Agroecología: necesitamos alternativas ya para producir alimentos

Foto: Pixabay.

Agroecología, soberanía alimentaria, consumo sostenible, ecofeminismo… Son nuevos conceptos que tienen sus raíces en  sabidurías ancestrales y que, durante las próximas semanas, reúnen a una decena de expertos y expertas de varios países en el ciclo gratuito y virtual que organiza La Casa Encendida (Madrid) sobre agroecología. Se trata de poner el foco en las alternativas que existen al actual sistema de producción de alimentos, modelo que, asegura la ciencia, daña tanto nuestra salud como la del sistema Tierra.

Las cifra que el investigador Miguel Altieri, de la Universidad de California (Berkeley, EE UU), aportó en el estreno del ciclo, Una mirada al futuro con visión agroecológica, en La Casa Encendia On, no deja lugar a dudas: Cada año perdemos entres seis y ocho millones de hectáreas de bosques para plantar monocultivos. Y otro dato más: De los 1.500 millones de hectáreas cultivadas en la Tierra, el 80% son sólo de unas pocas especies que salen adelante con químicos –les echamos 2.300 millones de kilos de pesticidas e insecticidas– que destruyen la biodiversidad, generan contaminación de las aguas y calientan el clima planetario.

Frente a ello, la agroecología surge como una alternativa factible, gracias a un enfoque que integra los principios ecológicos y los sociales en el diseño y la gestión de los sistemas alimentarios, y lo hace tanto en fincas pequeñas de los campesinos como en algunas grandes, propiedad de empresas. Ambas opciones son necesarias para alimentar a una población humana que no deja de crecer, destacaba Altieri.

En un escenario que describe de “policrisis” (económica, social, ambiental…), recordaba que la creciente agricultura industrial nos hace perder entre un 10% y un 15% de la productividad por falta de biodiversidad, y que la actual forma de producir alimentos mediante monocultivos y monoganaderías está detrás de graves crisis para la salud que aún colean, desde la Covid-19 (pandemia ligada a esa pérdida de biodiversidad), la gripe aviar y la peste porcina a las vacas locas, a lo que se suma que disminuye la capacidad de resistencia frente a fenómenos climáticos como los huracanes o el mismo cambio climático que genera.

Altieri defiende la vuelta a una alimentación de origen agroecológico que, según sus investigaciones, no sólo aguanta mejor los impactos climáticos, sino que, asegura,  aumenta la productividad, por lo que sí es factible para alimentarnos a todos. “Necesitamos hacer esa transición, restaurando los procesos ecológicos, transformando los monocultivos en diversidad, utilizando modelos independientes del petróleo que mantengan las culturas locales y aprovechen los servicios ecosistémicos, y sí es posible”, señalaba durante su conferencia, una charla que centró en las oportunidades de una forma de cultivar en la que es un referente a nivel internacional.

“Hoy el 50% de la alimentación global se consigue de sólo el 20% de los propietarios de la tierra a pequeña escala. Los campesinos en zonas de América Latina consiguen más productividad en sus parcelas que las grandes extensiones de monocultivos, porque utilizan métodos tradicionales como la milpa, que consiste en combinar dos especies para que se complementen. Se ha comprobado científicamente que son más rentables”, destacaba.

De hecho, expuso ejemplos de cómo el conocimiento basado en estas prácticas milenarias, entre las que también mencionó el abono orgánico y el reciclaje, se han puesto en marcha exitosamente a escala industrial, para poder producir lo suficiente para el suministro a grandes ciudades. Entre ellos, el que se lleva a cabo en lo que eran monocultivos de caña de azúcar en el Valle del Cauca colombiano. Allí, en algunas fincas agroecológicas utilizan un sistema de cultivos por franjas de varias especies (intercalan frijol y caña, por ejemplo) y completan el ciclo gracias al estiércol de las vacas. Así han comprobado que los beneficios les aumentaban un 195% respecto a la forma tradicional de cultivo. “También hay empresas grandes que están viendo estas ventajas en California o Chile, ahora que los precios de los fertilizantes son tan altos, pero ni siquiera encuentran suficiente abono orgánico, porque no se fomenta el sector. Estas fincas hacen su transición por fases, viendo poco a poco que mejoran sus resultados, aunque deberían recibir fondos públicos para animar a otros a sumarse”.

Eso sí, Altieri recordó la importancia de la organización social para expandir el modelo: “No se trata de tener producción ecológica con sus certificados, tiene que tener también una dimensión social y política.  Una cosa es cumplir con requisitos orgánicos y otra ser agroecológico, que incluye principios como la diversificación, la baja dependencia de insumos externos y, sobre todo, que en cada lugar haya sus adaptaciones locales”.

El investigador, de origen chileno, mencionó que siguen siendo cuatro empresas las que controlan el 70% de las semillas que se cultivan en el mundo, que las tienen patentadas, lo que hace que se cultiven solo 7.000 variedades de los dos millones que existen. Y animó a evitar la biopiratería de las grandes compañías, dado que esa sabiduría tradicional debe ser de libre acceso.

Pese a las ventajas que expuso de la agroecología, rentable y factible, reconocía que no hay voluntad política para poner estas prácticas en marcha, si bien confía en que cristalice con acciones a nivel local. Otro problema lo observa en la formación. “En la universidad se enseña a los jóvenes sobre bioingeniería, agricultura genética o digital, robots polinizados o nuevos transgénicos, y la agroecología no tiene casi presencia. Tampoco la tiene en la FAO como debiera”.

Tras este arranque, la siguiente jornada del ciclo, el pasado viernes, 27 de enero, contó con su colega en Berkeley, la entomóloga colombiana Clara Nicholls, que se centró en la Agroecología y la resiliencia al cambio climático. Sus investigaciones se enfocan al diseño de ecosistemas agrarios en los que el control de las plagas es biológico. Nicholls fue presidenta de la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología y colabora con numerosas universidades de todo el mundo, también españolas.

El ciclo sigue en febrero con el físico y divulgador Antonio Turiel, que mañana, 3 de febrero, hablará sobre El futuro de la energía, abordando la complejidad de la transición en marcha y lo que nos espera si no logramos reformar el modelo económico. El día 10 se conectará con Argentina, desde donde se podrá escuchar al famoso ambientalista a Raúl Aramendy, director de la ONG CEMEP-ADIS, que en la provincia de Misiones tiene en marcha diversos proyectos agroecológicos. A la semana siguiente, el día 17, será el turno del investigador y médico Nicolás Olea, que lleva décadas estudiando los daños en la salud de los contaminantes de los alimentos, desde los plásticos a los disruptores endocrinos. El 24 de febrero se dedicará a La iniciación a la simbioética, charla a cargo del poeta, ecologista y profesor universitario Jorge Riechmann, que ofrecerá la perspectiva más filosófica.

Por último, para marzo está previsto el enfoque más económico, a cargo de José Manuel Naredo, y sobre finanzas éticas, con Pedro Manuel Sasia Santos. La visión más humanística la pondrá Pedro Burruezo, director de la revista The Ecologist, mientras que el asunto del consumo lo tratará Ángeles Parra, directora de la feria Biocultura; por último, los ecofeminismos, con Charo Morán.

Más información sobre este ciclo, aquí. 

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