‘Las trampas de la pornografía’: hablamos con sus tres autoras
Foto: Pixabay.
Disputarle el relato al guion pornográfico es lo que proponen tres autoras de diferentes generaciones, que firman un libro llamado ‘Las trampas de la pornografía’, que surge de sus reflexiones sociológicas y pedagógicas, a partir de sus experiencias en las aulas. Otra educación sexual es posible, más allá de la hipersexualización mercantilista del presente. En esta entrevista responden al porqué OnlyFans no se parece al resto de la autoexplotación digital o si hay manera de poner dique a la avalancha de pantallas sobre ‘pornonativos’ cada vez más pequeños.
“La pornificación nos devuelve a un mundo que estábamos en vías de superar: de vuelta a una doble moral sexual, una para chicos y otra para chicas. Esta es una de las ideas fuerza que recorre este libro”, escribe la filósofa Ana de Miguel, en el prólogo del recientemente aparecido Las trampas de la pornografía. La sexualidad que deseamos (Ed. Catarata), que firman la socióloga Amada Traba (A Coruña, 1958), la politóloga Priscila Retamozo (Buenos Aires, 1993) y la pedagoga Chis Oliveira (Pontevedra, 1957).
El tema está finalmente sobre la mesa. En efecto, esta publicación continúa a otras recientes (como la Pornocracia de Jorge Dioni), dedicadas a pensar la industria del porno “en tiempos obscenos” del capitalismo, tal es el subtítulo de otro libro, llamado Lo que esconde el agujero, que alertaba sobre el fenómeno, en 2018, escrito en coautoría por Martha Zein y quien esto suscribe.
En la contracubierta de Las trampas… se lee que, en este caso, se trata de tres autoras, que son “voces feministas de diferentes generaciones”, con trayectorias en las ciencias sociales y la coeducación. Así, con esta orientación hacia la educación sexual, el libro aborda, según Cobo, la sexualidad pornográfica como “un arma de disciplinamiento, de sometimiento y dominación”, que sabe bien “cómo hacer callar o invisibilizar las voces disidentes”, ya que, “si adoptas una posición crítica ante los contenidos que identifican sexualidad con violencia y humillación hacia las mujeres, eres una mojigata”.
A las autoras les propusimos, pues, un cuestionario que contestaron, aclarando que las tres han “pactado” las respuestas, “en una suerte de ejercicio colectivo, por lo que sus nombres podrían intercambiarse”.
En esta misma editorial se han publicado varios libros sobre pornografía en estos últimos años. ¿Qué creen que es lo más importante que puede aportar hoy a lo dicho sobre la industria del porno como síndrome (o epítome) de esta época turbocapitalista?
Priscila Retamozo: Se ha escrito mucho sobre pornografía, desde las feministas de los 80 como Dworkin o MacKinnon hasta hoy, con una preocupación creciente por lo que ocurre con las generaciones más jóvenes. Nuestro aporte viene de una mirada feminista y pedagógica, desde la experiencia de mujeres vinculadas a la educación de distintas generaciones. Eso nos permite señalar aspectos menos visibles como, por ejemplo, el modelaje del porno sobre el deseo y las subjetividades, tanto de chicas como de chicos.
Chis Oliveira: Además, siguiendo a autoras como Mónica Alario o Rosa Cobo, lo entendemos como un continuo de la violencia sexual normalizada, pero también como una infraestructura del capitalismo actual, que captura el deseo y lo precariza. Desde lo que vemos cada día en las aulas y otras formaciones que hacemos, nos interesa preguntarnos: ¿Qué tipo de imaginarios sexuales construye el porno? ¿Qué se pierde? Y, sobre todo, ¿cómo generar relatos y experiencias alternativas que liberen la imaginación erótica del patriarcado y del mercado?
¿Sabíais que el término ‘pornonativos’ fue justamente acuñado por las autoras de ‘Lo que esconde el agujero: el porno en tiempos obscenos’, en 2018? ¿Cómo podría actualizarse hoy la situación de los nativos digitales del porno… se han agravado las secuelas de la excesiva exposición de los niños, a edades tempranas, a esta hipersexualización que nos asalta desde las pantallas?
Amada Traba: Escogimos utilizar el término pornonativos en lugar de generación porno, más habitual en el mundo anglosajón, precisamente porque surge de autoras de nuestro propio contexto. Nos parecía importante situar la discusión aquí.
