La vuelta al cole no es igual para todos
Fotografía de la autora, Victoria Iglesias, cuando tenía alrededor de 6 años.
Puede que los álbumes de fotos de generaciones pasadas todavía conserven imágenes de pupitre. Las miradas de estos retratos son inocentes y no saben que están partiendo en desigualdad de condiciones. Un gran porcentaje del alumnado que cursa Primaria en España lo hace en colegios privados y concertados. Después, muchos de estos alumnos cursarán también estudios superiores en centros de élite. ¿Acaso se consigue de esta manera una mejor formación o simplemente uno desea rodearse de los amigos influyentes que controlarán la sociedad?
Me pregunto esto mientras veo mi imagen de niña en un colegio público de monjas vasco-francesas en la margen izquierda del Gran Bilbao. Es una de esas fotos que nos hacían como recuerdo. Debo de tener unos 6 años. No es que exactamente recuerde el momento, pero por la expresión tengo catarro y me pica el cuello del jersey. Es probable que esté preocupada por si a mi madre se le ha olvidado meter en mi bolsillo un pañuelo de algodón. Huele a goma de borrar y al detergente de la bata recién lavada. Recuerdo perfectamente el tacto de los botones de plástico que previamente se han deslizado entre mis dedos pequeños. Las hojas del libro también huelen.
Como cualquier niña que empieza no sabe muy bien dónde está. No sabe de colegios públicos o privados, si aquello te lo dan gratis o si tus padres están pagando dinero por ello. No hay nada que cuestionarse. Simplemente, con más o menos fortuna, aceptas la autoridad de la persona que tienes enfrente y que te va enseñando.
Tengo que decir que nunca olvidaré los papos de una niña, más rojos que mis pinturas, cuando recibía tortazos, tantos como números en una cuenta se había equivocado. Afortunadamente, eso solo pasó con una tal Mª Ángeles, una profesora seglar en 2º de Primaria. Supongo que ya la habrá palmado, como le pasó al dictador en el curso siguiente.
A partir de ahí, las monjas que ya nos enseñaban euskera nos dejaron interpretar lecciones con teatro. Incluso los fines de semana se inventaron un cine club donde veíamos Tarzán y La Casa de la Pradera. Se puede decir que fui una estudiante muy aplicada, competía en notas con una vecina que se llamaba Luchi ( después cambió todo un poco, al cambiar en BUP y COU, a un colegio mixto).
También se puede decir que aprendí a leer muy pronto. Todo iba bien leído excepto una palabra: submarino. Yo era incapaz de decirla seguido, sin trabarme. Me atascaba, me hundía, y en concreto en esta frase:
“Isaac Peral inventó el sub sub subma rino”.
Desde ese momento, por supuesto, acepté que lo inventó ya para toda la vida; aunque no supiera nada de torpedos, ni hubiera oído nunca, en mi vida, mencionar a Cornelius Drebbel, ni a Borelli, etc…
La niña de la foto, por entonces, ignoraba que un día se iba a topar con Isaac Peral, quiero decir con su submarino, cuando muchos años después, y con una cámara colgada del cuello, visitaba Cartagena para embarcarse de verdad, pero de verdad, en un submarino. No pudo dejar de reír por dentro ante las ironías que tantas veces se gasta la vida.
Un día, en estas, tienes un hijo, y aquello que ya habías dejado atrás, incluidas las pinturas Manley y las gomas de nata, salta de nuevo. Y te preguntas tantas cosas…
Uno espera, lógicamente, que cualquier niña o niño va a recibir la mejor educación en iguales condiciones, ¿lo lógico, no? Ya, contesto yo: esto no es cierto.
Saltándome la Primaria, que daría para muchos artículos, en un instituto de Secundaria, en la primera reunión de profesores en el aula de mi hijo, me encontré sentada en un pupitre colocado frente a una pared llena de garabatos. Para escuchar lo que decía la profesora había que mover la silla e inclinar un poco la cabeza. Si a eso se unía que era el año 2021, y las ventanas de las aulas tenían que estar abiertas por el tema de la pandemia, el ruido de los coches por la calle Toledo de Madrid era tal que dudo que algún alumno pudiera escuchar algo… Aunque también soy consciente de que en muchos centros públicos la calidad de la enseñanza es superior a la de los privados.
Esta primavera, escuchando la radio en la cocina, un tertuliano dijo que la Selectividad o la EVAU, o PAU, o como quieran llamarla, nos igualaba; que ahí se enfrentaban a lo mismo, ya que lo exámenes eran exactos para todos, sin entender de clases sociales, ni de tipos de colegios…
Vamos, que cuando lo escuché… se me cortó la mayonesa… ¡Ja! ¿Será idiota?, pensé. ¿Pero no se da cuenta de que la nota de corte solo supondrá un problema para aquellas familias que no tengan dinero para costear una universidad privada?
“Que se jodan y estudien más”, escuché a unos amigos en una cena. Y lo preocupante era que lo decían en serio. Ambos coincidían en que sus hijos, después de ir al Colegio Los Rosales (en Madrid), iban a estudiar en la mejor, en esta o en aquella, universidad privada; es la top de Europa, recalcaba uno. Y no la elegían y se iban a gastar miles de euros porque su hija tuviera una gran ambición por el saber, la cultura o el alma dedicada a la ciencia, sino porque allí era el sitio “ideal que te mueres”, el perfecto para relacionarse. Rodeada de compañeros cuyos padres gozaban de un gran poder adquisitivo se crea así un club, el de los influyentes, que por supuesto solo tiene como socios a aquellos que dieron el callo en la PAU (jajaja).
¡¡Ay!! A ver qué ojitos hubiera puesto la niña de la foto si le hubieran advertido.



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