De la obsolescencia programada al ‘ecopostureo’

El libro ‘Shopping detox’ (‘Libera tu mente de la manipulación del consumismo) (ediciones Deusto, Grupo Planeta) es un valiosísimo libro escrito por Gema Gómez, pionera en nuestro país en promover la ‘slow fashion’, para plantearnos nuestra reponsabilidad como consumidores, especialmente de ropa, ámbito en el que los españoles somos auténticos líderes en Europa en desperdiciar prendas. Ayer os dejábamos aquí unos capítulos dedicados especialmente a la ‘’fast fashion’; hoy os ofrecemos aquí otras partes del libro enfocados en la obsolescencia programada y el ‘greenwashing’ y ‘ecopostureo’.

Obsolescencia: diseñado para fallar 

Existe una forma de robo perfectamente legal: vender algo diseñado para romperse justo después de que termine la garantía. Se llama obsolescencia programada y es la base de industrias enteras. 

En 1924, el cártel Phoebus reunió a los principales fabricantes de bombillas del mundo para acordar que sus productos durarían exactamente mil horas. Antes de ese acuerdo, existían bombillas que funcionaban durante 20.000. Después, todas se fundían puntualmente para forzar la recompra. Así nació la obsolescencia programada. 

Hoy, esa lógica se ha refinado. Los sensores de los coches fallan a partir de un número determinado de kilómetros. Las impresoras incluyen chips que las bloquean cuando han impreso un número determinado de páginas, aunque funcionen perfectamente. Los electrodomésticos incorporan piezas baratas en lugares estratégicos para garantizar que fallen al cabo de unos años. La obsolescencia programada en el sector tecnológico es especialmente agresiva. Por ejemplo, sucede con los smartphones. Se ralentizan con cada actualización, las baterías pierden capacidad en dos años y los sistemas operativos dejan de ser compatibles con hardware perfectamente funcional. 

Apple reconoció en 2017 que ralentizaba deliberadamente los iPhone antiguos a través de actualizaciones de software. Su justificación: preservar, supuestamente, la batería. Sin embargo, el efecto real era empujar a los usuarios a comprar modelos más recientes. La multa que pagaron, 25 millones de euros, era ridícula comparada con los beneficios obtenidos por esa estrategia durante años.

La obsolescencia programada convierte la innovación en un engaño, la calidad en una variable de marketing y al consumidor en un recurso renovable al que hay que exprimir cada cierto tiempo. Pero existe otra forma más sutil de obsolescencia, una que no necesita chips programados ni baterías que se degradan. Se trata de la obsolescencia percibida, esa sensación de que lo que tienes, aunque funcione perfectamente, ya no sirve porque no está de moda o porque todo el mundo tiene el nuevo modelo. Esta estrategia es mucho más elegante que romper algo a propósito para tener así una excusa para comprar un producto nuevo. Consiste en hacernos sentir que necesitamos cambiar lo que va perfecto por algo que funciona igual de bien, pero se ve diferente. Un teléfono que hace fotos excelentes de repente parece anticuado cuando sale el modelo siguiente. Esto ocurre no porque haya dejado de funcionar, sino porque la industria ha conseguido que percibamos ese dispositivo como obsoleto. 

La moda lleva décadas perfeccionando esta técnica. Las cadenas de fast fashion cambian sus colecciones cada dos semanas. Algunas introducen miles de nuevos diseños al año para crear la sensación perpetua de que lo que llevamos puesto ya no sienta bien. La obsolescencia percibida transforma prendas perfectamente usables en ropa vieja antes de que haya pasado siquiera una temporada. Aquí es donde entra la cultura de lo barato. Cuando algo cuesta poco, tirarlo duele menos. Una camiseta de 5 euros se convierte en algo desechable por definición. No vale la pena remendarla si está rota, llevarla al tinte si hay una mancha persistente ni conservarla cuando el espacio en el armario se reduce. Su precio comunica un mensaje subliminal: «Soy temporal, úsame y olvídame». Esta lógica crea un círculo perverso: fabricamos barato para que consumir sea fácil, y consumimos fácil porque fabricamos barato. Mientras tanto, hemos perdido la cultura de lo duradero, de lo reparable, de lo que se cuida porque vale la pena hacerlo. Un reloj de nuestro abuelo podía durar generaciones, pero un dispositivo inteligente que compremos ahora será basura electrónica en tres años porque habrá dejado de ser compatible con las aplicaciones del momento. En definitiva, los productos que hoy compramos son la crónica de una muerte anunciada. 

