Las ramas siempre están ahí
Foto: M. Cuéllar.
Este verano, los Relatos de Agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado se centran en la ‘liternatura’. Literatura de naturaleza. Hoy nos vamos de mudanza. “Me costó mudarme a esta parte de la ciudad. Yo estaba acostumbrada a vivir en el centro y pensaba que me estaba traicionando a mí misma. Fue como una rendición. Ray me convenció y me trajo un día a ver el piso. Aunque no me apetecía, no pude negarme. Se lo debía. Estaba emocionado; por fin había encontrado un sitio que nos podría encajar a los dos; sin mar, pero al menos con verde y en los límites de la ciudad”.
POR ÁNGELA LÓPEZ GARCÍA
Ahora tengo los árboles solo para mí. Contemplo los espejitos frágiles del chopo a punto de desprenderse, los ramilletes de hojas estrelladas de los plátanos, el pino que llega hasta nuestro balcón y que parece que se va a partir cuando hace viento, pero que resiste, igual que resisten sus ramas cuando se llenan de nieve, o cuando se comban con las palomas que se mecen en ellas con un equilibrio prodigioso; las palmeras robustas y no muy altas rodean los columpios del jardín, un abanico abigarrado donde siempre se os colaba el balón.
Ya estamos a mediados de octubre. El verano dura cada vez más; todavía llevo sandalias, algo que hace años era impensable en esta época en Madrid. Las hojas del chopo siguen estando verdes. Se aferran a la rama como vosotros os resistíais a abandonar las vacaciones. Estirando y estirando. Pienso que hace unos años, cuando nos venimos a vivir aquí, por esta época se veían más tonos amarillos y algunas hojas ya habían caído sobre las aceras. Me costó mudarme a esta parte de la ciudad. Yo estaba acostumbrada a vivir en el centro y pensaba que me estaba traicionando a mí misma. Fue como una rendición. Ray me convenció y me trajo un día a ver el piso. Aunque no me apetecía, no pude negarme. Se lo debía. Estaba emocionado; por fin había encontrado un sitio que nos podría encajar a los dos; sin mar, pero al menos con verde y en los límites de la ciudad.
–No significa nada, ven a verlo y ya está. Si no te gusta, lo dejamos. It’s OK!
Atardecía y una luz suave me envolvió, desde la entrada se veía la terraza y el horizonte morado y rojizo. El piso era grande y estaba bien distribuido; podría tener una habitación para mí sola.
–Me gusta la casa. ¡Pero en este barrio no hay nada!
Según Ray, había algunos bares escondidos que podríamos descubrir y además el metro no quedaba muy lejos. Sería emocionante explorar un sitio nuevo, ¿no? Al salir, me di cuenta de que las calles se estaban empezando a llenar de hojas, y de que me gustaba pisarlas. Acostumbrada a las acacias raquíticas y a los hierbajos que crecían entre los adoquines, me parecía estar en medio de un bosque.
Hago dos fotos y os las mando: una es solo del chopo. La otra está más alejada y se entrevén los edificios que hay al otro lado del jardín.
Comentario: Mirad, todavía no ha llegado el otoño a Madrid; todavía las hojas nos esconden de los vecinos de enfrente. Es extraño; es casi final de octubre.
Pero es otoño, sin duda. Oigo a los niños de abajo prepararse para el colegio. Oigo las carreras por el pasillo, los gritos de los padres, las puertas y los cajones. Los oigo salir. Huelo a café. Reviso la cesta de ropa sucia de vuestro baño. Abro vuestras persianas para ver las vistas. Me pregunto qué miraréis ahora, cuál será el paisaje que observáis. ¿Un cielo gris? ¿Un bloque de pisos? ¿Una yedra? ¿Una montaña?
Un día de noviembre me doy cuenta de que las hojas del plátano están doradas, o amarillas, o ámbar, dependiendo de los reflejos del sol; el chopo todavía está verde y sigue tapando el horizonte. Ha llovido y, por fin, cerramos las ventanas para dormir. Es como un descanso, un recogimiento; volver al orden. Hacía más de cinco meses que dormíamos con las ventanas abiertas. Muchas veces en verano, asfixiados de calor, pensábamos que ojalá fuera ya un día normal de noviembre, uno de esos días en los que os costaba levantaros y protestabais en el coche porque había que ir a natación después del colegio.
Hago una foto y os la mando: un zoom de la copa del árbol rebosante de hojas anaranjadas.
Comentario: Mirad qué preciosidad. Me gustaría pintarlo ahora que tengo más tiempo. ¿Os lo podéis creer? Ya se empieza a sentir un poco de frío. He puesto los edredones. ¡Qué momento!
En diciembre, las hojas del chopo son completamente amarillas y caen muy deprisa, como si fueran lluvia. Se desprenden sin traumas, libres, y todo queda expuesto. Entre las ramas puedo ver los nidos vacíos que ya descubrimos el año pasado, una maraña fosilizada de paja seca adherida al árbol. Un cobijo desierto. Me doy cuenta de que ya no me puedo desvestir sin bajar las persianas o sin apartarme de la ventana. A veces echo de menos no haber puesto cortinas. Nos parecieron inútiles. El edificio de enfrente es un bloque de pisos sin más. Es feo sin el verde. Los vecinos bajan las persianas también, estudian, comen, hablan, o fuman apoyados en la barandilla de la terraza. Por fin, veo los rascacielos en el horizonte. Pienso que esto era el paso del tiempo para vosotros: los nidos, las ventanas, las torres, las hojas, el sonido de las persianas con el viento.
Hoy ha nevado; por la mañana caían unos copos tan grandes que pensé que no iba a poder salir a la calle en todo el día. Lo he visto como una oportunidad y he cancelado todas mis citas; todo el mundo entiende que con el tiempo así no se pueda sacar el coche del garaje. Cuando he visto el jardín cubierto y los árboles blancos, me he acordado de la vecina alemana que os dejó unos trineos de sus hijos. Solo llevábamos un par de meses en esta casa, cayó una buena nevada y a mí me parecía que estaba en otro país.
Os mando una foto: el césped está completamente blanco, hay surcos de ruedas en la rampa del garaje, los coches aparcados en el otro lado de la calle son como bloques de escarcha. La capa de nieve pesa en las ramas de los árboles y en los arbustos.
También hago un vídeo para que veáis el tamaño de los copos. Creo que no se aprecian. Parecen confeti de cristalitos plateados. Las ramas son como raíces invertidas que atraviesan un cielo gris y blanquecino. Resaltan las motas sobre el pino oscuro. Siempreverde.
Comentario: Al final no ha sido para tanto.



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