Las distopías me cansan ya, hablemos de la esperanza
Javier Peña, ante un ‘simulador de emisiones’ o calculadora de la huella de carbono, en una secuencia de la serie ‘Hope!’.
Necesitamos esperanza, sí, y necesitamos utopías. La proliferación de series distópicas se ha convertido en un canto al conformismo, a la apatía, a lo reaccionario. Me cansan. Dado que el futuro que nos plantean es terrible, quedémonos como estamos, ¿no? Pero donde estamos ya es un infierno para muchos millones de personas y seres vivos. Quizás la utopía puede venir desde un huerto comunitario… o desde una simple planta de maíz.
Días, meses, años (Automática Editorial), de Yan Lianke, un descubrimiento reciente, cuya lectura me ha recordado inevitablemente a Las uvas de la ira, de Steinbeck. La novela de Lianke es breve, hipnótica, a veces se mueve entre la realidad y los sueños (me gusta más que el calificativo de Realismo Mágico con que editoriales y críticos aluden a este tipo de narraciones). Lo que cuenta es esto. Una terrible sequía asola la sierra de Balou, en China. No hay nada que cultivar, nada que comer. La gente emigra, salvo un anciano y su perro ciego. El ciego ha volcado toda su esperanza en una diminuta planta de maíz que resplandece en la aridez del lugar.
Con una prosa poética, vibrante, sobrecogedora, nada complaciente, Lianke nos narra en tercera persona una historia de resistencia. Comienza así, y uno ya no puede dejar de leer: “El año de la sequía eterna, el tiempo quedó calcinado, convertido en cenizas. Al apretarlos entre las manos, los días tiznaban y abrasaban como el carbón, bajo una cadena de soles deslumbrantes que surcaba sin descanso el cielo. De la mañana a la noche, el anciano percibía el pardo olor a chamuscado de su pelo y, en ocasiones, al levantar las manos hacia el cielo, le llegaba al instante un hedor negro a uñas quemadas”. Uno de los aciertos de esta novela es la relación ambivalente del hombre con su perro ciego, que para mí es como un Tiresias.
Esperanza. Hope. Así se titula la serie de Javier Peña que he visto intermitentemente en TVE. Peña, que había captado el interés en las redes al mostrar proyectos regenerativos y esperanzadores, decidió trasladar su proyecto al mundo audiovisual. Comunicar la crisis ecosocial desde el ámbito que sea (la ciencia, el activismo, el periodismo) lo convierte a uno a veces en una especie de “notario de la muerte”, pues lo cierto es que las noticias, como sabemos, no van en la dirección que a muchos nos gustaría, sino todo lo contrario: ya ni siquiera se aspira a no sobrepasar el grado y medio que fija el Acuerdo de París, pues se da por supuesto que lo superaremos en breve, sino que la deriva totalitaria mundial y la inacción de los gobiernos nos llevan a un territorio casi desconocido.
Por eso, Peña quiso darle la vuelta y mostrar ejemplos prácticos, proyectos e ideas, muchas de las cuales ya están en marcha, que, si se hicieran a escala global, podría suponer un freno al calentamiento global.
Esa es la intención de Hope!, la serie, que se enmarca dentro de un proyecto más global. Seis capítulos en los que este periodista y activista viaja por distintas partes del mundo en busca de las respuestas y experiencias que nos aportan la esperanza que necesitamos para promover el cambio que necesitamos. Sin esperanza, no hay acción, viene a contarnos. Jane Goodall (que también tiene un libro titulado Esperanza, una idea en la que basa gran parte de su trabajo) o Fernando Valladares son algunas de las personas a las que entrevista.
No hay que confundir la esperanza con el optimismo. Creo que el segundo concepto es una afirmación. Desde la posición optimista se cree que todo puede mejorar, que de hecho va a ser así. La esperanza es más bien una vela en la oscuridad, que diría John Berger, y a eso me sumo. A esa tibia luz que nos ilumine en un mundo cada vez más oscuro, una baliza que nos guíe en el corazón de las tinieblas. En todo caso, como afirma la activista brasileña, Eliane Brum, creo que el debate sobre optimismo/pesimismo/esperanza/colapsismo es un lujo que no podemos permitirnos y tiene más que ver con cierto eurocentrismo, más con el Norte Global que con el Sur Global. Lo importante, en todo caso, es actuar, se haga desde donde se haga.
Hope! es una serie recomendable. Cualquier intento por tratar de llegar al gran público es encomiable, no resta, sino que suma, y solo por eso el esfuerzo de Javier Peña merece la pena. Después de verla, uno podría salir con la sensación de que sí se puede, de que es posible el cambio. Sin embargo, digamos que para la gente más concienciada, la que se aferra a esa vela de la que hablaba antes a pesar de que cada vez ve menos claro un horizonte, una de la principales debilidades de la serie, y del propio proyecto, es que se centra demasiado en las soluciones técnicas y tecnológicas. Y pasa de puntillas por otras cuestiones, como el inevitable decrecimiento (aunque se crezca en otros ámbitos) material y de consumo.
No habrá un cambio real si no hay un verdadero cambio social, cultural y económico, si no pasamos de un modelo de producción capitalista, por muy verde que sea, a otro ecosocialista, si no salimos de nuestro antropocentrismo y empezamos a tener otra relación con el resto de seres vivos. Me da la sensación de que la idea que transmite Peña es que con algunos cambios de envergadura podemos seguir con la vida que llevamos (en el Norte Global). Y no podemos.
Necesitamos esperanza, sí, y necesitamos utopías. La proliferación de series distópicas se ha convertido en un canto al conformismo, a la apatía, a lo reaccionario. Me cansa, como lector. Dado que el futuro que nos plantean es terrible, quedémonos como estamos, ¿no? Pero donde estamos ya es un infierno para muchos millones de personas y seres vivos. Quizás la utopía puede venir de un huerto comunitario, como plantea en Huertopías (Capitán Swing) J. L. Cadevante, Kois, desde el activismo de barrio, de lo local. Rescato dos de la citas que incluye en este libro enjundioso, comprometido, estimulante y luminoso. “Hay demasiadas malas noticias para justificar la autocomplacencia. Hay suficientes buenas noticias como para justificar la desesperación”, de Donella Meadows. Y permítanme terminar con otra de Cortázar: “Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida defendiéndose”. Defendámonos.



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