Máximo Huerta nos mira muy adentro en ‘Mamá está dormida’

El escritor Máximo Huerta. Fotografía: Javier Ocaña.

En nuestra serie ‘Un hombre al mes’ entrevistamos hoy al escritor y periodista Máximo Huerta con motivo de su nueva novela, ‘Mamá está dormida’ (Planeta). La relación del hijo único con una madre que empieza a perder la cabeza; una relación en la que vemos al propio autor. Un viaje hasta lo más íntimo de uno mismo a través del cuidado y la fragilidad. Del amor y el humor, la ternura y el dolor, el cansancio y la desesperación. Una novela que escarba en el interior más profundo de las personas y que nos descubre un nuevo lenguaje, ¿un nuevo hombre?, en Máximo Huerta. “El mayor peligro era reducir a todas esas madres a la herida, convertir la enfermedad en un único lenguaje. Yo quería que siguieran siendo mujeres completas, no solo cuerpos que fallan o memorias que se rompen. En esa regresión a la infancia hay también humor, ternura, ironía, incluso una forma muy afilada de lucidez”.

Comienzo por algo que ha llamado poderosamente mi atención nada más comenzar la lectura. Y que no es otra cosa que la necesidad de nombrar a sus referentes literarios en esta novela. Delibes, Baroja, Machado. ¿Se da cuenta del valor referencial que adquiere su novela ya desde la página 20? Ya solo por eso su valor narrativo es otro. Se nota cómo va a administrar el ritmo literario de los personajes. No sé si fue voluntario o el proceso inevitable en el que un escritor va despojándose de lo que sobra hasta llegar al núcleo de su verdadera naturaleza literaria. 

Gracias por esa lectura tan atenta. No fue una estrategia premeditada, al menos no en un sentido calculado. Los referentes están ahí porque forman parte de mi manera de mirar y de escribir; se han ido sedimentando con los años. Además, el narrador es traductor y escritor, alguien que vive entre voces ajenas y propias, y era lógico que esas presencias aparecieran también en el texto. Supongo que llega un momento en el que uno deja de exhibir lo aprendido y empieza a apoyarse en ello sin miedo. Ese despojamiento del que hablas es un proceso inevitable: quitar capas hasta quedarse con lo esencial, con una voz que ya no necesita justificarse. 

Hay una frase fundamental en ‘Mamá está dormida’ que marca con una perfección inalterable el devenir de Federico, su protagonista. “Dios y sus cosas” es para mí el leitmotiv de la novela. Bajo esa premisa todo transcurre, la demencia de Aurorita, la rabia de Federico/Félix, la supremacía del abuso y sobre todo el despertar de un hombre. Escribe esa afirmación en una fase muy, muy temprana de la novela. Y pienso que es una frase demasiado perfecta para ocupar ese espacio. ¿Premeditó este asunto al inicio de la novela o según yo entiendo, después de la lectura, esa frase que aparece en la página 21 fue escrita una vez que encontró el final?

Me gusta mucho que señales esa frase, porque efectivamente funciona como un eje. No estaba colocada ahí desde el principio con esa conciencia de leitmotiv, aunque sí estaba la idea. Escribí “Dios y sus cosas” muy pronto, casi de manera intuitiva, pero su verdadero peso lo entendí después, cuando la novela ya estaba avanzada. En esta novela se pelea contra Dios. La frase es el germen de todo: la forma en la que Federico nombra lo incomprensible, la violencia normalizada, la fe heredada, el abuso y también el inicio de su despertar. 

Máximo Huerta es otro escritor, piensa el lector cuando se encuentra con el tuétano de su nueva novela. Un autor que se olvida de su sofisticada escritura para ahondar en la boca de una herida que no se cierra nunca. Usted ha mirado hacia un animal monstruoso, la guerra civil española y la posguerra, y ni su mirada ni sus palabras han temblado. Ha escuchado a aquellos que han corroborado que una guerra vivida no se acaba jamás, que después de la paz su griterío es aún más ensordecedor, más incapacitante. No sé si ha releído su novela una vez publicada y ha sentido el peso de su voz cuando eso ocurre. ¿No dudó nunca? ¿Cuándo supo que quería traspasar esa frontera? ¿Exponerse a un juicio que quizás lo señalara como a un intruso?

