Dos libros que encumbran a Martín Gaite como mujer y escritora

La escritora Carmen Martín Gaite.

Cuando supe que Siruela y Debate sacarían estos dos libros –y a pesar de haber leído los cuatro textos de forma independiente cuando fueron publicados por primera vez– sentí el deseo y la necesidad de releerlos. Fue una especie de iluminación, casi una epifanía. Sentí que estas cuatro declaraciones de amor a su pasado, tan diferentes y tan diferenciadas en la narrativa de Carmen Martín Gaite –este año se cumple el centenario de su nacimiento–, eran las que le daban sentido a su futuro como escritora. Las que iban a abrirle camino en el corazón y la memoria de las nuevas generaciones. Para un lector, encontrarse con estos cuatro relatos es una suerte inenarrable, porque en ellos habita la escritora, pero también la mujer. Son cuatro textos superlativos en los que Martín Gaite muestra sus tácticas narrativas, pero también las emocionales en una suerte de jugada deliciosa que sienta las bases de su universo literario. 

En estos dos libros –De hija a madre, de madre a hija y Macanaz y Aldecoa. Dos interlocutores– en los que agarra con inteligencia las certezas, tampoco renuncia a su vínculo, eterno y riquísimo, con la imaginación. En ellos utiliza la ensoñación como materia de defensa, pero también como revalorización de las  dolorosas verdades que cuenta en el maravilloso Otoño de Poughkeepsie. Sin duda, el texto más valioso e incontestable de toda su producción. 

“Me he instalado en su cuarto, en su mesa. No puedo hacer otra cosa que estar aquí, donde me pilló la cornada, aguantando a pie quieto”.

“Y crees, pobre de ti, que avanzar es seguir con la pluma en la mano”.

“Yo no podía ni hablar, hacía tantos meses que no respiraba así, sin pensar en nada, sin angustia, dejándome invadir por el presente”.

“Descansa un rato al fin, cierra los ojos, anda, suelta el fardo, estás en Nueva York, alguien te ha recogido. Vive la tregua”.

Carmen Martín Gaite muestra en De su ventana a la mía, el otro texto que compila el tan delgado como valioso De hija a madre, de madre a hija, los inmensos cuentos que construyen el dolor y la necesaria injerencia de la fantasía para que el silencio que mana de él no nos arrebate lo vivido.

“Pero de la habitación a que pertenecía esa ventana nada podría decirse con certidumbre, sino que tal vez era una mezcla de muchas habitaciones, de todas en las que ella se sentó alguna vez a mirar por la ventana. Desde un criterio puramente geográfico, pienso ahora, que estoy despierta y miro en esa dirección, que sería lógico localizarla en Long Island o Queens, pero no. Estaba mucho más allá, en ese más allá ilocalizable. Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana”.

Gaite sabe que, frente a la muerte, solo cabe abandonarse a la inteligencia, y así lo demuestra a lo largo y ancho de las impagables reflexiones que arman esta formidable cuatrilogía sentimental.

Gaite transforma las palabras en descargas eléctricas, y las usa y las ofrece como una forma de resurrección para poner de manifiesto que los mejores deseos de su vida fueron para sus muertos.

“¿Cómo no iba a llegar mi madre a Nueva York en alguna de aquellas excursiones de joven ventanera, alimentada de novelas exóticas? 

Claro que llegaría en alguna ocasión; y ese día, el que fuera, los pájaros errantes de sus ojos construirían aquí un nido de cristal tan secreto, tan raro y tan perenne que hasta ayer por la noche nadie había dado con él. ¡Pues anda que no había camino, vericueto y laberinto para llegar a eso que se produjo anoche, a esa emisión cifrada de señales entre mi madre y yo, de su ventana a la mía! Y por eso era el júbilo del sueño. Ahora lo he entendido”.

Cuando se han terminado de leer los cuatro ensayos el lector toma plena conciencia de que, pese a su fortaleza, Carmen Martín Gaite fue siempre un animal herido. Herido por las maniobras editoriales, por  los booms literarios, no olvidemos que su portentoso encuentro con Melchor de Macanaz nace del hartazgo, del ninguneo que el boom latinoamericano supuso para la generación de los 50 y sus textos ahítos de áspera realidad y velada denuncia. Herida por el abandono, por la muerte de sus dos hijos, herida por el amor, herida por la muerte prematura de su idolatrado Ignacio Aldecoa, espejo y faro, al que dedica también uno de sus textos más completos, más conmovedores  y más enérgicos, el que sin duda demuestra que la lealtad fue el camino que hizo a Carmiña escritora. Un texto a lo gitano, como también lo es  su interlocución con aquel malogrado ministro de Felipe V En el centenario de don Melchor de Macanaz (1670-1770).

“Lo único que sabía es que tenía muchas ganas de ver la letra de Macanaz. Esa letra suya menuda, rápida y enmarañada de bucles, dispuesta en renglones algo torcidos y muy cercanos los unos de los otros, me salió al paso generosamente. Estaba deseando salirle al paso a alguien, eso se notaba enseguida, harta de olvido y sueño”.

“Me atraen las personas inclasificables; nunca me ha gustado zanjar las complejidades de nadie allanándolas mediante ese expediente tan barato de colgarle a cada cual una etiqueta irreversible y fija a la primera ojeada”.

Carmen amó lo suyo, la literatura, y amó a los suyos a través de ella. La literatura fue siempre su refugio, ese sudario tierno y colaboracionista que la salvó de los múltiples abismos que dioses y demonios dibujaron una y otra vez delante de ella. 

Carmen escribió elegías de un valor literario incalculable, reverenció la perseverancia de Macanaz, ese paciente de la Inquisición. Adoro la naturaleza contestataria del vitoriano Aldecoa.

“Creo que no hubiese colaborado en nada de lo que oliese a cultura impuesta. Era su característica esencial desde los diecisiete años: aquel desprecio por la cultura masiva, por los estilos vigentes”.

“Nunca se sintió determinado por las barreras exclusivas de su tiempo ni enclaustrado en generación alguna”.

Y la metamorfosis que esta condición causó en ella, Aldecoa mató con su libertaria existencia a la atildada muchacha de provincias y dan cuenta de ello las páginas 67, 68, 69 y 70 de Un aviso: ha muerto Ignacio Aldecoa, páginas en las que Gaite vuelve a ser la estudiante perfecta, pero ya no como un rasgo de erudición o de pedantería, sino como un símbolo de emoción y pasión por el amigo. Aldecoa fue un dios fornido que ni creía en los milagros ni impartía castigos, un dios al que coger del brazo, un hechicero, un chamán nihilista y transformador. La inabarcable metáfora que alumbró el porvenir de Martín Gaite.

Hay que poner de manifiesto y coincidir de pleno con el profesor Teruel, autor de un prólogo fuera de serie en el libro De hija a madre, de madre a hija, que Carmen fue un coloso incontestable cuando se metía a ensayista. Sus textos reavivaron un género demasiado anquilosado por el academicismo, me atrevería incluso a decir que lo reinventó, lo dinamizó y lo armonizó hasta hacer de él un imán para sus devotos.

Y ahora en su centenario y gracias a estos dos pequeños tesoros de cuerpo delgado, que hay que leer, sí o sí (o releer como es mi caso), tomo plena conciencia de que ambos volúmenes serán piedra de toque para las generaciones presentes y futuras. 

‘De hija a madre, de madre a hija’. Carmen Martín Gaite. Siruela. 97 páginas. 

‘Macanaz y Aldecoa. Dos interlocutores’. Carmen Martín Gaite. Debate. 83 páginas. 

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