Mi misión en la Antártida
Foto: Pixabay.
Viajamos a la inmensidad de la Antártida. Este verano, los Relatos de Agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado se centran en la ‘liternatura’. Literatura de naturaleza. “¿Qué somos en esta inmensidad? ¿Qué somos en estas tierras alejadas, adormecidas, sacudidas por el viento que recorre presuroso hacia el infinito? Las bases científicas y los drones son una ilusión óptica. Un esfuerzo soberbio por domesticar lo indomable. El hielo milenario no necesita ser mapeado para existir”.
POR ALEJANDRO CERDÁN
El zumbido de los cuatro rotores arranca de cuajo el silencio milenario de la isla Rey Jorge. A cien metros sobre el permafrost, nuestro dron de fibra de carbono barre la ladera glaciar. Bajo su órbita, hundido hasta las rodillas en la nieve, sostengo la Estación de Control Terrestre mientras el grueso tejido rojo de mi parka del Instituto Antártico Chileno me protege. La pantalla reforzada emite un brillo aséptico que compite a ciegas con el albedo de la nieve.
No analizo el hielo real, sino la telemetría. A través de la cámara multiespectral y el sensor LiDAR, mi coloso mecánico dispara cientos de miles de pulsos láser por segundo. Traspasa la capa de nieve superficial para exponer la roca madre y medir al milímetro el deshielo. Busca también rastros de musgo verde oscuro y líquenes anaranjados; la vida microscópica estudiada por nuestros botánicos, los tenaces indicios de adaptación en un ecosistema que agoniza a su propio ritmo.
Mi misión, dictada desde la calidez de un despacho a miles de kilómetros, es cartografiar una cuadrícula exacta de 150 hectáreas. Una red invisible trazada sobre la vastedad austral para medir la fractura, el desbalance trágico de las reservas de agua del planeta.
En realidad, es nuestra forma de colonización. En la Antártica no conquistamos clavando banderas de tela azotadas por la tormenta, sino inyectando matrices de datos en los servidores del Comité Científico Antártico. En el extremo sur del mundo, pisamos fuerte con los algoritmos.
La barra de progreso en mi tablet indica un 70%. A varios kilómetros de distancia, la Base Julio Escudero confirma por radio la recepción ininterrumpida de los paquetes de datos. Deslizo un dedo enguantado por el cristal helado para cambiar el filtro visual al índice de vegetación. En la pantalla, el letargo blanco del continente se transforma en un mapa de calor falso: manchas púrpuras donde la flora, terca y frágil, palpita escondida en las grietas.
–Te tengo –murmuro con los labios cuarteados por el frío.
Durante ese instante, vuelvo a sentir la omnipotencia de la ciencia. La montaña de hielo se doblega, reducida a coordenadas y poliedros, dócil en mis manos.
Pero la Antártica no admite riendas.
El primer aviso de la tierra no es un estruendo, sino una sustracción absoluta.
El sonido del océano austral al chocar contra los témpanos abisales desaparece, tragado por una caída de presión tan repentina y brutal que me zumban los tímpanos, como si la atmósfera entera estuviera conteniendo la respiración. La luz del sol, que hasta entonces había sido un cuchillo de claridad, se difumina en una calina enferma y lechosa.
Después hablan los animales.
Las skúas, esas aves pardas de pico ganchudo que suelen orbitar las costas con lentitud territorial, rompen a chillar en una cacofonía de terror. No huyen del zumbido mecánico de mi dron. Huyen del corazón de la península. Una estampida alada pasa rasante sobre mi casco, buscando el refugio de los acantilados.
Y, por último, el continente exhala.
Nace en las cumbres más altas, allí donde la columna vertebral de los Andes se hunde bajo el océano para resurgir como los Antartandes. El viento catabático no es un simple fenómeno meteorológico. Es una entidad. Una avalancha de aire pesado, denso y congelado que se desploma por la gravedad de los glaciares hacia el mar. Es la furia indómita de una tierra violada por las emisiones de nuestros continentes, escrutada por mis lentes asépticas que jamás podrán comprender su dolor milenario.
