La valentía de hablar de amor en tiempo de ‘cabrones’
‘Activistas del amor’ es un manifiesto a favor del amor, entendido como una nueva manera de ver y de contar el mundo. La comunicadora Lucila Rodríguez-Alarcón, directora general de la Fundación porCausa, analiza al ser humano neurológica, antropológica y socialmente y nos propone una alternativa al modelo actual basado en el amor, entendido como un acto político. Frente a los discursos de odio, cada vez más exaltados y abundantes, hagamos un ejercicio de buenismo. De buenismo, sí, ¿qué pasa?
Tenemos que reconocerlo: las malas personas están de moda. Son tendencia en redes, en televisión y en las calles. Hasta el punto de que el presidente del país más poderoso de la Tierra es un delincuente convicto, según el juez que le juzgó y le condenó. Y, sobre todo, es un señor horrendo que no duda en separar familias de forma brutal, recortar ayudas sociales, destrozar la ciencia del clima o apoyar de forma entusiasta al genocida Netanyahu. Todo ello con el aplauso mayoritario de su pueblo, de esos norteamericanos que algún día dirán que no lo vieron venir.
Pero, ya sabemos, cuanto peor, mejor, y esto aplica no solo para Trump, ni tampoco únicamente para los líderes políticos. Lo cierto es que estamos rodeados por mensajes de odio por todas partes, y esta enfermedad está contagiando a políticos de uno y otro signo, y también a los medios de comunicación, atropellados por un cambio del paradigma comunicativo al que no han sabido responder más allá de hacerse adictos al clickbait y a los contenidos que, como mucho, generan polémica, morbo y enfrentamiento, pero que no sirven para interpretar y ser conscientes de todo lo que está pasando.
Y en este nocivo escenario, va Lucila Rodríguez-Alarcón, directora general de la Fundación porCausa, y escribe Activistas del amor (La imprenta), un ensayo en el que analiza al ser humano neurológica, antropológica y socialmente y en el que propone una alternativa al modelo actual basado en el amor, entendido como un acto político.

La comunicadora Lucila Rodríguez-Alarcón.
¿Se puede ser más buenista que lo que acabamos de escribir? Se puede, y seguro que Lula, como también la llaman quienes la conocemos, diría que se debe. Porque ya va siendo hora de dejar de pedir perdón por defender lo que nos ha permitido evolucionar y prosperar a los seres humanos a lo largo de cientos de miles de año. Porque sí, el odio será tendencia, pero no es lo natural. Lo que nos sigue salvando, tanto colectivamente como a cada uno de nosotros, es el amor. “El odio ha causado muchos problemas y nunca ha resuelto ninguno”, dijo una vez la activista estadounidense Maya Angelou, a la que se cita en este libro. Será buenista, pero tiene razón.
Podríamos definir Activistas del amor como un libro buenista sin complejos. Un ensayo en el que se aboga por una visión del amor que no debemos confundir con la del amor romántico, a menudo denostada, con razón, porque contribuye a la consolidación de los roles de género que tanto gustan al heteropatriarcado: la mujer enamorada y sufriente y el hombre castigador y atormentado. Pero en este libro, Rodríguez-Alarcón habla de una concepción muy diferente del amor, entendida como una “herramienta de construcción masiva” capaz de transformar el mundo.
Así lo demostraron grandes figuran como Luther King, Gandhi, el movimiento pacifista, los hippies o, más recientemente, el papa Francisco. Todos ellos forman parte de una tradición política cuyo discurso se basa en el reconocimiento del otro como un igual, con el mismo valor y los mismos derechos. Igualdad dentro de una diversidad que hay que proteger, porque nos enriquece y amplía la paleta de colores de ese bello cuadro que compone la Humanidad.
Si construimos nuestra forma de entender el mundo a partir del amor, ninguna forma de discriminación o de odio hacia cualquier colectivo, grupo o clase social tendrá justificación posible, resalta la autora. El problema es que, si algo sobra hoy en día, son los discursos del odio, que galopan raudos y veloces en el dopado caballo de la desinformación, el bulo y la manipulación constantes. De todo esto también sabe mucho Rodríguez-Alarcón, que será buenista, pero no ingenua. Como directora general de comunicación del Ayuntamiento de Madrid durante el primer año de mandato de Manuel Carmena, sufrió en primera persona esta maquinaria del fango que no duda en hacer trizas todo lo que se le pone por delante.
Rodríguez-Alarcón ha dedicado su carrera a la comunicación estratégica en empresas y entidades como Oxfam Intermón y ahora en Fundación porCausa, donde se sigue enfrentando al ruido y la furia quizá en el peor frente de batalla posible, y es que en porCausa reivindican el derecho de todas las personas a moverse libremente por el mundo. Una defensa de la libre circulación de los migrantes en toda regla, justo cuando este asunto se ha convertido en el ariete favorito de la derecha y la extrema derecha. Los disturbios de este verano en Torre Pacheco, que coincidieron con la lectura de este libro, muestran hasta qué punto es vital el trabajo de la fundación dirigida por Lula en estos momentos.
