¿De verdad estamos follando cada vez menos?

Ilustración: Pixabay.

El celibato voluntario se proclama en redes como una acción de protesta contra el descompromiso afectivo y el extractivismo relacional. Con tanta prisa, tanta pantalla, tanta aplicación, tanta falta compromiso…, ¿de verdad estamos follando cada vez menos?

“Ya no sabemos qué hacer para que cojan” o, en español de la Península, “ya no sabemos qué hacer para que folléis”. Tal el tono –entre imperativo y desesperado– de la frase con que una marca argentina líder de geles y preservativos abre la reciente campaña de lanzamiento de un nuevo perfume. La fragancia en cuestión se denomina Ganas de coger y, según explican sus responsables, es una invitación a olerse y recuperar el deseo.

El día anterior, en una carta abierta (que luego se supo que formaba parte de la campaña), la empresa advertía que, ante la “crisis del deseo” reinante y la disminución de la frecuencia sexual entre los consumidores de condones y productos de bienestar sexual, se veían “obligados a evaluar cómo seguir”. El comunicado, que se volvió viral, hacía un racconto de sus 40 años de actividad, expresando preocupación frente a las nuevas generaciones –con acceso a todo tipo de libertades, ocasiones y productos– y dejando claro que hay un límite para cualquier innovación, ya que “no se puede fabricar el deseo”. 

Cualquiera de nosotras podría hacer una somera enumeración de las razones por las que, en la actualidad, tenemos la impresión de que la gente goza menos del sexo: hay claramente un escepticismo frente al romance, con cada vez menos parejas estables, vivimos en estrés por las amenazas (vivienda, salarios de miseria, edadismo en el mercado laboral) de la sociedad de consumo, a lo que se sumó el pecado pausado por la pandemia; en fin, nos hemos rendido frente a la aceleración de la vida y los lazos. Mientras tanto, permanecemos en contacto, como nodos (Byung Chul Han dixit) dibujados sobre una pantalla, con la sociabilidad anestesiada por el scroll en redes sociales, y en este túnel de lucecitas titilantes llevamos ya más de una década. 

¿Cuánto hace que Zygmunt Bauman escribió acerca del amor líquido y las relaciones frágiles y descomprometidas? Más de 20 años. Es decir que transitamos mansos, en este bucle que se estrecha, lo que va de siglo XXI. Un cuarto de siglo en que lo sólido ha dado paso a lo líquido y de este estado hemos pasado al gas, porque incluso desde hace un buen tiempo se habla de vínculos gaseosos, ya que se han vuelto intermitentes y se evaporan con facilidad. 

Nos habíamos puesto ‘intensas’, pero teníamos razón

La alerta ante estas relaciones mediadas por las pantallas que venían imposibilitando el encuentro humano verdadero no eran predicciones mágicas de quienes escribíamos sobre sexualidad –alumbradas por filósofos y antropólogas– sino una tendencia que ya estábamos viviendo como ultimátum a la vida social y amorosa. Hoy se trata de un fenómeno instalado, medible, que se plasma en resultados de estudios y encuestas alrededor del mundo, especialmente en países de rentas más altas, como Francia, Estados Unidos o la propia España. 

Veamos. En cuanto a los adultos norteamericanos (de 18 a 64 años), por ejemplo, la disminución de la frecuencia media de las relaciones sexuales se certifica en que los que afirman haber tenido encuentros eróticos al menos una vez por semana bajó del 55%, en 1990, al 37%, en 2024, según datos del Institute for Family Studies (IFS). Mientras tanto, los jóvenes estadounidenses entre 18 y 29 años que confesaban no haber tenido relaciones sexuales durante el último año aumentó del 12% al 24% en el mismo periodo. Entre las parejas casadas, la frecuencia semanal se redujo del 59% (periodo 1996-2008) al 49% (periodo 2010-2024).

