La Hiedra seguía tomando el control de la casa 

Foto: Rafa Ruiz.

Llegamos al décimo relato de esta serie de agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. Este año en torno a la literatura de naturaleza. Hoy el relato nos habla de un inquietante desarrollo botánico. “La Hiedra seguía tomando el control de la casa. Las enredaderas se extendían a los lugares más insospechados de la vivienda. Una rama dejaba tomates frescos en la encimera de la cocina, otra parecía depositar el periódico en la mesa del salón, la comida lista para el almuerzo”.

POR LÁNDER LÓPEZ

A Elisa le encantaban las plantas, tenía un huerto en el jardín de la casa, con tomates, pimientos y patatas. También cuidaba el resto de la vegetación que heredamos de los anteriores dueños. Acumulaba libros y cuadernos llenos de notas en los asientos y mesas de madera del porche y tras la puesta de sol me contaba lo que había descubierto. A veces era una nueva fruta con capacidades milagrosas, otras un bancal de flores con los tonos más inverosímiles. Las enredaderas que se agarraban a los bajos de la casa eran hiedra. Perenne, tozuda, densa y capaz de medrar en cualquier lugar. Me decía que le recordaban a mí. Los ancianos que vivían allí antes nos advirtieron de la voluntad caprichosa de todas aquellas plantas, pero también nos dijeron que jamás les hicieron ningún mal. Se alegraron de que una pareja joven les tomara el relevo para cuidar la casa y a sus habitantes.

A Elisa le llevé sus libros de apuntes a la habitación del hospital en sus últimas semanas. Le releía las notas que había ido tomando cuando su vista la abandonó. Me apuntaba las tareas que tendría que hacer una vez ella no estuviera. Me recordaba a cada paso que lo escribiera todo, que cuando me quedara solo nadie me seguiría los pasos arreglando mis desmanes. No tardaría en echar de menos su forma de acariciarme el brazo, desde atrás, cada vez que se me olvidaba algo por la casa. La Hiedra parecía estar de acuerdo con ella; no me encontraba cualificado para las tareas del hogar.

Cuando volví a casa tras el funeral, el primer metro y medio de la fachada estaba totalmente rodeado de hiedra (Hedera helix, me repetía la voz de Elisa desde el otro lado). Era de un color verde oscuro, con algunas hojas en forma de estrellas de cinco puntas y otras alargadas y con un solo lóbulo, coronadas por unas flores diminutas.

Elisa me decía que nuestra hiedra no era venenosa, que esa era la americana y que la nuestra era la europea. Realmente lo único cierto de eso es que nuestra hiedra no producía sarpullido al tacto; la hiedra común podía producir vómitos, diarreas y coma, pero siempre a través de sus frutos negros, pequeños como guisantes. Eso Elisa lo apuntaba en la libreta. Nuestra hiedra aún no había dado frutos. A través de las ventanas del primer piso ahora se veían las hojas trepadoras, filtrando los rayos de sol.

Pasé mi primer día solo en la casa sentado en el porche trasero. Las malas hierbas habían crecido por encima de los cultivos de Elisa. No entendía cómo podía haber pasado eso en tan pocos días. Me llevé a la cama sus libros y cuadernos, con anotaciones para mí a los márgenes, serpenteando las hojas como la hiedra por los marcos de nuestras ventanas.

Me fui a dormir pronto, era otoño y ya casi anochecía, llevaba semanas en las que apenas había podido dormir. El olor de Elisa aún empapaba la ropa de cama, mezclado con el aroma de hierba húmeda y tierra. No sé cuántas horas dormí y lo que encontré al abrir los ojos no contribuyó a resolver mi duda.

Desperté rodeado de puñaladas de luz que se colaban entre el muro de ramas que había rodeado la casa en mis horas de descanso. Hojas de hiedra asomaban por las rendijas de las ventanas entreabiertas, como manos de vegetación tratando de acceder al interior. Me encontré encerrado en mi propia casa. En la planta baja la maraña de hiedra que rodeaba la casa era aún más tupida, pero seguía dejando pasar una luz agradable a todas las estancias. Las puertas estaban totalmente bloqueadas, y me era imposible ver el exterior de ninguna forma. La vegetación parecía bloquear la señal telefónica y hasta un transistor a pilas que tenía solo captaba ruido blanco. Para mi sorpresa, junto a la puerta principal, sobre unas hojas a modo de bandeja, se sostenían la correspondencia y la botella de leche que nos dejaban cada mañana en la entrada.

La situación se mantuvo igual los siguientes días, la Hiedra seguía tomando el control de la casa. Las enredaderas se extendían a los lugares más insospechados de la vivienda. Una rama dejaba tomates frescos en la encimera de la cocina, otra parecía depositar el periódico en la mesa del salón, la comida lista para el almuerzo.

El tiempo seguía transcurriendo bajo la Hiedra. Supe que la primavera estaba a punto de llegar cuando vi que al final de muchas de las ramas empezaban a asomar flores. De color claro y agrupadas en racimos, rematados por pequeños globos retorcidos en sus extremos.

No podía quejarme, la temperatura siempre era agradable, la luz adecuada, matizada por la maraña de vegetación, y el aire corría fresco. A Elisa le hubiera encantado aquel golpe de estado botánico sobre la casa.

Poco a poco fui adelgazando, requería mucho menos de mi cuerpo gracias a la asistencia de la Hiedra y tampoco me adornaba con actividades extra. Hacía poco más que recorrer rincones de la casa. Pasaba el dedo índice por encima de cada cosa que me recordaba a Elisa. Aquello no requería de un gran esfuerzo, así que con el tiempo fui economizando el espacio que ocupaba en el mundo. La hiedra fue ajustando las raciones de comida, la luz y los periodos de descanso. Cada vez dormía menos.

Empecé a pasar mucho más tiempo en la cama. Ella me llevaba la comida, el agua que me depositaba de las hojas directamente a la boca y a veces incluso me regalaba alguna canción modulando el aire al pasar entre sus ramas. En ocasiones hasta me parecía oír la voz de Elisa asomándose entre los racimos de flores.

Antes de cerrar los ojos por última vez, con la vista disminuida por la falta de luz, veo caer por los dedos de Elisa unas perlas negras en mi boca.

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