Ver las imágenes de Torre Pacheco, justo cuando estás leyendo Activistas del amor, sin duda hace pensar a uno. Por ejemplo, cuando escuchamos a los vecinos que participaron en los disturbios, queda claro que la mayoría de ellos no son nazis pata negra. Seguro que también los hubo, sobre todo los que llegaron de fuera de esta localidad para promover cacerías racistas. Pero la mayoría de la gente de Torre Pachecho no son, hay que insistir en ello, fascistas de manual. Son personas desesperadas, tristes, aterradas y aisladas, y por ello, su reacción resulta entendible y lógica, aunque no la compartamos, en un contexto sociopolítico y mediático tan convulso como el actual.
Y es que, como bien deja claro el ensayo, no nos da tiempo a asimilar nada de lo que sucede en una época en la que todo se ha acelerado y desquiciado, tanto lo que nos pasa como la forma en la que nos cuentan lo que pasa. Proceso que comenzó en los atentados del 11S y que después ha tomado velocidad de crucero: atentados, crisis económicas, pandemias, guerras como las de Rusia, inflación galopante, catástrofes ambientales como la dana de Valencia, genocidios transmitidos en directo como el de Gaza, amenazas de guerras frías e, incluso, de guerras regionales o globales, apagones… Todo esto coincidiendo con un panorama de incertidumbre social y vital, debido a cuestiones como la precariedad laboral, así como la brutal alza de los precios de los alimentos y la vivienda.
Es evidente que vivimos tiempos complejos y oscuros, en los que están pasando demasiadas cosas muy difíciles de asimilar y comprender. Para colmo de males, los medios de comunicación, que precisamente son los que nos deberían ayudar a entender, no han salido bien parados de la revolución comunicativa provocada por las nuevas tecnologías, del que ha surgido un inusitado escenario mediático en el que todas las personas somos, potencialmente, creadoras de contenido y fijadoras de opinión, sin importar nuestra valía intelectual ni nuestra capacidad de análisis. El único criterio válido lo marca la habilidad para llamar la atención del mayor número posible de seguidores, y decimos seguidores, que no personas, porque a menudo no son, siquiera, seres de carne y hueso.
Lamentablemente, los que mejor han aprovechado esta disrupción comunicativa han sido los defensores de los discursos de odio, que como bien explica Rodríguez-Alarcón, han sabido darle a la gente un alivio, que no una cura, para la soledad y el miedo que sienten. ¿Cómo no van a sentirse así, si se ha hecho todo lo posible para que no pueda ser de otra manera? ¿Cómo no van a sentirse solas, cuando se han roto y perseguido todos los lazos comunitarios no controlados por el mercado? ¿Cómo no van a tener miedo del futuro, si la tele dice que todo se va a ir al garete, quizá esta misma tarde?
Insistimos: la reacción de la gente de Torre Pacheco, y de tantos otros, no es la adecuada, pero es totalmente comprensible en este mundo patas arriba cuya única salida que parece ofrecer, tanto en la esfera política como mediática, es odio, aderezado, quizá, con un poco de fentalino y de propaganda anarcoliberal. Y esto hay que decirlo con rotundidad y sin ninguna pizca de paternalismo ni de superioridad moral.
Entre otras cosas, porque los que rechazamos el discurso ultra basado en el odio y el bulo no lo estamos haciendo bien, simplemente porque ni siquiera somos conscientes de que hacen falta narrativas innovadoras y capaces de plantar cara. Nos limitamos a pensar que tenemos la razón y que los otros son unos bárbaros zafios a los que hay que dar por perdidos. De este modo caemos en la otredad, en pensar que los otros, los que no piensan como nosotros, no merecen la pena. Así compramos la forma de ver el mundo de esa extrema derecha a la que se supone queremos combatir.
Solo hay unas pocas personas y entidades que lo están intentando de verdad, y ese es quizá uno de los grandes valores de Rodríguez-Alarcón y de porCausa, que están poniendo toda la carne en el asador para desarrollar nuevas formas de contar las cosas basadas en el amor, en lugar del odio. Un trabajo que no es fácil, porque esos nuevos discursos deben ser capaces de explicar, de forma veraz y contrastada, lo que está sucediendo, al mismo tiempo que conectan no solo con la razón, también con los que nos motiva, nos mueve y nos conmueve. A través de todos los medios disponibles y sin menospreciar ninguna expresión cultural.
En este libro se describen varias de las líneas esenciales dentro de esta labor de búsqueda de nuevas narrativas, si bien es cierto que nos quedamos con ganas de que la autora profundice mucho más. También entendemos que este no es el propósito de Activistas del amor, que no trata de ser un manual de nuevas narrativas. Hay que leerlo como lo que es, como un ensayo y, sobre todo, como un manifiesto a favor del amor, entendido como una nueva manera de ver y de contar el mundo. Quienes quieran profundizar más, deben acudir a la Fundación porCausa, que es el verdadero laboratorio del que están surgiendo antídotos cada vez más potentes contra este veneno del odio.
En definitiva, Activistas del amor es, sobre todo, un libro de lectura urgente, un aldabonazo que nos grita, con todo el amor del mundo, que no podemos anclarnos en una inútil y sospechosa superioridad moral y quedarnos de brazos cruzados mientras el odio se va apoderando de los discursos, de la gente y de las instituciones. Esta es también una obra valiente, porque hay ser muy valiente, tanto como lo es Lucila Rodríguez-Alarcón, para hablar de amor en los tiempos del malismo.




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