Pollitos de alta densidad

Foto: Pixabay.

Este verano, los Relatos de Agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado se centran en la ‘liternatura’. Literatura de naturaleza, o de anti-naturaleza, como el relato de hoy, sobre esos pollos de granja que viven solo 42 días. “¿Pero está vivo un ser al que solo hacemos nacer para engordarlo y matarlo a los 42 días? ¿O es solo carne? Carne que respira, se mueve, come, caga. Carne viva durante 42 días, parte de la cadena de montaje de la pechuga y las alitas…”. “A mis niños les encantan las alitas fritas”.  

POR CECILIA JAN

Pollos bebé con cuerpo de culturistas, cientos de pollos amontonados, cabecitas sobre cuerpos gordos y blancos, un piar que taladra, el olor insoportable atraviesa la mascarilla. No consigo borrar de mi mente esa imagen. Son “pollos de alta densidad”, una definición tan punzante que quiero llorar. Los obligan a alcanzar 2,8 kilos en 42 días. A algunos les falla el corazón y sus cadáveres se quedan ahí. Los otros pollos pululan alrededor como zombis, medio desplumados, ahorrándoles trabajo a los que los limpiarán y filetearán. Mi compañero dice que a veces varias aves atacan a una hasta que la matan y se la comen. El estrés y el hacinamiento. Aprieto fuerte los labios, hincho los carrillos. El vómito vuelve a mi estómago.

Veo la sorna en los ojos de mi compañero. Piensa que soy otra señora pija metida a animalista y nota que me asquean estos seres a los que vengo a salvar. ¿Pero está vivo un ser al que solo hacemos nacer para engordarlo y matarlo a los 42 días? ¿O es solo carne? Carne que respira, se mueve, come, caga. Carne viva durante 42 días, parte de la cadena de montaje de la pechuga y las alitas.

“Graba, graba”, me urge mi compañero, y señala hacia un pollo que parece que tiene dos cabezas. Al acercar el zoom, me doy cuenta de que tiene un bulto que le sale del cuello, del tamaño de una pelota de ping-pong. Un poco más de carne. Mi compañero habla con el trabajador que nos ha colado, y este le cuenta todas las infracciones contra la ley de bienestar animal. Lo grabo, luego lo montaré en el vídeo con la cara borrosa y una voz metálica de denunciante anónimo. Uno de los pollos picotea mi bota. Lo aparto. Tiene los ojos inexpresivos de los demás. Los mismos ojos muertos que los pollitos de colores que me compraron cuando era niña, suaves y achuchables, con pelusilla teñida de verde, rosa, azul. Un día ya no estaban, y mi madre me contó que los habían llevado a una granjita donde vivirían felices.

Nunca me pregunté qué haría mi madre con esos pollitos que llevó a la granjita. En mi cabeza, las granjas eran un lugar feliz, por eso, hace unos años, llevamos a los niños de visita a una, qué bonito, darles una experiencia campestre, ellos que son tan de ciudad. Nos explicaron que, para conseguir que las vacas dieran leche, las preñaban in vitro, ni siquiera les dejaban echar un polvo, y les quitaban los terneros recién nacidos, una y otra vez. Miraba a esas vacas tristes de ubres llenas, miraba a mis hijos y me imaginaba que me convertía en una fábrica de carne y leche. Los niños no vieron la crueldad, ni se preguntaron qué harían con los terneros bebé ni con las vacas cuando se quedaran secas de tanto preñarse. Tampoco se volvieron más rurales ni conseguí que se pasaran a la leche de avena.

Pienso en esos 42 días de tortura mientras busco en el lineal del supermercado la bandeja con las alitas de pollo más gordas. A mis niños les encantan las alitas fritas. A mí también. Se me pone la carne de gallina al parar junto a la nevera. Comparo los precios de las alitas blancas y las amarillas, se supone que las amarillas cuestan más porque los pollos son de corral, o sea, puede que incluso estuvieran vivos de verdad, que llegaran a comerse algún gusano y a pasear felices hasta los 42 días. Aunque nos contaron que ahora a los pollos zombis les dan maíz y otras sustancias que tiñen su carne de amarillo para venderla más cara. Cojo una bandeja con veinte alitas de las baratas. Está fría.

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