¿Comida con plástico en el microondas? Nunca

Ilustración: Pixabay.

En la parte superior del plato de arroz con verduras lo pone bien claro: un dibujo indica “apto para el microondas”. Otro especifica que solo hay que perforar el film con el tenedor. Es una de tantas bandejas de comida preparada que son hoy la comida habitual de millones de personas. Algunas grandes superficies hasta facilitan el lugar para calentarlo. Al abrirlo, tóxicos químicos y microplásticos del envase acaban en el estómago de los comensales. Así lo indican los 24 estudios científicos realizados en los últimos años y recogidos por Greenpeace en su último gran informe mundial, un documento con el que exige tomar medidas para frenar un material que no solo impacta en el medio ambiente –hasta las larvas de mosquitos antárticos tienen sus restos– sino en la salud humana.

La organización ecologista ha decidido lanzar esta alerta en un momento en el que las negociaciones para un tratado mundial que limite la contaminación plástica llevan varadas desde agosto de 2025 y sin visos de reanudarse. “Ni siquiera se logró acordar eliminar los químicos tóxicos, mientras seguimos usando millones de envases en la comida que nos están dañando, como confirma la ciencia. Lo lógico sería que la comida fuera en envases reutilizables, de vidrio u otros materiales inocuos. Y es inadmisible que digan que es inocuo calentarlos. Es falso. Nuestras cocinas son laboratorios de ensayo de la industria alimentaria”, asegura Julio Barea, responsable de residuos de esta ONG.

El informe Alerta: Microplásticos en la comida precocinada no puede ser más contundente. Está en la línea de lo que científicos españoles como el catedrático Nicolás Olea o la química Ethel Eljarrat (CSIC) llevan tiempo denunciando: incluso sin calentar, un envase plástico libera sustancias químicas y microplásticos sobre la comida, pero al meterlo en un microondas la lixiviación (filtración) hacia los alimentos aumenta drásticamente. Así lo prueban algunos de los estudios que recogen revistas tan prestigiosas como The Lancet, Nature o Science. Y es que si los microplásticos son un problema por sí mismos, para fabricar estos envases se utilizan más de 16.000 químicos y se sabe que al menos 4.200 son muy peligrosos para la salud humana y la ambiental, donde persisten mucho tiempo. Algunas de estas partículas químicas se filtran por sí solas y otras se van liberando a medida que se degrada el material.

En un experimento que recogen en el informe, recipientes de polipropileno y poliestireno llenos de agua liberaron entre 100.000 y 260.000 microplásticos tras estar guardados en un congelador o frigorífico y luego ser calentados en microondas. Con alimentos ácidos, grasos o salados, o con recipientes desgastados, aún eran más.

Otro estudio estimó que bastaron cinco minutos en el microondas para que entre 326.000 y 534.000 de estas partículas se filtraran de los envases de polipropileno, entre cuatro y siete veces más que en un horno. Los autores sugieren que la vibración de las partículas de agua en este aparato podría explicar esta mayor liberación.

Para Greenpeace queda claro que la regulación actual no es suficiente para proteger la salud pública y recuerda que ya hubo una gran ceguera en el pasado con el amianto, el plomo o el tabaco; “ahora se está repitiendo el mismo error al no aplicar el principio de precaución” con los plásticos, sobre todo porque a medida que mejora su detección aparecen en más sitios y de menor tamaño (los nanoplásticos): científicos de México incluso los han encontrado en el cerebro humano hasta en concentraciones 30 veces superiores a las que hay en el hígado, donde también los tenemos.

“Es un cóctel químico del que ni siquiera se conocen todas las interacciones que puede ocasionar y, lejos de tratar de utilizarlo menos, vemos que la industria cada vez nos lo vende más y que pone trabas a los envases reutilizables o a los que deberían ser retornables. Retornar envases es un sistema que en España debería empezar en noviembre próximo, pero incluso se presiona para aplazarlo cuando es una obligación legal”, señala Barea.

La investigación recoge cómo desde la década de 1950, los platos preparados y los alimentos precocinados se han convertido en un mercado global de miles de millones de dólares, con una previsión de crecimiento de 161.000 millones de euros en 2025 a 297.000 millones en 2034. En 2024, el volumen mundial de ventas fue de 71 millones de toneladas, con una media de 12,6 kilos por persona al año.

En España, 2025 marcó un récord absoluto. Se vendieron 715.000 toneladas de platos preparados, un 5% más que el año anterior. Son 18 kilos per cápita anuales, 5,6 kilos más que la media global. El dueño de una gran cadena valenciana, que vende la mitad de todo ello, ha llegado a declarar que a mediados de siglo no habrá cocinas en las casas porque los alimentos se comprarán así. Y, de momento, es un mercado que depende casi al completo del plástico: un estudio recogido por Greenpeace señala que en Francia, Alemania, Italia, España, Polonia y Reino Unido, los alimentos procesados tienen los niveles más altos de envases de plástico de la UE. De hecho, desde empresas nacionales que innovan, como Packbenefit, que han logrado envases de celulosa compostables y que pueden calentarse, reconocían hace unos días en una jornada sobre reciclaje que sus clientes les piden poner una capa plástica.

Entre los químicos dañinos que mencionan las investigaciones de este informe figuran los conocidos como PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas), más de 4.000 compuestos que aún están en numerosos envases alimentarios porque los hacen impermeables al aceite, aunque se sabe que se bioacumulan en los organismos y causan daños hepáticos o en las tiroides. Su prohibición entrará en vigor en agosto de este año en toda la UE para la comida, pero hay presiones para alargar aún más el plazo. Otro grupo son los bisfenoles, que actúan como disruptores endocrinos y se vinculan al riesgo de algunos cánceres (mama o próstata) y los ftalatos (usados para dar flexibilidad al material), relacionados con daños en la reproducción. Un foco importante lo ponen en los antioxidantes y estabilizadores térmicos (organofosforados, entre otros compuestos) que al calentarse disparan la mencionada filtración y que los estudios científicos vinculan con el mal desarrollo cognitivo en niños y con problemas de comportamiento (como el TDAH).

Además de exigir a las autoridades el apoyo total a un tratado global que ponga freno a este material y de pedir a las empresas que eliminen estos envases peligrosos en la comida, a la vez que fomentan la reutilización, Greenpeace también lanza algunos consejos a los consumidores que se fían de las etiquetas: no metan nunca su comida con envases ni film de plástico en su microondas y tampoco ponga la comida aún caliente en un táper de plástico. “Esperemos que estos informes ayuden a conocer los riesgos de ese cóctel brutal y a poner freno a este material”, concluye Barea.

A este riesgo con la alimentación que visibiliza Greenpeace –se ha dicho que los humanos comemos el equivalente en plástico a una tarjeta de crédito a la semana– hay que sumar los microplásticos que nos llegan por otra vía: también se respiran. En julio de 2025, estimaron que una persona puede inhalar hasta 68.000 partículas de microplásticos al día por los materiales que le rodean en su propio hogar y que se van deteriorando con la luz y el tiempo. “En este caso para evitarlos, lo mejor es aspirar en casa, no barrer para no levantarlos”, aconseja el experto Nicolás Olea sobre este asunto.

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