Un laboratorio en Baleares para salvar playas del cambio climático
Cala Millor, la playa emblemática de Mallorca desaparece a pasos agigantados
Nada más aterrizar en Mallorca, grandes pantallas muestran las maravillas de Cala Millor, esa arena blanca, su agua turquesa. Es real, pero la imagen no es actual o al menos no refleja lo que está pasando: la playa emblemática de la isla desaparece a pasos agigantados y los hoteleros y administraciones, preocupados porque el negocio va mal sin arenal, se han puesto en manos de los científicos para poder frenarlo. La solución no es nueva, pero sí difícil sin consenso: hay que recortar el paseo marítimo, cuidar la posidonia y tratar de que, hasta cierto punto, la naturaleza retome la dinámica costera después de años de verter toneladas de arena que se la lleva el mar.
La propuesta no es nueva, porque ya en otros lugares se ha tenido que reducir ese cemento que impacta en los arenales, más con el aumento del nivel del mar. El agua, al chocar con esas infraestructuras, rebota con la fuerza con la que llega a la costa y arrambla con los materiales más ligeros con relativa facilidad. Acaban en el fondo, asfixiando las plantas de posidonia que existan. En Calafell ya se ha hecho el cambio y en La Pineda (en Cataluña), la playa de Vigo o la de Foz (Galicia) ya hay iniciativas para eliminar o reducir estos paseos. El caso contrario más evidente es el de Matalascañas (Huelva), donde se insiste en restaurarlo por más que se construyó sobre dunas móviles. Varias veces se ha reconstruido o reparado tras fuertes temporales (tras la borrasca Francis de enero), aunque se sabe que colabora en dejar la gran playa onubense vacía, eso sí, con la ayuda del gran espigón de 13 kilómetros de Huelva. Aunque el Gobierno propone el retranqueo del paseo y las casas en primera línea, el Ayuntamiento de Almonte se niega y ha vuelto a gastar fondos “para prepararlo para el verano” en lo que de nuevo acabará destruido, una vez más.
La aportación de los estudios del caso de Cala Millor podría ser clave para estas situaciones. Detrás hay un proyecto europeo, LIFE AdaptCalaMilllor, vigente entre 2023 y 2027, que busca la adaptación al cambio climático en un lugar que lleva casi 20 años monitoreado por la SOCIB, entidad con base científica puntera que vigila la playa en tiempo real con cámaras, sensores de oleaje y análisis de arena que analizan la erosión. Fundada por el oceanógrafo Joaquim Tintoré, ahora cuenta con la dirección científica el geólogo y geógrafo Lluis Gómez Pujol, de la Universidad Islas Baleares.
Durante una visita a la cala, que luce ya una amplia zona pedregosa, gran parte del foco estuvo en la implicación de los hoteleros –unos 60 entre Sant Llorenç des Cardassar (la mayoría) y Son Servera– junto al resto de los agentes (administraciones, ciudadanía, ecologistas…) en el proyecto LIFE en marcha, aprendiendo juntos de unos errores que aún hoy se repiten en otros muchos lugares costeros del país. Son esas soluciones puntuales, y muy caras, que obvian la naturaleza, como señalan los científicos, y que no tienen futuro, porque las temperaturas siguen subiendo en toda el área mediterránea, y con ellas fenómenos extremos. En Baleares esa subida es del 0,3 grados C por década, acercándose al límite aceptable que se marcó en el Acuerdo de París, ese consenso mundial que parece tan lejano, pero se firmó hace solo 10 años.

Un gran temporal en 2001 dejó la cala descarnada de arena. Entonces se solucionó con lo habitual: recuperarla con más material, algo que más o menos funcionó hasta 2010.
No está de más echar una vista al pasado de ese lugar que antes del verano es un remanso de paz, pero en breve será hervidero de humanidad. Allá por 1956 era una costa casi vacía, con dunas infinitas, arbustos y humedales que recogían el agua de lluvia que bajaba de las montañas. Pero llegó el boom turístico de los años 60 y 70, y esos humedales se desecaron para construir hoteles, mientras las dunas, que rebajaban la energía de las olas, se utilizaron para ampliar la playa y hacerla más atractiva a los turistas.
Pero todo pasa factura.
Un gran temporal en 2001 dejó la cala descarnada de arena. Entonces se solucionó con lo habitual: recuperarla con más material, algo que más o menos funcionó hasta 2010, si bien con unas fluctuaciones que SICAB atribuye a los cambios en ese entorno tan intervenido. “En 2021 perdimos 36.000 m3 y luego otros 52.000 m3, una arena que acaba al final bajo la superficie del mar tapando la posidonia, que es tan necesaria, o trasladada a la zona norte, donde hay mayores profundidades. Hemos visto que desde 2015 se va estrechando cada vez más porque tampoco se produce arena, sino que se va. Y las perspectivas climáticas no son buenas, porque subirá el nivel marino. Serán 12 centímetros para 2030 y, en el peor de los casos, un metro para 2100. Por eso hay que hacer algo ahora”, explicaba Gómez Pujol a pocos metros de la playa.
