para mucha gente, es una perogrullada como un piano. Y para otra, entre la que me cuento, un auténtico milagro. De todas formas, no hay que perder de vista que estamos hablando de literatura, o de algo muy próximo que a veces se convierte en literatura. Un buen cuadernista es, ante todo, un escritor decente. No basta con escribir, como el cardenal Roncalli, “Hoy me han hecho Papa” o “Se me ha roto la Thermomix”. Esto de los cuadernos tiene que ver con el correr del tiempo y con las palabras capaces de atraparlo, aunque sea en pequeños destellos.
¿Cómo es tu cuaderno, cómo es tu proceso de escritura?
Mi cuaderno se multiplica en los muchos cuadernos que llenan mi estudio, pero no permito que acumulen polvo. De hecho, vuelvo a ellos con frecuencia: los releo, los marco e incluso los indexo para no perder el rastro a un apunte, una cita o un boceto que adquiere un valor insospechado meses o años después. La mayor parte de lo que publico sale de mis cuadernos. Cuando escribo con una finalidad literaria, me cuesta teclear un texto que no haya garabateado previamente. Supongo que no es más que un hábito, una manía adquirida en la infancia. En cualquier caso, tengo la sensación de que escribo mejor cuando lo hago en papel.
Ahora estoy transcribiendo los cuadernos de mi época de Vilnius con la vaga intención de publicarlos. De esos mismos papeles proceden algunos pasajes de Cuadernística. Volcar el contenido de un cuaderno de manera íntegra en un texto publicable, bajo un principio de intervención mínima, revela todas las paradojas de esta forma de expresión. Es toda una aventura.
“Basta de palabras, un gesto, no escribiré más”. Así acaba su diario Pavese. Dice Ricardo Piglia, otro gran diarista, que lo escribió para postergar su suicidio. Escribir es también una forma silenciosa de defensa…
Y tanto. Como dice Philippe Lejeune, con el cuaderno escapamos a la muerte acumulando huellas. Y cuando hablamos de escribir cuadernos, hablamos de escribir en general. Si la literatura fuera un planeta, la cuadernística sería una especie de Luna que hace posible las mareas y la vida. La verdad es que el paso del tiempo me parece una cosa terrible. Ayer estaba buscando unos documentos en un disco duro de otra década, y caí en una de esas carpetas de fotos hechas con algún móvil ya olvidado. Pueden pasar dos vidas sin que vuelvas a toparte con esas imágenes, pero a veces ocurre. Y no es agradable, por lo general, al menos no para mí. En cambio, cuando vuelvo a un cuaderno de esa misma época, la sensación es distinta. Ahí los recuerdos no parecen fosilizados, irrecuperables. Es como si esas palabras siguieran escribiéndose, llenándose de sentido años después. Así que el cuaderno transforma el paso del tiempo en una especie de refugio.




No hay comentarios