¿Quién no iba a querer conservar la selva?
Foto: Pixabay.
Los Relatos de Agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado de este verano se centran en la ‘liternatura’. Literatura de naturaleza. Hoy nos vamos a la selva para abordar los riesgos de deforestación por talas ilegales. “Para mí fue una reacción sorprendente, ¿quién no iba a querer conservar la selva, los árboles, las especies que cohabitan, el hábitat de los pueblos indígenas? Y entonces intuí que el tema era mucho más complejo, es común que en cualquier crisis ecológica haya otra social enraizada”.
POR ASCEN CARRASCO
Miro resentida al árbol gigante. Para ver su copa he tenido que echar la cabeza tan atrás que he sentido el tirón en las cervicales. Es una ceiba y según la cosmología maya es sagrada y conecta el inframundo, lo terrenal y el cielo. También es considerada el árbol de la vida. Sin querer, al resbalar he apoyado la mano en su tronco para no caerme y he sentido que las pequeñas espinas se clavaban en mi carne a través de la piel poco curtida de mi mano. El árbol me ha hecho daño. Estoy cansada, me cuesta lo mío seguir los pasos de James, el guía que nos acompaña por la selva.
Sigo caminando mientras me miro la mano que se ha empezado a hinchar. Tengo el súbito reflejo de esconderla en el bolsillo del pantalón cargo, no quiero que piensen que soy una floja que va a la selva como el que va de paseo. La voy mirando disimuladamente y, si la cosa se pone fea, ya lo diré, pero por ahora me callo. En mi cabeza, no puedo evitar hacer la conexión: la madera de los árboles y la carne de los animales. Años de dominación humana y ya nos creemos que la naturaleza es indefensa, desacralizada, un objeto, no la tememos. Nuestra cultura occidental, capitalista y colonialista, dicta el lenguaje, y comerciamos con carne o madera y no somos conscientes de que, en nuestro consumismo voraz y destructor, estamos hablando de seres vivos. Hace poco que encargué unas estanterías para hacer una biblioteca en la buhardilla, no pensé nunca en el árbol ni en el bosque de los que provenían.
Este punto de la selva amazónica, al suroeste de Puerto Maldonado, al lado del río Tambopata y no lejos de la frontera con Bolivia, puede sentirse como recóndito. Le pregunto a James si es un bosque primario, y me responde que sí. Al principio es parco en palabras, guarda las distancias, pero salta a la vista su gran conocimiento del terreno: ve aquello que, para mis ojos occidentales, pasa desapercibido.
Pero yo he llegado con muchas preguntas. Aquellas que me rondan en la cabeza desde hace al menos un par de años, cuando desde mi oficina en Ginebra, presencié una pequeña rebelión. La Unión Europea trabajaba en un reglamento sobre comercio de productos libres de deforestación y, varios representantes, algunos de los nueve países de América del Sur que tienen selva amazónica, convocaron una reunión para manifestar su rechazo. La normativa, imponía obligaciones a los productores de revelar datos de geolocalización para poder demostrar de dónde provenían los productos, demostrando que no estaban ligados a la deforestación. Ellos argumentaban que era una intromisión directa en la soberanía territorial del país. O, dicho de otra forma, no iban a permitir que los colonizadores les dijeran lo que tenían que hacer en sus respectivos países.
Para mí fue una reacción sorprendente, ¿quién no iba a querer conservar la selva, los árboles, las especies que cohabitan, el hábitat de los pueblos indígenas? Y entonces intuí que el tema era mucho más complejo, es común que en cualquier crisis ecológica haya otra social enraizada. Pensemos que ser ecologista en según qué latitudes es una lacra y normalmente significa jugarse la vida ante el poder económico y el político, que lo secunda.
No obstante, esa realidad seguía pareciéndome lejana. Estaba de acuerdo con que las empresas, multinacionales, tienen suficiente poder como para dictar las reglas de una sociedad, pero me faltaba escucharlo, verlo con mis propios ojos.
James nació en la ciudad de Puerto Maldonado, ciudad áspera y de hombres, en la que se alojan muchos de los que buscan trabajo en la tala ilegal de árboles. Me advierte de que tenga cuidado con mi hija, ya que también se comercia con mujeres jóvenes. Pero eso me lo dirá ya cuando me tome confianza. Supongo que, en su rutina diaria, la gente le pregunta sobre cómo hacer fotos a las capibaras o los guacamayos, así que yo, para tirar del hilo, le pregunto por cómo se hizo guía y por qué sabe tantas cosas de la selva, si es que nació en la ciudad. Él me mira con perspicacia, supongo que calibrando si merece la pena hablar o no. Al final, resulta un excelente contador de historias.
Empieza su relato con su familia y cómo esta tenía una concesión en la selva y, cada año, durante tres o cuatro meses, iban a recoger la castaña amazónica, o nuez de Brasil. Durante ese tiempo, siendo un niño, trabajaba de sol a sol junto a sus padres y hermanos, comiendo todos los días lo mismo: arroz, huevos y atún de lata. Es así como aprendió a usar el machete para abrirse paso, su padre le enseñó a disparar el rifle y conoció las plantas medicinales que le salvaron la vida en alguna ocasión. Y pasó miedo, como cuando una vez, persiguiendo una pavita para darse un festín cansado de la monótona dieta, se desorientó en la selva y tuvo que subirse a un árbol y abrazarse al tronco para pasar la noche bajo la lluvia. Temió ser devorado por un jaguar y solo tenía 15 años.
Hace algunos años su padre falleció y su madre ya es mayor. James gana en dos días lo que su familia ganaba en cuatro meses de trabajo. Mientras caminamos me señala árboles: un cedro, un tornillo, una lupuna. Me dice cuánto cuestan en el mercado negro. Me comenta que están pensando en vender la concesión. ¿Y quién la compraría? Le pregunto yo. Hay varias empresas madereras interesadas, sentencia. No le pregunto más sobre el tema.
James estudió mucho para poder obtener el título de guía turístico. Me cuenta que aprendió francés mirando vídeos de YouTube. Todo el personal del albergue ecológico, donde nos hospedamos, le tienen respeto. Él, por su parte, se interesa por ellos y les dirige palabras cariñosas cuando los cruzamos. James es admirado, trabaja duro y es ambicioso, ha ahorrado un capital y lo va a invertir: quiere comprar terrenos en Puerto Maldonado para construir y vender. La manida cantinela del progreso ascendente.
Miro a mi alrededor, los árboles pacientes, centenarios, cada año un anillo más, albergando pájaros, monos, insectos, multitud de vidas. Saco la mano del bolsillo, miro la leve rozadura y desearía, aguantándome las lágrimas, que sangrara.



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