¿Qué convierte a un leopardo en un devorador de hombres?
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En esta sexta y última entrega de nuestras ‘Lecturas de Agosto’, nos detenemos de nuevo en el libro ‘Crímenes Animales’, escrito por la estadounidense Mary Roach y publicado este año por Capitán Swing. Y hoy viajamos a la India y reparamos en uno de los capítulos de este muy recomendable libro: ‘¿Qué convierte a un leopardo en un devorador de hombres?’. “Todos los años, en una zona más pequeña que Delaware, los leopardos matan a tres o cuatro humanos. Naha me informa de que entre 2000 y 2016 hubo 159 ataques de leopardos a humanos”. “Entre 1918 y 1926, los registros del Gobierno atribuyeron 125 muertes a un solo leopardo”.
La carretera a Pauri Garhwal atraviesa el Himalaya Medio, un reino poco poblado, con suaves montañas, situado entre las estribaciones bajas y los monstruos blancos sin aire del Gran Himalaya. Es un trayecto encantador, pero, como nos dicen las señales de tráfico, muy propenso a los accidentes. Los corrimientos de tierra son tan frecuentes que las laderas de algunas montañas parecen pistas de esquí. Cuanto más subimos, más pronunciadas son las pendientes y las curvas, hasta el punto que no queda otra que tomar cada curva a ciegas, tocando el claxon y preparándose para el impacto.
La carretera sigue el antiguo camino de peregrinación que une los santuarios hindúes a lo largo del río Ganges. En siglos pasados, los devotos recorrían el camino descalzos y dormían en sencillos refugios de paja. El peligro entonces no eran los choques, sino los leopardos, que tenían una documentada proclividad a colarse por una puerta mal cerrada. Entre 1918 y 1926, los registros del Gobierno atribuyeron 125 muertes a un solo leopardo, conocido en los medios de comunicación de la época como el «leopardo devorador de hombres de Rudraprayag».
Los templos permanecen y la gente sigue acudiendo, pero ahora van en coche y duermen en hoteles. La carretera está bordeada de alojamientos modestos: Hotel Nirvana, Om Hotel, Shiv Hotel. Nuestro chófer de hoy, Sohan, es simpático y aparentemente imperturbable, pues no le tiembla el pulso ante todo lo que la India pone en nuestro camino: vacas, desprendimientos, motoristas acelerados, un telar destrozado. Solo he notado una fugaz interrupción en su serenidad al ver a un hombre orinando en un quitamiedos.
Sohan conduce tan bien que he dejado de preocuparme por los inútiles cinturones de seguridad de los asientos traseros de los coches indios, una preocupación que divierte a Naha. (Naha sobre los airbags: «¿Te refieres a ese globo que se hincha de repente?»).
Entre hoy y mañana visitaremos tres aldeas de montaña, todas puntos calientes de ataques de leopardos. Si hay tiempo iremos a Rudraprayag, que se ha convertido en una pequeña ciudad. Un monumento se alza en el lugar donde el famoso devorador de hombres fue aniquilado por el famoso cazador de devoradores de hombres Jim Corbett. Naha hizo una peregrinación el año pasado en busca de descendientes de aldeanos de Rudraprayag que hubieran vivido en aquel entonces. Se vuelve hacia el asiento trasero para enseñarme fotografías. El monumento a Corbett necesita una buena restauración. El pedestal tiene una grieta y el bigote del gran cazador está astillado. Naha se las arregló para localizar a un nieto del sacerdote del pueblo que trabajó con Corbett. Una de las cosas que el hombre le dijo fue que cuando un leopardo acecha y mata a más de tres o cuatro personas, los aldeanos lo consideran un demonio.
No creo en los demonios, pero me pregunto qué demonios les pasa a estos leopardos. En Bengala del Norte, de donde acabamos de llegar, los ataques de leopardos son encuentros involuntarios. Después de una rápida refriega, el felino sorprendido se marcha. Puede haber heridos, pero rara vez hay víctimas mortales. Aquí, en el distrito de Pauri Garhwal en Uttarakhand, los leopardos acechan a los humanos como presa. Todos los años, en una zona más pequeña que Delaware, los leopardos matan a tres o cuatro humanos. Naha me informa de que entre 2000 y 2016 hubo 159 ataques de leopardos a humanos. En su gran mayoría fueron ataques depredadores.