Dudé muchas veces, claro. Dudar forma parte del respeto con el que uno se acerca a una herida así. No quería escribir sobre la guerra ni la posguerra, sino desde lo que dejaron dentro, desde ese ruido que no se apaga nunca. Entiendo que el silencio también es una forma de violencia. He releído la novela ya publicada y el peso de la voz está ahí, sí, pero no como una carga, sino como una responsabilidad asumida. Nunca me sentí un intruso, porque no hablo desde la épica ni desde el juicio, sino desde la intimidad de quienes la heredaron sin haberla vivido. 

«En los años en los que mamá fue joven, la posguerra hacía de las mujeres objetos invisibles que transitaban del hogar a la cama y de la cama a las labores. Eran tiempos duros, de silencios y secretos eternos… Los primeros meses pueden ser unos kilos de más; los últimos evidentes, una pequeña enfermedad. Las paredes se encargan de silenciar el parto. ¿Dónde está el niño del que habla la madre? Las mujeres de su edad están muertas. No hay testigos”. Hay una dureza en este testimonio ajeno a su ideario emocional, Máximo. En sus anteriores novelas iba por otro camino, alimentaba otros territorios, pero en ‘Mamá está dormida’ ha querido dejar bien claro que ahora, como le decía más arriba, es un escritor distinto, completamente distante de su antiguo perfil. ¿Son estos cinco años de cuidado unilateral quienes han forjado al escritor combativo que hace que sus frases ardan?

No sé si hablaría de un escritor distinto, pero sí de un escritor atravesado. El cuidado prolongado te cambia la piel y también la mirada: te obliga a bajar el volumen de lo accesorio y a escuchar lo que duele, incluso cuando incomoda. Esos cinco años no me hicieron más combativo por voluntad, sino más consciente. La dureza de ese fragmento no nace de un afán de denuncia explícita, sino de haber convivido con silencios muy parecidos, con vidas borradas sin acta ni testigos. Mis novelas anteriores transitaban otros territorios emocionales, es cierto, pero creo que todas conducían hasta aquí. Mamá está dormida no es una ruptura con lo anterior, sino una consecuencia: escribir ya no desde la contemplación, sino desde la herida abierta, sabiendo que algunas frases tienen que arder para no mentir.

“Empiezo a fuerza de resignación a querer a otra madre”. Aquí comparto con usted otra de las frases que ha partido en dos su universo literario. Usted ha matado al Rey Salomón al escribir ‘Mamá está dormida’. ¿Ha sido consciente de este hecho mientras escribía? Ya no podrá andar hacia atrás en busca de refugio, porque a través de esta novela su futuro y su presente son otros. ¿Podrá olvidarse del pasado narrativo sin condescendencia, tal y como percibe el lector al acabar esta historia?

Fui consciente de que algo se estaba rompiendo mientras escribía, sí, aunque no en términos de ajuste de cuentas con lo anterior. Esa frase nace desde un lugar muy incómodo, porque aceptar a otra madre es aceptar también la pérdida definitiva de la que fue. Ahí no hay épica, solo rendición. Y cuando uno escribe desde la rendición ya no puede fingir refugios.

No creo que se trate de olvidar el pasado narrativo, ni mucho menos de mirarlo con condescendencia. Todo lo que he escrito antes me trajo hasta aquí. Pero es verdad que, después de Mamá está dormida, no puedo volver a escribir como si no hubiera cruzado ese umbral. El futuro y el presente cambian, porque la mirada ya ha aprendido a no apartarse, incluso cuando duele.