Ningún modelo meteorológico lo predijo. Los radares de la base estaban limpios hace una hora. En la pantalla que sostengo, el horizonte artificial tiembla. Un texto ámbar parpadea en la esquina superior: Interferencia magnética severa. Descenso térmico crítico.
Levanto la vista de los datos y miro, por primera vez en horas, el mundo real. El aire huele a ozono, a sal y a hielo triturado. Una muralla de nieve pulverizada avanza desde el sur. Devora el horizonte, borra el cielo y engulle la geografía con la velocidad de un maremoto blanco.
–¡Retorno al punto de inicio! –grito, con la voz ahogada por las primeras ráfagas, mientras mis dedos entumecidos golpean el comando de emergencia en la pantalla. La máquina intenta obedecer. Escucho sus motores aullar, girando a su máxima capacidad en una lucha a muerte contra las leyes de la física, pero el viento antártico la golpea con la inercia de un tren de carga en un devastador choque invisible.
Las líneas de la cuadrícula del monitor se desintegran entre un caos de advertencias carmesí: Alerta de inclinación extrema. Pérdida de satélites. Batería al 12%… 7%… colapso de polímeros.
Mi dron, con todo su titanio y sus valiosos sensores, sale despedido como una hoja muerta. La telemetría se congela. La pantalla emite un pitido agudo y muere por el frío, convertida en un espejo negro que solo devuelve el reflejo de mis ojos dilatados por el pánico. Un segundo después, el viento me alcanza.
El rugido ensordecedor me derriba de rodillas contra el hielo. El whiteout –la temida ceguera blanca– erradica el universo. La nieve se funde con el cielo en un abismo de luz difusa donde no existe arriba ni abajo, ni latitud ni longitud, ni mucho menos mis ciento cincuenta hectáreas de soberanía humana. La ventisca me azota en un intento por rasgar el tejido técnico de mi abrigo, mientras me roba el calor vital respiración a respiración. Aislado, inmovilizado en la nada, me encojo en posición fetal y abrazo el monitor inútil contra el pecho.
El temporal dura lo que la tierra quiere que dure. Horas después, el aullido cede para volver al silencio sepulcral del que nació. Logro romper la costra de hielo de mi rostro y ponerme de pie. Mis articulaciones protestan, rígidas y doloridas, pero estoy vivo.
La geografía entera ha cambiado. Las dunas de nieve se han reescrito y el huracán ha lijado las morrenas hasta desnudar el basalto. Camino unos metros, arrastrando las botas, hasta que un destello oscuro llama mi atención.
Semienterrado en un ventisquero descansa mi dron, con un brazo de carbono partido por la mitad. El sensor LiDAR yace destrozado junto a un saliente afilado. Me arrodillo. Estiro la mano para recoger la chatarra, y es entonces cuando lo veo.
Justo debajo de la lente rota, al amparo de la misma roca negra que ha destruido a la máquina, un parche espeso de musgo verde brillante y pequeños hilos de líquenes dorados se aferran a la piedra volcánica. No necesitan cuadrículas ni baterías para sobrevivir. Llevan miles de años allí, adaptados en silencio a la furia del fin del mundo, latiendo al margen de la codicia y el miedo de los hombres. Un milagro de la vida.
¿Qué somos en esta inmensidad? ¿Qué somos en estas tierras alejadas, adormecidas, sacudidas por el viento que recorre presuroso hacia el infinito? Las bases científicas y los drones son una ilusión óptica. Un esfuerzo soberbio por domesticar lo indomable. El hielo milenario no necesita ser mapeado para existir, ni le importan nuestros tratados. La Antártida es pura fuerza. No se deja colonizar.
Retiro la mano y dejo los restos del dron enterrados en la nieve, como una ofrenda. Con la vista clara, fija en las siluetas lejanas de los glaciares, doy media vuelta e inicio el camino, diminuto y vulnerable, de regreso a la base.



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