El wéstern animalista de Buster Keaton: 100 años de risas

La vaca ‘Ojos marrones’ y Buster Keaton, los dos protagonistas de ‘El rey de los cowboys’.

Hace cien años, Buster Keaton se instaló, imaginaria y físicamente, en el Oeste, ese lugar ilusorio de una miríada de películas que aún subsistía en los remotos Estados Unidos de interior de principios del siglo XX. Allí imaginó ‘El rey de los cowboys’, reverso cómico de los westerns, y a la vez enmienda de tantos de ellos. Sí, cabía reírse de esa vida dura, seca, mineral, y de sus gentes rudas, aparentemente insensibles. Pero no todo es tan simple en este filme, que este año cumple un siglo de su estreno. Su revisión nos devuelve inesperadas relaciones con el presente.

“En esta película interpreté a un novato al que una vaca salva la vida”, contó Buster Keaton en sus memorias, Slapstick. Y esencialmente, El rey de los cowboys es la historia de la relación entre ese novato y la vaca.

Situada en medio de sus obras más reconocidas (El joven Sherlock Holmes, El maquinista de la General), Keaton recuerda brevemente su rodaje en el desierto de Arizona y las extremas condiciones que sufrieron. La temperatura alcanzó los 49 grados y al mediodía hacía tanto calor “que había que colocar hielo alrededor de la cámara para evitar que se derritiera la emulsión de la película”. Pero sobre todo recuerda cómo, llegado el momento del rodaje, la vaca se negó a actuar. Era un ejemplar de la raza Holstein, originaria de Países Bajos y abundante productora de leche. Keaton la llamó Ojos marrones y dedicó horas y horas a entrenarla.

“Nunca tuve una mascota más cariñosa ni más obediente”.

Un ganadero que la había observado comentó: “Esa vaca está en celo. No les servirá de nada hasta que se le pase”.

“¿Cuánto tiempo le durará?”, preguntó Keaton.

“Diez días”, le respondió el ganadero.

Los esfuerzos por aparearla con varios toros resultaron infructuosos y tuvieron que esperar a que terminara el celo.

“Si hubiera sabido cuánto tiempo retrasaría la vida amorosa de esta vaca la producción de El rey de los cowboys, le habría mostrado menos cariño”, ironizó Keaton.

Su personaje, en paro, sin perspectivas, sin amigos (y este es el nombre que recibe literalmente: Friendless) decide marcharse de la ciudad siguiendo un mandato que se había hecho popular en Estados Unidos a lo largo del siglo XIX: “Go west”, que es el título original de la película: “Váyase al oeste”, un llamado a contribuir a la expansión y el desarrollo del país.

El azar lo lleva a un rancho de llanuras polvorientas, yermas. Allí, sin perder su propia entidad, la de un urbanita, irá adentrándose en las formas de vida austera, despojada del campo, superará su ignorancia, sus temores (a las serpientes, a los conejos, al ganado) y aprenderá a leer la tierra, a entenderla.

Desde luego, El rey de los cowboys, vista hoy, podría esgrimirse como un canto ecologista en defensa de los animales, la película apta para los vegetarianos. La amistad del personaje de Keaton con la vaca toma rasgos de humano entendimiento cuando él se gana el cariño del animal tras quitarle una piedra que le molesta una pezuña y en correspondencia la res se interpone, para protegerle, entre él y un toro que le embiste. Ya no se separarán. Él le evitará daños y amenazas: se niega a marcarla al rojo vivo y en su lugar la afeita (con espuma mojada en la leche de la propia vaca), dibujando con la cuchilla en la piel una imagen similar a la que deja el hierro candente. O la protege frente a toros intimidantes atándole los cuernos de un ciervo que el ranchero ha colgado sobre el dintel de la puerta del comedor colectivo. Y cuando se da cuenta de que el ranchero ha vendido el ganado como carne de matadero, hará lo posible por salvar de nuevo a su amiga.

Este vínculo con un animal lo pone Keaton en relación con el trato que Friendless mantiene con los hombres del rancho y de lo que podrían sacarse inesperadas asociaciones entre este personaje y los hombres que hoy dicen adscribirse a una de esas corrientes denominadas como nuevas masculinidades, hombres que se dicen sensibles, contramodelo de los hombres rudos, los vaqueros brutos, sarcásticos, que se burlan en El rey de los cowboys del personaje de Keaton. Hasta la pistola que enfunda en su cartuchera es un objeto diminuto, como de juguete, de cachas nacaradas como las que llevaban entonces las mujeres en sus bolsos para defenderse. Aunque llegado el momento, tampoco es capaz de disparar un arma en condiciones. O de montar, y ni siquiera un caballo: una mula.

Muchos de los gags de Keaton disparan irónicamente contra ese modelo de cowboy que acabaría convertido en el emblema de hombre americano en un famoso anuncio de tabaco.

Pero, en su sencillez, no todo es tan simple en el cine de Keaton. Al volver a la civilización, a la ciudad donde el ganado será sacrificado para servir de alimento a los urbanitas, dirige sus burlas hacia los hombres corrientes de ciudad, que nunca han visto de cerca una vaca y cuya sola presencia les aterroriza. Ya entonces, la película muestra que esa escisión entre el campo y la ciudad es un artificio, una consecuencia de la incomprensión, del desentendimiento. Los urbanitas se comportan como se comportaba el personaje de Keaton a su llegada al rancho, como ignorantes, y huyen despavoridos ante la irrupción de cientos de reses que avanzan por calles y avenidas en dirección a los corrales donde las venderán.

Esta espectacular y cómica secuencia final de El rey de los cowboys constituye una de las recurrentes apoteosis del cine de Keaton, una variación de otros de sus inolvidables despliegues visuales, como la escena del tornado en El héroe del río, la de la persecución de las mujeres en Siete ocasiones o la de los policías en Cops. Ya sea en estos minuciosos y armónicos espectáculos que dan sentido al adjetivo hollywoodiense, o en los pequeños momentos en los que los prodigios suceden en un único plano y con un único intérprete, las artes cómicas del mago Keaton aguardan sin apenas merma, a pesar de su longevidad, a nuevos espectadores.

‘El rey de los cowboys’ está disponible en Plex TV

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