¿Qué hace que una especie actualice su menú? ¿Qué pasó en Pauri Garhwal?
Corbett culpó a la pandemia de gripe de 1918. Murió tanta gente tan rápidamente —escribió en El leopardo devorador de hombres de Rudraprayag— que la costumbre funeraria hindú de llevar los cuerpos al Ganges para su cremación fue sustituida durante un tiempo por un rito más expeditivo. Se colocaba un carbón encendido en la boca del cadáver y lo arrojaban por la ladera en dirección al río. Un leopardo encontraba rápidamente su almuerzo y Corbett supuso que estos cadáveres despertaron en los carnívoros de Garhwal el gusto por la carne humana. Asimismo, el devorador de hombres de Panar —otro proyecto de Jim Corbett— empezó a matar a raíz de un brote de cólera. Corbett afirmó que este animal había matado a cuatrocientos humanos cuando él intervino. (La cifra se cuestiona en Leopards in the Changing Landscapes, de H. S. Singh, exfuncionario del departamento forestal de Gujarat, y por otros, entre ellos Naha. Corbett acechaba las ventas de sus libros tan hábilmente como acechaba a los grandes felinos).
Una cosa que puede jugar a favor de los bengalíes del norte es que sus leopardos sufrieron cazas exhaustivas por parte del Raj británico y sus compinches de la realeza india. Singh escribió que entre 1875 y 1925 las partidas de caza mataron a ciento cincuenta mil leopardos. «Es posible —dice Naha— que aún miren a los humanos con recelo». Ahora que los pumas de mi estado (que allí se conocen como cougars)1 ya no se cazan por recompensa, ¿han dejado de recelar de los humanos? Planteé la pregunta por correo electrónico al investigador de pumas californiano Justin Dellinger (a quien conoceréis dentro de poco). Él creía que no. Más que des- confiados, los pumas son sigilosos, un rasgo que han desarrollado a lo largo de miles de años probablemente porque los convierte en cazadores más e caces.
Las colinas de Pauri Garhwal parecen una tarta nupcial de varios pisos. Las terrazas crean espacios llanos para la agricultura, pero no veo agricultores ni, al acercarnos, tampoco cultivos. Naha explica que la región ha sufrido una emigración considerable. Los aldeanos se marchan para buscar trabajo en las ciudades, porque casi todo es más fácil y rentable que cultivar las colinas. Las terrazas son difíciles de regar y, cuando las cosechas maduran, aparecen monos y jabalíes para saquearlas. En la década comprendida entre 2001 y 2011 se abandonaron 122 pueblos. Queda patente en el paisaje: kilómetros y kilómetros de terrazas en barbecho. Es como conducir por un mapa topográfico. En algunos lugares, los contornos han empezado a suavizarse con el regreso de la vegetación autóctona. Esta resilvestración crea matorrales que sirven de escondite a los leopardos cuando cazan. Casi el 99% de los aldeanos entrevistados por Naha para un artículo publicado en PLOS ONE creen que eso ha acercado a los leopardos a los hogares de los aldeanos. El 76% de los ataques de leopardo a residentes de Pauri Garhwal se produjeron en un lugar con una densidad arbustiva media o elevada.
A medida que la gente se marcha, se deja más ganado sin vigilancia: presa fácil para los leopardos. Naha señala que perseguir a las presas en laderas empinadas es, como cultivarlas, un desafío. Las cabras y los terneros facilitan la cena. En comparación con los ciervos y otras presas naturales, los animales domésticos son más lentos y menos cautelosos.
Al igual que los niños. El estudio de Naha muestra que el 41% de los aldeanos de Pauri Garhwal fallecidos por el ataque de un leopardo tenían entre 1 y 10 años. Otro 24% de las víctimas mortales eran jóvenes de entre 11 y 20 años.
Aquí Sohan interviene en la conversación. Aritra dormita, de modo que es Naha quien me lo traduce: «Él lo ha visto». Era 1997. Una niña de 13 años estaba sola en los campos, cortando hierba con una hoz. Serían las cuatro de la tarde. Sohan descansaba en un coche a unos metros de distancia cuando apareció un leopardo. «Lo vio todo con sus propios ojos —dice Naha—. El leopardo atacó por detrás. Saltó a la espalda de la niña y le perforó la yugular. Salía sangre. Fue muy duro».