Desde el punto de vista psicológico, la obsolescencia percibida no sólo agota recursos y genera residuos, sino que también agota a las personas. Vivir en la rueda constante del «Ya no sirve» es agotador, con la sensación de estar siempre retrocediendo. Se trata de una fatiga que no se cura comprando más, sino priorizando nuestro bienestar personal y comprando mejor. Lo dicho: eligiendo cosas hechas para durar, para ser reparadas, para envejecer con nosotros. 

Mil industrias, mil procesos ocultos 

La crema huele a un agradable aroma floral, se extiende suavemente sobre la piel y, en cuestión de segundos, desaparece. Las usamos por la mañana y por la noche, de manera automática. El frasco está en el estante del baño, rodeado de otros objetos con promesas parecidas: hidratación, firmeza, juventud e incluso naturalidad. No leemos los ingredientes. No entendemos la mayoría, pero, como casi todos, confiamos. O, más bien, asumimos que «Si está en la tienda, debe ser bueno, ¿no?». 

En cosmética, la palabra fragancia o parfum puede esconder hasta 3.000 compuestos químicos distintos, protegidos como secreto industrial. Algunos de éstos son disruptores endocrinos, otros carcinógenos, muchos no se han estudiado lo necesario… Aun así, están agrupados bajo una sola palabra, no aparecen en la lista de ingredientes. Nuestra piel no es sólo una barrera, sino una puerta a centenares de compuestos que tocamos, vestimos, olemos, nos ponemos… Aunque no notemos al instante sus efectos, siempre terminan dejando su huella. Así lo confirman investigadores como Nicolás Olea,  quienes llevan décadas mostrando cómo estos químicos, ftalatos, bisfenoles, parabenos… están presentes en nuestra sangre, en la placenta y hasta en la leche materna. No hace falta trabajar en una fábrica para llevarlos dentro. Basta con vivir en este sistema. 

Normativas como REACH exigen registrar las sustancias químicas empleadas, pero el sistema depende de la autodeclaración de los fabricantes y no garantiza que todo aparezca en la etiqueta. ¿El resultado? Convivimos con un cóctel químico invisible. 

(…)

Marcas que te mienten: trazabilidad y el futuro del consumo en Europa 

«Made in Italy», «Fabricado en Francia», «Hecho en España»… son tres palabras que parecen un sello de confianza, una promesa de calidad, de cercanía, de prestigio. Como si bastara con leer esa frase para saber, con certeza, de dónde viene lo que tenemos en las manos. Sin embargo, la verdad es mucho más compleja de lo que una etiqueta deja ver. 

La ley dice que un producto puede mostrar el origen de un país siempre que una parte sustancial del proceso final se haya hecho allí. Pero ¿qué significa sustancial? Ahí está la grieta. A veces basta con el corte y la confección, o incluso con un simple ensamblaje final. El resto del viaje puede haber cruzado medio mundo, pasado por decenas de manos invisibles y territorios con leyes ambientales y laborales mucho más laxas. Una camiseta, por ejemplo, puede llevar orgullosamente «Made in Italy», aunque su algodón haya nacido en los campos de Uzbekistán, se haya teñido en la India, hilado en China, cosido en Bangladés y planchado en Portugal. El último gesto, el único que cuenta legalmente, se hizo en Europa. El resto, con todo su impacto humano y ambiental, desaparece de la historia oficial. Es como si leyésemos el epílogo de una novela y creyéramos que conocemos toda la trama.

Fragmentar para ocultar es, en sí, una estrategia. Mientras explotan y contaminan otro rincón del mundo, las empresas nos aseguran que están salvando el planeta. Es el famoso greenwashing o ecopostureo. ¿Cuántas veces hemos visto etiquetas que rezan palabras como sostenible o respetuoso con el medioambiente en productos que, al investigar un poco, resultan ser cualquier cosa menos eso? 

