John Berger: cómo tejió redes poéticas de rebeldía 

El escritor Javier Morales. Foto: Nati Leal.

Nuestro colaborador Javier Morales (que desde su sección ‘Área de Descanso’ nos recomienda lecturas cada 15 días para vivir con un mínimo de criterio y libertad) acaba de publicar ‘Mientras quede una rosa’, un libro reflexivo, distinto, trans-géneros, en torno a la figura humana, intelectual y literaria del escritor John Berger (Londres, 1926 – París, 2017), “un autor que nos enseñó a pelear y rebelarnos por las injusticias desde el arte y la escritura, con una estética que sienta las bases en la belleza y en la bondad”. Le preguntamos a Morales sobre el proceso que le ha llevado a escribir este libro y le pedimos cinco extractos de su libro que nos ayuden a aproximarnos a todo lo que significa Berger.

¿Por qué un libro sobre John Berger?

Uno es en gran parte las lecturas que ha ido haciendo y John Berger me ha acompañado desde mi juventud. Es uno de mis autores de referencia y no sería el mismo sin su mirada. Cuando leí Puerca tierra, con veintipocos años, fue como un flechazo, no solo por lo que contaba (la vida en el campo, la desaparición del campesinado como clase social), sino sobre todo por cómo lo contaba, la mirada que tenía el autor, con esa prosa que se entrevera de poesía. Me enseñó a mirar el mundo de otra manera y a contarlo también, a tratar de hacer visible lo invisible, algo que repetía con frecuencia en sus escritos. Fue un escritor en el que la vida y la obra son indisociables, un autor casi renacentista, humanista, un marxista heterodoxo que no eludía lo sagrado, alguien que nos enseñó a dar las gracias por lo que tenemos y a pelear y rebelarnos por las injusticias desde el arte y la escritura, con una estética que sienta las bases en la belleza y en la bondad. Su influencia me llevó a abandonar Madrid, ciudad en la que vivía en ese momento, y regresar a mi tierra, a Extremadura, para tratar de comprender mejor, de primera mano, lo que nos había contado en ese libro. 

¿Cuál fue tu relación con este gran escritor? ¿A través de qué personas te has acercado a él?

Aunque lo vi en un par de presentaciones, nunca me atreví a abordarle, de modo que mi relación siempre fue en la distancia personal, porque no llegué a conocerlo, pero desde la cercanía que me proponían sus libros y artículos. El libro lo planteo como esa gran conversación que no tuve con el propio Berger, a través de sus obras, y con algunas de las personas que lo trataron, como Manuel Rivas, Marisa Camino, Juan Cruz o Isabel Coixet. Escribirlo ha sido mi manera de mantener con él un diálogo. La literatura no deja de ser una conversación entre los vivos y los muertos y creo que la obra de Berger es más actual incluso que cuando la escribió, en todos los ámbitos, desde su manera de ver el arte a la crítica hacia el esclavismo y depredación al que nos somete el capitalismo, siempre desde la rebeldía, desde el tejido de redes de resistencia. 

¿Significado del título: ‘Mientras quede una rosa’?

La artista Marisa Camino, con la que abro y cierro el libro, fue una de las personas que más lo trataron, con la que tuvo además una relación no solo de amistad, también profesional. Durante años se escribieron cartas, que en su caso incluían pinturas, dibujos… Una de las veces que Marisa visitó a Berger en Quincy, el pequeño pueblo de los Alpes franceses en el que vivía, le preguntó hasta cuándo se quedaría ahí, hasta cuándo resistiría. John Berger fue al jardín, tomó una rosa y se la entregó a Marisa. “Mientras quede una rosa”, le dijo. Aparte de la belleza del gesto, de la poesía que encierra, creo que la frase nos habla también de la esperanza, que no hay que confundir con el optimismo. El pesimismo, y los datos invitan a ser pesimistas, no excluye a la esperanza, a buscar una luz en las tinieblas, una rosa en un desierto moral.