Le pregunto a Sohan por el estado físico del leopardo. ¿Cojeaba? ¿Era viejo o estaba muy flaco? En otra de sus memorias, Jim Corbett propuso una teoría sobre los tigres de Bengala devoradores de hombres: sostenía que estaban enfermos o heridos y que atacaban a los humanos porque era lo único que podían derribar. (Como el puma que atacó a Ben Beetlestone). «Con los leopardos de Pauri Garhwal no es el caso», dice Naha. Se rasca un lado de la cara. La línea de su barba, antes precisa, también se está resilvestrando.
Sohan coincide. Después de aquella muerte, persuadieron a la familia de la chica para que dejara brevemente el cadáver allí don- de yacía. El leopardo volvería a su presa y los cazadores locales estaban avisados. Encadenaron el cuerpo a una estaca de hierro y los cazadores esperaron. Fue Sohan quien condujo el cadáver del leopardo al departamento forestal para la necropsia. Aparte de las heridas de bala, el animal no tenía lesiones ni le faltaban dientes ni los tenía rotos. «Estaba en perfectas condiciones».
Lo más frecuente es que los leopardos devora-hombres sean hembras con cachorros que alimentar. En su libro, Singh se opone al término «devorador de hombres», porque sugiere que el animal «ha enloquecido». Así se culpa al leopardo y no a los cambios causados por el hombre: la rápida desaparición de los bosques y de las presas que vivían en ellos. Además, señala, para un carnívoro la carne es carne. «Los grandes felinos comen todo tipo de carne. […] ¿Por qué no la de los seres humanos? ¿Quién les dio a estos magníficos grandes felinos esa etiqueta despectiva?», se pregunta. Y luego responde: Jim Corbett.
La mujer de Naha, Shweta Singh, también bióloga de la fauna, se ha reunido con nosotros para esta etapa del viaje. La pareja se conoció en el Instituto de la Vida Silvestre de la India, donde ambos trabajan, pero Shweta no ha venido por motivos de trabajo, sino porque aquí se está muy bien, el aire es más limpio y porque esta semana es Diwali y le gustaría pasarla con su marido. Shweta es un poco más joven que Naha y más ligera de espíritu. Comparten la pasión por la investigación y los lugares salvajes a los que esta los lleva. Ella y yo compartimos la pasión por las coloristas bolsas de tentempiés indios que se encuentran en cualquier puesto de carretera, colgadas en tiras como salchichas.
Sohan se detiene en un pueblo pequeño y nos apeamos para tomar un té (y dos bolsas de Masala Munch). Bajo la ventana del café hay una empinada pendiente que acaba en el Ganges. Los orígenes glaciares del río son evidentes en el tono turquesa claro del agua. Aquí arriba hace mucho más frío. Las mujeres llevan rebecas bajo el sari.
Naha me está informando de la normativa del departamento forestal para los leopardos que hieren o matan a humanos. A diferencia de Estados Unidos y Canadá, donde el animal sería, como ellos dicen, «letalmente apartado», aquí se distingue entre la conducta defensiva y la depredadora. O, como dice Naha, entre provocado y no provocado. Solo si un leopardo en concreto ha matado y se ha alimentado de tres o más humanos puede el director del Departamento de Vida Silvestre del Estado declararlo formalmente «devorador de hombres», tras lo cual está permitido que los cazadores o los agentes forestales le disparen. ¿Cómo saben que es obra de un solo leopardo? Colocan cámaras en la zona y aprenden a reconocer a los felinos locales y su territorio. (Los distinguen por sus manchas. El estampado de rosetas de cada leopardo es único, como las huellas dactilares humanas).
Los animales declarados devoradores de hombres ya no son reubicados. Aquí sí que coinciden con las agencias norteamericanas de la fauna. Si se traslada a un leopardo y este mata a una persona en su nueva ubicación, el departamento forestal puede ser considerado responsable. La investigadora de conflictos entre leopardos y humanos Vidya Athreya afirma que la propia reubicación vuelve más probables los ataques. Después de que se reubicaran 40 leopardos a una zona boscosa de Maharashtra en el 2002, la media de ataques anuales aumentó de 4 a 17, y no solo porque hubiese más leopardos en la zona. Athreya atribuyó el aumento a dos factores. Primero, los leopardos habían perdido el miedo a los humanos en el período de cautividad previo a la reubicación, y, en segundo lugar, el estrés de la captura y la liberación en un territorio desconocido los había vuelto más agresivos.