Las grandes marcas saben que la sostenibilidad vende. Un ejemplo muy claro lo ilustra Tim Harford en El economista camuflado. Hubo un tiempo en que la cadena de cafeterías Costa, muy popular en Londres, ofreció a sus clientes café de comercio justo de una marca que se comprometía a pagar de manera ética a sus productores. Esto permitió que los clientes que en un acto de buena voluntad quisieran apoyar a los países del Tercer Mundo sólo tuvieran que escoger pagar un pequeño extra de 10 peniques para calmar su conciencia; dinero que iría directo a esos productores. O eso pensaban ellos, porque la realidad era muy distinta: tras una investigación, se descubrió que casi la totalidad de ese dinero acababa en las arcas de Costa.

Si bien es cierto que las empresas podrían invertir en hacer cambios reales y significativos en sus estructuras y productos, llevarlos a cabo cuesta dinero; por eso, el greenwashing acaba resultando mucho más barato. Basta con pintar una fachada verde mientras los cimientos siguen siendo grises o, peor aún, negros como el petróleo. Desde envases con diseños que incluyen hojitas y colores tierra, hasta eslóganes grandilocuentes como «Por un mundo mejor», el objetivo es hacernos sentir bien mientras seguimos comprando sin cuestionarnos estos asuntos. Todas éstas son operaciones y estrategias de marketing diseñadas para confundir, no para informar. 

El consumo es la bisagra que conecta nuestro día a día con estas dinámicas. Pero algo está cambiando. La directiva europea sobre el empoderamiento de los consumidores para la transición ecológica, aprobada en febrero de 2024 y que se deberá aplicar a partir de septiembre de 2026, da herramientas legales concretas para defenderse del greenwashing y tomar decisiones informadas. Esta normativa prohíbe específicamente hacer afirmaciones ambientales sin respaldo científico, exhibir distintivos de sostenibilidad inventados por las propias empresas, ocultar información sobre obsolescencia programada o vender actualizaciones de software innecesarias. Con ella, los consumidores obtenemos nuevos derechos, como información obligatoria sobre la durabilidad esperada de productos, la disponibilidad de repuestos, las condiciones de reparación o garantías comerciales de durabilidad. 

Para quienes incumplan, las sanciones incluyen multas que pueden llegar al 4% de la facturación anual. Es un riesgo económico real que obliga a las empresas a tomarse en serio la veracidad de sus afirmaciones. Las infracciones pueden verificarse mediante auditorías de expertos independientes y conllevan sanciones por prácticas comerciales desleales. Ahora bien, en las fragmentadas cadenas globales actuales, la transparencia no puede existir sin trazabilidad, la cual implica transparencia radical. Saber no sólo qué se hizo, sino dónde, cómo, qué impactos provocó y bajo qué condiciones. Es la diferencia entre una etiqueta que menciona al algodón orgánico y otra que especifica que proviene de algodón orgánico cultivado por la cooperativa de Chetna en Andhra Pradesh, en la India, certificado por GOTS, hilado en Portugal con energía solar, teñido con colorantes naturales sin metales pesados y cosido en talleres con salario vital verificado. La trazabilidad es la ruta de la responsabilidad corporativa. 

Los sistemas contables del siglo XXI tendrán que incluir lo que los del XX ocultaron. No me refiero únicamente a los beneficios financieros, sino al impacto real: carbono, agua, biodiversidad, salud, justicia social… La contabilidad de triple balance (económico, social y ambiental) deja de ser voluntaria para convertirse en requisito. Las nuevas tecnologías empiezan a hacer posible esta trazabilidad granular. Cada transacción y cada transformación del material quedan registradas de manera que pueden seguirse desde el origen hasta el destino, desde granjas hasta tiendas. 