Aunque ya lo insinué más arriba ahora lo diré sin ambages. Usted se ha acercado con esta novela a un latido político constante, y se ha olvidado por completo de la venturosa ‘frivolidad’ que lo ha traído hasta aquí. La que le ha hecho ganar insignes premios literarios. Ahora lo emocional persevera en busca de una bicefalia que lo aleja de su primitiva impronta como escritor. Es como si escribiendo esta novela hubiese abierto los ojos y hubiese encontrado el sentido único y real de su literatura. Su olvidada ambivalencia. Ese poder sanador para lo propio y para lo ajeno. Pareciera como si hubiera dejado de escuchar su voz para caer en una pluralidad más densa que benéfica. ¿He sabido leer de manera correcta este tránsito que relato a través de esta reflexión? 

Creo que has leído bien el tránsito, aunque matizaría una cosa importante. No he dejado de escuchar mi voz, lo que ha cambiado es el número de voces que ahora la atraviesan. Mamá está dormida tiene un latido político, sí, pero no nace de una voluntad programática ni de una renuncia a lo emocional; al contrario, nace de llevar la emoción hasta sus últimas consecuencias. Cuando eso ocurre, lo político aparece de forma inevitable, porque hablar del cuidado, de la memoria, del cuerpo de las mujeres o de la herencia del silencio es ya una forma de tomar posición. No siento que haya abandonado esa ligereza inicial –que también fue necesaria–, ya no me basta para contar el mundo que tengo delante. La ambivalencia que señalas sigue ahí, quizá más tensa, más incómoda, pero también más honesta. Si la literatura puede sanar algo, propio o ajeno, es precisamente cuando acepta esa pluralidad densa sin intentar domesticarla.

Sí, tuve miedo. No un miedo paralizante, sino un miedo muy lúcido, que acompaña cuando sabes que estás escribiendo algo que no se puede retirar después. Lo político quemaba, claro, pero no como consigna, sino como memoria: lo que no se nombra vuelve de otra forma. Mientras escribía, entendí que no podía suavizarlo sin traicionar la verdad emocional del libro. No escribí para curarme a mí ni para señalar a nadie, aunque inevitablemente algo de eso ocurre. Escribir fue aceptar el riesgo de incomodar, incluso de perder un lugar conocido. Si no hay ese temblor, esa sensación de estar pisando una tierra que no dominas del todo, entonces probablemente no merezca la pena seguir adelante.

Es notorio cómo el tono narrativo cambia página a página. Cada vez es más áspero, más honesto, más desmitificante, más libre. Unánime en su nueva pasión política. ¿Compartió mientras escribía algunos de estos fragmentos con alguien de su entorno o cargó con todo ello como un Sísifo mediterráneo que debe someterse a su elección?

Lo cargué casi todo en soledad, sí. Necesitaba no explicarme mientras escribía, no suavizar nada por el eco de una opinión cercana. Compartir demasiado pronto habría domesticado el texto. Hubo lecturas muy tardías, cuando la novela ya estaba escrita y yo ya había tomado todas las decisiones importantes. Escribir tiene algo de ese Sísifo que mencionas: empujar la piedra sabiendo que no hay atajos y que nadie puede hacerlo por ti. Pero no lo viví como un castigo, sino como una elección consciente. La aspereza y la libertad del tono vienen de ahí, de no negociar con el miedo mientras la piedra todavía estaba en subida.

Usted ampara y mece con su respeto narrativo a todas esas mujeres a las que la enfermedad condena a ser de nuevo niñas que ya no saben jugar y que solo dependen de la fuerza de su imaginación, aunque esté llena de llagas. La plenitud con que alimenta su inocencia y también su efervescente cinismo es otro de los hallazgos de su novela. No deja que solo sean sus heridas las que hablen, quiere que su alegría y sus momentos de lucidez las hagan brillar. ¿Imagino que fue uno de los retos más profundos al escribir ‘Mamá está dormida’?

Fue, sin duda, uno de los retos más profundos. El mayor peligro era reducirlas a la herida, convertir la enfermedad en un único lenguaje. Yo quería que siguieran siendo mujeres completas, no solo cuerpos que fallan o memorias que se rompen. En esa regresión a la infancia hay también humor, ternura, ironía, incluso una forma muy afilada de lucidez. Respetarlas narrativamente era no negar el dolor, pero tampoco robarles la alegría posible, esa chispa que aparece cuando la imaginación aún resiste. Quise que brillaran ahí, en esa mezcla incómoda de fragilidad y fuerza, porque es lo más cercano a la verdad que yo he conocido.

