Los bulos acechan… Vamos a contar verdades 

Es un bulo muy extendido por los conspiranoicos que nos envenenan desde los aviones. Foto: Pixabay.

La Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA), con más de 200 miembros en toda España, ha celebrado recientemente su 16º Congreso Nacional en torno a un asunto que daña enormemente no sólo la profesión, sino también el equilibrio social y la salud democrática. Un congreso con un título muy sugerente que le da la vuelta a una antigua canción infantil: ‘Ante los bulos… Vamos a contar verdades’. ‘El Asombrario’ asistió a un valioso despliegue de preguntas y algunas respuestas en torno a la desinformación que nos acecha.

María García de la Fuente, presidenta de APIA, lo resumió bien en sus palabras de clausura: “Hemos vividos dos días intensos hablando de desinformación, y hemos logrado poner el foco en la importancia de nuestra profesión. (…) El papel de los periodistas ambientales es clave, porque el relato cuenta y mucho. Los periodistas tenemos una gran responsabilidad a la hora de informar y os invito a seguir demostrando que los periodistas ambientales basamos nuestro trabajo en el rigor y la calidad. La desinformación circula a alta velocidad, mientras que el trabajo de desmentir bulos necesita tiempo, fuentes y datos. Por eso, conocer el origen y las intenciones de los bulos es vital para detectarlos a tiempo y minimizar su expansión” (…) “La desinformación se ha convertido en uno de los principales riesgos para la democracia, la ciencia y la acción climática. El reto que tenemos por delante es mayúsculo, ya que los periodistas nos jugamos el prestigio. El periodismo contribuye a hacer sociedades con un pensamiento crítico, para hacer frente a los bulos”. Fue clara y no se anduvo con medias tintas: “Confiamos en ver avances importantes en materia de desinformación, que los que expanden bulos no queden impunes y que haya condenas. Y los periodistas ambientales estaremos para contarlo y explicarlo”.

Y terminó: “Ahora tendremos la entrega de los Premios Vía APIA y Vía Crucis que reconocen a las buenas fuentes informativas que facilitan el trabajo a los periodistas y a las que ponen trabas y lo dificultan”.

Dos premios, por cierto, muy directos y muy aplaudidos.

El premio Vía APIA a la transparencia informativa ha ido a parar este año a los Bomberos Forestales, cuyo trabajo resultó muy loable frente al nefasto verano de incendios de este año, “por estar compartiendo información a través de sus organismos y sus redes sociales sobre la evolución de los incendios y estar disponibles para atender a los medios a través de sus portavoces, totalmente independientes de las presiones políticas, que habrán sido muchas”.

Y el merecidísimo premio Vía Crucis a la opacidad informativa ha recaído en 2025 “en el Gobierno de la Generalitat Valenciana y en especial su (ex) presidente Mazón, por ocultar y retrasar información ambiental que podía haber salvado vidas y por las posteriores justificaciones que aún sigue dando para no asumir su culpa”. 

En la sesión de clausura, la vicepresidenta y ministra para la Transición Ecológica y Reto Demográfico, Sara Aagesen, también mostró su preocupación por la viralidad de los bulos, algunos tan burdos que cuesta creer que vayan a ninguna parte, pero que llegan a calar entre sectores acríticos de la población. Calificó la desinformación como “uno de los grandes peligros actuales, que atenta contra las más elementales normas de convivencia”. Señaló que acecha de manera especialmente virulenta contra la triple crisis ambiental global: crisis climática, pérdida de biodiversidad y contaminación; “de ahí que me haya encantado el lema de este congreso: Vamos a contar verdades”. Algunas de sus frases: “La desinformación oscurece el debate público; necesitamos anclarnos en la ciencia y en información contrastada y veraz. Frente al ruido, ruido, ruido, necesitamos datos, comunicación responsable”. “La información ambiental es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Las dudas sobre realidades científicamente comprobadas erosionan la confianza en las instituciones y crean desafección”. “Vuestra labor es fundamental, os necesitamos”.

un buen grupo de socios de APIA y participantes en su último congreso con la ministra de Medio Ambiente.

Un buen grupo de periodistas de APIA, en la clausura de su último congreso, con Sara Aagesen (en el centro, con jersey a rayas), vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

Para subrayar la importancia del reto, la vicepresidenta recordó que la reciente Cumbre del Clima de Brasil se abrió haciendo un llamamiento a la verdad, a la información veraz. “En la COP pude comprobar que el reto es global, que está por todas partes y creciendo. En el Ministerio nos preocupa y ocupa. Nos preocupa cómo se desacredita día a día a científicos y periodistas, cómo por ejemplo se ha convertido a la AEMET (Agencia Estatal de Meteorología) en blanco de campañas no solo de bulos, sino también de odio, con mensajes en redes muy preocupantes”. Citó como botón de muestra de la desinformación galopante e insidiosa el reciente primer discurso del nuevo presidente valenciano, Pérez Llorca, en el que se refirió al Pacto Verde Europeo como una de las mayores amenazas para los agricultores, “cuando es justamente lo contrario, exactamente lo contrario, que es a ellos a quienes más beneficia”. Y terminó subrayando: “Necesitamos y reconocemos el trabajo de los periodistas ambientales, vuestro compromiso y rigor para explicar lo que es complejo y para divulgar sin simplificar”.

