El gabato recién nacido  

Foto: Pixabay.

Llegamos al final de agosto y, un año más, al final de la serie de relatos de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. Este año en torno a la literatura de naturaleza, ‘liternatura’. Y nos vamos de excursión a las pozas del Charco Malo.Dejamos que Jaime se acerque. Baja su mano hacia el hocico del animal. El gabato tiembla, huele su mano y cierra los ojos. Al sentir su miedo, Jaime lo abraza. Contenemos el aliento, atentos a la escena. Jaime permanece al lado del animal, quiere calmarlo. Me acerco hasta ellos y los separo suavemente”.

POR ROCÍA GARCÍA VIVAS

Nuestra poza favorita es la más alejada del pueblo, cerca de la última cascada de La Guijarra. A papá no le gusta que vayamos porque el camino es resbaladizo y está lleno de piedras; solo nos deja ir a las pozas más cercanas con los otros niños del pueblo. Hoy es diferente. Vendrá un amigo de papá de la capital a cazar perdices y volverán tarde.

Apenas escuchamos las pesadas botas salir, bajamos atropelladamente la escalera. Jaime intenta seguirnos y cae. Mamá nos echa la bronca a Marcos, Laura y a mí, diciendo que debemos cuidar de nuestro hermano pequeño. Cuatro besos acelerados después, tomamos el sendero que llega hasta las pozas del Charco Malo.

El sendero empieza en la iglesia del pueblo, para después cruzar los pastos custodiados por rebaños de ovejas. Una pendiente escarpada nos sumerge en el bosque formado por fresnos, álamos y perales. Se escucha la fuerte corriente del arroyo. Para llegar a nuestra poza no seguimos su ribera; tomamos un atajo donde la maleza es alta y espesa. De Jaime solo podemos ver su gorra de colores, balanceándose con los junquillos y las margaritas que indican nuestro camino. De pronto, Jaime se para y corre hacia un castañar. Intentamos seguirlo.

–¡Jaime, vuelve! –le grito, impaciente.

–Shh, Lola, baja la voz. –Con la mano, señala una bola peluda rodeada de erizos verdes y hojas caídas–. Lo vas a asustar.

Jaime se acerca despacio. Mira fijamente los ojos ámbar del animal.

–¿Es un perro? –pregunta Laura.

–Tonta, tiene manchas blancas; es un gabato –dice Marcos, confiado–. Parece recién nacido.

Dejamos que Jaime se acerque. Baja su mano hacia el hocico del animal. El gabato tiembla, huele su mano y cierra los ojos. Al sentir su miedo, Jaime lo abraza. Contenemos el aliento, atentos a la escena. Jaime permanece al lado del animal, quiere calmarlo. Me acerco hasta ellos y los separo suavemente:

–Vamos, llegamos tarde –le susurro.

–Pero está solo, no lo podemos dejar así –se queja Jaime.

–Seguro que la madre está cerca. –Marcos tira de él.

Le doy la mano mientras lloriquea durante el camino. Salimos del castañar, bajando hasta la ribera del arroyo. Los juncos nos arañan las piernas. Solo se escuchan nuestras pisadas en el barro, el canto de los mirlos, los susurros de las salamandras. Pasamos el viejo puente, atrapado entre el verdín y el soto.

Por fin, llegamos a nuestra poza. Nos recibe el galápago de Jaime. Lo distinguimos porque dos rayas naranjas cruzan su cabeza. Se deja acariciar a cambio de la mitad de su bocata. Nos bañamos juntos, comemos, dormimos la siesta secándonos al sol. Es una tarde de finales de agosto, anochece antes, debemos volver ya.

Jaime insiste en volver por el mismo sendero, quiere asegurarse de que su nuevo amigo está bien. Aceptamos solo por no escuchar sus quejas, si no, se chivará cuando llegue a casa. En el castañar, el animal sigue en la misma posición: encogido, tembloroso. Cuando nos siente, se incorpora torpemente y anda hacia Jaime. Busca su mano y la golpea con su suave cabeza, coronada por dos grandes orejas.

–Nos lo tenemos que llevar, está abandonado –nos pide Jaime, acariciándolo.

–No es una mascota, está mejor en el bosque –contesta Marcos, cortante.

–Igual sí que está abandonado, no lo podemos dejar aquí. –También me inclino a acariciarlo.

–¿Y si lo ve papá? –Laura lo mira de lejos.

–Acabará en la pared también, vámonos. –Marcos me aparta del lado del gabato.

–Lo podemos esconder en el cobertizo, él nunca va allí –sugiero. Jaime asiente.

Tras nuestra insistencia, Marcos acaba por cargar el gabato en sus hombros, apenas pesa. Al principio, suelta cortos balidos. A medida que subimos el arroyo, se mantiene inmóvil y silencioso. Lo acariciamos, Jaime le susurra. Cuando llegamos a casa, las niñas decidimos entrar antes para distraer a nuestra madre. Papá no ha regresado.

Los días siguientes, Jaime cuida al gabato como a un cachorro. Intenta alimentarlo con leche fresca todas las tardes y lo baña con agua templada. A la noche, cuando nuestros padres duermen, el gabato golpea la puerta. Jaime le abre y lo saca a pasear por la finca, pero no es suficiente. El gabato no come, solo rumia sus caricias y bala buscando a su madre. Su pelaje dorado se apaga, su dulce mirada ámbar ahora es gris. Él parece no darse cuenta.

Una tarde, Marcos se acerca al cobertizo y ve a Jaime llorando junto al gabato. Respira muy lento; ni siquiera puede levantarse. Tras una pelea a gritos, Marcos va a buscar a Papá. Se enfurece. Su primer impulso es buscar la escopeta. Mamá lo sigue, intentado tranquilizarlo. Laura y yo nos dirigimos al cobertizo, huele a bayas podridas. Jaime está entre la puerta y el gabato, rojo, con los brazos cruzados, desafiante: los dos o ninguno.

–¡¿Dónde está?! –grita Papá.

–Es mi amigo, no lo puedes matar –dice Jaime cuando llegan los demás.

–Jaime, cariño, se está muriendo. –Mamá intenta acercarse a él.

–No es verdad. –Se aparta, lanzando una bofetada al aire.

–¿No ves que está sufriendo? –Marcos señala al gabato. Asentimos.

–Estaba abandonado, yo lo salvé.

El gabato lanza un pequeño gemido. Papá tuerce el bigote. Se inclina, deja la escopeta y aparta a Jaime para acercarse al animal.

–No podías salvarlo, era del bosque –dice al fin–. Ya no hay nada que hacer.

Jaime llora durante toda la noche, velamos junto a él y le consolamos. A cada rato, creía escuchar al gabato, golpeando con su cabeza dorada la puerta del cobertizo. Por la mañana, vamos hasta el castañar para enterrarlo. Hay huellas tristes rondando los erizos verdes y las hojas caídas.

No hemos vuelto más a nuestra poza favorita.

Deja tu comentario

¿Qué hacemos con tus datos?

En elasombrario.com le pedimos su nombre y correo electrónico (no publicamos el correo electrónico) para identificarlo entre el resto de las personas que comentan en el blog.

No hay comentarios

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.