No escatima tampoco verdad al hablar de los retos y dramas a los que debe hacer frente el cuidador. Frases como esta marcan el rumbo de esos flashes de desamparo con que se encuentra quien debe cuidar a un enfermo: “En un rincón del banco de la cocina están las bragas meadas de la noche, también su pijama. Lo envuelve en unas toallas para disimular y me pide que una mi ropa a la suya para llenar el tambor de la lavadora. En ese rincón hay miedo”. No hay ni un solo rastro de pudor en esas enseñanzas sentimentales, todo se escribe con claridad meridiana, sin remordimientos. Como una confesión en la que sin mirar al cielo se reprende a Dios por someter a sus hijos e hijas a semejante escarnio. Hay una pelea monumental con la fe en este libro, señor Huerta, un ritual unamuniano muy consistente. ¿Fue algo sobrevenido por el argumento o algo premeditado?

Diría que fue una mezcla de intuición y de fidelidad al personaje. No me senté a escribir con la intención de ajustar cuentas con la fe, pero cuando uno acompaña de verdad a quien sufre –sin edulcorantes– aparece inevitablemente esa pregunta incómoda que la literatura lleva siglos formulando: ¿dónde está Dios cuando duele? No quise proteger al lector ni protegerme yo. La emoción, si se somete al pudor, deja de ser verdad. Por eso la voz del libro habla sin mirar al cielo, o mirándolo con rabia. Esa tensión nace sola cuando el personaje necesita comprender el sentido de lo que vive; yo únicamente no la censuré. Quizá ahí esté lo unamuniano, en esa fe discutida, zarandeada, casi peleada, muy cercana a la de Miguel de Unamuno: creer no como certeza, sino como combate.

“Mamá nada tirana, desagradable y desagradecida. A veces me quiero morir; otras quiero que sea ella”. Dice su protagonista y enseguida, unas frases más abajo, se echa en brazos de Machado y uno de sus versos más inocentes y bellos. Federico sufre por lo que vive, pero sufre aún más por lo que no sabe que existe, por aquello que no pudo vivir. En él hay dos tejidos, el que sobrevive gracias al arrepentimiento y otro en el que es un combatiente irredento. Su viaje en caravana lo dota de un individualismo subversivo, un punto de no retorno que al final es rectificado. ¿El final que aparece en la novela fue único o barajó otras alternativas más afines como ese punto de no retorno del que le hablaba más arriba?

La venganza como respuesta humana –casi primitiva– al daño, y la locura como único refugio cuando el sentido se rompe. Son caminos narrativamente muy potentes, porque ofrecen un cierre rotundo: explican el sufrimiento mediante una explosión o mediante una fuga. 

‘Mamá está dormida’ está hecha de detalles. De colaboracionistas luminarias que cuidan a la perfección de esas multitudinarias grietas sobre las que vertebra la narración. No es una novela de totales emocionales sino algo distinto, una miscelánea minuciosa y purista que va llevando los distintos argumentos hacia lo político. Hacer literatura es hacer política: “Desde allí se ve toda la comarca, el pico del monte Guarabá y los restos del castillo, que no fue más que palacio de unos condes asesinos”. ¿Por qué es esta novela en la que desata a esa fiera que tan bien le complementa? ¿La indefensión es siempre quien nos convierte en héroes a los escritores? 

En cuanto eliges una mirada, eliges también a quién otorgas dignidad y a quién se la retiras. Nombrar un castillo como palacio de condes asesinos no es un gesto ideológico programado: es un gesto moral. La novela decide desde dónde mira el mundo, y eso ya es una toma de posición. Esa fiera de la que habla no es rabia gratuita; es la energía que aparece cuando el lenguaje deja de proteger la realidad. Durante años uno escribe bordeando lo indecible, buscando la elegancia de la sugerencia. Pero hay historias que te obligan a no ser elegante, a no ser diplomático, a no ser siquiera amable. Y en cuanto a la indefensión… no, no nos convierte en héroes. Nos convierte en testigos. El escritor no es valiente por escribir sobre el dolor: simplemente ocupa un lugar incómodo entre quien sufre y quien prefiere no mirar. Quizá por eso la literatura más honesta nunca es épica, sino problemática. Más cercana al combate interior que describía Miguel de Unamuno que a la figura del héroe clásico. El héroe actúa y resuelve; el escritor observa y complica.

