Un libro sobre el poder curativo físico y mental de la lectura
La neurocientífica Nazareth Castellanos y el experto en desarrollo de la lectura Antonio Basanta. Foto: Julio G. Casado.
La neurocientífica Nazareth Castellanos (autora de ‘El puente donde habitan las mariposas’, más de 150.000 ejemplares vendidos) y el experto en fomento y desarrollo de la lectura Antonio Basanta (autor de ‘Leer contra la nada’, seis ediciones) acaban de lanzar en su editorial de referencia, Siruela, el volumen ‘Un regalo de los dioses’ sobre el poder terapéutico de la lectura, tanto a nivel personal como social. Una delicia de volumen que os desgranamos aquí, de la mano y voz de sus autores.
Poder curativo en lo físico y personal, pero también en lo social, en la relación con los demás. Leemos lo que escribe Nazareth: “Mientras leemos, la parte más basal del cerebro, que controla los ritmos del cuerpo, empieza a ajustar la dinámica de nuestras vísceras a la nueva situación. La lectura nos calma, y como consecuencia el cerebro ralentiza la respiración. Cosa que, de manera consciente, nos cuesta mucho hacer. Todo esto se ha estudiado en el laboratorio. Respiramos una media de 14 veces por minuto. Reducirla a unas 10 respiraciones sería ideal, pero nos cuesta. Al leer, el ritmo respiratorio disminuye sin que nos demos cuenta. ¿Sabes por qué? Pues porque leer supone una coordinación fono-respiratoria, hay que ajustar la respiración a la vocalización, aunque sea una lectura silenciosa. Cuando respiramos más despacio, nuestra mente se abre para comprender, absorber y descifrar mejor las emociones. La lentitud en la respiración nos vuelve más empáticos: nos permite conectar profundamente con los demás y hacer que ellos nos perciban mejor. Lo fascinante es que la lectura produce exactamente ese efecto. En cuanto empezamos a leer, nuestro ritmo respiratorio baja”.
No solo nos ralentiza la respiración, sino que también nos calma el corazón. Dice Nazareth en la página 140 del libro: “Lo más sorprendente, y aquí va mi secreto guardado hasta ahora, es que el movimiento de los ojos depende del corazón. El cerebro se basa en el latido cardiaco para coordinar el movimiento ocular y viceversa. El corazón influye en los ojos y los ojos en el corazón. Por tanto, el baile de los ojos durante la lectura llega al corazón, que se deja seducir por la mirada y cambia su ciclo cardiaco. Leer conlleva una disminución de las pulsaciones cardiacas y la tensión muscular y mejora la variabilidad de la frecuencia de latidos”.
Ese poder terapéutico no es solo físico, sino también mental: Nazareth Castellanos: “Alfabetizarse no solo nos resguarda del peligro, también es clave para nuestras habilidades cognitivas, sociales, y aún más sorprendente, para nuestra salud mental. Las personas que experimentan dificultades en la alfabetización son más propensas a presentar un comportamiento antisocial y a adoptar conductas de mayor riesgo: quizás se deba a que alfabetizarse también se define como la habilidad de entender, interpretar, crear, comunicar y calcular. Por tanto, podríamos decir que aprender a leer, escribir y calcular es también un cultivo para aprender a entender la vida”.
Pero además terapia social, como comunidad. Leemos a Antonio Basanta: “Somos felizmente dependientes, compartir nos significa y nos engrandece. También en la lectura. Todo texto, todo libro nace de un acto compartido, de un diálogo que conecta ideas y palabras, emociones y palabras, pulsiones y palabras. El diálogo es siempre entre el autor y lo que escribe, aunque esa escritura es también una forma primigenia de leer el mundo interior de quien crea. –“Escribir es tratar de averiguar qué escribiríamos si escribiésemos. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es alguien que se escucha mucho”, dijo Marguerite Duras–. Y ese diálogo, esa comunicación compartida, se vuelve también el común denominador de la lectura. Solo lee bien quien contesta al texto, quien se sabe interpelado por él. Leer bien exige un acto de reciprocidad. De compañía, tantas veces también como alivio del dolor o de la pena”.
Un regalo de los dioses. Neurociencia de la lectura es un valioso cofre lleno de nuevas miradas, aportaciones distintas a nuestra manera de mirar el mundo, de estar en el mundo, de ser. Por ejemplo, me ha interesado sobremanera su defensa de la intuición. Leemos a Antonio Basanta: “Siempre he pensado que la intuición es la velocidad punta de la inteligencia. La que es capaz de ofrecer respuestas rápidas y precisas sin necesidad de análisis exhaustivos. La que encuentra soluciones más creativas. Y también la que, con mayor humildad, admite su probable fiabilidad (…) La intuición es el puente secreto que une lo consciente y el mundo casi insondable de lo inconsciente; todo lo que, mediante los sentidos, registra nuestro cerebro sin que nosotros lo percibamos: el 80% de la información que recibimos. Y esa es una magnitud gigantesca. Sin embargo, tendemos a despreciarla, tanto que hasta la vilipendiamos al hablar cuando, para referirnos a alguien que nos parece poco fiable, que no parece hacerse responsable de sus actos, le llamamos inconsciente. La intuición trabaja en todo el espectro temporal. En el pasado, en el presente y, sobre todo, en el futuro. Por eso forma parte indisociable de la comprensión que activa la lectura. Durante la lectura, el cerebro estimula de forma inevitable su red predictiva”.
Y llegamos a un cruce fundamental en el texto. Este que plantea Antonio Basanta en la página 57: “En el devenir histórico de nuestra civilización y de la humanidad como un todo, hay momentos, hitos trascendentales, que marcan un antes y un después, una ruptura con todo lo anterior y una nueva configuración de la realidad y de la vida que, para bien o para mal, jamás volverá a ser como antes”.
Frente al ‘efecto nocebo’
¿Estamos asistiendo a uno de esos momentos cruciales en la historia en el que todo cambiará, por el avance a toda prisa de la tecnología, la expansión de las redes sociales y la IA, que, como ha mostrado el último y reciente y tan comentado Informe PISA, fragmenta la capacidad de atención de las nuevas generaciones y disloca su capacidad de respuesta? En la presentación del libro a la prensa –en la que ambos subrayaron el valor de la curiosidad, algo que ejercita extraordinariamente la lectura, y de la ilusión–, Antonio respondió que «sin duda»: “Estamos en un momento clave en el que a nosotros nos corresponde saber y decidir con qué colores pintamos el cuadro”. Castellanos, más optimista, destacó las bondades de la IA al servicio de la Humanidad. Y advirtió frente al peligro de caer en el abatimiento; algo que también desarrolla en el libro: “Déjame que te hable del efecto nocebo. Todos conocemos el efecto placebo: pensar que algo nos va a venir bien nos predispone a sentirnos mejor. El efecto nocebo sugiere que la creencia negativa sobre algo nos predispone a sus malas consecuencias. (…) me hace reflexionar sobre cómo nos percibimos, y si esa tendencia catastrofista de los medios no estará creando un efecto nocebo en nosotros. No es una afirmación, solo invito a la reflexión. A veces creo que de tanto hablar mal de nosotros nos lo vamos a acabar creyendo…”.



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