Ser o no ser pato,  he ahí el dilema

Foto: Pixabay.

“Pato no se desea ser, simplemente se es. Se llega a ser sin previo aviso, sin una preparación. Y luego ya se es pato para siempre”.  Llegamos al relato número 14 de esta serie de agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. Este verano en torno a la literatura de naturaleza. Hoy abordamos la condición existencial de la ‘patedad’. “Porque ser pato es también un modo extremo de aislamiento: todo el mundo es pato cuando se es pato, y cada uno lo es sin nadie más. Y no hay nada que pueda sacarte de ti mismo, de esa patedad que es una condición y también es un espacio”. 

POR VÍCTOR ORTEGA 

Según lo imagino yo, ser pato es igual que no ser pato.

Tienes plumón sedoso por todo el cuerpo, y ¿qué significa eso para un pato? ¿De qué sirve ser suave si uno no distingue la suavidad de ninguna otra cosa? En cuanto intentas concentrarte, te mueres por un pedazo de pan mojado y no puedes pensar en nada más. Y entonces te sale ese graznido incontrolable, ese cua naciendo de tu boca, que hace gracia a las personas, pero que es bien triste en realidad.

Miras el mundo y quieres apresarlo, aunque se te escurre una y otra vez entre las patas. Miras el resplandor esperanzado del agua en la mañana. Miras el verde simple de una hoja de nenúfar. Miras un coro de ranas excitadas de luz, y por un momento entiendes su entusiasmo. Miras el agua, miras la hoja y miras la luz.

Pero no logras detenerte en el instante, y sólo puedes pensar en otro pedazo de comida.

Ser pato es como no ser nada. Es como haber sido algo una vez, y ya no ser en absoluto. Una forma cruel de desmemoria. Un estadio posterior. Ves en las cañas de bambú la imagen de unas flechas, y notas que en esa idea habita un algo de niño imaginando.

Ves un hombre sentado en la orilla del río. Está pescando, atravesado de presente, y te preguntas qué es eso que le brilla en el fondo de los ojos.

Ves un libro apoyado en una roca. Las páginas se mueven por la brisa, mientras tú bates las alas para entender lo que sucede.

Y lo intentas, pones tu esfuerzo de pato en acordarte; percibes el temblor de lo que ha existido alguna vez. Y entonces se disipa: las flechas no son más que cañas de bambú, y ya no hay recuerdo de niño por ninguna parte; los ojos del hombre son una amenaza; las páginas del libro no son nada.

Y a partir de ahí todo es cua otra vez, todo cua cua, y sientes lástima pero no puedes sentirla, porque en el momento en que lo piensas ya está el cua saliendo de tu boca.

Ser pato es cua cua cua. Es tener una sospecha, una idea brumosa del amor, un presentimiento acuático del mundo, pero estar tan nervioso que nada se concreta. Y tú sosteniendo mientras tanto la sonrisa inevitable de tu pico.

Pato no se desea ser, simplemente se es. Se llega a ser sin previo aviso, sin una preparación. Y luego ya se es pato para siempre.

Uno no comprende el tiempo, solo sabe de huir despavorido, o despatado, de sumergir la cabeza para tomar un baño, pero sí sabe que nunca dejará de estar allí. Que será pato una y otra vez. Que ya no será una cosa diferente. Aunque uno no puede saberlo, lo sabe.

Y está muy solo.

Porque ser pato es también un modo extremo de aislamiento: todo el mundo es pato cuando se es pato, y cada uno lo es sin nadie más.

Y no hay nada que pueda sacarte de ti mismo, de esa patedad que es una condición y también es un espacio, pero al mismo tiempo, y esto es lo peor, no es ninguna condición ni es ningún espacio.

Tus membranas agitan el agua para ser de otra manera y participar de lo que existe.

Y siempre estás a punto de lograrlo.

Casi te alegras ante las ramas de unos sauces, como si, movidas por el aire, contemplaras las batutas que dirigen con su ejemplo el milagro de las cosas.

Casi percibes la nostalgia fermentada del otoño. Esa sustancia de uno mismo que insiste en regresar.

Miras el contorno de los montes, su imprecisión de azul y de distancia, y casi consigues emocionarte de futuro. O apreciar dentro de ti el contento de estar vivo, porque notas de repente, cada día a la misma hora, la última gota de luz resbalando por el blanco de tus plumas.

Y hueles el frío transportado por la noche, mientras casi hueles, al mismo tiempo, el fuego de una estufa que no sabes si existe; y de tanta oscuridad anhelas tener miedo, como tuviste quizás alguna vez, y combatirlo acurrucado entre las piernas de unos padres.

Y entonces crees sentirte estremecido, porque casi sientes ante el cielo, ante la textura de ese vacío acribillado, el antiguo misterio del universo.

Pero solo eres un pato.

Y, en lugar de todo ello, haces cua otra vez. Cua cua. Y nadas sin destino junto a un ejército de patos.

Deja tu comentario

¿Qué hacemos con tus datos?

En elasombrario.com le pedimos su nombre y correo electrónico (no publicamos el correo electrónico) para identificarlo entre el resto de las personas que comentan en el blog.

No hay comentarios

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.