La isla que es como un barco amarrado 

Paisaje del sur de la isla de Gran Canaria. Foto: M. Cuéllar.

“Yo sé cómo funciona el mar porque lo veo todos los días desde la cumbre. Por eso también sé que puede haber mar de agua y mar de nubes. Que es cuando Gran Canaria parece un barco enorme que flota sobre algodón. Eso es. Un barco amarrado”. Este verano, los Relatos de Agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado se centran en la ‘liternatura’. Literatura de naturaleza. Hoy nos vamos a Gran Canaria. “La imagino como hecha de algas, de esas que se enredan y que no dejan que nada se mueva”.  

POR SONIA ABBAS RODRÍGUEZ 

Aquí arriba, donde yo vivo, el cielo está tan bajo que dicen que si te pones de puntillas se te manchan los dedos de nube. “Eso es mentira, Matías”, me lo decía mi amigo Gabi, pero lo sigo intentando por si acaso así vuelve para comprobarlo.

Nos gustaba ir al pinar cuando salíamos de clase. La tierra de la cumbre es roja y huele a humedad, a resina. Nos pasábamos las tardes tirándonos por las laderas llenas de pinocha, resbalaba como si la montaña fuera un tobogán gigante, y llegábamos llenitos de tierra. Y el abuelo de Gabi todo enroñado porque se lo tenía que explicar a sus padres. Sobre nosotros, el Roque, un gigante de piedra que vigilaba que no nos cayéramos por el barranco. Nos conocíamos cada rincón, cada roca escondida era un refugio y nos gustaba ver a los lagartos tomando el sol en los muros de piedra seca.

Si suena un pico, el sacho y un martillo eléctrico es que amanece en la cumbre. Lo echaré de menos cuando nos mudemos. Mamá, papá y yo vivimos en una casa cueva y sé que a los de fuera les suena raro, pero mamá dice que vivir en una cueva es como un abrazo de la abuela: “En verano te quita el calor y ahora, que es invierno y hace un pelete que te mueres, te guarda lo calentito”. Y a mí me da risa, porque me acuerdo de la abuela y de cómo me enseñaba a escribir. Decía que hay cosas que es mejor decir por escrito, que uno las piensa dos veces y que así queda más bonito. Y yo me acuerdo mucho de ella.

Ayer mismo estrené un nuevo creyón azul para escribirle otra carta a Gabi. Era mi mejor amigo del cole, pero hace unos meses me dijeron que su familia se fue a vivir a la Península. Yo nunca he estado, pero me suena por mi madre que tiene que estar fleje lejos. Ayer aprendí que tengo magua, que es como estar triste por dentro y se te queda en el pecho cuando echas de menos algo que tenías cerquita. Y yo creo que tienen razón, pero es que la cumbre está muy callada sin él. Cuando los vecinos varean los almendros, es que llega un nuevo curso. Pero todavía no saben que el  próximo no lo empezaré aquí.

En las noches en las que Gabi se quedaba a dormir, nos gustaba pegar la oreja a la pared de mi cuarto y escuchar lo que tenía para decirnos la cumbre a través de sus paredes blancas y rugosas. Al principio siempre es una ligera vibración. Un sonido de agua, un eco lejano. Como cuando pegas el oído a una caracola. Yo me imagino que es como cuando yo estaba dentro de la tripa de mi madre y ella me entendía cuando le hablaba. Así era como la cumbre nos confirmaba los chismes. “¿Qué fue de Casandra? Algunos cuentan que todavía la oyen llorar por la montaña”. Se lo decíamos bien bajito para que los mayores no se enteraran. Y luego nos contaba toda la historia y nos daban miedo las noches de luna llena por si aquella chica volvía al pino donde se encontraba con su amante y nos llevaba con ella por haber descubierto el secreto.

Pero ahora Gabi ya no está. Y la cumbre ya no quiere contarme más leyendas si no está él. Yo creo que porque justo antes de irse, cuando nos contó lo que pasó con el incendio y las cabras, él me dijo que todo eso eran boberías, que la montaña son solo piedras.