Con estos datos científicos, y tras un temporal en 2019 que incluso dejó muertes, el consorcio hotelero (44.000 plazas solo en la zona, para una población residente de 9.000) decidió participar con financiación en el LIFE: de los 2,2 millones, el 60% lo pone la UE y el resto entre el Congreso Nacional de Medio Ambiente (Conama), este consorcio y otras entidades. Joana Garau, del Gobierno balear, reconoce que esa desaparición de las playas secas supondría unas pérdidas económicas de 2.000 millones de euros y de hasta el 58% de sus visitantes de su comunidad, así que señalaba que se lo toman en serio.
Las propuestas de solución que plantea SOCIB son claras y han sido bien aceptadas por la sociedad local, empresarial y la parte instutucional, algo que no siempre se consigue: para empezar, hay que eliminar esas barreras al mar que se han construido y antes no existían y crear drenajes que sustituyan la función de los humedales del pasado y permitan al agua del interior llegar al mar. En concreto, se tiene que retranquear el paseo marítimo 18 metros en los 2,5 kilómetros de playa y sustituir el muro de cemento actual por relieves menos agresivos, como taludes con vegetación. “Frente a la solución de levantar espigones, alternativas basadas en la naturaleza”, explica el científico. Y, por supuesto, preservar las praderas de posidonia que generan biodiversidad y, además, rebajan la fuerza del agua al llegar a la costa.
Para el diseño de la solución, que dejará el paseo en ocho metros, se contactó con el arquitecto Jordi Miró, premio nacional de Arquitectura, que también está detrás del cambio en Calafell. Aún no han comenzado las obras, pero para Diego Viu, responsable autonómico de Economía Circular, “Cala Millor debe ser el espejo de lo que se haga en otras playas, un experimento económico, social y de gobernanza para todo el Mediterráneo”. Así lo aseguró en la presentación del proyecto, poco antes de retratarse con los demás responsables sobre una playa que ahora, al menos en su parte sur, invita poco a tumbarse sobre una toalla.
Estas soluciones con base científica contrastan con las medidas tomadas en el mismo Mediterráneo, pero en otras costas españolas. En Valencia, por ejemplo, han iniciado una carrera contrarreloj para recuperar 11 kilómetros de arenales que se han llevado, un año más, los temporales del invierno. Lo quieren tener listo antes del verano. Es un gasto de 43 millones de euros que pone el Ministerio de Transición Ecológica. Según se ha publicado, se moverán hasta 3,24 millones de metros cúbicos, previa extracción de la arena ahora acumulada en los fondos marinos por parte de la empresa Versemar. Versemar señala que lo hace con un monitoreo ambiental continuo de la calidad del agua. Otra cosa es, como indican numerosas organizaciones, la imposibilidad de sacar tanta arena sin arrasar los seres vivos que la habitan. Casos de daños en posidonia ya han sido denunciados y sancionados en el pasado.
Entre las que más interés muestran en esta restauración está Cullera, que quiere recuperar los arenales que tenía en 1950, es decir, antes de que el puerto de Valencia y las presas del Júcar impidieran la llegada de estos sedimentos a su costa, origen del problema. La cuestión es cómo evitar que con una nueva dana toda esa arena vuelva a desaparecer en horas, tras el cuantioso esfuerzo económico de dinero público.
Otro ejemplo que visibiliza el hándicap de soluciones no basadas en la naturaleza: en 2025 finalizó la obra del espigón de 178 metros que se construyó para cambiar las corrientes y que la playa de Postiguet, en Alicante, no desaparezca. Esta obra del MITECO ha costado 745.000 euros. La cuestión es que en enero pasado esa misma playa volvió a quedarse pelada tras la borrasca Harry. ¿Sorprendente? Para los expertos, no, porque la dinámica marina es más poderosa que la gran obra humana. Además, se ha comprobado que estos espigones, que proliferan en tantos municipios costeros, arreglan unas playas y dejan otras sin material, estancan agua e incluso desplazan el ímpetu del oleaje a zonas que pueden estar habitadas. En Postiguet no ha servido de nada. De hecho, los científicos de SOCIB se opusieron a esta opción en Cala Millor porque apuestan por reducir los paseos marítimos. Curiosamente, el municipio alicantino acaba de remodelarlo de nuevo como estaba.
Todo indica que desde este LIFE AdaptCalaMillor, el modelo necesita expandirse por España. Lo que sí ha recibido es atención internacional. Como señalan sus promotores, requiere una mirada a largo plazo, sin urgencias electoralistas y sin miedo a quitar espacios de uso público para cederlos a la renaturalización. En Matalascañas, el Ayuntamiento de Almonte se niega en redondo a opciones de este tipo, y no es el único. “En nuestro caso todos nos hemos puesto de acuerdo, empresas, administraciones y expertos, somos un ejemplo a seguir. Ha requerido un esfuerzo de explicarlo bien a todos, pero merece la pena”, resaltaban los responsables.
Quienes insisten en crear infraestructuras encima de las costas no ven que, como alerta la ciencia, muchas playas españolas tienen los años contados. Y gusten o no los pedregales, se los encontrarán.




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