Elígenos, Javier, un extracto del libro, que nos haga entender quién era John Berger como persona.

“Cuando John Berger y Beverly Bancroft se fueron a vivir a Quincy, acordaron con el dueño de la casa que el precio del alquiler lo pagarían en especie. A cambio del alojamiento, John Berger ayudaría en las labores del campo. Fue así como conoció el mundo de los campesinos. Una parte del día lo dedicaba a la escritura y otra a trabajar en el huerto, a cuidar de las vacas. Pero nunca se consideró uno de ellos. A priori, se podría pensar que era porque John Berger había nacido en Londres, una gran metrópoli, donde además había tenido éxito como crítico de arte. Pero no creo que eso fuese lo determinante, pues nadie elige dónde nace. Creo que la razón para que no se viera a sí mismo como un campesino tiene que ver con su coherencia. Siempre supo que podría irse en cualquier momento de Quincy, vivir en otro lugar sin que lo consideraran un emigrante. (…) La manera de actuar de John Berger estaba muy alejada de la pose de otros escritores e intelectuales. Para ser Thoreau, no basta con vivir unos meses en el campo, con un todoterreno aparcado en la puerta, por si hay que regresar a la palpitación de la urbe cuando el sentimiento de soledad nos aplaste.

Berger no se consideraba un campesino, pero tampoco un poeta. Pensaba en esa palabra más como un adjetivo que como un sustantivo. Le corresponde al lector decidir si lo que leemos es un poema, decía.

La agricultura y la poesía comparten el secreto de la creación”.

Y uno que resuma quién era John Berger como escritor.

“No es que John Berger huyera de la autobiografía, ni mucho menos, pero anduvo toda su vida en busca de una identidad. Y esa falta de identidad lo convirtió en un narrador, en un contador de historias. Lo importante para Berger, siempre, eran las vidas de los otros, no la suya. Para ser un buen narrador, había que ponerse los zapatos del otro. (…) Tanto Berger como Carver son maestros en el arte de saber callarse. Los silencios de John Berger en las entrevistas son lo contrario a la palabrería. No es alguien que hable en vano”.

Una parte que nos acerque al legado que ha dejado, a por qué es importante recordarle.

“John Berger nos enseñó a mirar más allá del tiempo lineal y racionalista del capitalismo. Y ese modo de ver nos lleva a la espera, al mientras tanto, a las bolsas de resistencia. Mirar es un acto político, no solo estético, aunque muchos de quienes admiran la obra de Berger o asumen su influencia se empeñan en dejar de lado esa esquina de su mirada con la que se asomaba al mundo. La vista llega antes que las palabras, nos dice en Modos de ver, y elegir lo que miramos nos sitúa frente a la realidad, lo único que tenemos para amar”.

Y una parte en la que tú te sientas en conexión con Berger.

“Como diría Gary Snyder: ‘Necesitamos poetas y novelistas que no presten atención a los críticos literarios. Pero lo que verdaderamente más necesitamos son seres humanos que amen el mundo’. John Berger era uno de ellos”.

Para terminar, algo que diga alguna de las personas que conocieron a Berger, que fueron sus amigos, que encontraron inspiración en él, y que te parezca especialmente significativo.

De Manuel Rivas: “Lo más interesante del pensamiento es un pensamiento inmigrante, cruzar fronteras, tener el desgarro de una pérdida. Más allá descubres nuevos espacios y nuevas ideas. Ese interés de Berger por la inmigración era también, creo, una forma de entender la escritura: la emigración de las palabras que buscan nuevos sentidos. Emigrar también es producir realidad. Algo que no existía antes, el propio viaje, pero no es un viaje turístico, sino que implica otra vida, es una transmigración en el sentido cultural, literario”.

Javier Morales presenta su libro sobre John Berger el 27 de marzo en Enclave de Libros (Madrid), en conversación con Marta del Riego. A las 18.30 horas.

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