Todos los referentes que aparecen en ‘Mamá está dormida’ encastran en el turbio estado de ánimo de Federico, su protagonista. “Pondremos ya en casa, en la habitación que nunca compartimos, algún disco de Tom Waits. Si suena su voz, el mundo es infinito, la vida será irrompible durante tres minutos y cincuenta segundos”.  Incluso late en ella la sombra existencialista de Sartre y su mítica frase: “El infierno son los otros”. ¿Es esa elipsis un asidero, el cuerpo sobre el que dejar descansar la pelea mental de su protagonista?

La elipsis funciona como un lugar físico. No es un vacío ornamental ni una coquetería formal: es un espacio respirable donde el personaje puede sostenerse sin tener que explicarse. Cuando la conciencia está en guerra, nadie piensa de forma ordenada mientras intenta no derrumbarse. Por eso la elipsis actúa como cuerpo y no como ausencia. Permite que el lector habite la misma zona mental que el protagonista: esa franja donde todavía no hay relato, solo percepción, memoria fragmentada, intuición. Si todo estuviera dicho, la pelea quedaría resuelta en palabras y dejaría de ser pelea para convertirse en argumento.

Otro de los lugares más brillantes de la novela es la burbuja en la que se refugia Federico de lo que no entiende. Habita entre la indefensión de su madre y sus momentos cólera. Sin embargo, en ninguna ocasión usa el reproche como materia de defensa. Vive siempre al límite, y siente que su vida está cortada en dos sin que ese corte sea visible para nadie. Conmueve su estoicismo social durante casi toda la novela. ¿Cómo consiguió que Federico estuviese agarrado con fuerza a ese estado, que no se dejase arrebatar por cada una de las llamadas de su madre al hijo perdido?

Trabajé a Federico desde la contención, no desde la reacción. Me interesaba que su forma de amar no fuese expansiva, sino resistente: hay personas que no sobreviven protestando, sino administrando el derrumbe para que no se note. Él entiende muy pronto que, si responde a cada llamada emocional de su madre, deja de ser hijo para convertirse en sostén absoluto, y entonces ambos caen. Su defensa no es el reproche, es la dosificación. A la hora de escribirlo, intenté no concederle escenas catárticas. Solo el final. Ese final. Esa venganza. Ese “por todas ellas”. Lo pensé desde la primera vez que calculé la novela en mis cuadernos. 

Pensará que he esperado mucho tiempo para hablar del magnífico retrato que hace de las atrocidades cometidas por la siempre pulcra Sección Femenina. “No hay urgencia en sus caras, ni fascismo, ni nacional-catolicismo, ni temor, ni dictadura. Hay juventud”. Como muestra sus atroces entrañas, su poder totalizador y su hipnótica hipocresía. En tiempos tan convulsos, con el aliento de las nuevas hordas fascistas que se recrean en la santa sanctorum de la virtud, ¿no sintió la necesidad de cambiar el argumentario de esta historia? Afortunadamente, esta novela lo señala. ¿Ha recibido alguna acusación en redes sociales a este respecto?

No sentí la necesidad de cambiar el argumentario precisamente porque el tiempo en que vivimos vuelve más necesaria esa mirada. La novela no busca intervenir en la discusión inmediata, sino iluminar un mecanismo humano que se repite: la capacidad de una estructura aparentemente protectora para imponer un modelo único de vida sin necesidad de gritar. La violencia más eficaz casi nunca se presenta como violencia, sino como virtud organizada. Y no, no he recibido acusaciones en redes por ese motivo. Quizá porque el libro no señala a personas, sino a formas de pensar. Cuando el lector entiende que el tema no es un bando histórico concreto sino la tentación permanente de uniformar al otro, la lectura deja de ser un ataque y pasa a ser un espejo.

