La nueva extraordinaria novela de Ali Smith: distopía y esperanza
La escritora escocesa Ali Smith. Foto: Aliin Ferrara.
Ali Smith (Inverness, Escocia, 1962) es una autora que va por libre y triunfa. Y eso que lo tiene todo en contra. Es mucho más que una narradora heterodoxa. Es una inventadora nata. Una buscadora de casualidades para dar sentido a la causalidad. Es su poderoso modus operandi. Lo hizo en su cuatrilogía estacional y vuelve a hacerlo al escribir ‘Glifo’, una novela, como todas las suyas, de difícil clasificación y por eso tan útil. Smith se vale de la bondad de un soldado que saca de la guerra a un caballo ciego. ‘Glifo’ es el caballo de Troya en el que pervive el espíritu de la guerra, de todas las guerras habidas y por venir. El mundo se hunde hoy en las fauces del fascismo y Smith subraya lo que los ignorantes y los fanáticos no quieren ver.
Glifo es, como todos los suyos, un libro exigente con el lector. Su urdimbre es enrevesada, pero no incómoda, y potencialmente destructiva para quien busque lo sencillo. Y, sin embargo, posee una dinámica muy enriquecedora.
Glifo cuenta una historia tan rocambolesca como necesaria. Una historia que se narra con la corporalidad de un cuento para niños. Con su ternura y sus horrores.
Smith se vale de la bondad de un soldado que saca de la guerra a un caballo ciego. Un joven que será ejecutado por perseverar en la inocencia que lleva implícito un gesto de tal calibre.
Glifo es un superviviente, un pasajero arrollado por todas las guerras que asolan el mundo. Es una metáfora que identifica a cada muerto, a la barbarie, pero también a la inocencia de la que hablaba más arriba.
Glifo arrasa en su errancia a dos hermanas tan disímiles como complementarias. Petra y Patricia. Dos huérfanas de madre a las que el dolor las precipita hacia esa justicia que siempre hace acto de presencia cuando se convoca a la imaginación.
Aquí Smith suaviza de manera evidente el cinismo. Ahora no es la saltimbanqui prodigiosa de otras veces. Ahora es una mujer serena que solo hace acto de presencia cuando la voz de la joven Bill, hija adoptiva de Patricia y niña maltratada, clama por una solución para el mundo. Smith se vale de su frescura y de un lenguaje sin limitaciones para sacar a la palestra la ignominia que pisotea el mundo. Cambio climático, maltrato animal, genocidio, salud mental, el acoso a la libertad de prensa, el nuevo culto a la desinformación, la dictadura de las nuevas tecnologías. La insensibilidad y la supervivencia en el estado del bienestar.
Smith encara la realidad sin falsa piedad e impregna de conciencia cada palabra que toca y que comparte en esta novela. Su inconformismo es un eco que lo invade todo. Cada vez perfecciona más y más sus alegorías tácticas. También sus revelaciones llenas de orgullo emocional.
A ratos me ha recordado a La princesa prometida de William Goldman, y no, no me he vuelto loca. Es solo que Petra, la hermana mayor, incurre en ese tipo de narración en la que lo hacía el abuelo narrador de aquella historia. Todo es casi tan inverosímil en Glifo y tan excitante como en ese cuento de espadachines y amores eterno. Aquí el tono y el cáliz de la historia es incómodo, fantasmagórico y, a pesar de todo lo que cuenta, la historia no puede ser repudiada, sino que ha de ser aplaudida a rabiar.
Glifo es el caballo de Troya en el que pervive el espíritu de la guerra, de todas las guerras acaecidas y de las que, por desgracia, están por venir. El mundo se hunde en ese subtexto dañino que es el fascismo y Smith, a través de las páginas de Glifo, subraya con tonos fluorescentes lo que los ignorantes y los fanáticos no quieren ver.
Smith aúna reflexión + acción + provocación. Glifo es un artefacto fabricado con ingredientes peligrosos. Glifo respira inteligencia y perseverancia humanista.
Glifo señala con fuerza y potencia a la sucia política del yo, a su deshumanizante aliento.
“¿Has oído en la radio lo de las personas que hacían cola para conseguir comida y que había francotiradores disparándoles, y que los francotiradores no disparaban al azar, sino que hacen una especie de juego de tiro? ¿Que algunos días disparan a la gente en las manos, otras en el pecho, otras en la cabeza? ¿Que algunos días disparan en los muslos, algunos días apuntan a los ojos de esas personas, algunos días disparan al culo?”.
“Alguna vez te has preguntado por qué siempre les ponemos nombres humanos a las máquinas? ¿Crees que podría estar relacionado con cómo se trata a personas reales como si no fuesen humanas?”.
Las heroicidades de Smith se pueden leer entre líneas sin descanso. Son un objetivo filosófico y humanitario.
Y es que Smith demuestra, al escribir este libro, que las distopías también pueden ocurrir en tiempo presente.
Ella lo escoge así, sin miramientos ni zozobras, la distopía como forma de presente.
Glifo es una novela retrospectiva, pero también de una actualidad que arde. La vehemencia y el pragmatismo de Smith corre por sus venas a velocidad lenta. Smith no comulga con la improvisación, pese a que algunos pasajes de esta novela parezcan cumplir con esa premisa.
Cuando la lean y la digieran, se darán cuenta de que no, que hay en ella una fresca premeditación que la convierten en una lectura fundamental para el devenir del mundo.
“Yo estoy harta, no sé tú, de esa pandilla de viejos dictadores que dirigen –es decir, destruyen– el planeta. Como unos dinosaurios digitales, lo sacuden a diario entre sus garras como si fuera una de esas esferas nevadas de cristal, su juguete prehistórico personal”.
Ali Smith forma pequeños salvoconductos con los riquísimos giros que compone su imaginación. Leerla es conocer el futuro. Su memoria parece alimentada con la leche de Casandra.
Sombras, luces, subtextos arriesgados, pero siempre alejados del dramatismo. Smith no llora por el declive del mundo, sino que pelea por su salvación en cada frase que escribe.
Ali Smith es obstinadamente brillante. Su erudición es una melodía frenética que invade a quien la lee, que lo monopoliza, que le hace centrarse en el valioso corazón de esta novela exigente, vitalista y altamente necesaria.
Smith instituye en el lector la necesidad de mirar con lupa todas las versiones que contiene una misma frase.
Smith totaliza cada pensamiento sin ser totalitaria. Deja espacio para la reflexión no inducida por la realidad.
Podría decir, sin dudar, que Glifo es mi novela preferida de Smith (magnífico, una vez más, el trabajo casi telepático que hace Magdalena Palmer con esta historia).
Es increíble lo que hace con la información y con la desinformación.
Esta novela es una ofrenda para salvar el mundo. ¿Van a dejar de leerla?
Recuerden que, con una novela de esta dimensión, solo hay lugar para los grandes gestos.
‘Glifo’. Ali Smith. Nórdica. Traducción de Magdalena Palmer. 233 páginas.



No hay comentarios