Además, como ocurre con los osos negros, la reubicación es una solución temporal. Si se saca a un leopardo de su territorio, pronto otro lo sustituirá. A menudo el recién llegado es un subadulto recién separado de su madre. Eso puede traer problemas, ya que los cazadores inexpertos son más propensos a cazar presas fáciles. Si la reubicación no es la solución, ¿entonces, qué? ¿Qué hace un departamento forestal con un leopardo que solo ha matado una vez o que se alimenta de ganado? Naha desvía su atención de un programa sobre naturaleza que se emite en un televisor montado en la pared del café, justo encima de nuestras cabezas. Un narrador expone datos sobre las musarañas.
—Se puede atrapar y mantener en cautividad —me dice.
Cuando le pregunto dónde, utiliza la palabra zoos. Le pregunto si es posible visitar alguno.
—No están abiertos al público —responde.
Así que en realidad no es un zoo. Intento imaginármelo.
—¿Espacios abiertos, como un coto vallado? ¿O jaulas?
Naha se pasa las manos por el pelo. El viento le ha despeinado el lado de la cabeza que daba a la ventanilla abierta del coche.
—Las dos cosas. Se les encierra un tiempo y luego se les libera en una zona más grande para hacer ejercicio.
—Como una cárcel.
Naha no discute la comparación. Los leopardos cumplen condena. Más tarde, navegando por internet, encontré los planes para actualizar lo que parecía ser un lugar similar, el South Khairbari Rescue Centre de Bengala Occidental, no muy lejos de donde habíamos estado la semana anterior. Veinticinco «refugios nocturnos» que se abrían a un prado vallado. No era para leopardos conflictivos, sino para tigres rescatados del circo y cachorros huérfanos de tigre y leopardo. También estaba cerrado al público.
Me llamó la atención el titular: «Eliminación de residuos sólidos y líquidos». Las «materias fecales» se trataban de forma distinta a los cadáveres, que iban a una Unidad de Recogida de Huesos. «Los huesos así recogidos se eliminan mediante su venta». ¿Participaba el Gobierno de Bengala en el comercio ilícito de partes «medicinales» de la fauna? Dado el alto precio de los huesos de tigre y leopardo, me pregunté si no sería tentador cambiar una cadena perpetua por la pena de muerte.
Al igual que en Estados Unidos, hay personas que se oponen a las políticas del Gobierno y se toman la justicia por su mano. Pero, mientras allí tenemos, por ejemplo, a californianos que liberan osos de las trampas de Pesca y Vida Silvestre, aquí en Pauri Garhwal la ira va en la otra dirección. Los aldeanos quieren que se mate a los come-hombres y no quieren esperar a la segunda o tercera víctima. La mentalidad de rebaño arraiga con rapidez. En una de las aldeas de nuestra ruta, un leopardo había matado recientemente a dos personas. Los residentes no contactaron con el departamento forestal, sino que ellos mismos colocaron una jaula trampa. Un joven que hablaba algo de inglés nos llevó al lugar donde habían atrapado al animal. «Había mucha rabia —dijo—. Y por esa rabia quemaron al leopardo. En la jaula». Tras un momento de silencio que confundí con melancolía, levantó su móvil. «¿Un selfi?». […]
Al mediodía ya nos hemos internado en territorio de leopardos. Naha señala por la ventana del coche el lugar donde un niño de 11 años fue atacado y murió cuando iba de la escuela a casa. Los últimos ocho kilómetros han sido una narración intermitente de muertes con la voz monótona de Naha.
En una parada de autobús, en un tramo solitario de la carretera cerca del pueblo de Kolkhandi: «Un anciano estaba sentado allí y fue atacado».
De camino a Ekeshwar, nuestro próximo destino: «Aquí hubo dos ataques. Una anciana a las cinco de la mañana. Y, en el mismo sitio, tres años antes, una persona de 38 años. Que volvía del campo».