P. R.: Como señalamos en el libro, el hecho de que un chico se exponga a imágenes de violencia sexual, antes incluso de haber dado su primer beso o recibido sus primeras caricias eróticas, cambia radicalmente su experiencia, y le arrebata la posibilidad de vivir esas primeras veces desde otro lugar. En el capítulo 2 analizamos este impacto, apoyándonos en numerosos estudios y metaanálisis recientes. Pero lo cierto es que ni siquiera hace falta la evidencia académica para intuir cómo se agravan esas secuelas: basta mirar a los menores que generan deepfakes con inteligencia artificial, las dinámicas de acoso a compañeras en los institutos o la hipersexualización de contenidos que niñas y niños cada vez más jóvenes producen y consumen.
¿Qué hay del fenómeno ‘OnlyFans’? ¿Es solo parte de este impulso al emprendedurismo (y/o la autoexplotación) de estas trabajadoras digitales que somos?
A.T.: OnlyFans es un buen ejemplo de lo que llamamos “neoliberalismo sexualizado”. Se vende como empoderamiento y emprendimiento, pero en realidad reproduce la lógica del mercado: autoexplotación, mercantilización de la intimidad y precariedad. Y su situación no es comparable con la de otros “trabajos digitales”: ni las secuelas que genera, ni el relato social que construye, ni las consecuencias a largo plazo (con frecuencia, la entrada en circuitos de prostitución).
P.R.: Muchas creadoras entran buscando autonomía y acaban atrapadas en la exigencia de producir sin parar, competir por visibilidad y sostener vínculos parasociales con suscriptores. En una cultura pornificada, corre el riesgo de convertirse en un modelo aspiracional para chicas jóvenes, invisibilizando sus efectos emocionales y económicos, y afectando incluso a su propia seguridad.
En la ‘machosfera’, ¿cuáles son los rasgos sobresalientes de esa “nostalgia de los espaldas plateadas” que planteáis?
C.O.: Diría que el avance en los derechos y la posición de las mujeres, tanto en lo público como en lo privado, está descolocando a muchos hombres socializados en el patriarcado. Sienten nostalgia de una hipotética supremacía masculina: fuerza y control, victimismo, fratría que castiga la vulnerabilidad.
A.T.: Piensan que la solución está en una vuelta al pasado, en colocar a las mujeres en “su lugar”. Ahí hacen su caldo los gurús que venden manipulación como éxito y un algoritmo que une porno y antifeminismo para fijar esa identidad. Precisamente, porque tienen la necesidad de encontrar referentes y reconocimiento.
¿Cómo es que el deseo y el amor “se hacen”… porque siempre nos contaron que era algo espontáneo y sujeto a los chutes hormonales?
P.R.: Es cierto, pero la evidencia señala que el deseo y el amor no caen del cielo: se aprenden. Se moldean con guiones culturales (familia, escuela, cine, porno, redes, algoritmo), con lo que practicamos y repetimos. La biología importa, claro, pero es plástica: lo que vemos, nombramos y hacemos organiza lo que nos excita, cómo nos vinculamos y qué esperamos del otro.
C.O.: Cuando cambiamos los guiones, cambia el deseo. Si solo consumimos relatos de conquista, rendimiento y jerarquía, desearemos eso. Cuando nos inspiramos en otro tipo de imaginarios, que estimulan la ternura, el tiempo demorado, el consentimiento entusiasta, la escucha, el juego, el cuidado, la improvisación… el sexo se vuelve más excitante. Afortunadamente, no todo es “destino hormonal”, hay margen para soñar otra sexualidad posible.
¿Cuáles serían los principales rasgos de una sexualidad emancipadora? ¿Contribuiría a ello una educación sexual integral? ¿Vale prohibir pantallas o cómo se puede hacer que los adolescentes se alejen de ese tipo de sexualidad omnipresente online?
A.T.: Creo que en el libro abordamos esto con detalle, pero desde luego nos quedamos con que una sexualidad emancipadora es aquella donde prima el afecto, la comunicación, la erótica y el placer. Para ello no solo contribuye, sino que es imprescindible, una educación sexual integral feminista. Prohibir pantallas como herramienta exclusiva para combatir el relato pornográfico es ingenuo: el acceso en las condiciones actuales está garantizado. La adolescencia requiere de acompañamiento y espacios donde generar su propia mirada crítica. Las políticas públicas han de apostar por una estrategia integral que proporcione esos espacios que combatan el relato al porno.
¿Cuál es la esperanza para construir relaciones gozosas?
P.R.: Creo que la esperanza está en conversaciones como esta, en abrir espacios de escucha y debate, en reivindicar el placer femenino e incidir en el derecho que tenemos las mujeres al deseo y al disfrute. El reto es ampliar referentes y disputar el relato al guion pornográfico cuya centralidad es el placer masculino. Porque el sexo es placentero y divertido cuando la igualdad, el cuidado y el afecto son la base… y las diferentes formas de goce las vamos a ir descubriendo sobre la marcha.




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