En este sentido, el reciente estudio ¿Cuánto cuesta una mentira? El impacto de la desinformación sobre el bienestar emocional de la juventud en España, preparado desde la agencia de comunicación evercom, junto a la Fundación FAD Juventud y la Universidad Complutense, ha analizado cómo la desinformación afecta a los jóvenes españoles, centrándose en sus hábitos de consumos informativos, su bienestar emocional y su impacto social. Han entrevistado 800 perfiles de entre 15 y 24 años. Y los resultados dan que pensar. Aquí unos cuantos titulares: El 70,3% de los jóvenes se informa principalmente a través de redes sociales, y casi la mitad pasa entre 3 y 4 horas diarias en ellas. Eso sí, son conscientes de que algo no funciona: 8 de cada 10 jóvenes aseguran encontrarse con desinformación con frecuencia, especialmente sobre política (59,1%), migración (38,1%) y conflictos internacionales (30,9%). Aunque un 60,9% dice seguir a medios o periodistas en redes, esa misma proporción (6 de cada 10) admite quedarse solo en titulares.

El uso continuo de redes tiene un coste emocional claro: el 42% termina mentalmente agotado, el 35% siente ansiedad ante la posibilidad de estar leyendo noticias falsas y el 31% ha dejado temporalmente las redes, mientras que un 40% adicional se lo ha planteado.

El 87% de los jóvenes considera que la desinformación ha dañado la calidad democrática, y 4 de cada 10 creen que las instituciones no están preparadas para afrontarla. Además, la confianza informativa es baja: solo un 43,2% confía en los medios tradicionales y apenas un 34,2% en la información que circula en redes sociales. La desinformación afecta también a la actividad cívica: solo el 24,6% participa en asociaciones o colectivos, y más del 40% asegura no haber votado nunca, pese a tener edad para hacerlo.

Unos resultados no muy alentadores. Volviendo al Congreso de APIA –en el que contaron sus experiencias ante los bulos y la agresividad desinformativa entidades como IHOBE (Sociedad Pública de Gestión Ambiental del Gobierno Vasco) , Signus y Ecolec, y expertos como Carlos Elías, director de la cátedra Jean Monnet de la Universidad Carlos III de Madrid, y Ramón Nogueras, psicólogo, divulgador y autor de Por qué creemos en mierdas–, algunos participantes se detuvieron en el daño que producen medios negacionistas como Libertad Digital y programas amantes del misterio como Cuarto Milenio (al que se citó repetidamente). Rayando lo paranormal, se puso como ejemplo de bulo tremendo pero viral el que apuntaba que la catastrófica Dana de hace un año fue desviada mediante radares hacia la Comunidad Valenciana para dañar su producción agrícola y así incentivar la importación de productos hortofrutícolas de Marruecos, dentro de un acuerdo secreto de Pedro Sánchez con el Rey Mohamed VI. Bulos que mezclan hasta lo increíble la xenofobia, el odio al Gobierno español y el negacionismo climático y científico. 

En resumidas cuentas, se realizó un buen retrato del bulo: es rápido porque no necesita contrastar nada ni partir de ningún dato y se basa en el impacto emocional, por lo que se extiende rápidamente aprovechando las redes sociales. Y algo quedó muy claro: se necesita mucha más energía para combatir un bulo que para crearlo y expandirlo. Por ejemplo: Cuando el apagón general del pasado mes de abril, fue muy fácil salir una hora después diciendo que había sido un ataque ruso o que la causa estaba en la inestabilidad del sistema eléctrico por las fuentes renovables. Ningún dato hacía falta para lanzar estas sospechas. Sin embargo, la verdad a menudo es tozuda y precisa meses de análisis hasta llegar a ella, pero, claro, el vertiginoso ritmo de las redes y las sociedades occidentales actuales mal se adapta a esa necesidad de tiempos largos para investigar y obtener resultados objetivos.

La subjetividad es más rápida y emocionante. La realidad es más compleja, matizada, relativa, lenta y, seguramente, sosa. Ahí estriba la desigual batalla entre verdad y bulo. Cuestión de tiempos y visceralidad. A menudo la gente vive en realidades tan grises y poco excitantes, que necesita estos aportes extras de adrenalina y fantasía, incluso aunque en su fuero interno no se lo terminen de creer (como sucede con los terraplanistas y con quienes opinan que las estelas de los aviones nos están fumigando con tóxicos). Para cuando la verdad se llega a saber, muchas veces ya es tarde. El daño está hecho. Y un nuevo bulo está esperando ansioso para superponerse al anterior.

Pero también se desplegaron en el Congreso de APIA, coordinado por la periodista Rosa M. Tristán, colaboradora de El Asombrario, las bases de la estrategia: no ceder, no darse por vencidos, dar la batalla, transparencia y datos, datos, datos, contexto, contexto y contexto… Ah, y no olvidar que no todos los que se hacen llamar periodistas y medios informativos son periodistas y medios informativos; que una variante de la contaminación se llama infoxicación y, como los microplásticos, puede infiltrarse en nuestro organismo hasta provocar cuantiosos daños. Es básica la educación desde Primaria, crear mentes críticas y creativas que puedan reaccionar en situaciones críticas en las que los bulos son aún más peligrosos, como la pandemia por covid, el apagón, las andanadas de Putin, Netanyahu o Trump, la peste porcina, la gripe aviar, la dana del año pasado, la ola de incendios forestales del pasado verano…

En fin, ya que en la mayoría de los casos hay una intencionalidad tras los bulos, tengamos una certeza en este mundo de incertidumbre: no es lo mismo información contrastada que información contratada. 

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