Pero no todo va a ser una lectura positiva, eso le robaría todos los matices a su novela. Aunque desde el principio de la entrevista vengo hablándole de un cuantitativo cambio narrativo que no para de crecer, también he de decirle que aparecen algunos vicios antiguos, numerosas veleidades que tienen que ver con su afanosa tendencia al amor romántico. ¿Sintió miedo de completar esta metamorfosis a palo seco? ¿Prefirió no despojarse de lo pasado para recalar en lo que siempre le fue de utilidad? 

Al final uno escribe contra sí mismo, ¿no?, pero también con lo que es. Y esa fricción –esa imposibilidad de ser completamente nuevo– es, probablemente, lo único verdadero que puede sostener un libro.

Aunque la novela se adentra en vericuetos imaginativos perfectamente claros, el yo sigue poseyendo una importante corporalidad. A veces, al lector le estorban esos pensamientos que identifican con tanta claridad al autor. Es sin duda su imaginación más política que su verdad y se echa mucho de menos esa inmersión total en la cara más valiosa de la novela. Me atrevo a decir que hay latido cobarde en algunas partes del discurso de su protagonista y, por tanto, la hay en su transformación como narrador. ¿Esa medida incidencia en el mundo político es el trampolín para futuras narraciones? ¿Ha sido solo una acertadísima prueba para tomarle el pulso a sus devotos lectores?

Entiendo la objeción, porque cuando el yo resulta demasiado reconocible parece que el relato pierde máscara y el lector siente que el autor se asoma más de la cuenta. Pero esa fricción me interesaba. Como he dicho antes, no puedo escapar de mí ni de cómo uno cambia en cada novela. Y si el lector confunde personaje y autor no es negativo, puede darle verdad. 

Le diré también que el desamor que narra en su novela es un obstáculo incómodo para quien lee, pero también es el gesto que otorga veracidad a la resistencia emocional de Federico. Federico es un hombre solo, fin de raza, alguien que con su generosidad absorbe el dolor de otros. ¿Se entregó como narrador a su debilidad personal para equilibrar las zonas más oscuras del proceso? ¿Lo humano fue la coartada precisa para que su narración tomase el vuelo que toma en la última parte del libro? 

Un personaje como Federico, que vive hacia dentro y administra el dolor ajeno, corre el riesgo de volverse opaco, incluso áspero para el lector. Si el narrador se mantiene frío, el libro se convierte en un expediente; si se vuelca demasiado, lo justifica. El equilibrio estaba en aceptar una grieta propia: dejar que la mirada no fuese solo analítica, sino vulnerable. No para dulcificarlo, sino para acompañarlo. Federico no es ejemplar; es alguien que ha aprendido a sostener sin saber muy bien por qué le toca a él. 

Para terminar, y haciendo de abogada del diablo, le diré que la autobiografía en ‘Mamá está dormida’ es sobre todo estética. Es como si en algunos momentos no se hubiera creído lo que iba consiguiendo y dialogase con su propia realidad sin tenerla en cuenta. Como si hubiese necesitado paladear el sabor de su propia vida para hacer de Federico un superviviente a la altura del dolor de su madre. Como si necesitase de esa casualidad, como cuidadores que ambos comparten, para recalar en la firmeza de su valiente causalidad. Le diré también que el tono naturalista que emplea en algunos de los capítulos denota una liberación estilística en su novela. Esa fijeza que mantiene en el concurso de los elementos pone de manifiesto que se ha deshecho, espero que, de manera indefinida, del ropaje elitista de pretéritas narraciones. ¿Esa elección entronca directamente con la necesidad de asirse a la Intrahistoria más oscura de este país para que brille su nueva personalidad narrativa? ¿Es consciente de que esa novísima habilidad recubre de gran importancia el alma de esta novela y de las que están por venir?

Sí, lo soy, y es una conciencia que viene acompañada de respeto y cierto temor.

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