Frente a un campo que linda con un bosque en Maletha, cerca de Ekeshwar: «Había unas 15 o 16 personas, segando. Fue un ataque muy audaz. Se llevó a una mujer. A plena luz del día».
Sohan se detiene en el arcén. La carretera a Ekeshwar es demasiado estrecha para nuestro vehículo, así que aparcaremos aquí. Naha saca su bolsa del maletero, lo cierra y señala la ladera que desciende hacia el pueblo. «Una mujer fue atacada y devorada aquí. A última hora de la tarde. Año 2015».
Cuando nos dirigimos andando al pueblo, pasamos junto a una mujer que camina con una hoz en la mano. «¿Ves a esa mujer? —dice Naha, ladeando la cabeza en su dirección pero sin señalar, como si estuviera a punto de contar algún jugoso chisme del pueblo—. Va al bosque. Ir sola a cortar hierba es un riesgo. Pero no tiene elección. Se acercan las nieves de invierno y las vacas necesitarán heno para comer».
El gobierno local de Pauri Garhwal adopta la forma de un «sis- tema de autoridades». Gánate la confianza y el apoyo del jefe de la aldea o del sacerdote y tu trabajo será mucho más fácil. Naha ha visitado esta zona muchas veces, ha entablado una relación con ambos y eso ha dado sus frutos. Primero nos detenemos en la casa del jefe de la aldea de Ekeshwar. No está, pero nos recibe su hermano Narender, un hombre alto y de dientes separados que pese al frío lleva chanclas, una granate y otra gris. Nos invita a entrar, o más bien a subir. En esta época llueve tan poco que las azoteas se convierten en espacios habitables. Hay chiles rojos puestos a secar al sol. Una antena parabólica se mantiene en alto sostenida por unas rocas.
Shweta hace de intérprete. «Le gustan los leopardos, aunque a veces se llevan su ganado. Dice que es su presa natural y él lo acepta. No apoya a nadie que los mate». En palabras de un ganadero estadounidense que conocí el año pasado que también es, aunque suene improbable, un defensor de los pumas: «Cuando tienes ganado, sabes que perderás algunas cabezas».
Naha ha pedido a Narender y a su hermano que designen aldeanos para formar un equipo de respuesta ante incidentes con la fauna. Es el mismo tipo de equipo que Naha está ayudando a establecer en Bengala del Norte, pero aquí es a los humanos, y no a los animales, a quien se intenta controlar. La mayoría de los candidatos son veteranos del ejército, porque son respetados en la comunidad y porque, según me ha explicado Naha, «son capaces de controlar a una multitud». He visto la lista del equipamiento para los miembros. Incluye un «escudo antidisturbios de policarbonato de 3-5 mm de grosor» y una «vara de fibra utilizada por el Departamento de Policía».
Shweta señala que la gente está tan furiosa con el Gobierno como con los leopardos. Si hubiera autobuses escolares, los niños no tendrían que caminar tres kilómetros al anochecer, cuando el riesgo de que un leopardo ataque es mayor. Si hubiera hospitales y ambulancias, un ataque no significaría la pérdida de una vida. Pero no los hay. El leopardo es una salida conveniente para su ira.
Naha ha organizado campamentos de sensibilización en muchos de estos pueblos. Anima a los padres a procurar que sus hijos vuelvan de la escuela en grupo. Intenta convencer a los aldeanos de que no arrastren el ganado muerto a la carretera para que se lo coman los buitres, porque los cadáveres también atraen a los leo- pardos. Las actitudes y las conductas cambian lentamente en una aldea pequeña como esta. Naha recuerda que hace 20 años se daban casos de mujeres de Pauri atacadas por leopardos cuando se acuclillaban en la maleza de noche para hacer sus necesidades. Con el tiempo se construyeron retretes en el interior de las viviendas, pero al principio la gente no los usaba. «Poco a poco han ido entendiendo que cagar dentro de las casas está bien». […]
Este año Naha ha animado a los jefes de aldea a solicitar fondos del Plan Nacional de Garantía de Empleo Rural Mahatma Gandhi. El dinero permitiría al pueblo contratar a alguien que podara la maleza alrededor de las casas y construir recintos nocturnos seguros para el ganado. Estas son las mismas sugerencias que los servicios de vida silvestre más progresistas del Departamento de Agricultura brindan a los propietarios que les llaman para que maten a un puma porque ha cazado a su ganado o su mascota. ¿Qué pasaría si los Servicios de la Vida Silvestre lo convirtieran en un requisito, en lugar de una sugerencia? Mejor aún, ¿y si organizaran y pagaran el desbroce o la construcción de los cercados? ¿Y si los agentes no progresistas tuvieran que empezar a serlo? Se lo comenté por teléfono a Stewart Breck cuando llegué a casa. Él no veía que fuera a convertirse en normativa. […]
El día termina en lo alto de una colina del pueblo de Khirsu, donde el Instituto de la Vida Silvestre tiene una casa. No está amueblada ni tiene calefacción, pero las vistas del valle son un bálsamo después de tantas horas en el coche. La ladera que hay justo detrás de la casa es boscosa y los aldeanos han puesto a secar manojos de hierba que han atado alrededor de los troncos de los árboles, fuera del alcance de las vacas en libertad. Aritra está a mi lado en un balcón, observando los árboles con faldas hawaianas. Y entonces oye algo.