La tarde antes de que se fuera las palmeras me avisaron. Se doblaron en sentido contrario por la ventolera y yo sé que cuando pasa eso es que alguien ya no estará más. Pero lo suyo es distinto. Dicen que donde se fue no hay mar, ni barrancos y no huele a pino. En sus cartas me contaba que los edificios son más altos que el Roque Bentayga y a mí me da que se lo está inventando porque eso no puede ser, pero me dolió la barriga al leerlo. Luego ya no llegaron más cartas. Y por más que acerco el oído todas las noches, la cumbre calladita.

–Matías, tienes que ir haciéndote a la idea –me lo dice mi madre mientras amasa el gofio en la cocina–. Hay un océano entero en medio.

Eso fue lo que me convenció: el océano.

Yo sé cómo funciona el mar porque lo veo todos los días desde la cumbre. Por eso también sé que puede haber mar de agua y mar de nubes. Que es cuando Gran Canaria parece un barco enorme que flota sobre algodón. Eso es. Un barco amarrado. Como las barquillas del Puerto de las Nieves. Cuando los marineros quieren salir a pescar, sueltan las amarras, levantan el ancla y se van con el viento. Nuestra isla debe de ser igual, solo que con un ancla mucho más grande que debe de estar bajo el agua, agarrada al fondo para que no se nos lleven las mareas. La imagino como hecha de algas, de esas que se enredan y que no dejan que nada se mueva. Camuflada donde ya todo es oscuro. Ahí es.

El día que llegó el abuelo vociando por los temas de siempre, que solo entienden los mayores, se hartó de preguntar por todo el pueblo que a ver a quién se le había ocurrido eso de comprar el agua, que a ver con qué íbamos a apagar otro incendio y que quién le devolvía las cabras. Fue de cueva en cueva, menos a la de Gabi, donde ahora ya no vive nadie. Pero no importa, porque mi abuelo aún no sabe que nos mudamos. Y tampoco entiendo muy bien por qué tanta fogalera con el agua si estamos rodeados de ella. Esa noche gruñó la cumbre y me dejó dicho que lo siguiente sería el naife del abuelo, por eso lo cogí del cuarto de herramientas y lo tuve guardadito debajo de la cama hasta hoy. Esto era lo que la cumbre quiso decirme en realidad. Por eso nos vamos.

Lo que más me costará será aguantar las curvas de la guagua que me llevará donde el mar, pero merecerá la pena. Aprovecho la hora de echarse de mis padres para subirme. Le miento al chófer cuando me pregunta por ellos y escondo bien el naife. Bajando por entre los riscos el agua se acerca. Mucho más oscura que la de la playa, por eso sé que es ahí a donde voy.

Al bajar, todo cambia. Un bofetón de humedad, el olor a salitre. El ruido. Aquí no hay tintineo de cencerro o balido de cabra y la gente habla más rápido y más alto. Camino por las rocas volcánicas y el mar ruge mucho más fuerte que la cumbre y me moja los tobillos hasta que dejo que me arrope.

Mientras buceo hasta la base, pienso en la carta que dejé escrita sobre la mesa de la cocina. Esta vez en creyón rojo. El azul lo tengo ya gastado de las cartas para Gabi. En ella, explico mi plan. Les aviso a todos de que nos mudamos, incluido al abuelo, así no tendrá que pensar más ni en el agua ni en los incendios, pero que no tienen de qué preocuparse porque nos mudamos todos. Y eso lo subrayo porque el maestro de Lengua dice que el énfasis es ponerle más fuerza a una sílaba o a una palabra para que destaque. Cuando logre romper la cadena, supongo que se escuchará algo más fuerte y a lo mejor la tierra tiembla un poquito. Pero les tranquilizo, porque el de Cono dice que los vientos alisios siempre soplan desde el norte. Entonces seguro que empujarán a nuestra isla-barco por encima de las olas. Les cuento todo esto para que no me regañen si cateo. También les cuento que viajaremos enteros con nuestro pinar, las casas cueva, los lagartos y la calima. Ya la siento moverse, a cada estirón, siento que el agua me empuja y floto un poco más. Iremos más rápido cuando termine por cortar el resto de algas. Quiero llevarle a Gabi todo. No quiero dejar nada. Así, cuando Gran Canaria choque suavecito contra la Península, buscaré a Gabi entre los edificios más altos que el Bentayga y le diré: “Chacho, ya por fin llegué. ¿Jugamos a algo?”.

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