Limpieza, gestión y ovejas: cómo prevenir otro año negro de incendios
Ovejas pastando, factor clave de prevención para mantener limpios los montes y evitar que se acumule mucho material inflamable que alimente los grandes incendios.
Frente a los incendios, limpieza y ovejas. Estos son los dos mensajes más repetidos en los días posteriores a los incendios forestales que asolaron 400.000 hectáreas de la península el verano pasado, dos propuestas que parecen sencillas pero que ocultan dificultades y controversias. En un país donde el abandono rural está detrás de gran parte del problema, agudizado por el cambio climático, el camino resulta más fácil en su enunciado que en su puesta en marcha, aunque proyectos como el LIFE Soria Forest Adapt, en el que colaboran FSC y la Fundación Global Nature, entre otros socios, son un ejemplo de cómo la gestión humana es fundamental. Ayer hablábamos de cómo actuar ya en los terrenos calcinados; hoy preguntamos a los expertos por medidas más a largo plazo, de prevención, para evitar otro verano desastroso como el de este año.
“Lo importante es mantener un tejido agro-forestal de mosaico, lo que requiere un tejido social. Se trata de aprovechar recursos de montes o pagar por los servicios que nos prestan regulando el clima o el agua. Las soluciones inmediatas a los incendios no son buenas compañeras; es cuestión de hacer nuestros bosques más resilientes, haciendo clareos de árboles, fuegos controlados… Si no, volverán a arder”, apunta Josep María Espelta, experto en regeneración del CREAF (Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales).
Son propuestas en la línea de las que organizaciones como WWF España, cuyos informes sobre incendios son exhaustivos, vienen difundiendo desde hace años. Ya en 2019 esta ONG estimaba que al menos 2,32 millones de hectáreas forestales estaban abandonadas o sin aprovechamiento agrario, lo que favorece la expansión de unos bosques que van a más, pero sin los herbívoros que los mantenían de forma natural ni los introducidos por el ser humano. La cabaña ovina ha caído casi un 40% y la caprina un 30% en tres décadas. En 1990 había 22,5 millones de ovejas, ahora son 13,4 millones y bajando. Y la perspectiva no es halagüeña si no se cambian las cosas: para 2030, se estima que cerca del 10 % de la superficie agraria podría estar en riesgo alto o muy alto de abandono y entre las causas se apunta la falta de rentabilidad y, por consiguiente, la ausencia de un relevo generacional que se considera imprescindible, pero que no se incentiva.
Para recuperar los paisajes y gestionar los bosques, desde WWF han creado unos Estándares para la Certificación de proyectos de Restauración de Sistemas Forestales que incluyen unos criterios ecológicos y socioeconómicos que tienen en cuenta tanto a las personas de las comunidades como el mantenimiento de un paisaje resiliente frente a incendios cada vez más destructivos. Son “mosaicos” en los que pastos, bosques autóctonos y cultivos conviven como en el pasado, tanto en zonas públicas como en ese 72% de la masa forestal que es propiedad privada.
La iniciativa es similar a la apuesta de la fundación CESEFOR, un centro tecnológico enfocado a promover la gestión y el aprovechamiento sostenible de los recursos forestales. Tienen en marcha el proyecto Agroforest, financiado por la Fundación Biodiversidad. Su objetivo es crear sistemas agroforestales que transformen terrenos degradados en espacios que perduren, pero que también generen beneficios, es decir, lograr crear empleo y a la vez mejorar una biodiversidad que reduce el riesgo de incendios. “Intervenimos en sotos de castaños, dehesas o prados para que haya diferentes aprovechamientos (frutos, madera, corcho, resinas o setas) que a la vez ayuden a mantener y proteger esos montes. Está claro que nuestros bosques requieren una gestión preventiva para eliminar lo que se llama combustible, es decir, exceso de materia vegetal seca. Con Agroforest trabajamos en 300 hectáreas, a la vez que con el proyecto Bionnomia promovemos la trashumancia y la ganadería extensiva”, explica su director de operaciones, Roberto Rubio, que también preside la organización FSC.
A Rubio, como otros especialistas en recuperación de bosques, le gusta utilizar la palabra biodiversidad ligada a la restauración. También es la más repetida en el ámbito científico. “En el clima mediterráneo siempre han existido incendios, pero ahora son mucho mayores, y eso pasa por intervenir. Deben hacerse clareos en los montes, es decir, talas controladas, recuperar la silvicultura, usar fuego controlado, etcétera, pero además hay que tener en cuenta que las plantaciones de una sola especie son muy vulnerables, mientras los paisajes-mosaico reducen el riesgo. En realidad, con actuar con intensidad en un 5%-10% de la superficie forestal ya se haría una gran prevención”, asegura Javier Madrigal Olmo, científico del Instituto de Ciencias Forestales (ICIFOR-INIA-CSIC).