En España, según la encuesta sobre sexualidad del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) que se dio a conocer la pasada primavera, uno de cada cuatro adultos (precisamente el 24,6%) no mantuvo relaciones sexuales en el último año. En general, los encuestados (unas 4.000 personas adultas) valoraron la importancia de relaciones sexo-afectivas estables, pero consideraron que los vínculos son más inestables y generan más incertidumbres que en el pasado.

El estudio del CIS refleja la falta de interés o deseo sexual como uno de los principales motivos manifestados por los encuestados para la disminución de la frecuencia o abstinencia en la vida sexo-afectiva. Pero esa falta de interés no es resultado de ausencia de deseo, según las mujeres que adscriben a las prácticas del ‘celibato voluntario’, ante el descompromiso humano (y afectivo) de sus partners ocasionales y el vacío que sienten tras experiencias emocionales fallidas. Ya no les da vergüenza decir cuánto tiempo llevan sin intimar con otro/a, más bien lo contrario: ellas, chicas de todas las edades, cuentan públicamente –como si de un triunfo de la voluntad se tratase– cuánto tiempo han conseguido cumplir su promesa de abstinencia sexual, hasta que algo/alguien valga de verdad la pena. 

Ante estos testimonios de época, vale preguntarse por las secuelas del consumo de experiencias y cuerpos propio del tecnocapitalismo, y del que venimos dando cuenta en estos años de escritura sobre la carne. Entonces, nadie mejor que la filósofa Marina Garcés, en La pasión de los extraños, para definir el presente de nuestros lazos: “En estos tiempos, marcados por la incertidumbre y por la crisis de las instituciones que tradicionalmente han organizado los roles sociales, incluidas la pareja y la familia, se invoca a menudo el papel de la amistad como la red afectiva, como la trama que puede sostener nuestras convivencias dañadas por la precariedad y por el extractivismo relacional y afectivo”.

Una recomendación para la sonrisa, a pesar del ‘Aquí te pillo, aquí te mato’

Podemos, también, reírnos (por no llorar) con algunas de las obras de ficción que caricaturizan esta situación sexo-afectiva, desde que llegó a su hora culmen la era global del smartphone, o el tecnoceno (sistema de relaciones donde la vida está mediada por algoritmos, inteligencia artificial y vigilancia digital), hace aproximadamente una década. Propongo, para empezar esta senda del reconocimiento del abc del descompromiso humano, social y sexual, la serie Master of none (algo así como ‘Hombre de muchos oficios, maestro en ninguno’), creada por Aziz Ansari et Alan Yang, y que aún puede verse en Netflix.

El primer capítulo de la primera temporada arranca con una escena de sexo entre dos jóvenes heterosexuales que recién se conocen en Nueva York y que, tras un accidente con un preservativo, van juntos a la farmacia a hacerse con la píldora del día después. Tras la compra, ambos se despiden en la acera, para siempre. Claro, el cuerpo que tendrá que lidiar con el chute de hormonas y sus consecuencias será el de ella, algo que ya hemos dado por hecho y aceptado sin mayores quejas, hasta hace demasiado poco tiempo. Para él, un despreocupado soltero de treinta y pocos, el trámite engorroso con una cita casual es una anécdota a recordar en el futuro, como un tropiezo en la calle o el resultado de un partido de fútbol. Y así todo…

En las primeras dos temporadas, Dev, ese treintañero hijo de inmigrantes indios, protagoniza situaciones que todas podemos identificar, frente a las pantallitas y en persona, con él resoplando porque no quiere decidirse por alguien, con tanta carne disponible en el ambiente. En fin, la serie se mete también en cuestiones de xenofobia y sarcasmo racializado y, desde todo punto de vista, dibuja bastante bien el espíritu de los tiempos en las grandes ciudades.

Ya no es posible negar que la insatisfacción se ha vuelto endémica y el deseo agoniza. En esta emergencia del dios Eros, la confianza parece una utopía, pero todo pasa, avanza y retrocede, o dibuja círculos y líneas entrecortadas, sobre todo, en los dominios del amor. Es difícil, lo sé, pero, por ahora, pongamos puntos suspensivos y no perdamos la esperanza de un encuentro humano.

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