Los secretos que guarda la montaña
Foto: Pixabay.
Llegamos a la entrega número 19 de esta serie de agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. Este año en torno a la literatura de naturaleza, la ‘liternatura’. Hoy viajamos a una montaña que guarda secretos y riquezas. “Cavasteis en mí túneles amargos y pozos hambrientos, y yo los llené de derrumbes y humedad. Alguno de vosotros no logró salir; sus huesos alimentan ahora mi tierra. Vi como enfermabais, como el polvo en el que me convertía penetraba en vuestros pulmones y os mataba. Luego llegó la plaga”…
POR PALOMA SUZ MAROTO
Vinisteis por el oro. Hasta entonces yo era desierto de tierra roja y rocas bajo el sol. Sólo había conocido la calma áspera de la existencia. Para mí los hombres no erais muy diferentes del zorro, la liebre o la víbora que me habitaban. No había conocido todavía vuestra ambición, vuestra sed de riquezas.
Primero vinisteis unos pocos. Yo ya había sido caminada, estaba llena de senderos; ya habían plantado en mí chumbera, palmito y esparto y todo había echado raíces. Pero vosotros erais distintos de aquellos otros hombres. Vuestro paso firme, vuestro movimiento sin fin, los ojos siempre en búsqueda. Me llamasteis ‘El Cerro de las Cinco Hermanas’, porque lo que no tiene nombre no se puede poseer.
Luego llegasteis cientos, atraídos por las promesas del mineral. Pensabais que el oro lo cambiaría todo. No os interesaban los frutos que brotaban con esfuerzo de mi tierra seca. Tampoco mis cuevas que os refugiaban del ardor del sol. Ni siquiera el agua que yo guardaba de las lluvias bajo el suelo. Vinisteis hombres y mujeres. Yo os sentía llegar por la travesía de la costa, con las ropas marrones de la grava del camino. Los que teníais suerte aparecíais en burro o en carro; la mayoría a pie. Los niños cargados sobre la espalda de las mujeres. Traíais perros, el pelaje del cuello cortado por la marca del collar. Te recuerdo a ti, el viejo encorvado, dando de beber al cachorro las últimas gotas de tu cantimplora. Llegabais agotados, arrastrando los zapatos rotos. Algunos veníais descalzos; la piel de las plantas arrancada; los pies tan negros y tumefactos que os parecían ajenos. Recuerdo vuestras caras consumidas por el hambre; el blanco de los ojos brillando de esperanza.
Construisteis un pueblo entero. Arrancabais mis rocas y con ellas erigíais muros para separar lo que creíais vuestro. Una escuela, una iglesia, un campo de fútbol. Decíais: “mi casa”, “mi finca”, “mis cultivos”. Encendisteis fuego en las cocinas, candiles en las habitaciones.
Alumbrasteis niños, hijos del oro. Mis noches oscuras se llenaron de llantos. Al crecer jugabais en mis laderas. Yo os enseñé los colores, las estaciones del año, la vida que nace y la muerte de los animales despeñados. Te recuerdo a ti, el niño de la cicatriz en la cara, escondido en mis cuevas cuando los otros niños jugaban a la guerra de piedras.
Cavasteis en mí túneles amargos y pozos hambrientos, y yo los llené de derrumbes y humedad. Alguno de vosotros no logró salir; sus huesos alimentan ahora mi tierra. Vi como enfermabais, como el polvo en el que me convertía penetraba en vuestros pulmones y os mataba. Luego llegó la plaga. No tardasteis en echarme la culpa de aquel castigo: por los animales que moraban en mí, el agua de mis pozos y el aire sofocante de mi valle. Se extendió con rapidez, los bultos negros en el cuello y las axilas atacaban por igual a hombres y mujeres; viejos y niños. Te recuerdo a ti también, la curandera, yendo a las casas con trapos húmedos para poner en la frente de los que se iban. La noche se llenó de fiebre y delirios. La tierra, de cadáveres y gusanos.
Después de aquello quedasteis menos de la mitad. Tú, el niño de la cicatriz, desapareciste. Mi campo rebosante de cruces y tumbas. Pero vosotros no os cansabais de buscar. Vinisteis por el oro y queríais más. Me rajasteis a cielo abierto. Me resquebrajé hasta las entrañas. Descubrí que por dentro era blanca, dorada y verde. Convertisteis el silencio de mi valle en estruendo: golpes, voces, estallidos; lo llenasteis todo con vuestras palabras huecas. Parecía que nunca iba a ser suficiente para vosotros: arrancaríais hasta la última roca de mi ser, me reducirías a polvo. Yo, que nací de lava escupida sobre el mar, me desintegraría en la nada.
Pero un día tal como llegasteis os fuisteis. Cuando ya no quedaba oro.
Volvió el silencio.
Volvió el viento del mar, el barro de mi tierra arcillosa en un día de lluvia. Crecieron los azufaifos y el tomillo, taparon las entradas a vuestros pozos. Las huellas de vuestras pisadas se borraron del suelo que retumbó otra vez con el siseo del escorpión. Los zorreznos nacieron en primavera. El amanecer se llenó del ulular del mochuelo y la oscuridad conquistó de nuevo las noches.
Han pasado más años de los que dura la vida de un hombre. De vosotros quedan las casas abandonadas, ahora ya en ruinas. Una carta en un cajón. Alguna manta apolillada dentro de un armario combado por la humedad. Las camas de paja podrida. Quedan el pueblo y sus calles, vacías de palabras, de nacimientos y de muertes. El asfalto agrietado donde cada primavera crecen flores. Las máquinas inertes que yacen inofensivas y oxidadas por la lluvia y el mar. Vuestros senderos desiertos, invadidos por la maleza. Las cruces sobre las tumbas. Mis entrañas abiertas, mecidas por el viento. Soy de nuevo una montaña sin nombre.



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