Naha mira a su primo.
—A Aritra le asusta que un leopardo salte desde la colina. —Señala una parcela de terreno arenoso junto a un lateral de la casa—. Si hubiese un leopardo en los alrededores, habría dejado huellas.
Un gran langur, de cara negra y corpulento como un babuino, baja de un árbol y se lanza ladera abajo. Aritra y yo nos llevamos un susto de muerte.
—Y ahí está el «leopardo» de Aritra —ironiza Naha. Y entra para ayudar a Shweta con la cena.
Para disfrutar de las vistas (y porque no tenemos mesa ni sillas) comemos fuera, en una explanada de hormigón que hay delante de la casa. Shweta ha encendido un fuego y ha puesto encima un espetón confeccionado con ramas. Alguien abre una botella de Godfather Super Strong. Cuando terminamos de comer, son más de las diez. Shweta mantiene el fuego encendido. Naha nos habla de los aghori, unos monjes hindúes que practican el canibalismo ritual. Un bramido más fuerte y descarnado que un grito, apenas humano, interrumpe sus palabras. Es del tipo al que aspiran los efectos de sonido de las películas de terror y que casi nunca consiguen.
—¡Leopardo! —exclama Aritra—. ¡Leopardo! —No quiere decir que un leopardo esté haciendo ese ruido. Se refiere a que un leopardo está atacando a alguien. Sé que se refiere a eso porque es el sonido que yo también imaginaría saliendo de la boca de alguien que sufre un ataque así: terror más dolor más la compresión de las cuerdas vocales por la presión de las mandíbulas. Está ocurriendo directamente debajo de nosotros, al pie de la colina, en el sendero donde las tiendas del pueblo se encuentran con un grupo de casas—.
¡Levantaos, levantaos!
Eso hacemos, nos levantamos, y nos quedamos de pie, asustados y atentos, tratando de entender lo que ocurre. ¿Un leopardo? ¿Un loco? ¿Un borracho? ¿Los aghori? Otras voces se unen abajo, pero no suenan como si estuviesen presenciando el ataque de un leopardo o intentaran detenerlo. Pronto las voces se apagan mientras se llevan de allí a la entidad afligida.
Es tarde y el camino, muy empinado, no está iluminado. Preguntaremos por la mañana.
Hacemos el equipaje después de desayunar e iniciamos, cargados con nuestras cosas, el precario camino de descenso hasta el coche. El humo sube de las casas de abajo y también los sonidos matinales del Himalaya: mujeres que barren, hombres que tosen, cencerros. Al llegar al pie de la colina, Naha se detiene para hablar con una mujer en el portal de su casa y averiguar qué pasó anoche.
Vuelve al coche. No era un leopardo ni un borracho.
—Ha sido un caso de posesión demoníaca —le oigo decir en su tono imperturbable, como si hablase de un esguince de tobillo.
¿Son cosas que suceden a menudo por aquí?
Aritra introduce un montón de sacos de dormir en la parte trasera del coche de Sohan.
—Al menos una vez al mes —responde después de pensarlo un rato.
Recuerdo lo que el sacerdote de Rudraprayag le dijo a Naha sobre los leopardos que matan tres veces: son demonios. Así que quizá anoche sí que era un leopardo, a fin de cuentas.




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