En realidad, estas medidas ya figuran a nivel oficial en la Estrategia Nacional Forestal, revisada en 2022 y vigente hasta 2050, o en la Ley de Montes, modificada en 2015, si bien la puesta en práctica de lo que recogen es otra cuestión, como recuerda Arantza Pérez Oleaga, vicedecana del Colegio de Ingenieros de Montes . “Si no se invierte en ello se queda en papel. Hoy tenemos en España 17 direcciones generales que son las responsables con pocos recursos para gestionar mucho territorio, del que la mayoría es privado y está abandonado, como seguirá si no se adoptan medidas concretas que incentiven un cambio”, apunta la experta. Para estos casos, propone desde incentivos fiscales a pagos por los servicios que dan los bosques a toda la sociedad, proporcionando calidad de agua, aire y biodiversidad: “Ya hay muchas empresas que quieren invertir en biodiversidad, pero es que también hay que apoyar al silvicultor forestal activo”. Otra cuestión que remarca es el mantenimiento en las zonas habitadas en áreas forestales, la llamada interfaz urbano-forestal. “Se precisa mucha divulgación social porque estamos tan desconectados del mundo natural que ni somos conscientes del riesgo de vivir cerca de los bosques”, argumenta.
Canalizar ayudas de empresas a la restauración forestal es justo lo que hacen en la empresa Retree, dedicada a la regeneración con un fuerte componente tecnológico. En Retree escogen terrenos –prefieren de titularidad pública para garantizar la protección durante décadas– con una fuerte erosión del suelo, como la que causan los incendios, y ponen en marcha planes de reforestación con especies resistentes en cada lugar. “Primero hay que esperar cinco años a ver lo que se regenera de forma natural. Donde no sale nada, se estudia el suelo y se plantan especies resilientes al clima, muchas frondosas como robles, encinas, fresnos… Como son lentas de crecimiento, a veces plantamos pinos, que crecen más para que las den sombra, de forma que haya capas de vegetación a diferentes alturas. Yo soy de Orense y es visible que el estrés hídrico aumenta, así que lo importante es que luego se gestione durante años, lo que no consiste en limpiar un bosque de todos los matorrales, como si fuera un jardín, sino en cuidarlo siguiendo unas premisas técnicas adecuadas”, explica a El Asombrario su directora, Leticia Pérez Lobón.
La empresa de Pérez Lobón cuenta con un sistema de medición de la absorción real de CO2 en las zonas que reforestan, controladas vía satélite. Gracias a unos algoritmos, miden la respiración de los árboles que plantan, a la vez que controlan los que mueren, las marras, para su sustitución. “Los tres primeros años de un nuevo árbol son críticos y el monitoreo es fundamental. Recuperar un bosque biodiverso es más caro que un monocultivo, pero sale a cuenta, porque no queremos vender humo”, asegura (y nunca mejor dicho).
Más allá de este control tecnológico, está el más tradicional: la ganadería extensiva. Apenas quedan 90.000 pastores en todo el país de ovejas y cabras. El pasado 19 de octubre atravesó Madrid un buen rebaño de ovejas trashumantes en reivindicación de las vías pecuarias, terrenos públicos tan abandonados que, tras cruzar la ciudad para las cámaras, tuvieron que meterlas en camiones para completar parte de la ruta hasta Aranjuez, como denunciaba Ecologistas en Acción. “Es preciso recuperar esta ganadería extensiva, mantener ese tejido social que aprovecha los montes, porque, si no hacemos nada, volverán a arder por más que se recuperen”, señala el experto de CREAF, si bien no se da con la tecla que anime a dedicarse a esta profesión, ocupada hoy por muchos migrantes y con sueldos poco atractivos para la dureza del trabajo.
El profesor de Gestión Forestal Luis Díaz-Balteiro, de la Universidad Politécnica de Madrid, lleva tiempo alertando de este abandono en montes que, recuerda, durante siglos fueron manejados por los humanos. Como experto, insiste en que deberían valorarse las pérdidas que generan los fuegos para “transmitir a la sociedad que lo que arde no son sólo hectáreas”, sino fundamentales valores naturales y una producción que podría ser fuente de ingresos. Díaz-Balteiro denuncia que en las políticas rurales figuren separadamente lo agroganadero y lo forestal, como si fueran dos mundos ajenos, y además “penalizando a los propietarios de montes, a los que se señala si no los cuidan, pero a los que no se compensa si lo hacen”. Esa falta de reconocimiento, asegura, “también fomenta el abandono rural y, con ello, se aumenta la probabilidad de que el predio sufra un incendio”.
En este sentido, un ejemplo a seguir podría ser el de Soria, con mucho pinar y poco fuego. Ahí, el del proyecto europeo LIFE Soria Forest Adapt, coordinado por la Fundación Global Nature y con socios como FSC y Cesefor, hace años que promueve el pastoreo de vacas bajo los pinos. También utilizan herramientas tecnológicas, como la Forest Adapt Tool, que simula el impacto del cambio climático en la zona, o el Fitoclim, que predice la distribución de las masas forestales. De este modo, hacen planes de reforestación basados en datos que ayudan a mejorar y adaptarse al nuevo contexto, en áreas donde se vive de la productividad de la madera. En Soria, gran parte de los montes son comunales y su mantenimiento proporciona beneficios a todo el mundo rural.
“Cuando se ponga en valor todo lo que los bosques ofrecen podremos modular el tamaño de los grandes fuegos”, concluye Pérez Oleaga. “No desaparecerán, pero serán más controlables que lo que hemos visto este año”.




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