Al paciente 6.032 lo encontró en el parque una patrulla de higienizadores

Al paciente 6.032 lo encontró en el parque una patrulla de higienizadores

Foto: Pixabay.

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“Aquella mañana ingresó un nuevo paciente, número de expediente 4.087.986.032, abreviado, el 6.032. Lo había encontrado una patrulla de higienizadores en medio del parque, sobre un banco. Lo transportaron siguiendo cuidadosamente el protocolo. Hacía ya dos meses que no recogían a nadie. Las noticias hablaban del fin del Pavor, de que ya no había contagios”. Será por la situación que vivimos, pero la mayoría de los ‘Relatos de Agosto’ que nos han llegado desde el Taller de Escritura para la serie de este verano sobre el futuro no dejan lugar para muchas alegrías. “Aquel enfermo hizo zozobrar las pocas esperanzas que aún no se habían perdido”.

POR ANA CADÓRNIGA

El turno de noche se despidió arrastrando los pies, la jornada había sido dura, baja del 5357, 8405 y 7603. Los cremadores llegarían antes de las ocho para bajarlos a las calderas. Durante lo más terrible de la enfermedad, con las centrales térmicas apenas atendidas por los pocos supervivientes, se optó por la reutilización de la materia orgánica para suministrar energía a los hospitales, uno de los muchos eufemismos a los que se habían acostumbrado en el último lustro. Durante los cambios de turno apenas se oía algún comentario, en realidad la población apenas hablaba entre sí. El índice de nacimientos había caído en picado, al principio del Pavor, cuando todavía eran estúpidamente felices e ignorantes y pensaban que sería como la gripe del 18 o la Covid del 20, las parejas habían recuperado el tiempo perdido y los nacimientos se intensificaron, pero eso ya se había terminado, Eva había atendido su último parto dos años atrás.

Se dejó caer en el sillín de su bicicleta, una antigualla que había sido eléctrica, pero que con la carencia energética era imposible recargar, pedaleó sin ganas hasta el pequeño garaje que había ocupado cerca del hospital. Se calentó agua en el hornillo y se aseó. Cenó una de aquellas comidas reconstituidas que daban a los sanitarios que continuaban en activo. Trabajaba en el último hospital de la OMS.

La humanidad se había dividido en dos, los muertos y los supervivientes, los segundos eran los menos, y se habían diseminado por campos agostados y casas abandonadas. Los enfermos iban desapareciendo en un constante devenir numérico. Eva, de vez en cuando buscaba el expediente e intentaba recuperar el nombre. También de vez en cuando no se presentaba como la Sanitaria B2667 y tendía la mano y decía su nombre.

Aquella mañana ingresó un nuevo paciente, número de expediente 4.087.986.032, abreviado, el 6.032. Lo había encontrado una patrulla de higienizadores en medio del parque, sobre un banco. Lo transportaron siguiendo cuidadosamente el protocolo. Hacía ya dos meses que no recogían a nadie. Las noticias que se proyectaban desde las cabinas informativas de las plazas principales, a las que se solían acercar los supervivientes de la zona, hablaban del fin del Pavor, de que ya no había contagios. Aquel enfermo hizo zozobrar las pocas esperanzas que aún no se habían perdido.

6.032 se aferró a la vida de manera inusitada, la máquina de diálisis trabajaba día y noche limpiándole el veneno de la sangre, el número de enfermos en planta fue decayendo, destinados a alimentar aquella energía que bombeaba fuera de su cuerpo la terrible ponzoña. Eva, por las noches, se sentaba a su lado. De vez en cuando abría los ojos e intentaba decir algo, pero era imposible, el respirador no lo permitía. Nunca habían encontrado su documentación, ni su historial, ni, por supuesto, ningún familiar. Eva, según pasaban las semanas, fue desistiendo. Según iban ocurriendo las bajas en planta, Eva fue quitando dígitos, hasta que solo quedó Dos, el último expediente.

Una tarde, justo cuando se iba a levantar para ir a cumplir con su turno, Eva recordó que guardaba un ejemplar ajado de La montaña mágica, uno de los pocos libros que no habían servido de combustible. Aquella noche se sentó a su lado y comenzó a leerla, tenían todo el tiempo del mundo. Así empezó un ritual sagrado. Eva llegaba, le medía los parámetros, revisaba las constantes, introducía la cena en el alimentador, ejecutaba el programa de higiene, abría la ventana y comenzaba a leer despacio. Al principio solo dejaba la ventana abierta las noches cálidas para que llegara algo de brisa, sin embargo, pronto adivinó que Dos quería que lo hiciera siempre, aunque la noche fuera fría. Ella le envolvía en una manta gruesa y se colocaba el abrigo como si compartieran una de aquellas terrazas del sanatorio de los Alpes.

Fue una noche de noviembre. Eva había revisado las constantes, todo parecía en orden. Hans charlaba con Madama Chaucat; el francés de los protagonistas, en la mente de Mann, debía de ser maravilloso, pero Eva apenas había cursado un ciclo en el colegio y cuando leía alguno de aquellos pasajes con su terrible pronunciación, Dos siempre insinuaba una sonrisa. Ella de vez en cuando se hacía la despistada y lo repetía al día siguiente, aduciendo que había perdido el punto de lectura. Aquella noche, como todas, al terminar la lectura Dos se durmió. Eva se arrellanó en su sillón; desde hacía meses no había ningún paciente más en la planta, solo se oía su voz al leer y, cuando callaba, el suave zumbido de las máquinas y la cadencia mecánica del respirador que hacía subir y bajar el pecho de Dos. Los ojos se le cerraban, apenas dormía durante el día porque las noches tranquilas le permitían descansar, aunque fuera en aquel butacón. Se despertó sobresaltada, el libro había resbalado al suelo con estrépito. Todas las luces estaban apagadas, todo estaba en silencio, la caldera ya no tenía combustible y había dejado de funcionar. A su lado Dos estaba completamente inmóvil.

Nunca supo cómo pudo saberse tan rápido; mientras le cerraba los párpados inertes, las cabinas informativas comenzaron a sonar y a iluminarse, diseminados en el cielo, refulgentes fuegos artificiales que anunciaban el fin del Pavor.

Eva cogió el expediente 4.087.986.032, tachó el número con furia, pese a las lágrimas que emborronaban la tinta, podía leerse en enormes mayúsculas: DOS.


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