El pasaporte digital del producto, previsto para 2027, nos permitirá saber qué hay detrás de un producto. Imagina un código QR en cada camiseta, cada smartphone, cada electrodoméstico, que al escanearlo te muestre la cadena de producción completa del objeto: de dónde vienen sus materiales, cuánta agua consumió, qué emisiones generó, en qué condiciones laborales se fabricó, cómo repararlo, dónde reciclarlo al final de su vida útil. (…)

Y, después de hacer el pedido, ¿qué? 

Un clic basta. Un pedido hecho en medio de otra cosa, casi sin pensar, el gesto automático de premiarse al final de la semana. Veinticuatro horas después, el timbre suena y la caja aparece en la puerta. Lo único visible es el cartón que llega a ocupar el centro de la escena. Al abrir, el ritual de siempre: capas de cartón grueso, plásticos hinchados, etiquetas, una factura doblada. Dentro, el objeto pedido, tan pequeño que parece perdido en todo ese embalaje. La satisfacción dura apenas unos segundos antes de que aparezca lo otro: el envoltorio que ya no sirve, el espacio vacío. Ese embalaje dura en casa apenas minutos, pero en el planeta puede permanecer más de un siglo. Sólo en Europa se generan más de 83 millones de toneladas de residuos de envases cada año, una gran parte imposible de reciclar por sus mezclas de materiales.

Tardamos apenas cinco minutos en deshacer un viaje de miles de kilómetros. El paquete viajó en una furgoneta desde una nave logística en las afueras, después de haber salido de un centro de distribución lleno de brazos robóticos y turnos nocturnos. Antes estuvo en un contenedor que cruzó el océano con miles de productos idénticos y, si retrocedemos más, fue ensamblado en una planta del sudeste asiático, dentro de una cadena cuyos ritmos los marca el algoritmo. Nada de esa historia venía en la caja, pero estaba ahí. El «Envío gratis» que celebramos no es gratis ni para quienes lo hacen posible ni para el aire que respiramos. Cada trayecto, cada furgoneta, cada avión, cada camión en la última milla son emisiones al planeta y horas de trabajo mal pagadas. La rapidez tiene un precio, sólo que casi nunca lo pagan quienes compran. 

Las emisiones del transporte repercuten de manera inmediata en la salud de nuestras ciudades. El aumento de ingresos hospitalarios por contaminación atmosférica está documentado en informes como el del Instituto de Salud Carlos III, que muestra cómo la saturación de camiones y furgonetas en nuestras calles empeora la calidad del aire y genera costes sanitarios reales. En ciudades como Madrid o Barcelona, más del 30% del tráfico ligero está destinado a entregas de comercio electrónico. La calle se ha convertido en un circuito de distribución, y nosotros, sin quererlo, en nodos de una red diseñada para que lo que deseamos hoy esté con nosotros mañana. 

El delivery ha transformado el espacio urbano de forma silenciosa pero radical. Portales y tiendas convertidos en puntos de recogida, aceras ocupadas por cajas y furgonetas, restaurantes que ya no tienen comensales sino sólo cocinas para pedidos a domicilio… Los centros históricos se vacían de residentes y se llenan de turistas y riders. Los barrios periféricos se saturan de naves logísticas que operan de noche, generando tráfico pesado y contaminación acústica que los planificadores nunca consideraron. La ciudad de los quince minutos, ese ideal donde todo lo necesario está cerca, se convierte en utopía cuando la velocidad de la globalización hace más eficiente traer productos de miles de kilómetros que producirlos localmente. Barcelona, antes del boom del delivery, tenía un ecosistema de pequeños comercios que daban vida a los barrios: la panadería, la frutería, la librería de la esquina. Muchos han cerrado porque no podían competir con la comodidad de pedir desde el sofá. Con ellos se perdió algo más que empleos. Desapareció el tejido social que surge del encuentro casual, de conocer al tendero, de caminar por el barrio. 

(…) Comprender todo lo que conlleva la compra de un producto nos obliga a detenernos antes de tirar cualquier cosa y pensar si acabará en otro continente o en una montaña de desechos. En ese momento, algo ha cambiado en nosotros. El alivio ya no está en tirar, sino en elegir distinto desde el principio. 

#ConectaConElReciclajeResponsable

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